lunes, 3 de septiembre de 2012
Ese año de 1991 publiqué mi primer libro de poesía, El Jugador.
Tenía 45 años. Contenía poemas de mi peor época de proscrito, dos o tres pertenecientes al Libro de Roberto, de 1970. Fue una horrible edición que más parecía un cancionero de los años ’50: papel malo y espantosa tipografía; la portada era un grabado de Jorge Hidalgo reducido casi al tamaño de una estampilla. Si el original era mucho mayor y en impresionantes tintas color tierra quemada, esta versión azulita daba pena. Leyeron bien: escribí azulita. La edición tenía una sola y gran virtud: ni una errata. Se lo agradezco a Casio Palma. Ciertamente, salió en uno de los peores momentos del Período, cuando imprimir era casi inalcanzable. El libro participó en el concurso Heredia del año anterior y pasó sin pena ni gloria. Sin embargo lo publicaron y ello fue mi mayor premio.
Poco antes habíamos tenido una lectura de poemas en la Sala Bofill –en el vestíbulo del Cine Rialto-. Entre la gente que leyó, estaba un joven cobrizo de ojos brillantes y voz agradable. Buenos versos. El muchacho se llamaba Abelardo Bélico.
Antes del año de estar en el Fondo decidieron crear una tienda de antigüedades llamada La Minerva y ponerme al frente de la misma. Aunque no tenía la mínima habilidad comercial, acepté con gusto: en Santiago jamás había existido un sitio de ese tipo y yo estaba seguro de que, regados por la ciudad, había muchos objetos de valor esperando que los recogieran. En definitiva me sobraban conocimientos e imagen física. La Minerva se inauguró en 1992 en la esquina de Heredia y Calvario, en lo que fue una barbería. La habilité con algunos muebles –un secreter de marquetería, un silloncito de caoba oscura, un balance republicano, cuatro sillas de comedor inglesas, una mesa “de perillas” con sobre elíptico de mármol-, algunas acuarelas de Rodolfo Hernández Giró, un óleo del dominicano Luis Desangles, dos pequeñas repisas y varios candelabros de iglesia –de calamina—. Me asenté en ella. Le agregué varias plantas y La Minerva se volvió algo mágico.
A los pocos meses mi fama como anticuario había corrido por dondequiera: venían docenas de personas que querían una opinión o deseaban vender algo. Dos o tres veces tuve que actuar como experto de la Policía en casos de robo. La Minerva se convirtió en centro de reunión: la intelectualidad elegante y alegre de Santiago siempre encontraba un pretexto para fumarse un cigarrillo junto conmigo. El hecho de estar en una esquina y tener puertas hacia ambas calles siempre me hizo temer por mi seguridad: un ciclista que quisiera lanzar un ladrillo o una lata de excrementos bajaría a toda velocidad por Carnicería, al no poder dispararme doblaría por Heredia, entonces lanzaría y haría blanco. El ambiente cuidadoso y mi entusiasmo para recibir a personas agradables me hicieron conocido.
Un problema de ser anticuario es que por lo general las personas que poseen algo creen que son dueños de un tesoro, y cuando les dices la verdad, piensan que las engañas o te burlas. Jamás pagan por una consulta; sucede que en realidad quieren vender, y como ya has dicho que no vas a comprar, se sienten frustradas. Casi las únicas personas dispuestas a adquirir una antigüedad eran turistas extranjeros: en medio de una crisis económica, lo que necesitaban y querían los ciudadanos corrientes era vender. Sólo más tarde algunos artistas decidieron invertir sus ganancias en objetos de arte. Para ser anticuario de verdad, aparte de saber de arte y de cómo va el comercio, debes tener paciencia y dinero: lo lógico es comprar de inmediato y vender con beneficios. Lo demás es ilusión.
La Minerva no tenía éxito comercial, pero era bella y espiritual. La gestión económica del Fondo era de las peores: si alguien quería vender, debía dejar la pieza y la cifra a que aspiraba, luego la Comisión de Antigüedades se reuniría, determinaría cuánto pagar y, si se vendía, a fines de mes el vendedor recogería en contaduría el cheque correspondiente. Hay que decir que el Fondo siempre compró en pesos cubanos, a pesar de que el dólar se legalizó desde 1993. Una vez comprado el objeto, debía venderse al 141% del precio de compra, pero en dólares; o sea, que si comprabas algo en 100 pesos, no podías venderlo por menos de 141 dólares. Pura estupidez.
