viernes, 7 de septiembre de 2012
LOS DOMINGOS SOLÍA PASAR LA TARDE en casa de Raúl Ibarra. Hacía todo el trayecto a pie: salía de casa cerca de la una y media. Regresaba casi de noche: me gustaba ese camino. Una vez me llevé tremendo susto porque en dirección a mi casa se podía ver una gruesa columna de humo negro. Alguna casa ardía. Cuando llegué a Cuabitas y miré mi vivienda verde sana y salva, me volvió el alma al cuerpo. Pero Chantilly había ardido hasta los cimientos; mejor dicho, los alumnos internos de esa “escuela de conducta” la quemaron, pero eso jamás se ha probado. Era una linda quinta de madera pintada de naranja; se alzaba en la punta de una loma. En los primeros ’50, Chantilly había albergado a una productora de películas. Una de sus obras fue SOA, que narraba la historia de una guajirita que viene a la ciudad, se pone a trabajar en un barrio elegante, sale embarazada del joven de la casa, es despedida y al final tiene que regresar al sitio donde salió para parir. SOA era una sigla que se incluía al inscribir en el Registro Civil a un hijo natural, que no es legítimo, y quiere decir Sin Otro Apellido Cuando cerró la productora, volvió a ser vivienda: durante mi infancia habitó en ella una familia norteamericana. Pobre Chantilly.
Durante los ’90, los hermanos De La Salle compraron una casona en la calle San Pedro y Santa Lucía , cerca del Fondo. Estaban de regreso y su Provincial, el hermano Juan Galano se hizo muy amigo nuestro. Le gustaban mucho las artesanías y pasaba por allá cada vez que venía de Santo Domingo. Siempre nos traía ayudas de ropa, etc, y a nosotros nos gustaba llevarlo a beber café a La Isabelica.
En el ‘92 el Fondo Cubano de Bienes Culturales mandó a Santo Domingo la exposición de arte santiaguero De otra Isla, pero no había regresado. Existía el deseo de recuperar aquellos cuadros -o su importe- aunque nadie veía cómo. Por eso el hermano Juan fue providencial. Albérico Méndez y yo lo pusimos al tanto de todo y armamos un proyecto donde yo daría unas conferencias a sus muchachos mientras el otro recuperaba la exposición. Se firmó un acuerdo con el Fondo y Juan mandó las cartas de invitación. Cuba y Dominicana entonces no tenían relaciones diplomáticas y era necesario un “permiso de entrada”. El viaje se retrasó por las comunicaciones: debíamos utilizar un fax ajeno –en el Fondo no había- y alguna torpeza cometí yo con el número, el asunto es que no nos comunicábamos.
A todas éstas, ignoraba qué hacer con mi madre: si yo viajaba durante un mes o dos, ¿cómo quedaban ella y Virginia? Sin resolver esa interrogante, no me importaba mucho el retraso. Mi prima Xiomara acababa de empezar relaciones con un ex compañero mío del Instituto y no tenían dónde estar –la casa de él estaba ocupada por las hijas de su primer matrimonio-. Entonces les expliqué el problema de mi viaje y ellos accedieron a quedarse en mi cuarto. Sin embargo, la vida dispuso de otra manera.
En una casa todo ocurre al salir o al llegar.
Eran las 7:40 am del veintiuno de octubre de 1994 y me preparaba para bajar a La Minerva. Me gusta recorrer la casa antes de salir. Miré hacia afuera: Nenena yacía el patio, entre la puerta del fondo y el lavadero. Bajé corriendo a levantarla. Murmuraba algo incomprensible. Pude arrastrarla a casa y la senté en una silla del último cuarto. No abría los ojos, pero el balbuceo continuaba. Era evidente que estaba muy mal. Se silenció. Llamé a Yoyi, mi vecina enfermera, y vino: Tony, ya.
LO DE NENENA HABÍA OCURRIDO en sueños míos docenas de veces en los últimos años. Salí al portal. Pasaba Cendoya. Corrió hacia la cerretera y regresó con una camioneta gris. La cargamos entre los dos. Cuando llegamos a urgencias del hospital, trajeron una camilla con ruedas. ¡Fallecida!, casi gritó el enfermero. Fue en el viaje, se excusó Cendoya. Vino un médico, le abrió un ojo, asintió, la taparon con una sábana y apartaron la camilla contra la pared. Busqué un teléfono público y llamé a Ibarra. Cuando llegó, salí a pie, atravesé todo el Reparto Sueño hasta la casa de Coralita, pero estaba cerrada. Me desesperé más y bajé hacia el centro, donde está La Minerva. Allí hablé con todos. Me prestaron el van. Conducía Albérico y Joseíto me acompañaba. En el hospital, bajé directo a la morgue. Mi prima Xiomara había llegado y estaba junto al cuerpo. Voy a a buscarle ropa. Recogí en su armario un vestido blanco con pintas verdes y el Carnet de Identidad. Cuando regresé a la morgue ya estaba hecha la necropsia. Entre Xiomara y yo la vestimos: al pasarle el túnico por la cabeza rocé el dorso de la mano contra una mancha de sangre. Era mejor hacer su velatorio en Cuabitas por la cuestión del transporte: así los vecinos podrían asistir. El problema sería si esa noche había apagón. Pero total, en la funeraria también se va la luz. Joseíto y Donato se fueron a hacer los trámites de la funeraria y el cementerio. Sólo quedaba regresar a Cuabitas, donde ya los muebles estaban apartados contra la pared. A Virginia la llevamos donde Flora para que no viera el movimiento. A las pocas horas el carro fúnebre trajo la caja y los otros avíos. Mientras, fui a la candonga –el mercado callejero- y compré varias velas. Por lo menos no nos quedaríamos oscuros con Nenena. Pusimos el ataúd donde mismo ella solía sentarse: en la saleta junto al comedor, mirando hacia la calle. Su rostro era apacible, pero no sonreía. Sólo expresaba la tranquilidad del que ya salió de todo. Estaba donde mismo había vivido.
