Antes de pasar al lagarto, recordaré el ambiente de aquellos días en que se mezclaban la excitación y el desencanto con esa disponibilidad de alma que ha marcado buena parte de mi vida.
De Colombia traje a Javier una camisa de buena marca. No llegué a vérsela puesta. La historia se desarrolla en aquella época, cuando él no sabía de marcas ni de buena ropa: si llega a ser cuatro años después…
Antes de viajar había encargado a un gay amigo mío que cuidara a Javier (o sea, que en una necesidad pudiera acudir a él).. Una de mis peores cualidades es la creencia -arraigada más allá de cualquier raciocinio- de que todos los mortales tienen la misión y están formados para protegerme y responder incondicionalmente a mis necesidades. Los años no me han convencido de que la vida no es así.
Caguayo fue un hecho histórico. Es verdad que ya el Estado cubano había permitido varias fundaciones no gubernamentales, todas en el área de la cultura; la diferencia de Caguayo con las otras es que a) Caguayo no gastaba ni un centavo del Presupuesto Público b) Caguayo tenía una sociedad mercantil de cuyas ganancias se pagan salarios y demás gastos. Caguayo S.A. fue la primera Sociedad Anónima no gubernamental legalizada por el Estado cubano después de 1959. Y única que yo sepa.
Alberto Lescay y su hermano René demoraron varios meses en las gestiones para lograr que se aprobara el constituir la fundación.. La finalidad de Fundación Caguayo es la promoción y realización de las artes monumentarias y aplicadas. Al darle forma legal, fue imprescindible crear una sociedad anónima, ya que, según la ley, ninguna fundación puede comercializar El mismo día se firmaron escrituras públicas instituyendo Caguayo, fundación y Caguayo S.A como dos entidades diferentes y separadas. En ambas está mi nombre completo en el cargo de Secretario.
Además, de todas las fundaciones cubanas, la única que tiene su sede fuera de La Habana es Caguayo, y lo mismo ocurre con Caguayo S.A. Lo habitual durante décadas (digo del ’59 para acá) fue que de todo, hubiese solamente una sucursal en Santiago. Nunca la casa matriz. Con Caguayo se subvirtió todo eso.
Es posible que alguien comente que, en definitiva, si el Gobierno la permitía era para controlarla entre bastidores; en l995 no existían ni el deseo ni la posibilidad real de controlar mucho. ¿Por qué? Primero, porque una empresita con capital inicial pequeño, sin divisas, con un radio de acción tan peculiar y el compromiso expreso de mantener en funciones el taller de fundición artística de El Caguayo, es muy probable que quebrara antes de cumplir un año; segundo, porque el Estado cubano no estaba en condiciones económicas ni le interesaba esforzarse en mantener abierta una fundición artística : su prioridad era mantenerse a flote. Cualesquiera fuesen los propósitos que se movieron durante el establecimiento y funcionamiento de la Caguayo, fundación y de Caguayo S.A, es totalmente ilógico pensar que en una sociedad tan cerrada como la de la isla pueda surgir mágicamente una institución completamente autónoma: sólo pensarlo es risible. Sin embargo, el hecho de ser capaz de tomar algunas decisiones y disponer de sus fondos con mediana agilidad y sin depender de anuencias externas, le otorgan una capacidad de operación excepcional.
viernes, 28 de septiembre de 2012
jueves, 27 de septiembre de 2012
De regreso a Ibagué, como ya habíamos aceptado el compromiso de pintar dos murales, la alcaldía nombró un empleado para que gestionara nuestras visas como de interés ciudadano. Pasamos dos días ilegales, aterrados y metidos en el hotel a pesar de que al final obtuvimos las autorizaciones y no tuvimos el menor contratiempo.
Nos pareció más que razonable lo de los murales; además, queríamos dejar un testimonio físico de nuestra visita, aunque durase poco tiempo. Por fin se encontró un sitio: el paso peatonal de la Carrera 7ma y calle 31. Como no teníamos suficientes materiales, llegamos al arreglo de comprar nosotros, guardar los vales y que después la oficina del alcalde los liquidara. Pozo y Tasset hicieron las compras, se conservaron los tickets y se pintó. Luego se inauguró sin novedad. Pero a la hora de reintegrarnos el gasto, aquello se dilataba. Y ya estábamos por regresar: ¿se perdería ese dinero?
Pasaban los días; una tarde comenzó a llover y no escampó en doce horas. Fue una catástrofe nacional que salió en los noticieros –con deslizamientos de tierra, hogares arrasados, ahogados, etc. El Presidente de la República mandó una ayuda urgente en efectivo. El día antes de viajar decidimos probar suerte en la alcaldía, a ver si nos liquidaban. Cuando atravesamos el Parque Bolívar (que es el centro de Ibagué: la alcaldía queda frente a este parque) vimos un pick up con funcionarios municipales conocidos. Decidimos acercarnos a saludar: les preguntamos sobre nuestro asunto y nos dijeron que sí. Allí mismo pagaron, abriendo un portafolio sobre el asiento trasero del vehículo.
Así terminó nuestra etapa colombiana. Al regresar a Cuba me esperaba algo que ocupó años de mi vida: la Fundación Caguayo.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Más tarde nos llevaron a conocer al alcalde, gracias al cual estábamos allí. Entrar a su despacho fue algo complicado debido al trajín permanente de colaboradores y personas que querían verlo. Años más tarde comprobé que, con sus peculiaridades, en mi tierra no es muy diferente. Don Álvaro Ramírez era un hombre alto, moreno, corpulento, elegante, y de rostro afable: casi a diario íbamos a su oficina y, en general, siempre nos ayudó en medio de las celebraciones por el aniversario de la ciudad.
