lunes, 27 de agosto de 2012
DESPUÉS DE QUE EL VIEJO DUBOIS murió, su único hijo vivo había emigrado: ya pueden imaginar la rebatiña que se armó con la casona y el gran jardín. Con la avalancha de campesinos que vinieron a Santiago después del ’59, sobraron pretendientes –que a la larga fueron ocupantes de la hermosa construcción de madera. Uno de ellos, más despabilado, vendió un pedazo de jardín a una familia negra de Dos Caminos de San Luis. Levantaron su casa en un santiamén. Además de la madre y el padre, estaban el abuelo, cinco varones y una hembra.
El 13 de mayo del ‘89 acabó mi juventud. Esa mañana Bebé amaneció tirada en el piso. Por la madrugada, medio dormida, había ido al baño, no se sentó en el inodoro, cayó y se golpeó. Como no podía ponerse en pie, se arrastró de nuevo hasta su cuarto y esperó la mañana. Al amanecer tampoco pudo ponerse en pie. Entre mamá y yo, la subimos a la cama. Durante el día, su familia la llevó al hospital. Allí la estabilizaron y al día siguiente la operaron. Lo que en otra persona hubiera sido un golpe sin importancia, en ella –que sin saberlo padecía una grave osteoporosis - bastó para destruirle la cabeza del fémur. La cirugía le sustituyó la parte arruinada con una prótesis. Solucionó el ponerse de pie, pero jamás quedaría igual que antes. Imaginarla en el suelo en medio de la noche, sin poder levantarse, soportando dolor y callada para no despertar a los demás me sigue pareciendo horrendo.
En aquellas condiciones yo no podía cuidarla. Ya estaban mamá y Virginia: literalmente, no podía con otra. Tuvo una larga recuperación en casa de sus parientes. Cuando pudo dejar la silla de ruedas y los andadores, regresó a casa. Como he dicho, era otra. Su energía y vitalidad desaparecieron. Durante años, Bebé había sido uno de mis puntos de referencia, por eso todo lo de su accidente me afectó mucho. Ciertamente, nada tenía de dramático. Resultaba tonto y hasta grotesco, pero la había transformado de manera irreversible. Los detalles de la operación me sonaban a carnicería y aquella recuperación miserable, prolongada y sin remedio, me mostró que somos más que frágiles. Pero sobre todo, que la época de la inseguridad y la miseria física habían llegado. Todavía no a mi cuerpo, pero sí a mi terreno, y nada podía hacer yo por impedirlo. A partir de ese momento quedé encargado de cocinar, fregar, limpiar, lavar y buscar los mandados: anteriormente solamente daba dinero de mi salario. Ni siquiera arreglaba mi lecho en las mañanas.
Lo anterior me obligó a reconfigurarlo todo. A partir de entonces mis únicas salidas serían para ir a la Galería y vice-versa. Debo aclarar que en casa no entraba ya la cantidad de dinero necesaria para contratar una ayudante. En aquel tiempo muy difícilmente encontrabas alguien dispuesto a trabajar para ti: eso se consideraba denigrante o por lo menos ilegal. Pero poco a poco comprendí que todo lo podía hacer y me quedaba bien. Nadie considere que me convertí en mártir: se me hizo la vida menos fácil, pero no mala pues Dios me ha dado la facultad de adaptarme a lo malo. Trabajaba bien, escribía más, dormía mejor, etc. Las viejas también lo comprendieron: que aquello me agobiaba y que estaba saliendo del paso con elegancia. A partir de entonces fueron muchísimo más tolerantes. La mayoría de los chicos del barrio y yo lo disfrutamos a conciencia.
Ciertamente, la vida se me convirtió en un inacabable montón de platos sucios, colas de tienda, cuidadosas dosificaciones para que el arroz alcance, fogones que no querían encender, etc. Pero como no conocía esa parte de la existencia, la transformé en aventura -de la cual nunca eliminé libros, poesía, cartas, fichas de investigación, decenas de revistas. Ni muchachos.
Hice varios intentos de estudiar “por la libre” en la universidad. Me obsesionaba el tema de tener un diploma. Matriculé Historia por la libre en la Universidad de Oriente: no había clases y solamente se estudiaba por la bibliografía. A pesar de que me convalidaron asignaturas ya aprobadas en La Habana, jamás examiné. En realidad el estudiante necesita orientación y estímulo mínimos: ese por la libre resulta tan anónimo como si pusieran el objetivo sobre el cogollo de una palma espinosa. Aunque ciertamente hay personas que han logrado graduarse de ese modo. Al final, pedí la baja: sencillamente no sirvo para el estilo por la libre.
Más adelante, cuando en Santiago de Cuba abrió la carrera de Historia del Arte matriculé en el curso nocturno. La dirección de la Galería me podía apoyar, y en efecto así fue. Estudié mucho para un examen de ingreso que no se realizó porque éramos dos ó tres aspirantes, pero algunos, ya matriculados, habían desistido y sobraron cupos. Tuve de compañeros a la pintora Julia Valdés y los grabadores Miguel Ángel Lobaina y Luis Tasset; de los profesores solamente recuerdo a Mariela Rodríguez Joa.