Tenía 45 años. Contenía poemas de mi peor época de proscrito, dos o tres pertenecientes al Libro de Roberto, de 1970. Fue una horrible edición que más parecía un cancionero de los años ’50: papel malo y espantosa tipografía; la portada era un grabado de Jorge Hidalgo reducido casi al tamaño de una estampilla. Si el original era mucho mayor y en impresionantes tintas color tierra quemada, esta versión azulita daba pena. Leyeron bien: escribí azulita. La edición tenía una sola y gran virtud: ni una errata. Se lo agradezco a Casio Palma. Ciertamente, salió en uno de los peores momentos del Período, cuando imprimir era casi inalcanzable. El libro participó en el concurso Heredia del año anterior y pasó sin pena ni gloria. Sin embargo lo publicaron y ello fue mi mayor premio.
Poco antes habíamos tenido una lectura de poemas en la Sala Bofill –en el vestíbulo del Cine Rialto-. Entre la gente que leyó, estaba un joven cobrizo de ojos brillantes y voz agradable. Buenos versos. El muchacho se llamaba Abelardo Bélico.
Antes del año de estar en el Fondo decidieron crear una tienda de antigüedades llamada La Minerva y ponerme al frente de la misma. Aunque no tenía la mínima habilidad comercial, acepté con gusto: en Santiago jamás había existido un sitio de ese tipo y yo estaba seguro de que, regados por la ciudad, había muchos objetos de valor esperando que los recogieran. En definitiva me sobraban conocimientos e imagen física. La Minerva se inauguró en 1992 en la esquina de Heredia y Calvario, en lo que fue una barbería. La habilité con algunos muebles –un secreter de marquetería, un silloncito de caoba oscura, un balance republicano, cuatro sillas de comedor inglesas, una mesa “de perillas” con sobre elíptico de mármol-, algunas acuarelas de Rodolfo Hernández Giró, un óleo del dominicano Luis Desangles, dos pequeñas repisas y varios candelabros de iglesia –de calamina—. Me asenté en ella. Le agregué varias plantas y La Minerva se volvió algo mágico.
A los pocos meses mi fama como anticuario había corrido por dondequiera: venían docenas de personas que querían una opinión o deseaban vender algo. Dos o tres veces tuve que actuar como experto de la Policía en casos de robo. La Minerva se convirtió en centro de reunión: la intelectualidad elegante y alegre de Santiago siempre encontraba un pretexto para fumarse un cigarrillo junto conmigo. El hecho de estar en una esquina y tener puertas hacia ambas calles siempre me hizo temer por mi seguridad: un ciclista que quisiera lanzar un ladrillo o una lata de excrementos bajaría a toda velocidad por Carnicería, al no poder dispararme doblaría por Heredia, entonces lanzaría y haría blanco. El ambiente cuidadoso y mi entusiasmo para recibir a personas agradables me hicieron conocido.
Un problema de ser anticuario es que por lo general las personas que poseen algo creen que son dueños de un tesoro, y cuando les dices la verdad, piensan que las engañas o te burlas. Jamás pagan por una consulta; sucede que en realidad quieren vender, y como ya has dicho que no vas a comprar, se sienten frustradas. Casi las únicas personas dispuestas a adquirir una antigüedad eran turistas extranjeros: en medio de una crisis económica, lo que necesitaban y querían los ciudadanos corrientes era vender. Sólo más tarde algunos artistas decidieron invertir sus ganancias en objetos de arte. Para ser anticuario de verdad, aparte de saber de arte y de cómo va el comercio, debes tener paciencia y dinero: lo lógico es comprar de inmediato y vender con beneficios. Lo demás es ilusión.
La Minerva no tenía éxito comercial, pero era bella y espiritual. La gestión económica del Fondo era de las peores: si alguien quería vender, debía dejar la pieza y la cifra a que aspiraba, luego la Comisión de Antigüedades se reuniría, determinaría cuánto pagar y, si se vendía, a fines de mes el vendedor recogería en contaduría el cheque correspondiente. Hay que decir que el Fondo siempre compró en pesos cubanos, a pesar de que el dólar se legalizó desde 1993. Una vez comprado el objeto, debía venderse al 141% del precio de compra, pero en dólares; o sea, que si comprabas algo en 100 pesos, no podías venderlo por menos de 141 dólares. Pura estupidez.
viernes, 31 de agosto de 2012
A MEDIDA QUE AUMENTABAN LAS NECESIDADES, también subían los gastos: el mercado negro se disparó. La cotidianidad había comenzado a absorberme y era evidente que nunca más regresarían los ’70 y ’80, cuando el miserable salario me sobraba para vivir. Seguí buscando entradas “extras”. Me hice profesor particular de cuatro adultos que estudiaban Derecho por la libre. Dos asignaturas. Cada uno pagaba por separado. Debía impartir las clases una noche fija para aprovechar cierto local libre. No eran inteligentes y a esa hora el cansancio no los dejaba atender. Tampoco tenían mucho interés. Entre preparar clases, impartirlas y correr detrás de los alumnos para cobrarles, pasaba mi vida. No sirvió.