En Ibagué hay varios periódicos, pero nuestros amigos reporteros pertenecían a Tolima 7 Días, semanario perteneciente a la cadena El Tiempo: no olvido a Esperanza Páez ni a Mauricio Moreno.
Pronto debimos dedicarnos a la exposición. Primero llevamos a montar los cuadros en el taller de Jairo, graduado de Pintura que había abierto un taller de montaje. Frente a la dependencia estaba el consultorio de la doctora Sissi –su nombre me recordó a la homónima Emperatriz de la película-, una dentista amabilísima que días más tarde accedió a sustituir mi prótesis y arreglar mi maltrecha dentadura a cambio de unos grabados que Tasset cedió: mi eterno agradecimiento para ambos.
Lamento que el nombre del sitio donde expusimos haya desaparecido de mi mente: creo que costó un poco convencer a la Directora de Cultura –doña Natalia Esparza -, pero al final accedió y, la verdad, a pesar de que era una mujer bastante estirada, siempre fue muy correcta con nosotros: utilizaba con fruición las largas fórmulas del saludo colombiano. A la inauguración, aparte del Alcalde, la Directora de Cultura, los expositores y varios artistas ibaguereños, asistieron cubanos que estaban de misión y viajaron desde Neiva –incluyendo a mi amiga Coralita Guillot, su esposo y la locutora Rita Rivero- así como varios instructores de deportes. También había unos músicos de aficionados dirigidos por un tal Germán, que interpretaban música criolla. Durante el vernissage, la primera pieza –un bello grabado de Tasset- la compró don Braulio.
Me he detenido en este recuerdo porque nuestro cliente fue uno de los personajes más pintorescos que conocí en Ibagué; hombre evidentemente acaudalado, de mediana edad, más bien delgado y casi siempre de saco y corbata, su oficina se encontraba en la segunda planta de una tienda de tejidos. La escalera de acceso quedaba disimulada detrás de rollos de tela estampada. Ya arriba, una fila de barrotes protegía su escritorio; dentro de un armario colocado en un rincón había un verdadero arsenal de armas largas.
Colombia es un país enorme con muchas diferencias regionales: ninguna de ellas se parece a nuestra manera de ver el mundo. Ciertamente, yo solamente conocí la Colombia del Tolima: generalizar sería temerario. Los tolimenses me parecieron personas cariñosas y muy familiares, lo que no impide que su forma de hablar español me resultara excesivamente formal cuando no francamente incomprensible –no utilizan jamás el tú: siempre es usted, su merced, don, cómo así. Una señora me preguntó ¿el señor ya se amañó? y yo entendí ¿el señor ya se bañó?. La mesa tolimeña tampoco es como la nuestra, todos los alimentos se sirven juntos en una bandeja: la mesa puesta como acá, con vajilla, parece no ser popular.
En los días siguientes nos movimos con los cuadros que no estaban expuestos: lo usual allí es llevar las obras hasta los clientes. Las personas no van mucho a las galerías. A pesar de todo, vendimos bastante. Los desnudos femeninos son una fiebre -en las habitaciones masculinas debe haber uno ó dos- por lo que Pozo tuvo mucho éxito con sus siguapas. Vendió varias, más que los filosóficos grabados de Tasset.
Estuvimos en muchos sitios: realmente, durante el mes que permanecimos allí (de octubre a noviembre quince del ’95) jamás hubo día desocupado. Recuerdo una expedición en especial. Al día siguiente de una noche de aguaceros, tomamos por un camino fangoso: encima, unos árboles enormes formaban una especie de bóveda, realmente era un sitio alejado de todo. Supuestamente íbamos a nadar en un río que bajaba achocolatado y tumultuoso. Mi temor era que los vehículos quedaran atascados en aquel lugar remoto y selvático: me imaginaba rodeado de guerrilleros y narcos –lo cual podía perfectamente suceder. Por fin, los demás decidieron regresar a Ibagué: entonces respiré.
Habían transcurrido quince días y nuestras visas estaban por caducar. Todos estaban confiados en que la delegación del DAS en Ibagué (el equivalente a nuestra Oficina de Inmigración) resolvería el asunto. Pero se negaron. Una directiva recientemente establecida ordenaba que las visas para cubanos se gestionaran directamente en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Logramos que la alcaldía nos prestara un vehículo y una mañana partimos para Bogotá; al llegar, después de cuatro ó cinco horas de viaje, ya las oficinas de trámite estaban cerradas (trabajan hasta mediodía). Bogotá fue la primera ciudad cuya enormidad me conmovió.
En Ibagué hay varios periódicos, pero nuestros amigos reporteros pertenecían a Tolima 7 Días, semanario perteneciente a la cadena El Tiempo: no olvido a Esperanza Páez ni a Mauricio Moreno.
Pronto debimos dedicarnos a la exposición. Primero llevamos a montar los cuadros en el taller de Jairo, graduado de Pintura que había abierto un taller de montaje. Frente a la dependencia estaba el consultorio de la doctora Sissi –su nombre me recordó a la homónima Emperatriz de la película-, una dentista amabilísima que días más tarde accedió a sustituir mi prótesis y arreglar mi maltrecha dentadura a cambio de unos grabados que Tasset cedió: mi eterno agradecimiento para ambos.
Lamento que el nombre del sitio donde expusimos haya desaparecido de mi mente: creo que costó un poco convencer a la Directora de Cultura –doña Natalia Esparza -, pero al final accedió y, la verdad, a pesar de que era una mujer bastante estirada, siempre fue muy correcta con nosotros: utilizaba con fruición las largas fórmulas del saludo colombiano. A la inauguración, aparte del Alcalde, la Directora de Cultura, los expositores y varios artistas ibaguereños, asistieron cubanos que estaban de misión y viajaron desde Neiva –incluyendo a mi amiga Coralita Guillot, su esposo y la locutora Rita Rivero- así como varios instructores de deportes. También había unos músicos de aficionados dirigidos por un tal Germán, que interpretaban música criolla. Durante el vernissage, la primera pieza –un bello grabado de Tasset- la compró don Braulio.
