viernes, 14 de septiembre de 2012

COMO CASI TODOS LOS CUBANOS que van a hacer su primer viaje Afuera, le había hecho una promesa a la Virgen. Pero no a la del Cobre, sino a la de Altagracia. En definitiva vivo cerca de El Cobre: sucediera o no, alguna vez iría a verla. Por ello lo lógico era comprometer a otra Virgen: la de allá, la Altagracia –que de paso se llama igual que mi madre. Y bueno, ahora había que cumplir. Casualmente, los hermanos De La Salle tienen un colegio –Juan XXIII se llama- en Higüey,  la misma localidad donde está el santuario nacional de la Virgen de Altagracia. Y como fuimos a pasar un fin de semana allá, aproveché para cumplir mi voto.

El templo es enorme, mucho más que El Cobre, con mosaicos, pinturas y tallas en madera. Creo que lo fabricaron por los años ’50. Fui un domingo temprano, oí la misa y luego hice una larga cola para besar la imagen -eran  docenas de mujeres, niños, adultos y viejos- porque como la Altagracia es una pintura, no una figura de bulto, hay que subir hasta la parte superior del retablo, en donde está protegida por un cristal. Besé el aire; no le pegué la boca al vidrio a pesar del monaguillo que pasaba un pañito después de cada ósculo. Me fui tranquilo. Luego, en otras visitas, recé otro rato y oí otras misas en la misma iglesia, tan distintiva de la pompa trujillista.  

Higüey es un pueblo encantador y mi fin de semana resultó imborrable: el primo Tony quiso ir en su auto, pero se averió cerca de La Romana y desapareció por varias horas hasta que lo hallamos después de haber recorrido varias veces la carretera Romana-Higüey en medio de la noche. Era un station-wagon muy moderno y se bloqueó por una falla que sólo la agencia de la marca podía resolver. Tal cosa no es buena: es enojoso depender de una agencia; hacen falta vehículos que un buen mecánico pueda arreglar. El asunto es que regresamos al pueblo muy tarde y con hambre, pero a esa hora solamente funcionaban los chimichurris -carritos muy simples, donde se venden desde longanizas hasta pollito frito, pasando por plátanos maduros, chicharrones, papas fritas, etc. Creo que una de las cosas que más valoro de ese viaje son esos puestos llenos de golosinas olorosas en medio de la madrugada, con un farol o un bombillo, cajas de maravillas en medio de la noche.

La Nochebuena y el Fin de Año los pasamos en un convento, junto a unas monjas simpatiquísimas que para nada se parecían a las tradicionales. Me maravilló que en aquellas fiesta funcionaran los conchos merengueantes igual que cualquier otro día: un poquito más caros, pero perennes. El treinta y uno de diciembre, después medianoche, subí solo a la azotea de nuestro departamento. Pasé hasta las tres de la mañana mirando el cielo que ni un instante dejó de arder en fuegos artificiales. La enorme cruz del Faro de Colón se  proyectaba en las nubes. Me dio ganas de llorar y como nadie me veía, lo hice. Creo que fue un buen augurio para aquel año ’95 que estaba comenzando. 

Días después volvimos a ver a Lyle: dijo que había vendido los cuadros a un precio bastante modesto. Era sábado y casi mediodía, nos dio un cheque que por poco no podemos cambiar a causa de la hora. Por fin Albérico podría comprar la pacotilla  tan imprescindible para el crédito de cualquier cubano que sale de Cuba y regresa.

Como una tromba recorrimos una serie de comercios. Esa noche, despedida de Santo Domingo, nos fuimos al Paseo Marítimo a beber: a la altura del Hotel Sheraton se me apareó una prostituta y me agarró  la portañuela. Cuando se despegó me toqué el dinero del bolsillo y vi que no se lo había llevado. Eso creí. La sorpresa fue al día siguiente al pagar en el supermercado: la puta me había sacado el billete que estaba por fuera de los demás y que, para mi mala suerte, era el de mil pesos (claro, el bultico seguía en su lugar). ¡Dios es grande!: ¡que me robe una mujer! Fue lo único malo que me pasó en Santo Doming
o.



jueves, 13 de septiembre de 2012

Nuestro apartamento quedaba cerca de la casa del presidente Balaguer (que vivía en la Avenida Máximo Gómez): el frente siempre estaba lleno de gente que iba a pedirle cosas y de militares que hacían guardia.

Nos habían aconsejado: Aprovechen que son blancos. Caguen en medio de la calle y no les harán nada. Realmente, la mayoría de los dominicanos son barrigones y mestizos como los que en Cuba llamamos jabaos. Con perdón, nos costó mucho ver una muchacha bonita. Negros no vi muchos. Recuerdo que había un adversario de Balaguer al que achacaban origen haitiano, pues ven a los haitianos como inferiores. Los blancos muchas veces eran cubanos.  En Quisqueya se reivindica la raíz india, aborigen: en fin...