Luego conseguí un pequeño contrato en el Fondo para impartir a los empleados Elementos Visuales del Arte. Era mejor. Lo hacía durante mi día libre en la Galería. Atmósfera mucho más distendida, más interés, mejor paga que con las clases particulares Cuando más entusiasmado estaba, tuve una crisis de epilepsia. Me fui contra el piso y perdí los dientes incisivos. ¿Piensan que dejé el contrato? ¡Ni loco! Ahora abría menos la boca para que no se notara el hueco negro. Cuando por fin terminaron de hacerme la prótesis y pude reír con todos los dientes, me sentí hombre nuevo. Los perdí, sí, pero no se me picaron: un accidente los rompió.
Mientras la vida cotidiana se dificultaba por momentos, yo comencé a escribir mucho más y la actitud oficial hacia los gay cambió. La vida y los Evangelios me han enseñado que el corazón humano es duro como la piedra y frágil como el barro: difícilmente hace algo sólo por bondad. La diferencia se debió a varias razones: a) El qué dirán internacional -las campañas mundiales pro gay y el comportamiento del resto del mundo; b) A mediada que el sida se propagó por el mundo y no quedó más remedio que ser más honesto sobre el comportamiento de las personas, se derrumbaron muchos mitos; c) para unificar al país: evidentemente, una crisis económica y política estaba en marcha; era indispensable un “frente común”. Ciertamente disminuyó la presión, aunque nadie se engañaba: los prejuicios se habían replegado solamente. Los gays sentimos un alivio. Muchas personas se han referido a ello con desdén, incompetencia y torpeza: sólo quien no ha experimentado durante años el pisotón en la nuca, ignora lo que significa que la bota afloje.
La Galería me olía a sentina. Tenía que irme. Convencí a Jenet Ortiz –que dirigía el Fondo Cubano de Bienes Culturales en Santiago desde 1984- de que me contratara. Como “responsable de proyectos” o algo así. El Director de Cultura no quiso dejarme ir y me obligó a cuidar durante un mes una exposición que saludaba ciertos juegos deportivos. Al final no pudo retenerme. Después me largué. Un detalle: mi nuevo contrato con el FBC no fue laboral, sino artístico, por lo cual nunca acumuló Seguridad Social, o sea, que no contaba para vacaciones ni para la jubilación. Ya era fines del ’91.
Con los meses se profundizaba el Período. Faltaba todo, desde cualquier tipo de comida, calzado, ropa y medicinas, hasta transportes, combustibles y electricidad. Se propagaba un total sentimiento de desesperanza, como si no existiera el futuro. Claro que la percepción de lo que significó el Período dependió mucho de la situación económica de cada cual, en qué parte del país uno vivía y cómo era la familia.
Casi junto con mi llegada al Fondo, Carlos Victoria me envió un salvador paquete con zapatos, ropa, jabones y medicinas. Gracias a él no me vi como miles de personas.
Durante mis primeros tiempos me ocupé de supervisar varios proyectos de ambientación: qué estaba terminado, qué faltaba, cuál artista estaba trabajando en su proyecto, qué necesitaba, cuándo terminaría, etc. Tuve grandes compañeros de trabajo, como Albérico Méndez, Diego Scheller, mi querida Olga Trapero, la arquitecta Penélope Domingo, Hugo Aldecoa, el arquitecto Marino Raudales. Una tropa excelente de personas muy alegres.
En aquel tiempo el papá de Albérico todavía estaba vivo: iban en su jeep a buscar leche de vaca cerca de San Vicente y cuando regresaban pasaban por la esquina de casa y me bajaban a Santiago. Me identifiqué mucho con él porque su relación con el padre era muy similar a la mía con Nenena. Diego Scheller es nieto de alemán –en una ocasión me enseñó un certificado bautismal en góticas teutonas-: no tiene sentido del tiempo y quien no se ría con él es porque está enfermo. Marino Raudales nació en Camagüey: se dio a conocer entre nosotros mediante con el stand del FBC en la primera Feria del Caribe, creo que en el ‘92 -módulos de madera torneada y textiles que forman tendales. Su ligereza y sentido práctico siempre me admiraron.
Quiero mucho a Olguita Trapero: sus ojos brillantísimos de animalito juguetón conmueven a cualquiera. Una vez una empleada de La Isabelica me regañó por echarle azúcar al agua y bebérmela. Yo contesté que las tres cosas estaban sobre la mesa: yo solamente las junté y las bebí. Olguita me apoyó arguyendo que en todos los países del mundo donde ella había estado lo que se encuentra sobre la mesa es para el cliente; yo quisiera saber en qué países del mundo había estado ella. Huguito y Penélope son otra historia, al igual que Armel Chao.