Fueron los días de la ocupación de Granada por los americanos y la repatriación de los cubanos que fabricaban un aeropuerto allá. El show de los últimos cubanos inmolados envueltos en una bandera lo viví en Historia del Arte. El regreso apresurado, la historia de Tortoló, así como la inmensa pachanga de Oscar de León subido al techo de un auto por el Parque Céspedes, rodeado por la multitud, casi al día siguiente de la hecatombe granadina -esa cosa surrealista. Todo ello pertenece a la época de Historia del Arte.
viernes, 24 de agosto de 2012
En el ’87 se hizo en la Galería el primer Evento 30 de Noviembre, que constaba de un concurso teórico y un Salón. Presenté al concurso el trabajo que sirvió de tesis para graduarme de Museología: gané el premio. Al año siguiente presenté otro texto que ya tenía escrito y volví a ganar.. Los jurados habían sido profesores míos en La Habana o me conocían de allá: Rosario Novoa, Pepe Veigas, Oscar Morriña. Eso me dio ánimo para escribir. El salón también tuvo jurados conocidos: Ángel Alfaro, Magali Olivera, Umberto Peña, Luis Miguel Valdés, Rubén Acosta, etc. Aquel mismo año, por casualidad, Coco Salas vino a Cuba. Lo invitaron al Festival de Ballet y dio una conferencia: estuvo en Santiago y nos visitó a Ibarra y a mi. No ha regresado más.
Las obras ganadoras en el 30 de Noviembre, competían en el Salón de Premiados del Museo Nacional de Bellas Artes, como un campeonato. Dos años más tarde me tocó ir a La Habana acompañando a los premiados. Coincidió con el juicio del general Ochoa. Todas las noches iba a casa de una amiga a ver los resúmenes por televisión. Claro que me dolió, pero lo miré y aún lo miro como algo perteneciente a una esfera en la que no tengo parte. A Ochoa le tocó perder, es verdad, pero hubiera podido ganar: en ninguno de ambos casos mis intereses ni mis ideas estaban implicados.
Por ese tiempo, la depresión crónica de mi madre tuvo un agravamiento. Se negó a comer y en una ocasión tuve que darle el alimento con cuchara, como a un niño pequeño. Casi a diario había que llevarla al hospital: cuando no tenía mareos o la boca seca, eran palpitaciones, o decía que no podía tragar. Como había debutado con glaucoma, varios medicamentos no los podía tomar: cada día que pasaba se sentía peor. Su psiquiatra y yo determinamos internarla en el Hospital San Luis de Jagua, a pesar de que tenía más de setenta –que era la edad límite establecida para recibir tratamiento psiquiátrico.
Jagua queda como a veinte kilómetros de Santiago, antes de llegar a Songo. Fue construido en los años ’40 para leprosorio y durante los ’60 se convirtió en hospital psiquiátrico. En realidad Nenena permaneció allá sólo siete días, durante los cuales fui diariamente a verla. Quien por poco se vuelve loco soy yo: dejarla en ese maremagno de seres de todas las procedencias y costumbres me parecía un acto criminal. Estaba indefensa y frágil, a pesar de que su sala era para enfermos estables y con tratamiento.
Me decidí a sacarla y la regresé a casa. No hallé a su médico, y el que estaba de guardia me hizo firmar un papel. En un dos por tres llegamos a la carretera. La monté a empujones en una guagua repleta y nos quedamos en Cuabitas, como a tres cuadras de casa. Ya de regreso, no quiso tomar más medicamentos. Dos días después era otra persona: lúcida y de buen carácter. Terminó curándose del todo. Por eso creo que la determinación frecuentemente sobrepasa a las medicinas. Esa casta de roble, de decisiones extremas y acertadas, es muy típica de la familia Oliva.
Las obras ganadoras en el 30 de Noviembre, competían en el Salón de Premiados del Museo Nacional de Bellas Artes, como un campeonato. Dos años más tarde me tocó ir a La Habana acompañando a los premiados. Coincidió con el juicio del general Ochoa. Todas las noches iba a casa de una amiga a ver los resúmenes por televisión. Claro que me dolió, pero lo miré y aún lo miro como algo perteneciente a una esfera en la que no tengo parte. A Ochoa le tocó perder, es verdad, pero hubiera podido ganar: en ninguno de ambos casos mis intereses ni mis ideas estaban implicados.
Por ese tiempo, la depresión crónica de mi madre tuvo un agravamiento. Se negó a comer y en una ocasión tuve que darle el alimento con cuchara, como a un niño pequeño. Casi a diario había que llevarla al hospital: cuando no tenía mareos o la boca seca, eran palpitaciones, o decía que no podía tragar. Como había debutado con glaucoma, varios medicamentos no los podía tomar: cada día que pasaba se sentía peor. Su psiquiatra y yo determinamos internarla en el Hospital San Luis de Jagua, a pesar de que tenía más de setenta –que era la edad límite establecida para recibir tratamiento psiquiátrico.