Mi familia llegó de Puerto Rico alrededor del seis de diciembre y se alojaron en un hotel del barrio de Gazcue llamado Cervantes. Gazcue es el equivalente dominicano de El Vedado; en realidad se parecen mucho. Me imagino que si  Mario Coyula escribiera un artículo sobre Gazcue hallaría al habanero infinitamente superior, pero el hecho es que ciertamente se asemejan como primos hermanos. Isabel y su hija María del Carmen fueron muy cariñosas: me regalaron millones de ropas y llevaron una cámara de video para filmar lo flaco que estaba. Entre la cámara y las tiendas nos divertimos mucho y por las noches íbamos a un restaurante típico, llamado Mi conuco. Tenía una onda muy alegre, a lo Cibao. Observé que tanto las muchachas como los muchachos eran muy jóvenes, servían a las mesas, cantaban, bailaban y -según creo- todo lo demás. Me fascinaba aquel sitio. Ahí probé el famoso sancocho, que evidentemente pertenece a esa familia de platos caribeños descendientes de la olla podrida que comparten con  el ajiaco y la caldosa. Dominicana se parece tanto a Cuba que de momento no sabes dónde estás: el aire, el sol, los árboles, las flores, la gente, la comida. Todo.

Dominicana es mucho más nacionalista que Cuba: dondequiera suena el merengue –y cuando digo en todas partes quiero decir eso mismo. En la radio encuentras sólo una o dos emisoras con música extranjera, el resto es merengue- incluso en todos los conchos (taxis ruteros rectos) suena la música nacional; los sábados por la noche los varones que tienen auto lo cargan con sus equipos de audio y recorren el el Paseo Marítimo. Y a sonar merengues a todo volumen.

Se diferencia de Cuba en que nosotros acogemos todo –venga de donde venga- con fervor excesivo, sin embargo ambos pueblos prefieren la música a mucho volumen. Allá tampoco observé la devoción cubana por los helados – que los venden magníficos-, el pan y los dulces “de harina”.

Culturalmente hablando, Cuba es más abierta al mundo; su drama es otro porque se encuentra en una perenne tensión. Aunque quisiera, jamás perdería su identidad, por eso me parecen gratuitas las reafirmaciones o búsquedas: ¿para qué? Como dice Virgilio Piñera: la maldita condición del agua por todas partes... y al lado de un país tan poderoso. Creo que mi isla hace bien siendo tan indiferente; pero sucede que aquí ni siquiera los negros son originarios legítimos. Los indios casi desaparecieron, los chinos vinieron de China, los blancos de Europa. Y todo el mundo, porque no le quedó más remedio. Hasta los conquistadores, porque la gente asentada y poderosa no anda pasando aventuras en tierras ignotas. Y así. Lo original de Cuba es la mezcla. Pero no como un café con leche donde unos se disuelven en los otros, sino más bien como un mosaico con miles de pedacitos de todos colores. Entonces Cuba tiene la facultad de admitir de todo y convertirlo en ese mosaico, que cambia su diseño de tiempo en tiempo. Esa es la naturaleza fagocitante de la cubanía. No el punto guajiro, ni el son de Oriente, ni la Virgencita del Cobre: ésas son manifestaciones de nuestra capacidad de engullir todo y convertirlo en otra cosa. La mayoría de las culturas tienen la misma capacidad, pero Cuba es muy pequeña y ello deviene naturaleza e identidad. En ese sentido estamos en las antípodas de las culturas asiáticas.  Por algo dijo Lezama que nuestra única tradición es la falta de tradición.


Albérico había logrado sacar del país varias cartulinas de  Servando Cabrera Moreno con la esperanza de venderlas y hacer algún dinero. Fuimos a ver a Lyle O. Reitzel, magnífico galerista conocedor de lo mejor del arte joven de Caribe. En realidad acogió muy bien a Eleomar Puente y a otros cubanos. Lo primero que hizo, fue fingir que no sabía quién era Cabrera Moreno y hacer que yo le diera una mini-conferencia sobre el tipo. Cuando ya imaginábamos que iba a comprar, dijo que tenía que ir a Miami, que le dejáramos las pinturas y al regreso nos daría lo que hubiera podido sacarles. Peor trato, ni mandado a hacer. Albérico estaba obligado: no tenía ni un centavo. Les dejó las piezas y nos fuimos muy tristes: Lyle prometió ir a USA después de Nochebuena y regresar cerca del diez de enero. Así que Navidad y Año Nuevo pasarían sin dinero, salvo las propinas que podían dejar caer mi familia o el primo de Albérico.