A medida que se hizo de tarde aumentó la cantidad de gente: ¡cuántas amistades! El almacenero de la tienda de víveres, trajo varios paquetes de café. Las mujeres de la cocina pusieron agua al fuego. A la noche vinieron mis compañeros del Fondo: me senté entre Coral y Diego Scheller. No hubo apagón. Nos quedamos algunos de la familia: volví a mi cuarto y dormí un rato sin quitarme la ropa.
Como a las siete y media de la mañana ya estaba todo preparado. Se supone que sería el primer sepelio de la jornada: a las ocho. Como no había autos ni taxis, cuando montamos la caja al carro fúnebre yo también subí. Delante viajábamos el chofer, su ayudante y yo. Al panteón de la familia, en el Cementerio de Santa Ifigenia, a varios kilómetros de casa. A mitad de camino nos cruzamos con el primo Jaime, que subía en su Chevrolet viejo: se detuvo y le dije que recogiera a los que cupieran y que los esperaba en el panteón de los Oliva. Como éramos pocos y no había flores, todo fue simple. Nuestra tumba no es vieja. Cuando regresamos del cementerio, la casa estaba limpia y arreglada, igual que siempre. Las mismas mujeres que limpiaron habían preparado almuerzo. Le llevé un plato a Virginia: cuando preguntó por la mamá le dije la verdad. Me quedé solo y comí.
Al fregar vi que sobraba demasiado. Entonces me dio por llorar, me tiré en el suelo y estuve un rato así.La madre es más importante de lo que uno imagina.. Hice mi luto entre gestiones, cambios y escasez. Fueron días duros.
La muerte de Nenena sucedió un viernes y la enterramos sábado. El lunes siguiente abrí La Minerva: ¿qué iba a hacer yo solo en casa? Por las mañanas llevaba a Virginia para casa de Flora. La recogía cuando regresaba. No asimiló lo sucedido: pasaba la madrugada llamando a la madre a gritos y el resto del tiempo preguntado por ella. Me puso al borde de la locura. Aparte de que corrían malos tiempos, Flora me presentaba todos los días una lista de quejas y demandas sobre Virginia. El resto de mi familia y yo nos llevábamos bien, pero no éramos íntimos. Para esto no podía contar con ellos. Menos todavía con Bebé, que como he dicho, quedó muy disminuida y opacada de mente.
Por fin mi vecina Irma consiguió que la encargada de Seguridad Social considerase el caso de Virginia: por eso fue que me la admitieron en el Hogar de Ancianos de Ciudamar aunque no llegaba a los sesenta años. Al internarla me pidieron un colchón porque en el asilo no había: usé el de su cama. Virginia también salió de casa. Ciertamente se me quitó un peso de encima, pero quedé todavía más solo.
En Cuba, to live by yourself es algo excepcional que define y clasifica. Xiomara me propuso dormir en casa. Con mi ex-compañero del Pre, galán suyo. Les asigné la pieza que fue de mis padres. Yo seguí en la mía. La de Virginia quedó desocupada y la última pieza continuó indecisa entre desván y vestidor. Sabía que estaba empezando a vivir de otra manera, con cosas malas, regulares y buenas, todas juntas.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Aquel 1993 fue para mi el peor año del Período. En una ocasión nos quedamos sin jabón en casa. Ni un pedacito. Acababan de legalizar el dólar. Una tarde se me apareció una reportera de un periódico de Allá acompañada por una fotógrafa. Mi amigo Carlos me mandaba cincuenta dólares con ella. Cayeron del cielo. Estuvimos mucho rato conversando: le hablé de todo, del racionamiento, las carestías, y, claro, la total falta de jabón de ese momento. La fotógrafa abrió su bolso y me regaló un Palmolive. Me iluminó la tarde. Jamás me ha vuelto a faltar el jabón. Fui a varios lugares con ella y la fotógrafa: esta última insistía en captar una imagen muy corriente por aquellos años: un ciclista llevando a toda prisa un enorme cake –una de las visiones más locas de nuestras calles. Era como decir ¿Se cae o no se cae? – Por fin no hizo la foto: al menos junto conmigo no fue. El cake tampoco se cayó.