Luego conseguí un pequeño contrato en el Fondo para impartir a los empleados Elementos Visuales del Arte. Era mejor. Lo hacía durante mi día libre en la Galería. Atmósfera mucho más distendida, más interés, mejor paga que con las clases particulares Cuando más entusiasmado estaba, tuve una crisis de epilepsia. Me fui contra el piso y perdí los dientes incisivos. ¿Piensan que dejé el contrato? ¡Ni loco! Ahora abría menos la boca para que no se notara el hueco negro. Cuando por fin terminaron de hacerme la prótesis y pude reír con todos los dientes, me sentí hombre nuevo. Los perdí, sí, pero no se me picaron: un accidente los rompió.
Mientras la vida cotidiana se dificultaba por momentos, yo comencé a escribir mucho más y la actitud oficial hacia los gay cambió. La vida y los Evangelios me han enseñado que el corazón humano es duro como la piedra y frágil como el barro: difícilmente hace algo sólo por bondad. La diferencia se debió a varias razones: a) El qué dirán internacional -las campañas mundiales pro gay y el comportamiento del resto del mundo; b) A mediada que el sida se propagó por el mundo y no quedó más remedio que ser más honesto sobre el comportamiento de las personas, se derrumbaron muchos mitos; c) para unificar al país: evidentemente, una crisis económica y política estaba en marcha; era indispensable un “frente común”. Ciertamente disminuyó la presión, aunque nadie se engañaba: los prejuicios se habían replegado solamente. Los gays sentimos un alivio. Muchas personas se han referido a ello con desdén, incompetencia y torpeza: sólo quien no ha experimentado durante años el pisotón en la nuca, ignora lo que significa que la bota afloje.
La Galería me olía a sentina. Tenía que irme. Convencí a Jenet Ortiz –que dirigía el Fondo Cubano de Bienes Culturales en Santiago desde 1984- de que me contratara. Como “responsable de proyectos” o algo así. El Director de Cultura no quiso dejarme ir y me obligó a cuidar durante un mes una exposición que saludaba ciertos juegos deportivos. Al final no pudo retenerme. Después me largué. Un detalle: mi nuevo contrato con el FBC no fue laboral, sino artístico, por lo cual nunca acumuló Seguridad Social, o sea, que no contaba para vacaciones ni para la jubilación. Ya era fines del ’91.
Con los meses se profundizaba el Período. Faltaba todo, desde cualquier tipo de comida, calzado, ropa y medicinas, hasta transportes, combustibles y electricidad. Se propagaba un total sentimiento de desesperanza, como si no existiera el futuro. Claro que la percepción de lo que significó el Período dependió mucho de la situación económica de cada cual, en qué parte del país uno vivía y cómo era la familia.
Casi junto con mi llegada al Fondo, Carlos Victoria me envió un salvador paquete con zapatos, ropa, jabones y medicinas. Gracias a él no me vi como miles de personas.
Durante mis primeros tiempos me ocupé de supervisar varios proyectos de ambientación: qué estaba terminado, qué faltaba, cuál artista estaba trabajando en su proyecto, qué necesitaba, cuándo terminaría, etc. Tuve grandes compañeros de trabajo, como Albérico Méndez, Diego Scheller, mi querida Olga Trapero, la arquitecta Penélope Domingo, Hugo Aldecoa, el arquitecto Marino Raudales. Una tropa excelente de personas muy alegres.
En aquel tiempo el papá de Albérico todavía estaba vivo: iban en su jeep a buscar leche de vaca cerca de San Vicente y cuando regresaban pasaban por la esquina de casa y me bajaban a Santiago. Me identifiqué mucho con él porque su relación con el padre era muy similar a la mía con Nenena. Diego Scheller es nieto de alemán –en una ocasión me enseñó un certificado bautismal en góticas teutonas-: no tiene sentido del tiempo y quien no se ría con él es porque está enfermo. Marino Raudales nació en Camagüey: se dio a conocer entre nosotros mediante con el stand del FBC en la primera Feria del Caribe, creo que en el ‘92 -módulos de madera torneada y textiles que forman tendales. Su ligereza y sentido práctico siempre me admiraron.