Por esos días quien cayó allá fue Carlos Victoria. Yo me sentía como una especie de virgen de fátima o dalai lama que la gente va a ver. Claro que en el caso de Carlos no era exactamente así: compartimos años de amistad, mil sucedidos y un epistolario larguísimo. Era lógico que fuera a Santo Domingo. Me alegré mucho cuando me dijo que vendría. Aunque sólo fuera un día, no importa. Ya se sabe que él trabaja en lo que aquí llaman El Libelo de la Mafia -título rimbombante y enardecido, paralelo a La Hiena de Birán -; además, en ese tiempo su madre, Estrella,  estaba viva y para rematar, existía un gato a quien Carlos prodigaba un cuidado especial. Se alojó en un hotel llamado Plaza Naco que me dio la oportunidad de conocer esa parte de la ciudad: como su visita duraría sólo veinticuatro horas, fuimos a un sitio llamado el Museo del Jamón, frente al Alcázar de Colón, donde comí un durísimo, casi correoso y carísimo jamón serrano. Luego pasamos horas, hasta la madrugada, conversando en la bonita suite que consiguió gracias a no sé qué gestión. Antes había llamado por teléfono a Estrella para saber cómo andaban ella y el felino. 

Al medio día siguiente salimos a caminar y pasamos por un cobertizo repleto de máquinas de escribir; de pronto dijo Esto es ahora o nunca: dime cuál máquina quieres. Respondí que ninguna. Realmente no me pasaba nada por la mente: ni eso ni otra cosa. ¿Cargar un aparato? Ni loco. Yo todavía no sabía de computadoras, pero creo que aún sabiendo no le hubiera pedido una. Realmente me dio mucha alegría verlo y que se hubiera  molestado en venir hasta Santo Domingo. Era como recuperar a alguien que ya  tenía por muerto, como asomarme al Otro Lado. Me imagino que para él debe haber sido un poco eso mismo. Por multitud de razones, aquel viaje tuvo mucho de recuperación para mí

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las gestiones del viaje ahora se habían disparado y era cuestión de días. La opinión generalizada entre mis conocidos era que yo no regresaría más a Cuba.

Para el viaje ya los papeles estaban listos. El Fondo se ocupó de las gestiones, en especial Alejandro Carvallo –entonces jefe de Relaciones Internacionales del FBC- Tres o cuatro días antes del veintisiete de noviembre, Albérico y yo viajamos a La Habana. Allá coincidimos con Coral Guillot y su esposo, que viajaban a Colombia. Entre los cuatro alquilamos un apartamento pequeño en el Vedado. Comíamos en la calle y por la noche sólo quedaba bañarse, beber café, ver TV y conversar. Después de tanta desolación, vino una etapa alegre.

Recorrí La Habana. Recuerdo el Café París, de O’Reilly y San Ignacio: faltaba poco para que acabara el año y la estación, en la capital el Período se sentía mucho menos. Además, la Habana Vieja es barrio de turistas, jineteo y alegría. Era como respirar en una playa después de estar encerrado en un pozo. ¡Salir al extranjero! El sueño de cualquier cubano. En tres días más, pisaría Santo Domingo. Nunca estuvo entre mis planes quedarme, pero sí coger un aire y ver a mi familia. Mi familia…

En aquel tiempo –y sigue así- quedarse o no en Cuba tenía que ver una nube que no tenía forma: para los de Adentro, los de Afuera desaparecen. Y vice versa.


EN EL AEROPUERTO DE LAS AMÉRICAS, DE SANTO DO,IMGO, nos esperaba el hermano Tony, tío religioso de Albérico. Cuando recogí el equipaje me registraron el maletín y tuve que regalar unos calmantes a los oficiales de aduana. Increíble: regalar calmantes, yo que venía de la carestía y el no hay. Tony nos llevó al Colegio Dominicano de La Salle a dejar los paquetes. Luego, salimos a comer algo. Nos llevó a La Esquina de Toyo que aparte de su nombre tan habanero, recuerda mucho al Carmelo de Calzada. Pedimos unos enormes y deliciosos emparedados llamados cubanos. Y Pepsi –más grande y dulce, que prefiero desde niño. Sobre la barra, en el interior del negocio, colgaba una hilera de jamones.

Por primera y única vez recordé las cenas de agua-con-azúcar de Cuba: se me cortó la risa.

En el Colegio Dominicano de La Salle -una gran instalación que queda sobre la Avenida Bolívar- nos dieron un magnífico apartamento de dos plantas, sin lujos pero cómodo. Dormitorios y baños abajo; cocina, comedor, salón y TV arriba. El hecho de quedar en el jardín, tan cerca de las áreas deportivas, me hace suponer que pertenecía a jardineros o guardianes: no sé. Era agradable. Los hermanos son gente buena que nos recibieron cordialmente. Nuestro amigo Juan Galano ya no era el Superior –lo habían trasladado a Bogotá- pero acogieron muy bien la invitación hecha por él.

