jueves, 20 de septiembre de 2012

A aquella misma Fiesta del Fuego asistió Wallace Tartelli, un colombiano sumamente emprendedor y promotor de casi todo lo que pueda resaltar la vida artística de su ciudad –Ibagué. A decir verdad, Wally asistía a los Festivales del Caribe desde hacía varios años y la Guillot me lo había presentado antes. Ya funcionaba la galería La Confronta y una tarde que miraba cuadros en compañía del también colombiano Calderón  me le acerqué y se me ocurrió decirle que si le interesaba, yo podía organizar algo similar para Ibagué. Me respondió que por qué no, lo cual me dejó atónito pues no me lo esperaba. Por supuesto que me alegré mucho. Me propuso reunirnos al día siguiente ahí mismo. Así lo hicimos y Wally  traía ya la propuesta –por no decir la condición- de incluir a Pedro Jorge Pozo en el proyecto. Pozo es magnífica persona, pero nunca me ha interesado su pintura. Luego entendí que en Colombia ello venía como anillo al dedo. Lo notable de la pintura de Pozo es que nada de lo anterior es falso: jamás “posa”, todo le sale del fondo del alma. Por insoportable que resulte. Es un fenómeno sociocultural. Pues nada: Pozo iría a Ibagué.

Me quedaba buscar a otro artista y recordé a Luis Tasset –entonces esposo de Blanquita Pasín- cuyos grabados creo que merecían mucho más promoción (ciertamente, años más tarde la tuvo)  En realidad, el proyecto con Wally Tartelli caminó sobre ruedas; únicamente, ya a finales de septiembre –cuando Lescay me había invitado a participar en la futura Fundación- el difunto Guarionex Ferrer y el diseñador Adolfo Escalona me llamaron aparte y me advirtieron que iba a Colombia como representante de aristas de la UNEAC, no como miembro de la fundación de Lescay. Ello me pareció insólito, represivo y vejatorio para mi persona. Luego comprendí que no me equivocaba: actuaron intencionalmente porque ya para entonces Lescay me había propuesto un cargo en su fundación y uno – Guarionex- había estado en desacuerdo por escrito con el proyecto de fundación del otro. Temían que yo viajara “de polizón”. Generalmente las personas que están envueltas en algún lío  están seguras de que todo el mundo lo sabe y ha tomado su partido. Realmente, yo me enteré muchísimo más tarde de que Guarionex, el viejo Ferrer y Escalona estaban en desacuerdo con la Fundación. A mediano plazo lo anterior no me afectó para nada y continué con mi exposición de Colombia.

Mientras lo anterior ocurría, las coordinaciones para nuestra exposición progresaban rápidamente. Había llegado una carta de invitación del alcalde de Ibagué con motivo del Cuatrocientos cuarenta y cinco aniversario de la ciudad, en cuyas ceremonias quería que participásemos; se comprometía a pagar los boletos y los gastos derivados de nuestra estancia. Ya cerca de la propuesta fecha de salida nos fuimos a La Habana a conseguir visas y pasajes.

Éramos Pozo, Tasset y yo. La primera noche dormimos como se pudo en casa del trovador Augusto Blanca –Pozo y yo lo conocíamos desde acá. Después, el mismo Augusto nos halló un alquiler en el edificio de G y 25 donde vivía, en el apartamento de una mujer joven que tenía una niña. No salía caro, ya que los tres compartíamos una sola habitación. Empezó entonces una espera de catorce días para la cual yo no estaba económicamente preparado: tanto los boletos como las visas debían venir desde Colombia.

En realidad no expliqué de qué modo habíamos encaminado las cosas. La UNEAC nos representaba ante el Estado cubano y por ello se encargaba de gestionar nuestros papeles de viaje, incluso la visa. Poseían aparatos de fax, y nos facilitaron contactar con Ibagué para que supiesen el número telefónico de nuestro alojamiento, así como que estábamos listos esperando por ellos. En la UNEAC supimos que la visa debía solicitarse simultáneamente desde La Habana e Ibagué. Cuando Wally llamó le precisamos lo de la visa: a partir de entonces comenzó a moverse la maquinaria. A diario íbamos al departamento de Relaciones Internacionales de la UNEAC, pues obtener nuestros permisos de salida; entonces solicitamos las visas en la Embajada de Colombia. Y a esperar. Pasaban los días, y nada llegaba. Gracias al buen humor de Tasset y Pozo sobreviví aquella incertidumbre y sangría de dinero. Luis proviene de una larga familia oriunda de Maffo, cerca de Bayamo. Campesinos de muy buenas maneras, pero campesinos al fin, y con un inagotable reservorio de historias, cuentos y chistes, aparte de una predisposición natural a encontrar el lado risible de todo.
Hacía un cuento cada cinco o diez minutos. Nunca se repitió y jamás aburrió. Seguían pasando los días. Fuimos a Cubana de Aviación como cien veces. Nada, de boletos nada. Una mañana decidimos que al día siguiente regresaríamos a Santiago. Como a las cuatro de la tarde sonó el teléfono: era de Colombia para que inmediatamente reclamáramos las visas y boletos pues teníamos reservación para la mañana siguiente. A esa hora ya la Embajada había cerrado, y aunque telefoneamos, no hubo manera: había que esperar al otro día. Por lo pronto, nada de regresar a Santiago. Sería verdaderamente difícil recoger las visas en Miramar, retornar al Vedado por los boletos y correr al aeropuerto. No creí que fuese posible, pero mis compañeros hablaron con un señor que tenía un auto y por  unos dólares nos llevó a todas partes. Y lo logramos. Llegamos a Rancho Boyeros mucho antes de las once a.m. Si despegamos algo atrasados fue porque Pozo tuvo líos con la Aduana a causa de sus cuadros. Como iba a exponer, invitado por un alcalde, eso le valió. Y por fin despegamos.