La plata que me mandó Carlos Victoria fueron mis primeros dólares: fui a una tiendecita muy barata y gasté veinte en jabón, detergente y aceite. Luego compré por la calle seis más. En el momento de la legalización del dólar, el cambio callejero estaba a 120 pesos cubanos. Había de todo pero en dólares.
Mi primo Danilo Quintana y su esposa Isabel, desde Puerto Rico, me habían invitado a visitarlos. Era sobre todo para mitigar un poco mi miseria. Ellos dos y mi tía Bertha nos ayudaron mucho en el Período y se los agradezco. Estaban listos todos mis papeles, pero faltaba la visa americana. Entonces solicité la entrevista a la CINA (Oficina de Intereses Norteamericana)y cuando me la dieron, partí para La Habana. El amigo de Diego Scheller me albergó en su casa, donde eran como mil de familia, pero comían muy bien y el apartamento no era feo.
Uno debía inscribirse en una lista en las cercanías de la Oficina de Intereses, llamaban a lista en voz alta dos veces al día y si no respondías ¡Presente!, perdías el turno y te borraban. El proceso desde inscribirse hasta la entrevista duraba más de dos semanas. Los vecinos del barrio habían acaparado un lucrativo negocio que consistía en anotarse, contestar presente y vender los turnos. Pagué doscientos cincuenta pesos cubanos , y conseguí un lugar que distaba tres días de la entrevista, durante los cuales me correspondió responder a las seis de la mañana y de la tarde. Por fin me tocó entrar a la CINA a las 8 de la mañana del 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Amaneció lloviendo y me mojé. La entrevista en sí no llegó a un minuto. Me negaron la visa ipso facto por “posible inmigrante”, o sea, “grandes probabilidades de no regresar a Cuba”. Estoy seguro de que el empleado ya tenía programada la respuesta, pues en varios segundos no hay tiempo de decidir en serio. La gente solía llorar, gritar, tratar de conmover. Lo tomé con tanta filosofía que los que esperaban afuera creyeron que había salido OK.
Los americanos negaban muchas visas, más de la cuenta. También es verdad que, de las que concedían, solamente regresaba la tercera parte de los viajeros. Complicado, ¿verdad? Mi viaje a Puerto Rico no se dio. Nunca más he solicitado visa americana: es inútil.
Para regresar a Santiago tuve que comprar un pasaje en ómnibus hasta Baracoa, apearme en Palma Soriano como a las cinco de la mañana y hacer una cola para la primera guagua a Santiago.
La plata que me mandó Carlos Victoria fueron mis primeros dólares: fui a una tiendecita muy barata y gasté veinte en jabón, detergente y aceite. Luego compré por la calle seis más. En el momento de la legalización del dólar, el cambio callejero estaba a 120 pesos cubanos. Había de todo pero en dólares.
Mi primo Danilo Quintana y su esposa Isabel, desde Puerto Rico, me habían invitado a visitarlos. Era sobre todo para mitigar un poco mi miseria. Ellos dos y mi tía Bertha nos ayudaron mucho en el Período y se los agradezco. Estaban listos todos mis papeles, pero faltaba la visa americana. Entonces solicité la entrevista a la CINA (Oficina de Intereses Norteamericana)y cuando me la dieron, partí para La Habana. El amigo de Diego Scheller me albergó en su casa, donde eran como mil de familia, pero comían muy bien y el apartamento no era feo.
Uno debía inscribirse en una lista en las cercanías de la Oficina de Intereses, llamaban a lista en voz alta dos veces al día y si no respondías ¡Presente!, perdías el turno y te borraban. El proceso desde inscribirse hasta la entrevista duraba más de dos semanas. Los vecinos del barrio habían acaparado un lucrativo negocio que consistía en anotarse, contestar presente y vender los turnos. Pagué doscientos cincuenta pesos cubanos , y conseguí un lugar que distaba tres días de la entrevista, durante los cuales me correspondió responder a las seis de la mañana y de la tarde. Por fin me tocó entrar a la CINA a las 8 de la mañana del 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Amaneció lloviendo y me mojé. La entrevista en sí no llegó a un minuto. Me negaron la visa ipso facto por “posible inmigrante”, o sea, “grandes probabilidades de no regresar a Cuba”. Estoy seguro de que el empleado ya tenía programada la respuesta, pues en varios segundos no hay tiempo de decidir en serio. La gente solía llorar, gritar, tratar de conmover. Lo tomé con tanta filosofía que los que esperaban afuera creyeron que había salido OK.
Los americanos negaban muchas visas, más de la cuenta. También es verdad que, de las que concedían, solamente regresaba la tercera parte de los viajeros. Complicado, ¿verdad? Mi viaje a Puerto Rico no se dio. Nunca más he solicitado visa americana: es inútil.