Me he detenido en este recuerdo porque nuestro cliente fue uno de los personajes más pintorescos que conocí en Ibagué; hombre evidentemente acaudalado, de mediana edad, más bien delgado y casi siempre de saco y corbata, su oficina se encontraba en la segunda planta de una tienda de tejidos. La escalera de acceso quedaba disimulada detrás de rollos de tela estampada. Ya arriba, una fila de barrotes protegía su escritorio; dentro de un armario colocado en un rincón había un verdadero arsenal de armas largas.
Colombia es un país enorme con muchas diferencias regionales: ninguna de ellas se parece a nuestra manera de ver el mundo. Ciertamente, yo solamente conocí la Colombia del Tolima: generalizar sería temerario. Los tolimenses me parecieron personas cariñosas y muy familiares, lo que no impide que su forma de hablar español me resultara excesivamente formal cuando no francamente incomprensible –no utilizan jamás el tú: siempre es usted, su merced, don, cómo así. Una señora me preguntó ¿el señor ya se amañó? y yo entendí ¿el señor ya se bañó?. La mesa tolimeña tampoco es como la nuestra, todos los alimentos se sirven juntos en una bandeja: la mesa puesta como acá, con vajilla, parece no ser popular.
En los días siguientes nos movimos con los cuadros que no estaban expuestos: lo usual allí es llevar las obras hasta los clientes. Las personas no van mucho a las galerías. A pesar de todo, vendimos bastante. Los desnudos femeninos son una fiebre -en las habitaciones masculinas debe haber uno ó dos- por lo que Pozo tuvo mucho éxito con sus siguapas. Vendió varias, más que los filosóficos grabados de Tasset.
Estuvimos en muchos sitios: realmente, durante el mes que permanecimos allí (de octubre a noviembre quince del ’95) jamás hubo día desocupado. Recuerdo una expedición en especial. Al día siguiente de una noche de aguaceros, tomamos por un camino fangoso: encima, unos árboles enormes formaban una especie de bóveda, realmente era un sitio alejado de todo. Supuestamente íbamos a nadar en un río que bajaba achocolatado y tumultuoso. Mi temor era que los vehículos quedaran atascados en aquel lugar remoto y selvático: me imaginaba rodeado de guerrilleros y narcos –lo cual podía perfectamente suceder. Por fin, los demás decidieron regresar a Ibagué: entonces respiré.
Habían transcurrido quince días y nuestras visas estaban por caducar. Todos estaban confiados en que la delegación del DAS en Ibagué (el equivalente a nuestra Oficina de Inmigración) resolvería el asunto. Pero se negaron. Una directiva recientemente establecida ordenaba que las visas para cubanos se gestionaran directamente en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Logramos que la alcaldía nos prestara un vehículo y una mañana partimos para Bogotá; al llegar, después de cuatro ó cinco horas de viaje, ya las oficinas de trámite estaban cerradas (trabajan hasta mediodía). Bogotá fue la primera ciudad cuya enormidad me conmovió.
lunes, 24 de septiembre de 2012
El viaje duró algo más de tres horas. Es maravilloso ver cómo la isla se continúa con las demás tierras. Uno piensa a Cuba como un mundo aparte, como una dimensión paralela, pero desde el aire comprueba que no es así. Que somos lo mismo. Solamente la tierra se hunde, sigue por debajo del mar y luego sale en otro sitio: uno piensa que somos algo diferente, donde la gente y las cosas pertenecen a otra especie, y en eso nos equivocamos. Impresiona la verdad de los mapas, que es lo mismo que se ve por la ventanilla del avión.
Llegamos al Aeropuerto de El Dorado, de Bogotá a media tarde. Así llamaban los conquistadores al rey legendario de una civilización muy poderosa, -¿los chibchas?-, asentados alrededor de Bogotá. Dice un libro que la terminal comenzó a funcionar en 1959. Su arquitectura da sensación de grandiosidad y pesantez. Para entrar al edificio desde la pista hay que caminar por una serie de pasillos oscuros con nichos donde resplandecen ídolos dorados. Imita a un templo pre-hispánico.
Cuando tuvimos los equipajes en nuestro poder y pasamos al área de recibimiento comprobamos que nadie nos esperaba. Me aterré. Desde que salimos de Santiago me sentía como una especie de mamá atiborrada de responsabilidades; en definitiva había arrastrado desde su casa a aquellos pintores y los había enrolado en esta aventura (claro que por su propia voluntad). Recordé que el Hermano Galano –el mismo que me invitó a Santo Domingo- había sido trasladado a Bogotá a desempeñar un alto cargo. Lo telefoneé. Tuve la suerte de contactar con él: me prometió llamar a Ibagué y averiguar el paradero de quienes debían esperarnos, así como venir al aeropuerto a acompañarnos hasta que estuviésemos encaminados. Realmente las constantes advertencias por el audio de que vigilen sus equipajes me tenían muy nervioso. Como a la hora y media de llegar el Hermano Juan, entraron los ibaguereños con Wally al frente.
Era un vehículo tipo jeep bastante espacioso –de los que en Santo Domingo llaman yipeta. Nos pusimos en camino como a las cinco y media. El tránsito era infernalmente denso: me sorprendió que los policías, en lugar de moderar o detener a los autos, les hacían enérgicas señales de que circularan. Dos helicópteros sobrevolaban la ciudad: me dijeron que pertenecían a la Policía. En aquel mar de vehículos, la única orden que podía darse era ¡caminen!