martes, 18 de septiembre de 2012


Creo que, sobre todo, la gente de mi entorno se sentía aislada y olvidada –en aquella época no existía correo electrónico y Cuba ni siquiera se había conectado aún a Internet. Tengo la impresión de que para la gente directamente cercana a mi, aquello contribuyó a disminuir esos sentimientos. Las cosas más reales son las que más trabajo cuesta demostrar: que es posible ver, tocar y vivir una realidad diferente de la del. Hay veces que el alma humana necesita estar segura de que realmente se puede vivir sin la ansiedad del próximo apagón, la olla vacía, la falta de cosas de aseo,  de todo. Durante el Período la sensación general era de que no existía el futuro, más que como prolongación del presente: o sea, que siempre habría Período.


He hablado del desamparo generalizado. In the other hand, comencé a sentir algo que entonces era totalmente nuevo y que dura hasta ahora: el asedio, a veces desembozado, a veces no, para usurparme objetos, personas, sentimientos – o simplemente para robarme. En un principio lo justifiqué con la enorme carestía que acarreó el Período – a pesar de su innegable hermosura, los chicos de mi barrio estaban más flacos todavía: ¿hasta dónde se llegaría?-, luego he comprendido que aunque la mala situación evidentemente contribuyó, se trata de algo inherente a los nuevos tiempos. Además del robo, se justificaron la prostitución y la corrupción encima de la costra de hipocresía que más de treinta años y la cercanía del siglo veintiuno habían sedimentado. He observado que en lugar de reducir, esos males han aumentado con el tiempo. Ello no es extraño: por una parte, en Cuba el dinero ocupa cada día más un lugar preponderante en las relaciones de todo tipo y, por otra, una sociedad que niega obsesivamente verdades enormes y sataniza lo que tiende a apaciguar las necesidades inmediatas cotidianas, únicamente así puede mantenerse. Hoy día, robar algo de valor o prostituirse con beneficio son logros que merecen respeto popular. Como decía Marx, la gente es como vive. Ergo, ¿cómo será la Cuba del 2050?

A los pocos días se presentó en casa Javier. Que para nada era ya un niño. Estudiaba soldadura en una escuela de oficios cerca de casa. Confieso que todavía no sé quién es o qué cantidad de fingimiento y ganas de obtener ventajas existiría en su acercamiento.
No me importaba. Para nada. Durante muchos meses su piel olió a humo de leña y su ropita reflejaba el mundo de privaciones del que procedía. Fue en mi casa que aprendió a usar champú, gel de baño y colonia.


Lo enseñé a ser buen cocinero, ya que tiene habilidad innata para resolver problemas prácticos relacionados con tejados, tragantes, tuberías y barre con dedicación y energía, como si en ello le fuera la vida. Sin embargo, le teme a la electricidad: todo lo relacionado con ella es arcano para él. Las pocas veces que bebe, incurre en actitudes de un cretinismo alarmante. No fuma. Sólo de tarde en tarde –aunque inesperadamente- reacciona con ira, ya que acostumbra ser apacible y risueño. Cuando está o cree estar solo, lo cubre un casi imperceptible velo de tristeza y desamparo.

El Festival de Teatro Máscara de Caoba, como siempre,  se celebró en primavera. Me designaron jurado y, como las funciones terminaban demasiado tarde en la noche, también una habitación junto a los otros en el Hotel Trópico –grupo de edificios baratos que estuvieron ocupados por familias rusas durante los ’80 y que al retirarse aquéllas resultaron convertidos en “instalación turística”. Mis co-jurados (¿existe esa expresión?) fueron Vivian Martínez Tabares y Vicente Revuelta; ella era la teórica, sabia teatral, delicada, bonita y con ese don tan habanero de ser simpática a la vez que levanta un murallón contra los desconocidos (es como ver el jardín desde la acera y tener la cancela cerrada con candado).

Regresar a Cuabitas y continuar mi romance fue todo uno. Desde el lecho escuchábamos a La Lupe en una pequeña grabadora que años después misteriosamente desapareció. Hacia julio vino el Festival del Caribe y el encuentro de poetas que año por año organizaba Cos Causse. Ese año estuvo aquí Arrufat, santiaguero ausente al fin. Con él sí hice amistad; en años posteriores lo telefoneaba cada cierto tiempo, luego dejó de estar en casa y actualmente conversamos largamente cuando nos encontramos. Le agradezco que haya querido leer mi texto y aconsejarme los poemas que debería contener el libro que me publicó UNION.