Para regresar a Santiago tuve que comprar un pasaje en ómnibus hasta Baracoa, apearme en Palma Soriano como a las cinco de la mañana y hacer una cola para la primera guagua a Santiago.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Las tertulias de La Minerva ya eran una institución: logré que la guía para turistas que edita anualmente el rotativo español El País incluyera a la tienda. Otra mañana se me apareció el escritor Joaquín Baquero totalmente irreconocible con una enorme barba y una gorra color marrón. No supe quién era. Me traía la primera edición de Tusquets de Antes que anochezca, del difunto Reinaldo Arenas, donde había descubierto la foto de alguien parecido a mi, aunque el pie no daba información. Me dejó el libro con la condición de leerlo en veinticuatro horas. Dije que sí. No cabía duda de que la foto era mía: la tomó Reinaldo García Ramos en el Parque Lenin, en 1973.
En los noventipocos, mi amigo Abelardo Bélico estaba casado con una mujer bella e inteligentísima llamada Yaumara. Algunos sábados nos reuníamos en La Isabelica a beber café: recuerdo con agrado aquellas tardes. Una de las pocas cosas que se podía comprar en Santiago era el café de La Isabelica: nos enviciamos, y casi no salíamos de allí.
A Frank Aguilera lo conocí durante los años ’80 en la Galería: era miembro de una especie de club literario que funcionaba allí, conmemorativo de Alejo Carpentier. Era un adolescente apuesto y bien vestido. Lo admiraba, pero sin insistencia; cuando percibí que mi seguimiento visual lo inquietaba comprendí que es gay y lo dejé en paz.
Es que se trata un muchacho encantador, brillante y sumamente cariñoso. Cuando por fin se decidió a “salir del closet” nuestra amistad creció muchísimo y hoy es uno de mis mejores amigos. Vive en Barcelona.
Mi cumpleaños cuarentiocho me lo celebró con una empanada Olguita Trapero. Nos la comimos un medio día en la casa que pertenecía a la UNEAC y todavía no se había inaugurado con el nombre de galería La Confronta. Los invitados fueron mis compañeros del Fondo, Olguita y yo. Con tanta hambre, fue un regalo que todavía agradezco. Me pregunto cómo y dónde logró que se la hicieran.
En los noventipocos, mi amigo Abelardo Bélico estaba casado con una mujer bella e inteligentísima llamada Yaumara. Algunos sábados nos reuníamos en La Isabelica a beber café: recuerdo con agrado aquellas tardes. Una de las pocas cosas que se podía comprar en Santiago era el café de La Isabelica: nos enviciamos, y casi no salíamos de allí.
A Frank Aguilera lo conocí durante los años ’80 en la Galería: era miembro de una especie de club literario que funcionaba allí, conmemorativo de Alejo Carpentier. Era un adolescente apuesto y bien vestido. Lo admiraba, pero sin insistencia; cuando percibí que mi seguimiento visual lo inquietaba comprendí que es gay y lo dejé en paz.
Es que se trata un muchacho encantador, brillante y sumamente cariñoso. Cuando por fin se decidió a “salir del closet” nuestra amistad creció muchísimo y hoy es uno de mis mejores amigos. Vive en Barcelona.
Mi cumpleaños cuarentiocho me lo celebró con una empanada Olguita Trapero. Nos la comimos un medio día en la casa que pertenecía a la UNEAC y todavía no se había inaugurado con el nombre de galería La Confronta. Los invitados fueron mis compañeros del Fondo, Olguita y yo. Con tanta hambre, fue un regalo que todavía agradezco. Me pregunto cómo y dónde logró que se la hicieran.
martes, 4 de septiembre de 2012
Una noche de 1993 llovía y había apagón. Entonces me di cuenta de que a mi madre se le estaba torciendo el rostro. Una isquemia en progreso. Salí bajo la lluvia a buscar un vehículo para llevarla al hospital. Correr bajo un aguacero en medio de un apagón es una locura. No apareció auto alguno: nadie quería gastar sus preciosos litros de gasolina. Una vecina pasó horas llamando a una ambulancia hasta que le hicieron caso. Vino. El médico era un muchacho sumamente amable que pasó horas atendiendo a mamá a la luz de un farol. Héctor le puso un tratamiento que consistía en masajes eléctricos y calor: como era impensable llevarla diariamente al hospital -¿en qué?: si anoche no había podido hallar un auto en medio de una emergencia, mucho menos ahora- “resolvimos” dentro del barrio. Un vecino había convertido una afeitadora eléctrica en máquina de masajes: me la prestó para Nenena. El calor se lo daba yo mismo con un bombillo para fotografía de 200 WW. Había una dificultad: que casi siempre faltaba la electricidad –eran apagones de diecisiete, veinte, veintidós horas-, entonces esperaba a que “llegase la luz” y a esa hora, cualquiera que fuese, le daba masaje y calor. Surtió efecto: poco a poco sus facciones retornaron a su sitio. Lo consideré un triunfo. Siempre agradeceré por ello a mi vecino inventor, Manzano, al Dr. Héctor Rodríguez y a Robertico, el médico de la ambulancia.
La celebridad de La Minerva se debía también a que en medio de tanta escasez, era un sitio amable: siempre había personas riendo, conversando. En medio del espectáculo general tan depresivo, allí se respiraba alegría. Recuerdo que yo fumaba aunque no había cigarrillos en el mercado: por la calle se conseguían a un peso cada uno. Tampoco había cerillas. Yo llevaba una gran lupa, ponía el cristal al sol y encendía el cigarrillo. Las personas se detenían a verlo: era como un acto de magia.