Por fin salimos de la ciudad y viajamos hacia el sudoeste por una ancha carretera que poco a poco se oscureció, a veces volada, subiendo y bajando montañas sobre un paisaje iluminado por una luna sucia. Al cabo de unas horas empezó a llover fuerte. Así entramos a Ibagué.
Como el hotel estaba pagado a partir del día siguiente, nos llevaron a un sitio llamado Casa de Campo, en las afueras de la ciudad. Cuando bajamos del auto llovía furiosamente y caí sobre el asfalto enredado en un mazo de correas de seguridad: allí me dejaron empapado hasta los huesos, pues la risa no dejaba a nadie desafiar al agua y liberarme. Por fin me zafé y pude reunirme con los demás: ellos desternillados y yo hecho una sopa.
Los colombianos nos acompañaron un rato en la habitación y trajeron refrescos y algo de comer. Pero, ¿por qué no lo hacíamos normalmente en una mesa? ¿por qué aquel sitio parecía una casa de citas? Comprendí más tarde: porque lo era. Para esa noche no había hotel pago y entre ellos debieron colectar dinero para que durmiéramos bajo techo, les alcanzó sólo para pagar una casa de amor y matarnos el hambre. Ahora se los agradezco, pero al principio me hacía cruces ¿qué hago en una posada colombiana con estas personas? Al día siguiente, cuando nos reunimos a desayunar y vi las tiernas parejas arrullándose en las otras mesas confirmé mis sospechas. Pero el sitio no era feo, al contrario.
Por fin aparecieron nuestros amigos para llevarnos a nuestro hotel “de verdad”. Me confundí mucho cuando Wally dijo que las habitaciones ya estaban canceladas. En Cuba, cancelar quiere decir borrar de la memoria, abolir, derogar; pero allá significa pagar, liquidar, cancelar una deuda. Era el Hotel Suiza, un sitio modesto pero agradable, en la esquina de la Carrera 3ra. con calle 17.
Llegamos al Aeropuerto de El Dorado, de Bogotá a media tarde. Así llamaban los conquistadores al rey legendario de una civilización muy poderosa, -¿los chibchas?-, asentados alrededor de Bogotá. Dice un libro que la terminal comenzó a funcionar en 1959. Su arquitectura da sensación de grandiosidad y pesantez. Para entrar al edificio desde la pista hay que caminar por una serie de pasillos oscuros con nichos donde resplandecen ídolos dorados. Imita a un templo pre-hispánico.
Cuando tuvimos los equipajes en nuestro poder y pasamos al área de recibimiento comprobamos que nadie nos esperaba. Me aterré. Desde que salimos de Santiago me sentía como una especie de mamá atiborrada de responsabilidades; en definitiva había arrastrado desde su casa a aquellos pintores y los había enrolado en esta aventura (claro que por su propia voluntad). Recordé que el Hermano Galano –el mismo que me invitó a Santo Domingo- había sido trasladado a Bogotá a desempeñar un alto cargo. Lo telefoneé. Tuve la suerte de contactar con él: me prometió llamar a Ibagué y averiguar el paradero de quienes debían esperarnos, así como venir al aeropuerto a acompañarnos hasta que estuviésemos encaminados. Realmente las constantes advertencias por el audio de que vigilen sus equipajes me tenían muy nervioso. Como a la hora y media de llegar el Hermano Juan, entraron los ibaguereños con Wally al frente.
Era un vehículo tipo jeep bastante espacioso –de los que en Santo Domingo llaman yipeta. Nos pusimos en camino como a las cinco y media. El tránsito era infernalmente denso: me sorprendió que los policías, en lugar de moderar o detener a los autos, les hacían enérgicas señales de que circularan. Dos helicópteros sobrevolaban la ciudad: me dijeron que pertenecían a la Policía. En aquel mar de vehículos, la única orden que podía darse era ¡caminen!
Por fin salimos de la ciudad y viajamos hacia el sudoeste por una ancha carretera que poco a poco se oscureció, a veces volada, subiendo y bajando montañas sobre un paisaje iluminado por una luna sucia. Al cabo de unas horas empezó a llover fuerte. Así entramos a Ibagué.
Como el hotel estaba pagado a partir del día siguiente, nos llevaron a un sitio llamado Casa de Campo, en las afueras de la ciudad. Cuando bajamos del auto llovía furiosamente y caí sobre el asfalto enredado en un mazo de correas de seguridad: allí me dejaron empapado hasta los huesos, pues la risa no dejaba a nadie desafiar al agua y liberarme. Por fin me zafé y pude reunirme con los demás: ellos desternillados y yo hecho una sopa.
Los colombianos nos acompañaron un rato en la habitación y trajeron refrescos y algo de comer. Pero, ¿por qué no lo hacíamos normalmente en una mesa? ¿por qué aquel sitio parecía una casa de citas? Comprendí más tarde: porque lo era. Para esa noche no había hotel pago y entre ellos debieron colectar dinero para que durmiéramos bajo techo, les alcanzó sólo para pagar una casa de amor y matarnos el hambre. Ahora se los agradezco, pero al principio me hacía cruces ¿qué hago en una posada colombiana con estas personas? Al día siguiente, cuando nos reunimos a desayunar y vi las tiernas parejas arrullándose en las otras mesas confirmé mis sospechas. Pero el sitio no era feo, al contrario.