Quiero mucho a Olguita Trapero: sus ojos brillantísimos de animalito juguetón conmueven a cualquiera. Una vez una empleada de La Isabelica me regañó por echarle azúcar al agua y bebérmela. Yo contesté que las tres cosas estaban sobre la mesa: yo solamente las junté y las bebí. Olguita me apoyó arguyendo que en todos los países del mundo donde ella había estado lo que se encuentra sobre la mesa es para el cliente; yo quisiera saber en qué países del mundo había estado ella. Huguito y Penélope son otra historia, al igual que Armel Chao.
jueves, 30 de agosto de 2012
A principios del ’90 me invitaron a la Semana de la Cultura de Holguín. Esa ciudad siempre me ha gustado y tengo buenos amigos en ella. Quizá Jorge Hidalgo propició la invitación, en vista de que meses atrás me tocó curar una exposición suya. Lo sentí como un gran honor. Me puse de acuerdo con Janet Ortiz, que dirigía el Fondo de Bienes Culturales y también estaba invitada. La noche antes de partir, mi madre se fracturó el brazo un poco más abajo del hombro. Estaba sentada en su balance, se levantó, cuando quiso caminar tropezó y se golpeó contra un mueble. No fue un vahído: sencillamente se le enredaron los pies. La llevamos al hospital y la enyesaron con muchísimo dolor. Por suerte, al lado de casa estaba viviendo el doctor Héctor Rodríguez –el mismo especialista, sobrino de Bebé, que la operó cuando su accidente, verdadero talento como ortopédico y rehabilitador. Héctor desaconsejó el yeso con el simple razonamiento de que el peso del material separaría los fragmentos de hueso, en lugar de juntarlos. Se lo quitó y puso un cabestrillo. Acabaron los dolores, tuvo más libertad y la fractura fue sanando. Por supuesto que se arruinó mi viaje, ya que correspondió justamente con los momentos del accidente. En definitiva, el brazo de mamá sanó perfectamente.
FUE EN AGOSTO DEL ’90 cuando comenzó el Período Especial. Pera ese momento me encargaba de la ambientación del Hotel Las Américas. Era jefe de equipo: los otros era el Arq. Silva, los pintores Pouyú, Zafra, Omar Puente y el grabador Raúl Alfaro. Hicieron un trabajo muy digno, que desgraciadamente no duró mucho. Fue un contrato que conseguí en el Fondo, pues cada día necesitaba más dinero. En los primeros tiempos, el Período Especial no se notaba: estábamos tan acostumbrados a que faltaran cosas que no parecía diferente. Por supuesto que es una manera de hablar: a las carencias nadie se habitúa, nunca. Incluso, sabíamos que más tarde todo empeoraría. Pero el vivir al día y el “ya veremos” se ha desarrollado tanto entre nosotros, que mientras la cosa no apriete demasiado hay que seguir respirando o boqueando –como se quiera- a como dé lugar. Ya eso es dogma de supervivencia. Parecía que nada sucedía, a pesar de las noticias de la URSS y los países del Este.
FUE EN AGOSTO DEL ’90 cuando comenzó el Período Especial. Pera ese momento me encargaba de la ambientación del Hotel Las Américas. Era jefe de equipo: los otros era el Arq. Silva, los pintores Pouyú, Zafra, Omar Puente y el grabador Raúl Alfaro. Hicieron un trabajo muy digno, que desgraciadamente no duró mucho. Fue un contrato que conseguí en el Fondo, pues cada día necesitaba más dinero. En los primeros tiempos, el Período Especial no se notaba: estábamos tan acostumbrados a que faltaran cosas que no parecía diferente. Por supuesto que es una manera de hablar: a las carencias nadie se habitúa, nunca. Incluso, sabíamos que más tarde todo empeoraría. Pero el vivir al día y el “ya veremos” se ha desarrollado tanto entre nosotros, que mientras la cosa no apriete demasiado hay que seguir respirando o boqueando –como se quiera- a como dé lugar. Ya eso es dogma de supervivencia. Parecía que nada sucedía, a pesar de las noticias de la URSS y los países del Este.
lunes, 27 de agosto de 2012
DESPUÉS DE QUE EL VIEJO DUBOIS murió, su único hijo vivo había emigrado: ya pueden imaginar la rebatiña que se armó con la casona y el gran jardín. Con la avalancha de campesinos que vinieron a Santiago después del ’59, sobraron pretendientes –que a la larga fueron ocupantes de la hermosa construcción de madera. Uno de ellos, más despabilado, vendió un pedazo de jardín a una familia negra de Dos Caminos de San Luis. Levantaron su casa en un santiamén. Además de la madre y el padre, estaban el abuelo, cinco varones y una hembra.