Comenzamos a organizar exposiciones: recuerdo Vuelo, de Lescay, donde tuve un papel muy protagónico pues entre Inesita Viacaba y yo organizamos todo, escribí unas palabras, seleccionamos las obras y las expusimos en El Albión. En la inauguración bailó la compañía Danza del Caribe. Hubo una muestra de proyectos de ambientación que se expuso en la biblioteca Elvira Cape, y las de Gorki, Julita Valdés, Zúñiga y Aguilera, todas ellas en la Galería Oriente.
También hubo muchas pasarelas, pues existían varios grupos de modelos: el Fondo siempre ha sido muy adicto al diseño de ropa. Sucedía que Albérico estaba viviendo un romance extramarital con la que montaba las pasarelas, y le fascinaba andar rodeado de muchachas. Una vez se hizo una en El Albión y nosotros mismos arreglamos las vidrieras. El amor en tiempos de cólera, de García Márquez, acababa de salir en una bonita edición cubana: lo puse tras los cristales y el director del Fondo protestó por el “mensaje negativo” del título del libro. Hubo que explicarle mucho pues él no sabía de autores ni de obras.
Llegué a 30” de cintura con 140 libras y mejoré muchísimo mi figura. Para bajar de peso lo único efectivo es no comer.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Ese año de 1991 publiqué mi primer libro de poesía, El Jugador.
Tenía 45 años. Contenía poemas de mi peor época de proscrito, dos o tres pertenecientes al Libro de Roberto, de 1970. Fue una horrible edición que más parecía un cancionero de los años ’50: papel malo y espantosa tipografía; la portada era un grabado de Jorge Hidalgo reducido casi al tamaño de una estampilla. Si el original era mucho mayor y en impresionantes tintas color tierra quemada, esta versión azulita daba pena. Leyeron bien: escribí azulita. La edición tenía una sola y gran virtud: ni una errata. Se lo agradezco a Casio Palma. Ciertamente, salió en uno de los peores momentos del Período, cuando imprimir era casi inalcanzable. El libro participó en el concurso Heredia del año anterior y pasó sin pena ni gloria. Sin embargo lo publicaron y ello fue mi mayor premio.
Poco antes habíamos tenido una lectura de poemas en la Sala Bofill –en el vestíbulo del Cine Rialto-. Entre la gente que leyó, estaba un joven cobrizo de ojos brillantes y voz agradable. Buenos versos. El muchacho se llamaba Abelardo Bélico.
Antes del año de estar en el Fondo decidieron crear una tienda de antigüedades llamada La Minerva y ponerme al frente de la misma. Aunque no tenía la mínima habilidad comercial, acepté con gusto: en Santiago jamás había existido un sitio de ese tipo y yo estaba seguro de que, regados por la ciudad, había muchos objetos de valor esperando que los recogieran. En definitiva me sobraban conocimientos e imagen física. La Minerva se inauguró en 1992 en la esquina de Heredia y Calvario, en lo que fue una barbería. La habilité con algunos muebles –un secreter de marquetería, un silloncito de caoba oscura, un balance republicano, cuatro sillas de comedor inglesas, una mesa “de perillas” con sobre elíptico de mármol-, algunas acuarelas de Rodolfo Hernández Giró, un óleo del dominicano Luis Desangles, dos pequeñas repisas y varios candelabros de iglesia –de calamina—. Me asenté en ella. Le agregué varias plantas y La Minerva se volvió algo mágico.
A los pocos meses mi fama como anticuario había corrido por dondequiera: venían docenas de personas que querían una opinión o deseaban vender algo. Dos o tres veces tuve que actuar como experto de la Policía en casos de robo. La Minerva se convirtió en centro de reunión: la intelectualidad elegante y alegre de Santiago siempre encontraba un pretexto para fumarse un cigarrillo junto conmigo. El hecho de estar en una esquina y tener puertas hacia ambas calles siempre me hizo temer por mi seguridad: un ciclista que quisiera lanzar un ladrillo o una lata de excrementos bajaría a toda velocidad por Carnicería, al no poder dispararme doblaría por Heredia, entonces lanzaría y haría blanco. El ambiente cuidadoso y mi entusiasmo para recibir a personas agradables me hicieron conocido.
Un problema de ser anticuario es que por lo general las personas que poseen algo creen que son dueños de un tesoro, y cuando les dices la verdad, piensan que las engañas o te burlas. Jamás pagan por una consulta; sucede que en realidad quieren vender, y como ya has dicho que no vas a comprar, se sienten frustradas. Casi las únicas personas dispuestas a adquirir una antigüedad eran turistas extranjeros: en medio de una crisis económica, lo que necesitaban y querían los ciudadanos corrientes era vender. Sólo más tarde algunos artistas decidieron invertir sus ganancias en objetos de arte. Para ser anticuario de verdad, aparte de saber de arte y de cómo va el comercio, debes tener paciencia y dinero: lo lógico es comprar de inmediato y vender con beneficios. Lo demás es ilusión.