Sí, porque la editora de la UNEAC me había pedido un libro para publicar; así armé Cómo criar un Perro, que sometí a esa casa editora; al cabo de unos meses me enteré de que no lo habían admitido –dijeron que era muy conversacional y pasado de moda. Lo cual no era razón convincente: el hecho de haberme apartado de lo que se considera novedoso evidentemente no agradó a la comisión de lectura.  Entonces me quejé a Adrián Bosco –entonces presidente de la UNEAC- y fue él quien destrabó el asunto: por fin, en 2003, siete años después, salió el libro con una cubierta rosada espantosa de la cual me enteré incidentalmente cuando ya el libro había sido impreso, y con  una nube de erratas. Evidentemente la edición y el diseño no funcionaron, aunque por lo menos tuve un tomito impreso en material más presentable.

Ese mismo ’95 acá en Santiago me imprimieron El aceite y el vinagre, en un solo tomo compartido con Sombra y variaciones, de Raúl Ibarra. En aquellos años en que la industria editorial cubana casi había tocado fondo, era lo menos que se podía hacer con tal de sacar lo que habíamos escrito durante años –en realidad, Ibarra solamente había publicado Fox trot, en l990. No se me ocurriría de nuevo compartir libro con alguien más, salvo con el propio Ibarra, poeta y amigo a quien admiro y quiero mucho.

lunes, 17 de septiembre de 2012

No habíamos olvidado que el principal objetivo de nuestro viaje era recuperar la exposición De otra Isla, que yo mismo había contribuido a curar dos años atrás. La hallamos, sí, en un instituto para enfermedades pulmonares propiedad de cierto amigo de Cuba. En buen estado. Para regresarla, debíamos pagar exceso de equipaje a Cubana de Aviación. Debo decir que el Fondo Cubano de Bienes Culturales  no nos dio ni un centavo para ello –ni para tomar un café en el aeropuerto: Albérico vacilaba en pagar de su bolsillo por el exceso de equipaje. Determinarnos hacerlo de todos modos: cuando aquí nos vieran colorados y con varias libras más, todos pensarían que habíamos vendido los cuadros y nos habíamos comido el dinero. Total, el FBC de Santiago ni se preocupó por ellos. Al día siguiente de entregarlos en el Fondo, hallé uno de los cuadros con la huella de una suela sobre la superficie pictórica. Lo pisotearon,  pero no nos llamaron ladrones.

A mediados de enero regresamos por el aeropuerto de Sosúa, entre esa ciudad y Puerto Plata. Yo había rejuvenecido como quince años. En realidad casi nadie nos esperaba. Recuerdo que le traje a Abelardo un libro de cuentos de Fernando Villaverde. También traje la bellísima frase: Al corazón de la ahuyama, sólo la punta del cuchillo lo conoce. Y a Martica, mi camarera favorita de La Isabelica, un paliacate rojo. Estaba feliz. Después de tantos meses de dolor y necesidades, el haber visto algo diferente no tenía precio para mi.


El año  abrió una de las épocas más positivas  de mi vida. He titubeado mucho antes de escoger este detestable adjetivo pero hoy día, varios años después, todavía no encuentro una palabra exacta para definirlo. Fue un buen año, sí. Pero ¿bueno cómo? Incluso, relatar esos meses de manera medianamente ordenada me resulta difícil porque unos sucesos se encabalgan en otros: la vida no espera a que termine un episodio para comenzar el siguiente.

El hecho de volver causó cierto asombro y uno diría que hasta molestia para algunos. La etapa de hambre y necesidades de todo tipo seguía reinando sobre mi isla y en agosto del ’94 había ocurrido un exodus balserum: el tema de la hégira estaba sobre el tapete; además, pienso que mi familia de aquí –que se había quedado en casa durante mi viaje- probablemente habrá experimentado cierta decepción. En el FBC también, debido a la ley no escrita de “mientras menos bulto más claridad”. Detrás de un deceso, traslado o “deserción” siempre encontramos alguna esperanza de promoción o incremento de comodidades, por más lejana que pueda resultar. Es una ilusión profunda y sin verdadero cálculo.

Por otro lado, el efecto combinado de la alimentación, el sol –durante aquellas semanas recorrí la Ciudad Capital de cabo a rabo- y la satisfacción de haber logrado algo que la inmensa mayoría de quienes me rodeaban querrían para sí, me hicieron rejuvenecer. Desde la palidez delgaducha y tristona que se apoderó de casi todo el mundo en la isla,  me vi promovido a una pimpante rojez llena de historias y buen humor.