El 13 de mayo del ‘89 acabó mi juventud. Esa mañana Bebé amaneció tirada en el piso. Por la madrugada, medio dormida, había ido al baño, no se sentó en el inodoro, cayó y se golpeó. Como no podía ponerse en pie, se arrastró de nuevo hasta su cuarto y esperó la mañana. Al amanecer tampoco pudo ponerse en pie. Entre mamá y yo, la subimos a la cama. Durante el día, su familia la llevó al hospital. Allí la estabilizaron y al día siguiente la operaron. Lo que en otra persona hubiera sido un golpe sin importancia, en ella –que sin saberlo padecía una grave osteoporosis - bastó para destruirle la cabeza del fémur. La cirugía le sustituyó la parte arruinada con una prótesis. Solucionó el ponerse de pie, pero jamás quedaría igual que antes. Imaginarla en el suelo en medio de la noche, sin poder levantarse, soportando dolor y callada para no despertar a los demás me sigue pareciendo horrendo.
En aquellas condiciones yo no podía cuidarla. Ya estaban mamá y Virginia: literalmente, no podía con otra. Tuvo una larga recuperación en casa de sus parientes. Cuando pudo dejar la silla de ruedas y los andadores, regresó a casa. Como he dicho, era otra. Su energía y vitalidad desaparecieron. Durante años, Bebé había sido uno de mis puntos de referencia, por eso todo lo de su accidente me afectó mucho. Ciertamente, nada tenía de dramático. Resultaba tonto y hasta grotesco, pero la había transformado de manera irreversible. Los detalles de la operación me sonaban a carnicería y aquella recuperación miserable, prolongada y sin remedio, me mostró que somos más que frágiles. Pero sobre todo, que la época de la inseguridad y la miseria física habían llegado. Todavía no a mi cuerpo, pero sí a mi terreno, y nada podía hacer yo por impedirlo. A partir de ese momento quedé encargado de cocinar, fregar, limpiar, lavar y buscar los mandados: anteriormente solamente daba dinero de mi salario. Ni siquiera arreglaba mi lecho en las mañanas.
Lo anterior me obligó a reconfigurarlo todo. A partir de entonces mis únicas salidas serían para ir a la Galería y vice-versa. Debo aclarar que en casa no entraba ya la cantidad de dinero necesaria para contratar una ayudante. En aquel tiempo muy difícilmente encontrabas alguien dispuesto a trabajar para ti: eso se consideraba denigrante o por lo menos ilegal. Pero poco a poco comprendí que todo lo podía hacer y me quedaba bien. Nadie considere que me convertí en mártir: se me hizo la vida menos fácil, pero no mala pues Dios me ha dado la facultad de adaptarme a lo malo. Trabajaba bien, escribía más, dormía mejor, etc. Las viejas también lo comprendieron: que aquello me agobiaba y que estaba saliendo del paso con elegancia. A partir de entonces fueron muchísimo más tolerantes. La mayoría de los chicos del barrio y yo lo disfrutamos a conciencia.
Ciertamente, la vida se me convirtió en un inacabable montón de platos sucios, colas de tienda, cuidadosas dosificaciones para que el arroz alcance, fogones que no querían encender, etc. Pero como no conocía esa parte de la existencia, la transformé en aventura -de la cual nunca eliminé libros, poesía, cartas, fichas de investigación, decenas de revistas. Ni muchachos.
Hice varios intentos de estudiar “por la libre” en la universidad. Me obsesionaba el tema de tener un diploma. Matriculé Historia por la libre en la Universidad de Oriente: no había clases y solamente se estudiaba por la bibliografía. A pesar de que me convalidaron asignaturas ya aprobadas en La Habana, jamás examiné. En realidad el estudiante necesita orientación y estímulo mínimos: ese por la libre resulta tan anónimo como si pusieran el objetivo sobre el cogollo de una palma espinosa. Aunque ciertamente hay personas que han logrado graduarse de ese modo. Al final, pedí la baja: sencillamente no sirvo para el estilo por la libre.
Más adelante, cuando en Santiago de Cuba abrió la carrera de Historia del Arte matriculé en el curso nocturno. La dirección de la Galería me podía apoyar, y en efecto así fue. Estudié mucho para un examen de ingreso que no se realizó porque éramos dos ó tres aspirantes, pero algunos, ya matriculados, habían desistido y sobraron cupos. Tuve de compañeros a la pintora Julia Valdés y los grabadores Miguel Ángel Lobaina y Luis Tasset; de los profesores solamente recuerdo a Mariela Rodríguez Joa.