Por fin aparecieron nuestros amigos para llevarnos a nuestro hotel “de verdad”. Me confundí mucho cuando Wally dijo que las habitaciones ya estaban canceladas. En Cuba, cancelar quiere decir borrar de la memoria, abolir, derogar; pero allá significa pagar, liquidar, cancelar una deuda. Era el Hotel Suiza, un sitio modesto pero agradable, en la esquina de la Carrera 3ra. con calle 17.
jueves, 20 de septiembre de 2012
A aquella misma Fiesta del Fuego asistió Wallace Tartelli, un colombiano sumamente emprendedor y promotor de casi todo lo que pueda resaltar la vida artística de su ciudad –Ibagué. A decir verdad, Wally asistía a los Festivales del Caribe desde hacía varios años y la Guillot me lo había presentado antes. Ya funcionaba la galería La Confronta y una tarde que miraba cuadros en compañía del también colombiano Calderón me le acerqué y se me ocurrió decirle que si le interesaba, yo podía organizar algo similar para Ibagué. Me respondió que por qué no, lo cual me dejó atónito pues no me lo esperaba. Por supuesto que me alegré mucho. Me propuso reunirnos al día siguiente ahí mismo. Así lo hicimos y Wally traía ya la propuesta –por no decir la condición- de incluir a Pedro Jorge Pozo en el proyecto. Pozo es magnífica persona, pero nunca me ha interesado su pintura. Luego entendí que en Colombia ello venía como anillo al dedo. Lo notable de la pintura de Pozo es que nada de lo anterior es falso: jamás “posa”, todo le sale del fondo del alma. Por insoportable que resulte. Es un fenómeno sociocultural. Pues nada: Pozo iría a Ibagué.
Me quedaba buscar a otro artista y recordé a Luis Tasset –entonces esposo de Blanquita Pasín- cuyos grabados creo que merecían mucho más promoción (ciertamente, años más tarde la tuvo) En realidad, el proyecto con Wally Tartelli caminó sobre ruedas; únicamente, ya a finales de septiembre –cuando Lescay me había invitado a participar en la futura Fundación- el difunto Guarionex Ferrer y el diseñador Adolfo Escalona me llamaron aparte y me advirtieron que iba a Colombia como representante de aristas de la UNEAC, no como miembro de la fundación de Lescay. Ello me pareció insólito, represivo y vejatorio para mi persona. Luego comprendí que no me equivocaba: actuaron intencionalmente porque ya para entonces Lescay me había propuesto un cargo en su fundación y uno – Guarionex- había estado en desacuerdo por escrito con el proyecto de fundación del otro. Temían que yo viajara “de polizón”. Generalmente las personas que están envueltas en algún lío están seguras de que todo el mundo lo sabe y ha tomado su partido. Realmente, yo me enteré muchísimo más tarde de que Guarionex, el viejo Ferrer y Escalona estaban en desacuerdo con la Fundación. A mediano plazo lo anterior no me afectó para nada y continué con mi exposición de Colombia.
Mientras lo anterior ocurría, las coordinaciones para nuestra exposición progresaban rápidamente. Había llegado una carta de invitación del alcalde de Ibagué con motivo del Cuatrocientos cuarenta y cinco aniversario de la ciudad, en cuyas ceremonias quería que participásemos; se comprometía a pagar los boletos y los gastos derivados de nuestra estancia. Ya cerca de la propuesta fecha de salida nos fuimos a La Habana a conseguir visas y pasajes.
Éramos Pozo, Tasset y yo. La primera noche dormimos como se pudo en casa del trovador Augusto Blanca –Pozo y yo lo conocíamos desde acá. Después, el mismo Augusto nos halló un alquiler en el edificio de G y 25 donde vivía, en el apartamento de una mujer joven que tenía una niña. No salía caro, ya que los tres compartíamos una sola habitación. Empezó entonces una espera de catorce días para la cual yo no estaba económicamente preparado: tanto los boletos como las visas debían venir desde Colombia.
En realidad no expliqué de qué modo habíamos encaminado las cosas. La UNEAC nos representaba ante el Estado cubano y por ello se encargaba de gestionar nuestros papeles de viaje, incluso la visa. Poseían aparatos de fax, y nos facilitaron contactar con Ibagué para que supiesen el número telefónico de nuestro alojamiento, así como que estábamos listos esperando por ellos. En la UNEAC supimos que la visa debía solicitarse simultáneamente desde La Habana e Ibagué. Cuando Wally llamó le precisamos lo de la visa: a partir de entonces comenzó a moverse la maquinaria. A diario íbamos al departamento de Relaciones Internacionales de la UNEAC, pues obtener nuestros permisos de salida; entonces solicitamos las visas en la Embajada de Colombia. Y a esperar. Pasaban los días, y nada llegaba. Gracias al buen humor de Tasset y Pozo sobreviví aquella incertidumbre y sangría de dinero. Luis proviene de una larga familia oriunda de Maffo, cerca de Bayamo. Campesinos de muy buenas maneras, pero campesinos al fin, y con un inagotable reservorio de historias, cuentos y chistes, aparte de una predisposición natural a encontrar el lado risible de todo.
Hacía un cuento cada cinco o diez minutos. Nunca se repitió y jamás aburrió. Seguían pasando los días. Fuimos a Cubana de Aviación como cien veces. Nada, de boletos nada. Una mañana decidimos que al día siguiente regresaríamos a Santiago. Como a las cuatro de la tarde sonó el teléfono: era de Colombia para que inmediatamente reclamáramos las visas y boletos pues teníamos reservación para la mañana siguiente. A esa hora ya la Embajada había cerrado, y aunque telefoneamos, no hubo manera: había que esperar al otro día. Por lo pronto, nada de regresar a Santiago. Sería verdaderamente difícil recoger las visas en Miramar, retornar al Vedado por los boletos y correr al aeropuerto. No creí que fuese posible, pero mis compañeros hablaron con un señor que tenía un auto y por unos dólares nos llevó a todas partes. Y lo logramos. Llegamos a Rancho Boyeros mucho antes de las once a.m. Si despegamos algo atrasados fue porque Pozo tuvo líos con la Aduana a causa de sus cuadros. Como iba a exponer, invitado por un alcalde, eso le valió. Y por fin despegamos.