Aquella misma noche llamé a mi tía Bertha y a mis primos Danilo e Isabel; estos últimos prometieron venir a Santo Domingo cuanto antes. Al día siguiente llamé a mi prima Silvia, que había casado con un descendiente del general español Martínez Campos. Desde primer momento me di cuenta de que los hermanos pensaban que planeábamos quedarnos en Quisqueya y vivir en su casa –tendrían que hacerse cargo de nosotros y sería un incordio, por más amigos del Hermano Juan que resultáramos. No decían cosas directas, pero constantemente preguntaban cuál era nuestro objetivo y si teníamos familia. Yo no quería ensombrecer mi estancia. En definitiva nos habían invitado, pagado los pasajes, propiciado los permisos de entrada, etc. Me las arreglé para borrar poco a poco su inquietud. Tres días más tarde fuimos a la oficina de Inmigración situada en el edificio conocido como El Huacalito –su forma lisa y vertical recuerda un cajón. Nos devolvieron nuestros pasaportes, que debimos entregar cuando llegamos con la promesa de regresárnoslos. Comencé a gestionar un permiso provisional de estancia, ya que, durante su vigencia, me permitiría regresar a Dominicana sin pedir permiso de entrada.  En realidad no creí que me lo otorgaran, pero en la fecha fijada, ahí estaba –total, de nada sirvió: cuando lo mandé a renovar con un santiaguero que vivía en Santo Domingo, no lo hizo, a pesar de que le había entregado todo lo necesario, dinero incluido.


Santo Domingo es una ciudad particularmente  hermosa y alegre. Después de años de privaciones, hallaba fantásticos los carritos de frutas que rodeaban el Altar da la Patria: hasta fotos me hice junto a ellos. Todo me llamaba la atención. Palo Hincado forma los pies del mencionado monumento: allí nace la Calle del Conde que baja buscando el mar. Conde es una mezcla de San Rafael, con Obispo y Enramadas. Pequeños establecimientos con mesas sobre la acera y pizarrones verdes anunciando el menú. Cantinas de café en tacita, como los pullman de Enramadas casi esquina a San Félix cuando yo era niño. Gente hablando y riéndose con merengue de fondo. Como una postal turística. Si entonces me hubieran preguntado dónde vivir fuera de Santiago, hubiera dicho que allí. Ahora... bueno, uno cambia. Recuerda mucho a Santiago de Cuba. El Cuartel de la Policía es igual a nuestro Moncada y el Palacio de Justicia, se parece mucho al santiaguero. En otras cosas no: el concepto el concepto “campus” de la Universidad Autónoma nunca lo he visto en Cuba. Las Escuelas de Arte de Cubanacán, son otra cosa porque el plan general (curvo) de los edificios se integra al curso del río: en el campus la arquitectura convive con la naturaleza, cada cual en su sitio pero sin integrarse. Nada digo de la Universidad Informática, pues no la conozco aún.

Quizá por quedar al sur de La Española, Santo Domingo se parece más a Santiago que a La Habana, a pesar de que el tamaño de la ciudad está en la cuerda habanera.

Después del ’59, el cubano aprendió a comer pizza y yogurt. La pizza tuvo éxito mundial después de la II Guerra. ¿O fue por la emigración italiana a Norteamérica? Dice la Wikipedia que los armenios venden yogurt en Nueva York desde 1929, aunque para mi que su popularidad en Cuba la trajeron los rusos y los becarios cubanos. En fin, que a todo el mundo en Cuba le gusta comer pizza, pero durante el Periodo Especial no se encontraba; o sea, que yo estaba ansioso de pizza. Fuimos a una pizzería y los empleados se quedaron embelesados con nuestra manera de comerla y el tamaño de nuestras porciones (allá se comen estrechos sectores: es comida de jóvenes y gente chic, al revés de acá, que se ha vuelto plebeya) Éramos un espectáculo diario. Conocimos a un señor muy generoso llamado Agustín, que nos invitó a su casa a comer T-bone. Yo nunca había comido ese tipo de carne tan grande y consistente. Salí con dolor en las encías. Es que hace rato no masticas.

La esposa de este señor, llamada Nefer, nos consiguió los permisos de entrada al país: aprovechamos para agradecerle.

Una de nuestras primeras visitas fue a casa de un puertorriqueño muy amable que conocí en La Minerva por vía de Abelardo. Me había comprado una “comadrita de medallón”,  genuina y muy barata. Vivía en el exclusivo barrio de Arroyo Hondo. Era una bonita residencia, decorada con buen gusto, que tenía criados y jardines. Prácticamente acabábamos de llegar, y estábamos con diez varas de hambre de Período Especial cubano y sin dinero. Yo estaba seguro de que nos invitaría a almorzar y los olores que venían de la cocina confirmaban mi suposición. Al poco rato sacó unos bellos zapatos deportivos y nos invitó “a caminar”; yo asentí sorprendido, e intuí que tenía otros planes. El señor acostumbraba marchar varios kilómetros diarios como ejercicio y ése día  lo acompañamos bajo el sol del medio día y con zapatos “de salir”. Recorríamos un largo parque, mientras su chofer, nos seguía por la avenida. A los tres cuartos de hora terminó la marcha: el auto lo regresó a su casa –en medio de mi decepción- y luego tuvo la amabilidad de devolvernos al Colegio Dominicano. Desde entonces no hago cuentas con la supuesta generosidad ajena –cada quien tiene sus planes y su vida-. Más vale esperar la invitación más dos insistencias. Caso de que no lleguen, debemos tener un plan B.