Fueron los días de la ocupación de Granada por los americanos y la repatriación de los cubanos que fabricaban un aeropuerto allá. El show de los últimos cubanos inmolados envueltos en una bandera lo viví en Historia del Arte. El regreso apresurado, la historia de Tortoló, así como la inmensa pachanga de Oscar de León subido al techo de un auto por el Parque Céspedes, rodeado por la multitud, casi al día siguiente de la hecatombe granadina -esa cosa surrealista. Todo ello pertenece a la época de Historia del Arte.
viernes, 24 de agosto de 2012
En el ’87 se hizo en la Galería el primer Evento 30 de Noviembre, que constaba de un concurso teórico y un Salón. Presenté al concurso el trabajo que sirvió de tesis para graduarme de Museología: gané el premio. Al año siguiente presenté otro texto que ya tenía escrito y volví a ganar.. Los jurados habían sido profesores míos en La Habana o me conocían de allá: Rosario Novoa, Pepe Veigas, Oscar Morriña. Eso me dio ánimo para escribir. El salón también tuvo jurados conocidos: Ángel Alfaro, Magali Olivera, Umberto Peña, Luis Miguel Valdés, Rubén Acosta, etc. Aquel mismo año, por casualidad, Coco Salas vino a Cuba. Lo invitaron al Festival de Ballet y dio una conferencia: estuvo en Santiago y nos visitó a Ibarra y a mi. No ha regresado más.
Las obras ganadoras en el 30 de Noviembre, competían en el Salón de Premiados del Museo Nacional de Bellas Artes, como un campeonato. Dos años más tarde me tocó ir a La Habana acompañando a los premiados. Coincidió con el juicio del general Ochoa. Todas las noches iba a casa de una amiga a ver los resúmenes por televisión. Claro que me dolió, pero lo miré y aún lo miro como algo perteneciente a una esfera en la que no tengo parte. A Ochoa le tocó perder, es verdad, pero hubiera podido ganar: en ninguno de ambos casos mis intereses ni mis ideas estaban implicados.
Por ese tiempo, la depresión crónica de mi madre tuvo un agravamiento. Se negó a comer y en una ocasión tuve que darle el alimento con cuchara, como a un niño pequeño. Casi a diario había que llevarla al hospital: cuando no tenía mareos o la boca seca, eran palpitaciones, o decía que no podía tragar. Como había debutado con glaucoma, varios medicamentos no los podía tomar: cada día que pasaba se sentía peor. Su psiquiatra y yo determinamos internarla en el Hospital San Luis de Jagua, a pesar de que tenía más de setenta –que era la edad límite establecida para recibir tratamiento psiquiátrico.
Jagua queda como a veinte kilómetros de Santiago, antes de llegar a Songo. Fue construido en los años ’40 para leprosorio y durante los ’60 se convirtió en hospital psiquiátrico. En realidad Nenena permaneció allá sólo siete días, durante los cuales fui diariamente a verla. Quien por poco se vuelve loco soy yo: dejarla en ese maremagno de seres de todas las procedencias y costumbres me parecía un acto criminal. Estaba indefensa y frágil, a pesar de que su sala era para enfermos estables y con tratamiento.
Me decidí a sacarla y la regresé a casa. No hallé a su médico, y el que estaba de guardia me hizo firmar un papel. En un dos por tres llegamos a la carretera. La monté a empujones en una guagua repleta y nos quedamos en Cuabitas, como a tres cuadras de casa. Ya de regreso, no quiso tomar más medicamentos. Dos días después era otra persona: lúcida y de buen carácter. Terminó curándose del todo. Por eso creo que la determinación frecuentemente sobrepasa a las medicinas. Esa casta de roble, de decisiones extremas y acertadas, es muy típica de la familia Oliva.
Las obras ganadoras en el 30 de Noviembre, competían en el Salón de Premiados del Museo Nacional de Bellas Artes, como un campeonato. Dos años más tarde me tocó ir a La Habana acompañando a los premiados. Coincidió con el juicio del general Ochoa. Todas las noches iba a casa de una amiga a ver los resúmenes por televisión. Claro que me dolió, pero lo miré y aún lo miro como algo perteneciente a una esfera en la que no tengo parte. A Ochoa le tocó perder, es verdad, pero hubiera podido ganar: en ninguno de ambos casos mis intereses ni mis ideas estaban implicados.
Por ese tiempo, la depresión crónica de mi madre tuvo un agravamiento. Se negó a comer y en una ocasión tuve que darle el alimento con cuchara, como a un niño pequeño. Casi a diario había que llevarla al hospital: cuando no tenía mareos o la boca seca, eran palpitaciones, o decía que no podía tragar. Como había debutado con glaucoma, varios medicamentos no los podía tomar: cada día que pasaba se sentía peor. Su psiquiatra y yo determinamos internarla en el Hospital San Luis de Jagua, a pesar de que tenía más de setenta –que era la edad límite establecida para recibir tratamiento psiquiátrico.