Me quedaba buscar a otro artista y recordé a Luis Tasset –entonces esposo de Blanquita Pasín- cuyos grabados creo que merecían mucho más promoción (ciertamente, años más tarde la tuvo) En realidad, el proyecto con Wally Tartelli caminó sobre ruedas; únicamente, ya a finales de septiembre –cuando Lescay me había invitado a participar en la futura Fundación- el difunto Guarionex Ferrer y el diseñador Adolfo Escalona me llamaron aparte y me advirtieron que iba a Colombia como representante de aristas de la UNEAC, no como miembro de la fundación de Lescay. Ello me pareció insólito, represivo y vejatorio para mi persona. Luego comprendí que no me equivocaba: actuaron intencionalmente porque ya para entonces Lescay me había propuesto un cargo en su fundación y uno – Guarionex- había estado en desacuerdo por escrito con el proyecto de fundación del otro. Temían que yo viajara “de polizón”. Generalmente las personas que están envueltas en algún lío están seguras de que todo el mundo lo sabe y ha tomado su partido. Realmente, yo me enteré muchísimo más tarde de que Guarionex, el viejo Ferrer y Escalona estaban en desacuerdo con la Fundación. A mediano plazo lo anterior no me afectó para nada y continué con mi exposición de Colombia.
Mientras lo anterior ocurría, las coordinaciones para nuestra exposición progresaban rápidamente. Había llegado una carta de invitación del alcalde de Ibagué con motivo del Cuatrocientos cuarenta y cinco aniversario de la ciudad, en cuyas ceremonias quería que participásemos; se comprometía a pagar los boletos y los gastos derivados de nuestra estancia. Ya cerca de la propuesta fecha de salida nos fuimos a La Habana a conseguir visas y pasajes.
Éramos Pozo, Tasset y yo. La primera noche dormimos como se pudo en casa del trovador Augusto Blanca –Pozo y yo lo conocíamos desde acá. Después, el mismo Augusto nos halló un alquiler en el edificio de G y 25 donde vivía, en el apartamento de una mujer joven que tenía una niña. No salía caro, ya que los tres compartíamos una sola habitación. Empezó entonces una espera de catorce días para la cual yo no estaba económicamente preparado: tanto los boletos como las visas debían venir desde Colombia.
En realidad no expliqué de qué modo habíamos encaminado las cosas. La UNEAC nos representaba ante el Estado cubano y por ello se encargaba de gestionar nuestros papeles de viaje, incluso la visa. Poseían aparatos de fax, y nos facilitaron contactar con Ibagué para que supiesen el número telefónico de nuestro alojamiento, así como que estábamos listos esperando por ellos. En la UNEAC supimos que la visa debía solicitarse simultáneamente desde La Habana e Ibagué. Cuando Wally llamó le precisamos lo de la visa: a partir de entonces comenzó a moverse la maquinaria. A diario íbamos al departamento de Relaciones Internacionales de la UNEAC, pues obtener nuestros permisos de salida; entonces solicitamos las visas en la Embajada de Colombia. Y a esperar. Pasaban los días, y nada llegaba. Gracias al buen humor de Tasset y Pozo sobreviví aquella incertidumbre y sangría de dinero. Luis proviene de una larga familia oriunda de Maffo, cerca de Bayamo. Campesinos de muy buenas maneras, pero campesinos al fin, y con un inagotable reservorio de historias, cuentos y chistes, aparte de una predisposición natural a encontrar el lado risible de todo.
Hacía un cuento cada cinco o diez minutos. Nunca se repitió y jamás aburrió. Seguían pasando los días. Fuimos a Cubana de Aviación como cien veces. Nada, de boletos nada. Una mañana decidimos que al día siguiente regresaríamos a Santiago. Como a las cuatro de la tarde sonó el teléfono: era de Colombia para que inmediatamente reclamáramos las visas y boletos pues teníamos reservación para la mañana siguiente. A esa hora ya la Embajada había cerrado, y aunque telefoneamos, no hubo manera: había que esperar al otro día. Por lo pronto, nada de regresar a Santiago. Sería verdaderamente difícil recoger las visas en Miramar, retornar al Vedado por los boletos y correr al aeropuerto. No creí que fuese posible, pero mis compañeros hablaron con un señor que tenía un auto y por unos dólares nos llevó a todas partes. Y lo logramos. Llegamos a Rancho Boyeros mucho antes de las once a.m. Si despegamos algo atrasados fue porque Pozo tuvo líos con la Aduana a causa de sus cuadros. Como iba a exponer, invitado por un alcalde, eso le valió. Y por fin despegamos.
martes, 18 de septiembre de 2012
Creo que, sobre todo, la gente de mi entorno se sentía aislada y olvidada –en aquella época no existía correo electrónico y Cuba ni siquiera se había conectado aún a Internet. Tengo la impresión de que para la gente directamente cercana a mi, aquello contribuyó a disminuir esos sentimientos. Las cosas más reales son las que más trabajo cuesta demostrar: que es posible ver, tocar y vivir una realidad diferente de la del. Hay veces que el alma humana necesita estar segura de que realmente se puede vivir sin la ansiedad del próximo apagón, la olla vacía, la falta de cosas de aseo, de todo. Durante el Período la sensación general era de que no existía el futuro, más que como prolongación del presente: o sea, que siempre habría Período.