Ya he relatado cómo, al día siguiente de devolver la recuperada exposición, hallé uno de los óleos en el suelo de la galería del FBC con una huella de zapato nítidamente estampada en su superficie. Ni eso ni el hecho de que hubiesen cerrado definitivamente La Minerva en mi ausencia –el Fondo Cubano de Bienes Culturales suspendió la venta de antigüedades en todo el país-, lograron empañar mínimamente mi alegría. Ahora, libre, me dediqué a visitar a mi amigo Raúl Ibarra y beber café en La Isabelica con Abelardo y Frank –ante quienes disfruté provisionalmente una cierta dimensión digamos “heroica”. Aunque suene inelegante y hasta fuera de lugar, debo insistir en que cualquier viaje desde de Cuba, Faro de América Latina, en medio del Período Especial, de ninguna manera podía ser visto como otro cualquiera.

viernes, 14 de septiembre de 2012

COMO CASI TODOS LOS CUBANOS que van a hacer su primer viaje Afuera, le había hecho una promesa a la Virgen. Pero no a la del Cobre, sino a la de Altagracia. En definitiva vivo cerca de El Cobre: sucediera o no, alguna vez iría a verla. Por ello lo lógico era comprometer a otra Virgen: la de allá, la Altagracia –que de paso se llama igual que mi madre. Y bueno, ahora había que cumplir. Casualmente, los hermanos De La Salle tienen un colegio –Juan XXIII se llama- en Higüey,  la misma localidad donde está el santuario nacional de la Virgen de Altagracia. Y como fuimos a pasar un fin de semana allá, aproveché para cumplir mi voto.

El templo es enorme, mucho más que El Cobre, con mosaicos, pinturas y tallas en madera. Creo que lo fabricaron por los años ’50. Fui un domingo temprano, oí la misa y luego hice una larga cola para besar la imagen -eran  docenas de mujeres, niños, adultos y viejos- porque como la Altagracia es una pintura, no una figura de bulto, hay que subir hasta la parte superior del retablo, en donde está protegida por un cristal. Besé el aire; no le pegué la boca al vidrio a pesar del monaguillo que pasaba un pañito después de cada ósculo. Me fui tranquilo. Luego, en otras visitas, recé otro rato y oí otras misas en la misma iglesia, tan distintiva de la pompa trujillista.  

Higüey es un pueblo encantador y mi fin de semana resultó imborrable: el primo Tony quiso ir en su auto, pero se averió cerca de La Romana y desapareció por varias horas hasta que lo hallamos después de haber recorrido varias veces la carretera Romana-Higüey en medio de la noche. Era un station-wagon muy moderno y se bloqueó por una falla que sólo la agencia de la marca podía resolver. Tal cosa no es buena: es enojoso depender de una agencia; hacen falta vehículos que un buen mecánico pueda arreglar. El asunto es que regresamos al pueblo muy tarde y con hambre, pero a esa hora solamente funcionaban los chimichurris -carritos muy simples, donde se venden desde longanizas hasta pollito frito, pasando por plátanos maduros, chicharrones, papas fritas, etc. Creo que una de las cosas que más valoro de ese viaje son esos puestos llenos de golosinas olorosas en medio de la madrugada, con un farol o un bombillo, cajas de maravillas en medio de la noche.

La Nochebuena y el Fin de Año los pasamos en un convento, junto a unas monjas simpatiquísimas que para nada se parecían a las tradicionales. Me maravilló que en aquellas fiesta funcionaran los conchos merengueantes igual que cualquier otro día: un poquito más caros, pero perennes. El treinta y uno de diciembre, después medianoche, subí solo a la azotea de nuestro departamento. Pasé hasta las tres de la mañana mirando el cielo que ni un instante dejó de arder en fuegos artificiales. La enorme cruz del Faro de Colón se  proyectaba en las nubes. Me dio ganas de llorar y como nadie me veía, lo hice. Creo que fue un buen augurio para aquel año ’95 que estaba comenzando. 

Días después volvimos a ver a Lyle: dijo que había vendido los cuadros a un precio bastante modesto. Era sábado y casi mediodía, nos dio un cheque que por poco no podemos cambiar a causa de la hora. Por fin Albérico podría comprar la pacotilla  tan imprescindible para el crédito de cualquier cubano que sale de Cuba y regresa.

Como una tromba recorrimos una serie de comercios. Esa noche, despedida de Santo Domingo, nos fuimos al Paseo Marítimo a beber: a la altura del Hotel Sheraton se me apareó una prostituta y me agarró  la portañuela. Cuando se despegó me toqué el dinero del bolsillo y vi que no se lo había llevado. Eso creí. La sorpresa fue al día siguiente al pagar en el supermercado: la puta me había sacado el billete que estaba por fuera de los demás y que, para mi mala suerte, era el de mil pesos (claro, el bultico seguía en su lugar). ¡Dios es grande!: ¡que me robe una mujer! Fue lo único malo que me pasó en Santo Doming
o.



jueves, 13 de septiembre de 2012

Nuestro apartamento quedaba cerca de la casa del presidente Balaguer (que vivía en la Avenida Máximo Gómez): el frente siempre estaba lleno de gente que iba a pedirle cosas y de militares que hacían guardia.

Nos habían aconsejado: Aprovechen que son blancos. Caguen en medio de la calle y no les harán nada. Realmente, la mayoría de los dominicanos son barrigones y mestizos como los que en Cuba llamamos jabaos. Con perdón, nos costó mucho ver una muchacha bonita. Negros no vi muchos. Recuerdo que había un adversario de Balaguer al que achacaban origen haitiano, pues ven a los haitianos como inferiores. Los blancos muchas veces eran cubanos.  En Quisqueya se reivindica la raíz india, aborigen: en fin...