La Minerva no tenía éxito comercial, pero era bella y espiritual. La gestión económica del Fondo era de las peores: si alguien quería vender, debía dejar la pieza y la cifra a que aspiraba, luego la Comisión de Antigüedades se reuniría, determinaría cuánto pagar y, si se vendía, a fines de mes el vendedor recogería en contaduría el cheque correspondiente. Hay que decir que el Fondo siempre compró en pesos cubanos, a pesar de que el dólar se legalizó desde 1993. Una vez comprado el objeto, debía venderse al 141% del precio de compra, pero en dólares; o sea, que si comprabas algo en 100 pesos, no podías venderlo por menos de 141 dólares. Pura estupidez.
Tenía 45 años. Contenía poemas de mi peor época de proscrito, dos o tres pertenecientes al Libro de Roberto, de 1970. Fue una horrible edición que más parecía un cancionero de los años ’50: papel malo y espantosa tipografía; la portada era un grabado de Jorge Hidalgo reducido casi al tamaño de una estampilla. Si el original era mucho mayor y en impresionantes tintas color tierra quemada, esta versión azulita daba pena. Leyeron bien: escribí azulita. La edición tenía una sola y gran virtud: ni una errata. Se lo agradezco a Casio Palma. Ciertamente, salió en uno de los peores momentos del Período, cuando imprimir era casi inalcanzable. El libro participó en el concurso Heredia del año anterior y pasó sin pena ni gloria. Sin embargo lo publicaron y ello fue mi mayor premio.
Poco antes habíamos tenido una lectura de poemas en la Sala Bofill –en el vestíbulo del Cine Rialto-. Entre la gente que leyó, estaba un joven cobrizo de ojos brillantes y voz agradable. Buenos versos. El muchacho se llamaba Abelardo Bélico.
Antes del año de estar en el Fondo decidieron crear una tienda de antigüedades llamada La Minerva y ponerme al frente de la misma. Aunque no tenía la mínima habilidad comercial, acepté con gusto: en Santiago jamás había existido un sitio de ese tipo y yo estaba seguro de que, regados por la ciudad, había muchos objetos de valor esperando que los recogieran. En definitiva me sobraban conocimientos e imagen física. La Minerva se inauguró en 1992 en la esquina de Heredia y Calvario, en lo que fue una barbería. La habilité con algunos muebles –un secreter de marquetería, un silloncito de caoba oscura, un balance republicano, cuatro sillas de comedor inglesas, una mesa “de perillas” con sobre elíptico de mármol-, algunas acuarelas de Rodolfo Hernández Giró, un óleo del dominicano Luis Desangles, dos pequeñas repisas y varios candelabros de iglesia –de calamina—. Me asenté en ella. Le agregué varias plantas y La Minerva se volvió algo mágico.
A los pocos meses mi fama como anticuario había corrido por dondequiera: venían docenas de personas que querían una opinión o deseaban vender algo. Dos o tres veces tuve que actuar como experto de la Policía en casos de robo. La Minerva se convirtió en centro de reunión: la intelectualidad elegante y alegre de Santiago siempre encontraba un pretexto para fumarse un cigarrillo junto conmigo. El hecho de estar en una esquina y tener puertas hacia ambas calles siempre me hizo temer por mi seguridad: un ciclista que quisiera lanzar un ladrillo o una lata de excrementos bajaría a toda velocidad por Carnicería, al no poder dispararme doblaría por Heredia, entonces lanzaría y haría blanco. El ambiente cuidadoso y mi entusiasmo para recibir a personas agradables me hicieron conocido.
Un problema de ser anticuario es que por lo general las personas que poseen algo creen que son dueños de un tesoro, y cuando les dices la verdad, piensan que las engañas o te burlas. Jamás pagan por una consulta; sucede que en realidad quieren vender, y como ya has dicho que no vas a comprar, se sienten frustradas. Casi las únicas personas dispuestas a adquirir una antigüedad eran turistas extranjeros: en medio de una crisis económica, lo que necesitaban y querían los ciudadanos corrientes era vender. Sólo más tarde algunos artistas decidieron invertir sus ganancias en objetos de arte. Para ser anticuario de verdad, aparte de saber de arte y de cómo va el comercio, debes tener paciencia y dinero: lo lógico es comprar de inmediato y vender con beneficios. Lo demás es ilusión.