He hablado del desamparo generalizado. In the other hand, comencé a sentir algo que entonces era totalmente nuevo y que dura hasta ahora: el asedio, a veces desembozado, a veces no, para usurparme objetos, personas, sentimientos – o simplemente para robarme. En un principio lo justifiqué con la enorme carestía que acarreó el Período – a pesar de su innegable hermosura, los chicos de mi barrio estaban más flacos todavía: ¿hasta dónde se llegaría?-, luego he comprendido que aunque la mala situación evidentemente contribuyó, se trata de algo inherente a los nuevos tiempos. Además del robo, se justificaron la prostitución y la corrupción encima de la costra de hipocresía que más de treinta años y la cercanía del siglo veintiuno habían sedimentado. He observado que en lugar de reducir, esos males han aumentado con el tiempo. Ello no es extraño: por una parte, en Cuba el dinero ocupa cada día más un lugar preponderante en las relaciones de todo tipo y, por otra, una sociedad que niega obsesivamente verdades enormes y sataniza lo que tiende a apaciguar las necesidades inmediatas cotidianas, únicamente así puede mantenerse. Hoy día, robar algo de valor o prostituirse con beneficio son logros que merecen respeto popular. Como decía Marx, la gente es como vive. Ergo, ¿cómo será la Cuba del 2050?
A los pocos días se presentó en casa Javier. Que para nada era ya un niño. Estudiaba soldadura en una escuela de oficios cerca de casa. Confieso que todavía no sé quién es o qué cantidad de fingimiento y ganas de obtener ventajas existiría en su acercamiento.
No me importaba. Para nada. Durante muchos meses su piel olió a humo de leña y su ropita reflejaba el mundo de privaciones del que procedía. Fue en mi casa que aprendió a usar champú, gel de baño y colonia.
Lo enseñé a ser buen cocinero, ya que tiene habilidad innata para resolver problemas prácticos relacionados con tejados, tragantes, tuberías y barre con dedicación y energía, como si en ello le fuera la vida. Sin embargo, le teme a la electricidad: todo lo relacionado con ella es arcano para él. Las pocas veces que bebe, incurre en actitudes de un cretinismo alarmante. No fuma. Sólo de tarde en tarde –aunque inesperadamente- reacciona con ira, ya que acostumbra ser apacible y risueño. Cuando está o cree estar solo, lo cubre un casi imperceptible velo de tristeza y desamparo.
El Festival de Teatro Máscara de Caoba, como siempre, se celebró en primavera. Me designaron jurado y, como las funciones terminaban demasiado tarde en la noche, también una habitación junto a los otros en el Hotel Trópico –grupo de edificios baratos que estuvieron ocupados por familias rusas durante los ’80 y que al retirarse aquéllas resultaron convertidos en “instalación turística”. Mis co-jurados (¿existe esa expresión?) fueron Vivian Martínez Tabares y Vicente Revuelta; ella era la teórica, sabia teatral, delicada, bonita y con ese don tan habanero de ser simpática a la vez que levanta un murallón contra los desconocidos (es como ver el jardín desde la acera y tener la cancela cerrada con candado).
Regresar a Cuabitas y continuar mi romance fue todo uno. Desde el lecho escuchábamos a La Lupe en una pequeña grabadora que años después misteriosamente desapareció. Hacia julio vino el Festival del Caribe y el encuentro de poetas que año por año organizaba Cos Causse. Ese año estuvo aquí Arrufat, santiaguero ausente al fin. Con él sí hice amistad; en años posteriores lo telefoneaba cada cierto tiempo, luego dejó de estar en casa y actualmente conversamos largamente cuando nos encontramos. Le agradezco que haya querido leer mi texto y aconsejarme los poemas que debería contener el libro que me publicó UNION.
Sí, porque la editora de la UNEAC me había pedido un libro para publicar; así armé Cómo criar un Perro, que sometí a esa casa editora; al cabo de unos meses me enteré de que no lo habían admitido –dijeron que era muy conversacional y pasado de moda. Lo cual no era razón convincente: el hecho de haberme apartado de lo que se considera novedoso evidentemente no agradó a la comisión de lectura. Entonces me quejé a Adrián Bosco –entonces presidente de la UNEAC- y fue él quien destrabó el asunto: por fin, en 2003, siete años después, salió el libro con una cubierta rosada espantosa de la cual me enteré incidentalmente cuando ya el libro había sido impreso, y con una nube de erratas. Evidentemente la edición y el diseño no funcionaron, aunque por lo menos tuve un tomito impreso en material más presentable.
Ese mismo ’95 acá en Santiago me imprimieron El aceite y el vinagre, en un solo tomo compartido con Sombra y variaciones, de Raúl Ibarra. En aquellos años en que la industria editorial cubana casi había tocado fondo, era lo menos que se podía hacer con tal de sacar lo que habíamos escrito durante años –en realidad, Ibarra solamente había publicado Fox trot, en l990. No se me ocurriría de nuevo compartir libro con alguien más, salvo con el propio Ibarra, poeta y amigo a quien admiro y quiero mucho.
lunes, 17 de septiembre de 2012
No habíamos olvidado que el principal objetivo de nuestro viaje era recuperar la exposición De otra Isla, que yo mismo había contribuido a curar dos años atrás. La hallamos, sí, en un instituto para enfermedades pulmonares propiedad de cierto amigo de Cuba. En buen estado. Para regresarla, debíamos pagar exceso de equipaje a Cubana de Aviación. Debo decir que el Fondo Cubano de Bienes Culturales no nos dio ni un centavo para ello –ni para tomar un café en el aeropuerto: Albérico vacilaba en pagar de su bolsillo por el exceso de equipaje. Determinarnos hacerlo de todos modos: cuando aquí nos vieran colorados y con varias libras más, todos pensarían que habíamos vendido los cuadros y nos habíamos comido el dinero. Total, el FBC de Santiago ni se preocupó por ellos. Al día siguiente de entregarlos en el Fondo, hallé uno de los cuadros con la huella de una suela sobre la superficie pictórica. Lo pisotearon, pero no nos llamaron ladrones.