Mi familia llegó de Puerto Rico alrededor del seis de diciembre y se alojaron en un hotel del barrio de Gazcue llamado Cervantes. Gazcue es el equivalente dominicano de El Vedado; en realidad se parecen mucho. Me imagino que si  Mario Coyula escribiera un artículo sobre Gazcue hallaría al habanero infinitamente superior, pero el hecho es que ciertamente se asemejan como primos hermanos. Isabel y su hija María del Carmen fueron muy cariñosas: me regalaron millones de ropas y llevaron una cámara de video para filmar lo flaco que estaba. Entre la cámara y las tiendas nos divertimos mucho y por las noches íbamos a un restaurante típico, llamado Mi conuco. Tenía una onda muy alegre, a lo Cibao. Observé que tanto las muchachas como los muchachos eran muy jóvenes, servían a las mesas, cantaban, bailaban y -según creo- todo lo demás. Me fascinaba aquel sitio. Ahí probé el famoso sancocho, que evidentemente pertenece a esa familia de platos caribeños descendientes de la olla podrida que comparten con  el ajiaco y la caldosa. Dominicana se parece tanto a Cuba que de momento no sabes dónde estás: el aire, el sol, los árboles, las flores, la gente, la comida. Todo.

Dominicana es mucho más nacionalista que Cuba: dondequiera suena el merengue –y cuando digo en todas partes quiero decir eso mismo. En la radio encuentras sólo una o dos emisoras con música extranjera, el resto es merengue- incluso en todos los conchos (taxis ruteros rectos) suena la música nacional; los sábados por la noche los varones que tienen auto lo cargan con sus equipos de audio y recorren el el Paseo Marítimo. Y a sonar merengues a todo volumen.

Se diferencia de Cuba en que nosotros acogemos todo –venga de donde venga- con fervor excesivo, sin embargo ambos pueblos prefieren la música a mucho volumen. Allá tampoco observé la devoción cubana por los helados – que los venden magníficos-, el pan y los dulces “de harina”.

Culturalmente hablando, Cuba es más abierta al mundo; su drama es otro porque se encuentra en una perenne tensión. Aunque quisiera, jamás perdería su identidad, por eso me parecen gratuitas las reafirmaciones o búsquedas: ¿para qué? Como dice Virgilio Piñera: la maldita condición del agua por todas partes... y al lado de un país tan poderoso. Creo que mi isla hace bien siendo tan indiferente; pero sucede que aquí ni siquiera los negros son originarios legítimos. Los indios casi desaparecieron, los chinos vinieron de China, los blancos de Europa. Y todo el mundo, porque no le quedó más remedio. Hasta los conquistadores, porque la gente asentada y poderosa no anda pasando aventuras en tierras ignotas. Y así. Lo original de Cuba es la mezcla. Pero no como un café con leche donde unos se disuelven en los otros, sino más bien como un mosaico con miles de pedacitos de todos colores. Entonces Cuba tiene la facultad de admitir de todo y convertirlo en ese mosaico, que cambia su diseño de tiempo en tiempo. Esa es la naturaleza fagocitante de la cubanía. No el punto guajiro, ni el son de Oriente, ni la Virgencita del Cobre: ésas son manifestaciones de nuestra capacidad de engullir todo y convertirlo en otra cosa. La mayoría de las culturas tienen la misma capacidad, pero Cuba es muy pequeña y ello deviene naturaleza e identidad. En ese sentido estamos en las antípodas de las culturas asiáticas.  Por algo dijo Lezama que nuestra única tradición es la falta de tradición.


Albérico había logrado sacar del país varias cartulinas de  Servando Cabrera Moreno con la esperanza de venderlas y hacer algún dinero. Fuimos a ver a Lyle O. Reitzel, magnífico galerista conocedor de lo mejor del arte joven de Caribe. En realidad acogió muy bien a Eleomar Puente y a otros cubanos. Lo primero que hizo, fue fingir que no sabía quién era Cabrera Moreno y hacer que yo le diera una mini-conferencia sobre el tipo. Cuando ya imaginábamos que iba a comprar, dijo que tenía que ir a Miami, que le dejáramos las pinturas y al regreso nos daría lo que hubiera podido sacarles. Peor trato, ni mandado a hacer. Albérico estaba obligado: no tenía ni un centavo. Les dejó las piezas y nos fuimos muy tristes: Lyle prometió ir a USA después de Nochebuena y regresar cerca del diez de enero. Así que Navidad y Año Nuevo pasarían sin dinero, salvo las propinas que podían dejar caer mi familia o el primo de Albérico.