La Minerva no tenía éxito comercial, pero era bella y espiritual. La gestión económica del Fondo era de las peores: si alguien quería vender, debía dejar la pieza y la cifra a que aspiraba, luego la Comisión de Antigüedades se reuniría, determinaría cuánto pagar y, si se vendía, a fines de mes el vendedor recogería en contaduría el cheque correspondiente. Hay que decir que el Fondo siempre compró en pesos cubanos, a pesar de que el dólar se legalizó desde 1993. Una vez comprado el objeto, debía venderse al 141% del precio de compra, pero en dólares; o sea, que si comprabas algo en 100 pesos, no podías venderlo por menos de 141 dólares. Pura estupidez.
viernes, 31 de agosto de 2012
A MEDIDA QUE AUMENTABAN LAS NECESIDADES, también subían los gastos: el mercado negro se disparó. La cotidianidad había comenzado a absorberme y era evidente que nunca más regresarían los ’70 y ’80, cuando el miserable salario me sobraba para vivir. Seguí buscando entradas “extras”. Me hice profesor particular de cuatro adultos que estudiaban Derecho por la libre. Dos asignaturas. Cada uno pagaba por separado. Debía impartir las clases una noche fija para aprovechar cierto local libre. No eran inteligentes y a esa hora el cansancio no los dejaba atender. Tampoco tenían mucho interés. Entre preparar clases, impartirlas y correr detrás de los alumnos para cobrarles, pasaba mi vida. No sirvió.
Luego conseguí un pequeño contrato en el Fondo para impartir a los empleados Elementos Visuales del Arte. Era mejor. Lo hacía durante mi día libre en la Galería. Atmósfera mucho más distendida, más interés, mejor paga que con las clases particulares Cuando más entusiasmado estaba, tuve una crisis de epilepsia. Me fui contra el piso y perdí los dientes incisivos. ¿Piensan que dejé el contrato? ¡Ni loco! Ahora abría menos la boca para que no se notara el hueco negro. Cuando por fin terminaron de hacerme la prótesis y pude reír con todos los dientes, me sentí hombre nuevo. Los perdí, sí, pero no se me picaron: un accidente los rompió.
Mientras la vida cotidiana se dificultaba por momentos, yo comencé a escribir mucho más y la actitud oficial hacia los gay cambió. La vida y los Evangelios me han enseñado que el corazón humano es duro como la piedra y frágil como el barro: difícilmente hace algo sólo por bondad. La diferencia se debió a varias razones: a) El qué dirán internacional -las campañas mundiales pro gay y el comportamiento del resto del mundo; b) A mediada que el sida se propagó por el mundo y no quedó más remedio que ser más honesto sobre el comportamiento de las personas, se derrumbaron muchos mitos; c) para unificar al país: evidentemente, una crisis económica y política estaba en marcha; era indispensable un “frente común”. Ciertamente disminuyó la presión, aunque nadie se engañaba: los prejuicios se habían replegado solamente. Los gays sentimos un alivio. Muchas personas se han referido a ello con desdén, incompetencia y torpeza: sólo quien no ha experimentado durante años el pisotón en la nuca, ignora lo que significa que la bota afloje.
La Galería me olía a sentina. Tenía que irme. Convencí a Jenet Ortiz –que dirigía el Fondo Cubano de Bienes Culturales en Santiago desde 1984- de que me contratara. Como “responsable de proyectos” o algo así. El Director de Cultura no quiso dejarme ir y me obligó a cuidar durante un mes una exposición que saludaba ciertos juegos deportivos. Al final no pudo retenerme. Después me largué. Un detalle: mi nuevo contrato con el FBC no fue laboral, sino artístico, por lo cual nunca acumuló Seguridad Social, o sea, que no contaba para vacaciones ni para la jubilación. Ya era fines del ’91.
Con los meses se profundizaba el Período. Faltaba todo, desde cualquier tipo de comida, calzado, ropa y medicinas, hasta transportes, combustibles y electricidad. Se propagaba un total sentimiento de desesperanza, como si no existiera el futuro. Claro que la percepción de lo que significó el Período dependió mucho de la situación económica de cada cual, en qué parte del país uno vivía y cómo era la familia.
Casi junto con mi llegada al Fondo, Carlos Victoria me envió un salvador paquete con zapatos, ropa, jabones y medicinas. Gracias a él no me vi como miles de personas.
Durante mis primeros tiempos me ocupé de supervisar varios proyectos de ambientación: qué estaba terminado, qué faltaba, cuál artista estaba trabajando en su proyecto, qué necesitaba, cuándo terminaría, etc. Tuve grandes compañeros de trabajo, como Albérico Méndez, Diego Scheller, mi querida Olga Trapero, la arquitecta Penélope Domingo, Hugo Aldecoa, el arquitecto Marino Raudales. Una tropa excelente de personas muy alegres.
En aquel tiempo el papá de Albérico todavía estaba vivo: iban en su jeep a buscar leche de vaca cerca de San Vicente y cuando regresaban pasaban por la esquina de casa y me bajaban a Santiago. Me identifiqué mucho con él porque su relación con el padre era muy similar a la mía con Nenena. Diego Scheller es nieto de alemán –en una ocasión me enseñó un certificado bautismal en góticas teutonas-: no tiene sentido del tiempo y quien no se ría con él es porque está enfermo. Marino Raudales nació en Camagüey: se dio a conocer entre nosotros mediante con el stand del FBC en la primera Feria del Caribe, creo que en el ‘92 -módulos de madera torneada y textiles que forman tendales. Su ligereza y sentido práctico siempre me admiraron.