A mediados de enero regresamos por el aeropuerto de Sosúa, entre esa ciudad y Puerto Plata. Yo había rejuvenecido como quince años. En realidad casi nadie nos esperaba. Recuerdo que le traje a Abelardo un libro de cuentos de Fernando Villaverde. También traje la bellísima frase: Al corazón de la ahuyama, sólo la punta del cuchillo lo conoce. Y a Martica, mi camarera favorita de La Isabelica, un paliacate rojo. Estaba feliz. Después de tantos meses de dolor y necesidades, el haber visto algo diferente no tenía precio para mi.
El año abrió una de las épocas más positivas de mi vida. He titubeado mucho antes de escoger este detestable adjetivo pero hoy día, varios años después, todavía no encuentro una palabra exacta para definirlo. Fue un buen año, sí. Pero ¿bueno cómo? Incluso, relatar esos meses de manera medianamente ordenada me resulta difícil porque unos sucesos se encabalgan en otros: la vida no espera a que termine un episodio para comenzar el siguiente.
El hecho de volver causó cierto asombro y uno diría que hasta molestia para algunos. La etapa de hambre y necesidades de todo tipo seguía reinando sobre mi isla y en agosto del ’94 había ocurrido un exodus balserum: el tema de la hégira estaba sobre el tapete; además, pienso que mi familia de aquí –que se había quedado en casa durante mi viaje- probablemente habrá experimentado cierta decepción. En el FBC también, debido a la ley no escrita de “mientras menos bulto más claridad”. Detrás de un deceso, traslado o “deserción” siempre encontramos alguna esperanza de promoción o incremento de comodidades, por más lejana que pueda resultar. Es una ilusión profunda y sin verdadero cálculo.
Por otro lado, el efecto combinado de la alimentación, el sol –durante aquellas semanas recorrí la Ciudad Capital de cabo a rabo- y la satisfacción de haber logrado algo que la inmensa mayoría de quienes me rodeaban querrían para sí, me hicieron rejuvenecer. Desde la palidez delgaducha y tristona que se apoderó de casi todo el mundo en la isla, me vi promovido a una pimpante rojez llena de historias y buen humor.
Ya he relatado cómo, al día siguiente de devolver la recuperada exposición, hallé uno de los óleos en el suelo de la galería del FBC con una huella de zapato nítidamente estampada en su superficie. Ni eso ni el hecho de que hubiesen cerrado definitivamente La Minerva en mi ausencia –el Fondo Cubano de Bienes Culturales suspendió la venta de antigüedades en todo el país-, lograron empañar mínimamente mi alegría. Ahora, libre, me dediqué a visitar a mi amigo Raúl Ibarra y beber café en La Isabelica con Abelardo y Frank –ante quienes disfruté provisionalmente una cierta dimensión digamos “heroica”. Aunque suene inelegante y hasta fuera de lugar, debo insistir en que cualquier viaje desde de Cuba, Faro de América Latina, en medio del Período Especial, de ninguna manera podía ser visto como otro cualquiera.
A mediados de enero regresamos por el aeropuerto de Sosúa, entre esa ciudad y Puerto Plata. Yo había rejuvenecido como quince años. En realidad casi nadie nos esperaba. Recuerdo que le traje a Abelardo un libro de cuentos de Fernando Villaverde. También traje la bellísima frase: Al corazón de la ahuyama, sólo la punta del cuchillo lo conoce. Y a Martica, mi camarera favorita de La Isabelica, un paliacate rojo. Estaba feliz. Después de tantos meses de dolor y necesidades, el haber visto algo diferente no tenía precio para mi.
El año abrió una de las épocas más positivas de mi vida. He titubeado mucho antes de escoger este detestable adjetivo pero hoy día, varios años después, todavía no encuentro una palabra exacta para definirlo. Fue un buen año, sí. Pero ¿bueno cómo? Incluso, relatar esos meses de manera medianamente ordenada me resulta difícil porque unos sucesos se encabalgan en otros: la vida no espera a que termine un episodio para comenzar el siguiente.
El hecho de volver causó cierto asombro y uno diría que hasta molestia para algunos. La etapa de hambre y necesidades de todo tipo seguía reinando sobre mi isla y en agosto del ’94 había ocurrido un exodus balserum: el tema de la hégira estaba sobre el tapete; además, pienso que mi familia de aquí –que se había quedado en casa durante mi viaje- probablemente habrá experimentado cierta decepción. En el FBC también, debido a la ley no escrita de “mientras menos bulto más claridad”. Detrás de un deceso, traslado o “deserción” siempre encontramos alguna esperanza de promoción o incremento de comodidades, por más lejana que pueda resultar. Es una ilusión profunda y sin verdadero cálculo.
Por otro lado, el efecto combinado de la alimentación, el sol –durante aquellas semanas recorrí la Ciudad Capital de cabo a rabo- y la satisfacción de haber logrado algo que la inmensa mayoría de quienes me rodeaban querrían para sí, me hicieron rejuvenecer. Desde la palidez delgaducha y tristona que se apoderó de casi todo el mundo en la isla, me vi promovido a una pimpante rojez llena de historias y buen humor.
Ya he relatado cómo, al día siguiente de devolver la recuperada exposición, hallé uno de los óleos en el suelo de la galería del FBC con una huella de zapato nítidamente estampada en su superficie. Ni eso ni el hecho de que hubiesen cerrado definitivamente La Minerva en mi ausencia –el Fondo Cubano de Bienes Culturales suspendió la venta de antigüedades en todo el país-, lograron empañar mínimamente mi alegría. Ahora, libre, me dediqué a visitar a mi amigo Raúl Ibarra y beber café en La Isabelica con Abelardo y Frank –ante quienes disfruté provisionalmente una cierta dimensión digamos “heroica”. Aunque suene inelegante y hasta fuera de lugar, debo insistir en que cualquier viaje desde de Cuba, Faro de América Latina, en medio del Período Especial, de ninguna manera podía ser visto como otro cualquiera.
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