Por esos días quien cayó allá fue Carlos Victoria. Yo me sentía como una especie de virgen de fátima o dalai lama que la gente va a ver. Claro que en el caso de Carlos no era exactamente así: compartimos años de amistad, mil sucedidos y un epistolario larguísimo. Era lógico que fuera a Santo Domingo. Me alegré mucho cuando me dijo que vendría. Aunque sólo fuera un día, no importa. Ya se sabe que él trabaja en lo que aquí llaman El Libelo de la Mafia -título rimbombante y enardecido, paralelo a La Hiena de Birán -; además, en ese tiempo su madre, Estrella,  estaba viva y para rematar, existía un gato a quien Carlos prodigaba un cuidado especial. Se alojó en un hotel llamado Plaza Naco que me dio la oportunidad de conocer esa parte de la ciudad: como su visita duraría sólo veinticuatro horas, fuimos a un sitio llamado el Museo del Jamón, frente al Alcázar de Colón, donde comí un durísimo, casi correoso y carísimo jamón serrano. Luego pasamos horas, hasta la madrugada, conversando en la bonita suite que consiguió gracias a no sé qué gestión. Antes había llamado por teléfono a Estrella para saber cómo andaban ella y el felino. 

Al medio día siguiente salimos a caminar y pasamos por un cobertizo repleto de máquinas de escribir; de pronto dijo Esto es ahora o nunca: dime cuál máquina quieres. Respondí que ninguna. Realmente no me pasaba nada por la mente: ni eso ni otra cosa. ¿Cargar un aparato? Ni loco. Yo todavía no sabía de computadoras, pero creo que aún sabiendo no le hubiera pedido una. Realmente me dio mucha alegría verlo y que se hubiera  molestado en venir hasta Santo Domingo. Era como recuperar a alguien que ya  tenía por muerto, como asomarme al Otro Lado. Me imagino que para él debe haber sido un poco eso mismo. Por multitud de razones, aquel viaje tuvo mucho de recuperación para mí

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Las gestiones del viaje ahora se habían disparado y era cuestión de días. La opinión generalizada entre mis conocidos era que yo no regresaría más a Cuba.

Para el viaje ya los papeles estaban listos. El Fondo se ocupó de las gestiones, en especial Alejandro Carvallo –entonces jefe de Relaciones Internacionales del FBC- Tres o cuatro días antes del veintisiete de noviembre, Albérico y yo viajamos a La Habana. Allá coincidimos con Coral Guillot y su esposo, que viajaban a Colombia. Entre los cuatro alquilamos un apartamento pequeño en el Vedado. Comíamos en la calle y por la noche sólo quedaba bañarse, beber café, ver TV y conversar. Después de tanta desolación, vino una etapa alegre.

Recorrí La Habana. Recuerdo el Café París, de O’Reilly y San Ignacio: faltaba poco para que acabara el año y la estación, en la capital el Período se sentía mucho menos. Además, la Habana Vieja es barrio de turistas, jineteo y alegría. Era como respirar en una playa después de estar encerrado en un pozo. ¡Salir al extranjero! El sueño de cualquier cubano. En tres días más, pisaría Santo Domingo. Nunca estuvo entre mis planes quedarme, pero sí coger un aire y ver a mi familia. Mi familia…

En aquel tiempo –y sigue así- quedarse o no en Cuba tenía que ver una nube que no tenía forma: para los de Adentro, los de Afuera desaparecen. Y vice versa.


EN EL AEROPUERTO DE LAS AMÉRICAS, DE SANTO DO,IMGO, nos esperaba el hermano Tony, tío religioso de Albérico. Cuando recogí el equipaje me registraron el maletín y tuve que regalar unos calmantes a los oficiales de aduana. Increíble: regalar calmantes, yo que venía de la carestía y el no hay. Tony nos llevó al Colegio Dominicano de La Salle a dejar los paquetes. Luego, salimos a comer algo. Nos llevó a La Esquina de Toyo que aparte de su nombre tan habanero, recuerda mucho al Carmelo de Calzada. Pedimos unos enormes y deliciosos emparedados llamados cubanos. Y Pepsi –más grande y dulce, que prefiero desde niño. Sobre la barra, en el interior del negocio, colgaba una hilera de jamones.

Por primera y única vez recordé las cenas de agua-con-azúcar de Cuba: se me cortó la risa.

En el Colegio Dominicano de La Salle -una gran instalación que queda sobre la Avenida Bolívar- nos dieron un magnífico apartamento de dos plantas, sin lujos pero cómodo. Dormitorios y baños abajo; cocina, comedor, salón y TV arriba. El hecho de quedar en el jardín, tan cerca de las áreas deportivas, me hace suponer que pertenecía a jardineros o guardianes: no sé. Era agradable. Los hermanos son gente buena que nos recibieron cordialmente. Nuestro amigo Juan Galano ya no era el Superior –lo habían trasladado a Bogotá- pero acogieron muy bien la invitación hecha por él.