martes, 11 de septiembre de 2012

LO DE NENENA HABÍA OCURRIDO en sueños míos docenas de veces en los últimos años. Salí al portal. Pasaba Cendoya. Corrió hacia la cerretera y regresó con una camioneta gris. La cargamos entre los dos. Cuando llegamos a urgencias del hospital, trajeron una camilla con ruedas. ¡Fallecida!, casi gritó el enfermero. Fue en el viaje, se excusó Cendoya. Vino un médico, le abrió un ojo, asintió, la taparon con una sábana y apartaron la camilla contra la pared. Busqué un teléfono público y llamé a Ibarra. Cuando llegó, salí a pie, atravesé todo el Reparto Sueño hasta la casa de Coralita, pero estaba cerrada. Me desesperé más y bajé hacia el centro, donde está La Minerva. Allí hablé con todos. Me prestaron el van. Conducía Albérico y Joseíto me acompañaba. En el hospital, bajé directo a la morgue. Mi prima Xiomara había llegado y estaba junto al cuerpo. Voy a a buscarle ropa. Recogí en su armario un vestido blanco con pintas verdes y el Carnet de Identidad. Cuando regresé a la morgue ya estaba hecha la necropsia. Entre Xiomara y yo la vestimos: al pasarle el túnico por la cabeza rocé el dorso de la mano contra una mancha de sangre. Era mejor hacer su velatorio en Cuabitas por la cuestión del transporte: así los vecinos podrían asistir. El problema sería si esa noche había apagón.  Pero total, en la funeraria también se va la luz. Joseíto y Donato se fueron a hacer los trámites de la funeraria y el cementerio. Sólo quedaba regresar a Cuabitas, donde ya los muebles estaban apartados contra la pared. A Virginia la llevamos donde Flora para que no viera el movimiento. A las pocas horas el carro fúnebre trajo la caja y los otros avíos. Mientras, fui a la candonga –el mercado callejero- y compré varias velas. Por lo menos no nos quedaríamos oscuros con Nenena. Pusimos el ataúd donde mismo ella solía sentarse: en la saleta junto al comedor, mirando hacia la calle. Su rostro era apacible, pero no sonreía. Sólo expresaba la tranquilidad del que ya salió de todo. Estaba donde mismo había vivido.

A medida que se hizo de tarde aumentó la cantidad de gente: ¡cuántas amistades! El almacenero de la tienda de víveres, trajo varios paquetes de café. Las mujeres de la cocina pusieron agua al fuego. A la noche vinieron mis compañeros del Fondo: me senté entre Coral y Diego Scheller. No hubo apagón. Nos quedamos algunos de la familia: volví a mi cuarto y dormí un rato sin quitarme la ropa.

Como a las siete y media de la mañana ya estaba todo preparado. Se supone que sería el primer sepelio de la jornada: a las ocho. Como no había autos ni taxis, cuando montamos la caja al carro fúnebre yo también subí. Delante viajábamos el chofer, su ayudante y yo. Al panteón de la familia, en el Cementerio de Santa Ifigenia, a varios kilómetros de casa. A mitad de camino nos cruzamos con el primo Jaime, que subía en su Chevrolet viejo: se detuvo y le dije que recogiera a los que cupieran y que los esperaba en el panteón de los Oliva. Como éramos pocos y no había flores, todo fue simple. Nuestra tumba no es vieja. Cuando regresamos del cementerio,  la casa estaba limpia y arreglada, igual que siempre. Las mismas mujeres que limpiaron habían preparado almuerzo. Le llevé un plato a Virginia: cuando preguntó por la mamá le dije la verdad. Me quedé solo y comí.

Al fregar vi que sobraba demasiado. Entonces me dio por llorar, me tiré en el suelo y estuve un rato así.La madre es más importante de lo que uno imagina.. Hice mi luto entre gestiones, cambios y escasez.  Fueron días duros.

La muerte  de Nenena sucedió un viernes y la enterramos sábado. El lunes siguiente abrí La Minerva: ¿qué iba a hacer yo solo en casa? Por las mañanas llevaba a Virginia para casa de Flora. La recogía cuando regresaba. No asimiló lo sucedido: pasaba la madrugada llamando a la madre a gritos y el resto del tiempo preguntado por ella. Me puso al borde de la locura. Aparte de que corrían malos tiempos, Flora me presentaba todos los días una lista de quejas y demandas sobre Virginia. El resto de mi familia y yo nos llevábamos bien, pero no éramos íntimos. Para esto no podía contar con ellos. Menos todavía con Bebé, que como he dicho, quedó muy disminuida y opacada de mente.

Por fin mi vecina Irma consiguió que la encargada de Seguridad Social considerase el caso de Virginia: por eso fue que me la admitieron en el Hogar de Ancianos de Ciudamar aunque no llegaba a los sesenta años. Al internarla me pidieron un colchón porque en el asilo no había: usé el de su cama. Virginia también salió de casa. Ciertamente se me quitó un peso de encima, pero quedé todavía más solo.