Jagua queda como a veinte kilómetros de Santiago, antes de llegar a Songo. Fue construido en los años ’40 para leprosorio y durante los ’60 se convirtió en hospital psiquiátrico. En realidad Nenena permaneció allá sólo siete días, durante los cuales fui diariamente a verla. Quien por poco se vuelve loco soy yo: dejarla en ese maremagno de seres de todas las procedencias y costumbres me parecía un acto criminal. Estaba indefensa y frágil, a pesar de que su sala era para enfermos estables y con tratamiento.
Me decidí a sacarla y la regresé a casa. No hallé a su médico, y el que estaba de guardia me hizo firmar un papel. En un dos por tres llegamos a la carretera. La monté a empujones en una guagua repleta y nos quedamos en Cuabitas, como a tres cuadras de casa. Ya de regreso, no quiso tomar más medicamentos. Dos días después era otra persona: lúcida y de buen carácter. Terminó curándose del todo. Por eso creo que la determinación frecuentemente sobrepasa a las medicinas. Esa casta de roble, de decisiones extremas y acertadas, es muy típica de la familia Oliva.
jueves, 23 de agosto de 2012
En el ’85 llegó a mi Galería un cupo para el Curso de Técnico en Museología. Las especialistas/licenciadas –ahora en plano de jefas- contestaron a la superioridad que allá no existía nadie interesado ni “con condiciones”. Fue una museóloga de reciente ingreso, llamada Blanca Pasín Alarcón, quien se opuso a devolver la plaza sin ofrecérmela –yo carecía de cualquier diploma-. Así fue como matriculé y comencé. Había clases dos veces por semana el día completo, en el antiguo Hospital Civil. Allí conocí a Eliseo Sorí, del pueblo de La Maya: era color negro teléfono. Es una persona muy inteligente, y trabajador como él sólo. En la actualidad es profesor de la Universidad de Oviedo, en España, y una persona de las que más ha escrito sobre la vida cotidiana del soldado mambí.
Para ese momento yo era Secretario General del sindicato de la Galería. Me eligieron por mayoría abrumadora. Un jefe quiso hacerle “una basura” a una trabajadora. Yo me opuse. El jefe no se salió con la suya pero, en cambio, la indignación me originó un dolor de cabeza avasallador. A pesar del montón de pastillas, seguía el dolor. Entonces decidí irme al hospital. ¡Amarga hora! –como dicen los viejos. Ese día salió en los titulares del Granma la noticia del primer cubano había muerto de sida. ¿Se imaginan? ¡El sida en Cuba! ¡Cosa de maricones! Y yo con dolor de cabeza en el Cuerpo de Guardia. De seguro que este pato cogió sida. En cuanto me vi en el hospital y lejos de la Galería, el dolor se esfumó. Nadie discute que un hospital es maravilloso y necesario, pero también uno está a merced de la imaginación de los médicos. Por eso, primero me alojaron en una Sala de cuidados Intermedios, me hicieron punciones lumbares, resonancias magnéticas, rayos X, análisis de varios tipos –entre ellos ese muy espectacular en que te sacan sangre del esternón- y como ya no quedaba ni un pedacito de brazo sin pinchar -me los habían afeitado en curiosas formas geométricas- fijaron a la aorta una aguja conocida por “mochita” para conectar la manguerita del suero. Una madrugada se salió la mochita y sangré como un cochino. Cuando la humedad me despertó llamé a la enfermera para que me cambiara; la joven repuso que tuviera paciencia, que a la mañana siguiente entraría el nuevo turno de paramédicos. Armé un escándalo y me cambió. Insulté a los médicos y les dije cuanto se me ocurrió –que no sabían Anatomía, que estaban acabando conmigo.
De cierta manera esto último era verdad: como no había los medicamentos que yo tomaba habitualmente para la epilepsia, me los sustituyeron por Fenobarbital, que me dejaba indiferente y sin voluntad como un saco de papas. Donde me tiraban, ahí me quedaba: siempre me ha hecho ese exagerado efecto. Empecé a escupir las tabletas en cuanto la enfermera viraba la cabeza. También es cierto que en aquellos años el sida en Cuba era algo exótico y las pruebas de detección estaban en pañales, al menos aquí. Y yo era un candidato aparente. Pato candidato.
Poco a poco se desengañaron. Primero me bajaron a una sala común; a los pocos días me dieron el alta con la condición de mantenerme “controlado” en una consulta externa. Una vez por mes. Eso duró aproximadamente un año, pero nada ocurrió.
Nunca he padecido enfermedades sexuales por tres cosas: a) hace muchísimos años dejé la calle y los encuentros fortuitos; 2) mis parejas no son tantas y se limitan a mi barrio –quien dude lo de “no son tantas”, que consulte las tablas del doctor Kinsey-, así es menos fácil encontrarse con un portador; 3) he tenido mucha suerte.
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