Aquella misma noche llamé a mi tía Bertha y a mis primos Danilo e Isabel; estos últimos prometieron venir a Santo Domingo cuanto antes. Al día siguiente llamé a mi prima Silvia, que había casado con un descendiente del general español Martínez Campos. Desde primer momento me di cuenta de que los hermanos pensaban que planeábamos quedarnos en Quisqueya y vivir en su casa –tendrían que hacerse cargo de nosotros y sería un incordio, por más amigos del Hermano Juan que resultáramos. No decían cosas directas, pero constantemente preguntaban cuál era nuestro objetivo y si teníamos familia. Yo no quería ensombrecer mi estancia. En definitiva nos habían invitado, pagado los pasajes, propiciado los permisos de entrada, etc. Me las arreglé para borrar poco a poco su inquietud. Tres días más tarde fuimos a la oficina de Inmigración situada en el edificio conocido como El Huacalito –su forma lisa y vertical recuerda un cajón. Nos devolvieron nuestros pasaportes, que debimos entregar cuando llegamos con la promesa de regresárnoslos. Comencé a gestionar un permiso provisional de estancia, ya que, durante su vigencia, me permitiría regresar a Dominicana sin pedir permiso de entrada.  En realidad no creí que me lo otorgaran, pero en la fecha fijada, ahí estaba –total, de nada sirvió: cuando lo mandé a renovar con un santiaguero que vivía en Santo Domingo, no lo hizo, a pesar de que le había entregado todo lo necesario, dinero incluido.


Santo Domingo es una ciudad particularmente  hermosa y alegre. Después de años de privaciones, hallaba fantásticos los carritos de frutas que rodeaban el Altar da la Patria: hasta fotos me hice junto a ellos. Todo me llamaba la atención. Palo Hincado forma los pies del mencionado monumento: allí nace la Calle del Conde que baja buscando el mar. Conde es una mezcla de San Rafael, con Obispo y Enramadas. Pequeños establecimientos con mesas sobre la acera y pizarrones verdes anunciando el menú. Cantinas de café en tacita, como los pullman de Enramadas casi esquina a San Félix cuando yo era niño. Gente hablando y riéndose con merengue de fondo. Como una postal turística. Si entonces me hubieran preguntado dónde vivir fuera de Santiago, hubiera dicho que allí. Ahora... bueno, uno cambia. Recuerda mucho a Santiago de Cuba. El Cuartel de la Policía es igual a nuestro Moncada y el Palacio de Justicia, se parece mucho al santiaguero. En otras cosas no: el concepto el concepto “campus” de la Universidad Autónoma nunca lo he visto en Cuba. Las Escuelas de Arte de Cubanacán, son otra cosa porque el plan general (curvo) de los edificios se integra al curso del río: en el campus la arquitectura convive con la naturaleza, cada cual en su sitio pero sin integrarse. Nada digo de la Universidad Informática, pues no la conozco aún.

Quizá por quedar al sur de La Española, Santo Domingo se parece más a Santiago que a La Habana, a pesar de que el tamaño de la ciudad está en la cuerda habanera.

Después del ’59, el cubano aprendió a comer pizza y yogurt. La pizza tuvo éxito mundial después de la II Guerra. ¿O fue por la emigración italiana a Norteamérica? Dice la Wikipedia que los armenios venden yogurt en Nueva York desde 1929, aunque para mi que su popularidad en Cuba la trajeron los rusos y los becarios cubanos. En fin, que a todo el mundo en Cuba le gusta comer pizza, pero durante el Periodo Especial no se encontraba; o sea, que yo estaba ansioso de pizza. Fuimos a una pizzería y los empleados se quedaron embelesados con nuestra manera de comerla y el tamaño de nuestras porciones (allá se comen estrechos sectores: es comida de jóvenes y gente chic, al revés de acá, que se ha vuelto plebeya) Éramos un espectáculo diario. Conocimos a un señor muy generoso llamado Agustín, que nos invitó a su casa a comer T-bone. Yo nunca había comido ese tipo de carne tan grande y consistente. Salí con dolor en las encías. Es que hace rato no masticas.

La esposa de este señor, llamada Nefer, nos consiguió los permisos de entrada al país: aprovechamos para agradecerle.

Una de nuestras primeras visitas fue a casa de un puertorriqueño muy amable que conocí en La Minerva por vía de Abelardo. Me había comprado una “comadrita de medallón”,  genuina y muy barata. Vivía en el exclusivo barrio de Arroyo Hondo. Era una bonita residencia, decorada con buen gusto, que tenía criados y jardines. Prácticamente acabábamos de llegar, y estábamos con diez varas de hambre de Período Especial cubano y sin dinero. Yo estaba seguro de que nos invitaría a almorzar y los olores que venían de la cocina confirmaban mi suposición. Al poco rato sacó unos bellos zapatos deportivos y nos invitó “a caminar”; yo asentí sorprendido, e intuí que tenía otros planes. El señor acostumbraba marchar varios kilómetros diarios como ejercicio y ése día  lo acompañamos bajo el sol del medio día y con zapatos “de salir”. Recorríamos un largo parque, mientras su chofer, nos seguía por la avenida. A los tres cuartos de hora terminó la marcha: el auto lo regresó a su casa –en medio de mi decepción- y luego tuvo la amabilidad de devolvernos al Colegio Dominicano. Desde entonces no hago cuentas con la supuesta generosidad ajena –cada quien tiene sus planes y su vida-. Más vale esperar la invitación más dos insistencias. Caso de que no lleguen, debemos tener un plan B.