En Cuba, to live by yourself es algo excepcional que define y clasifica. Xiomara me propuso dormir en casa. Con mi ex-compañero del Pre, galán suyo. Les asigné la pieza que fue de mis padres. Yo seguí en la mía. La de Virginia quedó desocupada y la última pieza continuó indecisa entre desván y vestidor. Sabía que estaba empezando a vivir de otra manera, con cosas malas, regulares y buenas, todas juntas.

viernes, 7 de septiembre de 2012




LOS DOMINGOS SOLÍA PASAR LA TARDE en casa de Raúl Ibarra. Hacía todo el trayecto a pie: salía de casa cerca de la una y media. Regresaba casi de noche: me gustaba ese camino. Una vez me llevé tremendo susto porque en dirección a mi casa se podía ver una gruesa columna de humo negro. Alguna casa ardía. Cuando llegué a Cuabitas y miré mi vivienda verde sana y salva, me volvió el alma al cuerpo. Pero Chantilly había ardido hasta los cimientos; mejor dicho, los alumnos internos de esa “escuela de conducta” la quemaron, pero eso jamás se ha probado. Era una linda quinta de madera pintada de naranja; se alzaba en la punta de una loma. En los primeros ’50, Chantilly había albergado a una productora de películas. Una de sus obras fue SOA, que narraba la historia de una guajirita que viene a la ciudad, se pone a trabajar en un barrio elegante, sale embarazada del joven de la casa, es despedida y al final tiene que regresar al sitio donde salió para parir. SOA era una sigla que se incluía al inscribir en el Registro Civil a un hijo natural, que no es legítimo,  y quiere decir Sin Otro Apellido Cuando cerró la productora, volvió a ser vivienda: durante mi infancia habitó en ella una familia norteamericana. Pobre Chantilly.


Durante los ’90, los hermanos De La Salle compraron una casona en la calle San Pedro y Santa Lucía , cerca del Fondo. Estaban de regreso y su Provincial, el hermano Juan Galano se hizo muy amigo nuestro. Le gustaban mucho las artesanías y pasaba por allá cada vez que venía de Santo Domingo. Siempre nos traía ayudas de ropa, etc, y a nosotros nos gustaba llevarlo a beber café a La Isabelica.

En el ‘92 el Fondo Cubano de Bienes Culturales mandó a Santo Domingo la exposición de arte santiaguero De otra Isla, pero no había regresado. Existía el deseo de recuperar aquellos cuadros -o su importe- aunque nadie veía cómo. Por eso el hermano Juan fue providencial. Albérico Méndez y yo lo pusimos al tanto de todo y armamos un proyecto donde yo daría unas conferencias a sus muchachos mientras el otro recuperaba la exposición. Se firmó un acuerdo con el Fondo y Juan mandó las cartas de invitación. Cuba y Dominicana entonces no tenían relaciones diplomáticas y era necesario un “permiso de entrada”. El viaje se retrasó por las comunicaciones: debíamos utilizar un fax ajeno –en el Fondo no había- y alguna torpeza cometí yo con el número, el asunto es que no nos comunicábamos.

A todas éstas, ignoraba qué hacer con mi madre: si yo viajaba durante un mes o dos, ¿cómo quedaban ella y Virginia? Sin resolver esa interrogante, no me importaba mucho el retraso. Mi prima Xiomara acababa de empezar relaciones con un ex compañero mío del Instituto y no tenían dónde estar –la casa de él estaba ocupada por las hijas de su primer matrimonio-. Entonces les expliqué el problema de mi viaje y ellos accedieron a quedarse en mi cuarto. Sin embargo, la vida dispuso de otra manera.

En una casa todo ocurre al salir o al llegar.

Eran las 7:40 am del veintiuno de octubre de 1994 y me preparaba para bajar a La Minerva. Me gusta recorrer la casa antes de salir. Miré hacia afuera: Nenena yacía el patio, entre la puerta del fondo y el lavadero. Bajé corriendo a levantarla. Murmuraba algo incomprensible. Pude arrastrarla a casa y la senté en una silla del último cuarto. No abría los ojos, pero el balbuceo continuaba. Era evidente que estaba muy mal. Se silenció. Llamé a Yoyi, mi vecina enfermera, y vino: Tony, ya.