Quiero mucho a Olguita Trapero: sus ojos brillantísimos de animalito juguetón conmueven a cualquiera. Una vez una empleada de La Isabelica me regañó por echarle azúcar al agua y bebérmela. Yo contesté que las tres cosas estaban sobre la mesa: yo solamente las junté y las bebí. Olguita me apoyó arguyendo que en todos los países del mundo donde ella había estado lo que se encuentra sobre la mesa es para el cliente; yo quisiera saber en qué países del mundo había estado ella. Huguito y Penélope son otra historia, al igual que Armel Chao.
Luego conseguí un pequeño contrato en el Fondo para impartir a los empleados Elementos Visuales del Arte. Era mejor. Lo hacía durante mi día libre en la Galería. Atmósfera mucho más distendida, más interés, mejor paga que con las clases particulares Cuando más entusiasmado estaba, tuve una crisis de epilepsia. Me fui contra el piso y perdí los dientes incisivos. ¿Piensan que dejé el contrato? ¡Ni loco! Ahora abría menos la boca para que no se notara el hueco negro. Cuando por fin terminaron de hacerme la prótesis y pude reír con todos los dientes, me sentí hombre nuevo. Los perdí, sí, pero no se me picaron: un accidente los rompió.
Mientras la vida cotidiana se dificultaba por momentos, yo comencé a escribir mucho más y la actitud oficial hacia los gay cambió. La vida y los Evangelios me han enseñado que el corazón humano es duro como la piedra y frágil como el barro: difícilmente hace algo sólo por bondad. La diferencia se debió a varias razones: a) El qué dirán internacional -las campañas mundiales pro gay y el comportamiento del resto del mundo; b) A mediada que el sida se propagó por el mundo y no quedó más remedio que ser más honesto sobre el comportamiento de las personas, se derrumbaron muchos mitos; c) para unificar al país: evidentemente, una crisis económica y política estaba en marcha; era indispensable un “frente común”. Ciertamente disminuyó la presión, aunque nadie se engañaba: los prejuicios se habían replegado solamente. Los gays sentimos un alivio. Muchas personas se han referido a ello con desdén, incompetencia y torpeza: sólo quien no ha experimentado durante años el pisotón en la nuca, ignora lo que significa que la bota afloje.
La Galería me olía a sentina. Tenía que irme. Convencí a Jenet Ortiz –que dirigía el Fondo Cubano de Bienes Culturales en Santiago desde 1984- de que me contratara. Como “responsable de proyectos” o algo así. El Director de Cultura no quiso dejarme ir y me obligó a cuidar durante un mes una exposición que saludaba ciertos juegos deportivos. Al final no pudo retenerme. Después me largué. Un detalle: mi nuevo contrato con el FBC no fue laboral, sino artístico, por lo cual nunca acumuló Seguridad Social, o sea, que no contaba para vacaciones ni para la jubilación. Ya era fines del ’91.
Con los meses se profundizaba el Período. Faltaba todo, desde cualquier tipo de comida, calzado, ropa y medicinas, hasta transportes, combustibles y electricidad. Se propagaba un total sentimiento de desesperanza, como si no existiera el futuro. Claro que la percepción de lo que significó el Período dependió mucho de la situación económica de cada cual, en qué parte del país uno vivía y cómo era la familia.
Casi junto con mi llegada al Fondo, Carlos Victoria me envió un salvador paquete con zapatos, ropa, jabones y medicinas. Gracias a él no me vi como miles de personas.
Durante mis primeros tiempos me ocupé de supervisar varios proyectos de ambientación: qué estaba terminado, qué faltaba, cuál artista estaba trabajando en su proyecto, qué necesitaba, cuándo terminaría, etc. Tuve grandes compañeros de trabajo, como Albérico Méndez, Diego Scheller, mi querida Olga Trapero, la arquitecta Penélope Domingo, Hugo Aldecoa, el arquitecto Marino Raudales. Una tropa excelente de personas muy alegres.
En aquel tiempo el papá de Albérico todavía estaba vivo: iban en su jeep a buscar leche de vaca cerca de San Vicente y cuando regresaban pasaban por la esquina de casa y me bajaban a Santiago. Me identifiqué mucho con él porque su relación con el padre era muy similar a la mía con Nenena. Diego Scheller es nieto de alemán –en una ocasión me enseñó un certificado bautismal en góticas teutonas-: no tiene sentido del tiempo y quien no se ría con él es porque está enfermo. Marino Raudales nació en Camagüey: se dio a conocer entre nosotros mediante con el stand del FBC en la primera Feria del Caribe, creo que en el ‘92 -módulos de madera torneada y textiles que forman tendales. Su ligereza y sentido práctico siempre me admiraron.
Quiero mucho a Olguita Trapero: sus ojos brillantísimos de animalito juguetón conmueven a cualquiera. Una vez una empleada de La Isabelica me regañó por echarle azúcar al agua y bebérmela. Yo contesté que las tres cosas estaban sobre la mesa: yo solamente las junté y las bebí. Olguita me apoyó arguyendo que en todos los países del mundo donde ella había estado lo que se encuentra sobre la mesa es para el cliente; yo quisiera saber en qué países del mundo había estado ella. Huguito y Penélope son otra historia, al igual que Armel Chao.
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