martes, 11 de septiembre de 2012

LO DE NENENA HABÍA OCURRIDO en sueños míos docenas de veces en los últimos años. Salí al portal. Pasaba Cendoya. Corrió hacia la cerretera y regresó con una camioneta gris. La cargamos entre los dos. Cuando llegamos a urgencias del hospital, trajeron una camilla con ruedas. ¡Fallecida!, casi gritó el enfermero. Fue en el viaje, se excusó Cendoya. Vino un médico, le abrió un ojo, asintió, la taparon con una sábana y apartaron la camilla contra la pared. Busqué un teléfono público y llamé a Ibarra. Cuando llegó, salí a pie, atravesé todo el Reparto Sueño hasta la casa de Coralita, pero estaba cerrada. Me desesperé más y bajé hacia el centro, donde está La Minerva. Allí hablé con todos. Me prestaron el van. Conducía Albérico y Joseíto me acompañaba. En el hospital, bajé directo a la morgue. Mi prima Xiomara había llegado y estaba junto al cuerpo. Voy a a buscarle ropa. Recogí en su armario un vestido blanco con pintas verdes y el Carnet de Identidad. Cuando regresé a la morgue ya estaba hecha la necropsia. Entre Xiomara y yo la vestimos: al pasarle el túnico por la cabeza rocé el dorso de la mano contra una mancha de sangre. Era mejor hacer su velatorio en Cuabitas por la cuestión del transporte: así los vecinos podrían asistir. El problema sería si esa noche había apagón.  Pero total, en la funeraria también se va la luz. Joseíto y Donato se fueron a hacer los trámites de la funeraria y el cementerio. Sólo quedaba regresar a Cuabitas, donde ya los muebles estaban apartados contra la pared. A Virginia la llevamos donde Flora para que no viera el movimiento. A las pocas horas el carro fúnebre trajo la caja y los otros avíos. Mientras, fui a la candonga –el mercado callejero- y compré varias velas. Por lo menos no nos quedaríamos oscuros con Nenena. Pusimos el ataúd donde mismo ella solía sentarse: en la saleta junto al comedor, mirando hacia la calle. Su rostro era apacible, pero no sonreía. Sólo expresaba la tranquilidad del que ya salió de todo. Estaba donde mismo había vivido.

A medida que se hizo de tarde aumentó la cantidad de gente: ¡cuántas amistades! El almacenero de la tienda de víveres, trajo varios paquetes de café. Las mujeres de la cocina pusieron agua al fuego. A la noche vinieron mis compañeros del Fondo: me senté entre Coral y Diego Scheller. No hubo apagón. Nos quedamos algunos de la familia: volví a mi cuarto y dormí un rato sin quitarme la ropa.

Como a las siete y media de la mañana ya estaba todo preparado. Se supone que sería el primer sepelio de la jornada: a las ocho. Como no había autos ni taxis, cuando montamos la caja al carro fúnebre yo también subí. Delante viajábamos el chofer, su ayudante y yo. Al panteón de la familia, en el Cementerio de Santa Ifigenia, a varios kilómetros de casa. A mitad de camino nos cruzamos con el primo Jaime, que subía en su Chevrolet viejo: se detuvo y le dije que recogiera a los que cupieran y que los esperaba en el panteón de los Oliva. Como éramos pocos y no había flores, todo fue simple. Nuestra tumba no es vieja. Cuando regresamos del cementerio,  la casa estaba limpia y arreglada, igual que siempre. Las mismas mujeres que limpiaron habían preparado almuerzo. Le llevé un plato a Virginia: cuando preguntó por la mamá le dije la verdad. Me quedé solo y comí.

Al fregar vi que sobraba demasiado. Entonces me dio por llorar, me tiré en el suelo y estuve un rato así.La madre es más importante de lo que uno imagina.. Hice mi luto entre gestiones, cambios y escasez.  Fueron días duros.

La muerte  de Nenena sucedió un viernes y la enterramos sábado. El lunes siguiente abrí La Minerva: ¿qué iba a hacer yo solo en casa? Por las mañanas llevaba a Virginia para casa de Flora. La recogía cuando regresaba. No asimiló lo sucedido: pasaba la madrugada llamando a la madre a gritos y el resto del tiempo preguntado por ella. Me puso al borde de la locura. Aparte de que corrían malos tiempos, Flora me presentaba todos los días una lista de quejas y demandas sobre Virginia. El resto de mi familia y yo nos llevábamos bien, pero no éramos íntimos. Para esto no podía contar con ellos. Menos todavía con Bebé, que como he dicho, quedó muy disminuida y opacada de mente.

Por fin mi vecina Irma consiguió que la encargada de Seguridad Social considerase el caso de Virginia: por eso fue que me la admitieron en el Hogar de Ancianos de Ciudamar aunque no llegaba a los sesenta años. Al internarla me pidieron un colchón porque en el asilo no había: usé el de su cama. Virginia también salió de casa. Ciertamente se me quitó un peso de encima, pero quedé todavía más solo.

En Cuba, to live by yourself es algo excepcional que define y clasifica. Xiomara me propuso dormir en casa. Con mi ex-compañero del Pre, galán suyo. Les asigné la pieza que fue de mis padres. Yo seguí en la mía. La de Virginia quedó desocupada y la última pieza continuó indecisa entre desván y vestidor. Sabía que estaba empezando a vivir de otra manera, con cosas malas, regulares y buenas, todas juntas.