LO DE NENENA HABÍA OCURRIDO en sueños míos docenas de veces en los últimos años. Salí al portal. Pasaba Cendoya. Corrió hacia la cerretera y regresó con una camioneta gris. La cargamos entre los dos. Cuando llegamos a urgencias del hospital, trajeron una camilla con ruedas. ¡Fallecida!, casi gritó el enfermero. Fue en el viaje, se excusó Cendoya. Vino un médico, le abrió un ojo, asintió, la taparon con una sábana y apartaron la camilla contra la pared. Busqué un teléfono público y llamé a Ibarra. Cuando llegó, salí a pie, atravesé todo el Reparto Sueño hasta la casa de Coralita, pero estaba cerrada. Me desesperé más y bajé hacia el centro, donde está La Minerva. Allí hablé con todos. Me prestaron el van. Conducía Albérico y Joseíto me acompañaba. En el hospital, bajé directo a la morgue. Mi prima Xiomara había llegado y estaba junto al cuerpo. Voy a a buscarle ropa. Recogí en su armario un vestido blanco con pintas verdes y el Carnet de Identidad. Cuando regresé a la morgue ya estaba hecha la necropsia. Entre Xiomara y yo la vestimos: al pasarle el túnico por la cabeza rocé el dorso de la mano contra una mancha de sangre. Era mejor hacer su velatorio en Cuabitas por la cuestión del transporte: así los vecinos podrían asistir. El problema sería si esa noche había apagón.  Pero total, en la funeraria también se va la luz. Joseíto y Donato se fueron a hacer los trámites de la funeraria y el cementerio. Sólo quedaba regresar a Cuabitas, donde ya los muebles estaban apartados contra la pared. A Virginia la llevamos donde Flora para que no viera el movimiento. A las pocas horas el carro fúnebre trajo la caja y los otros avíos. Mientras, fui a la candonga –el mercado callejero- y compré varias velas. Por lo menos no nos quedaríamos oscuros con Nenena. Pusimos el ataúd donde mismo ella solía sentarse: en la saleta junto al comedor, mirando hacia la calle. Su rostro era apacible, pero no sonreía. Sólo expresaba la tranquilidad del que ya salió de todo. Estaba donde mismo había vivido.

A medida que se hizo de tarde aumentó la cantidad de gente: ¡cuántas amistades! El almacenero de la tienda de víveres, trajo varios paquetes de café. Las mujeres de la cocina pusieron agua al fuego. A la noche vinieron mis compañeros del Fondo: me senté entre Coral y Diego Scheller. No hubo apagón. Nos quedamos algunos de la familia: volví a mi cuarto y dormí un rato sin quitarme la ropa.

Como a las siete y media de la mañana ya estaba todo preparado. Se supone que sería el primer sepelio de la jornada: a las ocho. Como no había autos ni taxis, cuando montamos la caja al carro fúnebre yo también subí. Delante viajábamos el chofer, su ayudante y yo. Al panteón de la familia, en el Cementerio de Santa Ifigenia, a varios kilómetros de casa. A mitad de camino nos cruzamos con el primo Jaime, que subía en su Chevrolet viejo: se detuvo y le dije que recogiera a los que cupieran y que los esperaba en el panteón de los Oliva. Como éramos pocos y no había flores, todo fue simple. Nuestra tumba no es vieja. Cuando regresamos del cementerio,  la casa estaba limpia y arreglada, igual que siempre. Las mismas mujeres que limpiaron habían preparado almuerzo. Le llevé un plato a Virginia: cuando preguntó por la mamá le dije la verdad. Me quedé solo y comí.

Al fregar vi que sobraba demasiado. Entonces me dio por llorar, me tiré en el suelo y estuve un rato así.La madre es más importante de lo que uno imagina.. Hice mi luto entre gestiones, cambios y escasez.  Fueron días duros.

La muerte  de Nenena sucedió un viernes y la enterramos sábado. El lunes siguiente abrí La Minerva: ¿qué iba a hacer yo solo en casa? Por las mañanas llevaba a Virginia para casa de Flora. La recogía cuando regresaba. No asimiló lo sucedido: pasaba la madrugada llamando a la madre a gritos y el resto del tiempo preguntado por ella. Me puso al borde de la locura. Aparte de que corrían malos tiempos, Flora me presentaba todos los días una lista de quejas y demandas sobre Virginia. El resto de mi familia y yo nos llevábamos bien, pero no éramos íntimos. Para esto no podía contar con ellos. Menos todavía con Bebé, que como he dicho, quedó muy disminuida y opacada de mente.

Por fin mi vecina Irma consiguió que la encargada de Seguridad Social considerase el caso de Virginia: por eso fue que me la admitieron en el Hogar de Ancianos de Ciudamar aunque no llegaba a los sesenta años. Al internarla me pidieron un colchón porque en el asilo no había: usé el de su cama. Virginia también salió de casa. Ciertamente se me quitó un peso de encima, pero quedé todavía más solo.

En Cuba, to live by yourself es algo excepcional que define y clasifica. Xiomara me propuso dormir en casa. Con mi ex-compañero del Pre, galán suyo. Les asigné la pieza que fue de mis padres. Yo seguí en la mía. La de Virginia quedó desocupada y la última pieza continuó indecisa entre desván y vestidor. Sabía que estaba empezando a vivir de otra manera, con cosas malas, regulares y buenas, todas juntas
.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Aquel 1993 fue para mi el peor año del Período. En una ocasión nos quedamos sin jabón en casa. Ni un pedacito. Acababan de legalizar el dólar. Una tarde se me apareció una reportera de un periódico de Allá acompañada por una fotógrafa. Mi amigo Carlos me mandaba cincuenta dólares con ella. Cayeron del cielo. Estuvimos mucho rato conversando: le hablé de todo, del racionamiento, las carestías, y, claro, la total falta de jabón de ese momento. La fotógrafa abrió su bolso y me regaló un Palmolive. Me iluminó la tarde. Jamás me ha vuelto a faltar el jabón. Fui a varios lugares con ella y la fotógrafa: esta última insistía en captar una imagen muy corriente por aquellos años: un ciclista llevando a toda prisa un enorme cake –una de las visiones más locas de nuestras calles. Era como decir ¿Se cae o no se cae? – Por fin no hizo la foto: al menos junto conmigo no fue. El cake tampoco se cayó.

La plata que me mandó Carlos Victoria fueron mis primeros dólares: fui a una tiendecita muy barata y gasté veinte en jabón, detergente y aceite. Luego compré por la calle seis más. En el momento de la legalización del dólar, el cambio callejero estaba a 120 pesos cubanos. Había de todo pero en dólares.


Mi primo Danilo Quintana y su esposa Isabel, desde Puerto Rico, me habían invitado a visitarlos. Era sobre todo para mitigar un poco mi miseria. Ellos dos y mi tía Bertha nos ayudaron mucho en el Período y se los agradezco. Estaban listos todos mis papeles, pero faltaba la visa americana. Entonces solicité la entrevista a la CINA (Oficina de Intereses Norteamericana)y cuando me la dieron, partí para La Habana. El amigo de Diego Scheller me albergó en su casa, donde eran como mil de familia, pero comían muy bien y el apartamento no era feo.

Uno debía inscribirse en una lista en las cercanías de la Oficina de Intereses, llamaban a lista en voz alta dos veces al día y si no respondías ¡Presente!, perdías el turno y te borraban. El proceso desde inscribirse hasta la entrevista duraba más de dos semanas. Los vecinos del barrio habían acaparado un lucrativo negocio que consistía en anotarse, contestar presente y vender los turnos. Pagué doscientos cincuenta pesos cubanos , y conseguí un lugar que distaba tres días de la entrevista, durante los cuales me correspondió responder a las seis de la mañana y de la tarde. Por fin me tocó entrar a la CINA a las 8 de la mañana del 4 de diciembre, día de Santa Bárbara. Amaneció lloviendo y me mojé. La entrevista en sí no llegó a un minuto. Me negaron la visa ipso facto por “posible inmigrante”, o sea, “grandes probabilidades de no regresar a Cuba”. Estoy seguro de que el empleado ya tenía programada la respuesta, pues en varios segundos no hay tiempo de decidir en serio. La gente solía llorar, gritar, tratar de conmover. Lo tomé con tanta filosofía que los que esperaban afuera creyeron que había salido OK.

Los americanos negaban muchas visas, más de la cuenta. También es verdad que, de las que concedían, solamente regresaba la tercera parte de los viajeros. Complicado, ¿verdad? Mi viaje a Puerto Rico no se dio. Nunca más he solicitado visa americana: es inútil.

Para regresar a Santiago tuve que comprar un pasaje en ómnibus hasta Baracoa, apearme en Palma Soriano como a las cinco de la mañana y hacer una cola para la primera guagua a Santiago.





miércoles, 5 de septiembre de 2012

Las tertulias de La Minerva ya eran una institución: logré que la guía para turistas que edita anualmente el rotativo español El País incluyera a la tienda. Otra mañana se me apareció el escritor Joaquín Baquero totalmente irreconocible con una enorme barba y una gorra color marrón. No supe quién era. Me traía la primera edición de Tusquets de Antes que anochezca, del difunto Reinaldo Arenas, donde había descubierto la foto de alguien parecido a mi, aunque el pie no daba información. Me dejó el libro con la condición de leerlo en veinticuatro horas. Dije que sí. No cabía duda de que la foto era mía: la tomó Reinaldo García Ramos en el Parque Lenin, en 1973.


En los noventipocos, mi amigo Abelardo Bélico estaba casado con una mujer bella e inteligentísima llamada Yaumara. Algunos sábados nos reuníamos en La Isabelica a beber café: recuerdo con agrado aquellas tardes. Una de las pocas cosas que se podía comprar en Santiago era el café de La Isabelica: nos enviciamos, y casi no salíamos de allí.

 A Frank Aguilera lo conocí durante los años ’80 en la Galería: era miembro de una especie de club literario que funcionaba allí, conmemorativo de Alejo Carpentier. Era un adolescente apuesto y bien vestido. Lo admiraba, pero sin insistencia; cuando percibí que mi seguimiento visual lo inquietaba comprendí que es gay y lo dejé en paz.
Es que se trata un muchacho encantador, brillante y sumamente cariñoso. Cuando por fin se decidió a “salir del closet” nuestra amistad creció muchísimo y hoy es uno de mis mejores amigos. Vive en Barcelona.

Mi cumpleaños cuarentiocho me lo celebró con una empanada Olguita Trapero. Nos la comimos un medio día en la casa que pertenecía a la UNEAC y todavía no se había inaugurado con el nombre de galería La Confronta. Los invitados fueron mis compañeros del Fondo, Olguita y yo. Con tanta hambre, fue un regalo que todavía agradezco. Me pregunto cómo y dónde  logró que se la hicieran.