Jagua queda como a veinte kilómetros de Santiago, antes de llegar a Songo. Fue construido en los años ’40 para leprosorio y durante los ’60 se convirtió en hospital psiquiátrico. En realidad Nenena permaneció allá sólo siete días, durante los cuales fui diariamente a verla. Quien por poco se vuelve loco soy yo: dejarla en ese maremagno de seres de todas las procedencias y costumbres me parecía un acto criminal. Estaba indefensa y frágil, a pesar de que su sala era para enfermos estables y con tratamiento.
Me decidí a sacarla y la regresé a casa. No hallé a su médico, y el que estaba de guardia me hizo firmar un papel. En un dos por tres llegamos a la carretera. La monté a empujones en una guagua repleta y nos quedamos en Cuabitas, como a tres cuadras de casa. Ya de regreso, no quiso tomar más medicamentos. Dos días después era otra persona: lúcida y de buen carácter. Terminó curándose del todo. Por eso creo que la determinación frecuentemente sobrepasa a las medicinas. Esa casta de roble, de decisiones extremas y acertadas, es muy típica de la familia Oliva.
jueves, 23 de agosto de 2012
En el ’85 llegó a mi Galería un cupo para el Curso de Técnico en Museología. Las especialistas/licenciadas –ahora en plano de jefas- contestaron a la superioridad que allá no existía nadie interesado ni “con condiciones”. Fue una museóloga de reciente ingreso, llamada Blanca Pasín Alarcón, quien se opuso a devolver la plaza sin ofrecérmela –yo carecía de cualquier diploma-. Así fue como matriculé y comencé. Había clases dos veces por semana el día completo, en el antiguo Hospital Civil. Allí conocí a Eliseo Sorí, del pueblo de La Maya: era color negro teléfono. Es una persona muy inteligente, y trabajador como él sólo. En la actualidad es profesor de la Universidad de Oviedo, en España, y una persona de las que más ha escrito sobre la vida cotidiana del soldado mambí.
Para ese momento yo era Secretario General del sindicato de la Galería. Me eligieron por mayoría abrumadora. Un jefe quiso hacerle “una basura” a una trabajadora. Yo me opuse. El jefe no se salió con la suya pero, en cambio, la indignación me originó un dolor de cabeza avasallador. A pesar del montón de pastillas, seguía el dolor. Entonces decidí irme al hospital. ¡Amarga hora! –como dicen los viejos. Ese día salió en los titulares del Granma la noticia del primer cubano había muerto de sida. ¿Se imaginan? ¡El sida en Cuba! ¡Cosa de maricones! Y yo con dolor de cabeza en el Cuerpo de Guardia. De seguro que este pato cogió sida. En cuanto me vi en el hospital y lejos de la Galería, el dolor se esfumó. Nadie discute que un hospital es maravilloso y necesario, pero también uno está a merced de la imaginación de los médicos. Por eso, primero me alojaron en una Sala de cuidados Intermedios, me hicieron punciones lumbares, resonancias magnéticas, rayos X, análisis de varios tipos –entre ellos ese muy espectacular en que te sacan sangre del esternón- y como ya no quedaba ni un pedacito de brazo sin pinchar -me los habían afeitado en curiosas formas geométricas- fijaron a la aorta una aguja conocida por “mochita” para conectar la manguerita del suero. Una madrugada se salió la mochita y sangré como un cochino. Cuando la humedad me despertó llamé a la enfermera para que me cambiara; la joven repuso que tuviera paciencia, que a la mañana siguiente entraría el nuevo turno de paramédicos. Armé un escándalo y me cambió. Insulté a los médicos y les dije cuanto se me ocurrió –que no sabían Anatomía, que estaban acabando conmigo.
De cierta manera esto último era verdad: como no había los medicamentos que yo tomaba habitualmente para la epilepsia, me los sustituyeron por Fenobarbital, que me dejaba indiferente y sin voluntad como un saco de papas. Donde me tiraban, ahí me quedaba: siempre me ha hecho ese exagerado efecto. Empecé a escupir las tabletas en cuanto la enfermera viraba la cabeza. También es cierto que en aquellos años el sida en Cuba era algo exótico y las pruebas de detección estaban en pañales, al menos aquí. Y yo era un candidato aparente. Pato candidato.
Poco a poco se desengañaron. Primero me bajaron a una sala común; a los pocos días me dieron el alta con la condición de mantenerme “controlado” en una consulta externa. Una vez por mes. Eso duró aproximadamente un año, pero nada ocurrió.
Nunca he padecido enfermedades sexuales por tres cosas: a) hace muchísimos años dejé la calle y los encuentros fortuitos; 2) mis parejas no son tantas y se limitan a mi barrio –quien dude lo de “no son tantas”, que consulte las tablas del doctor Kinsey-, así es menos fácil encontrarse con un portador; 3) he tenido mucha suerte.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Hice varios intentos de estudiar “por la libre” en la universidad. Me obsesionaba el tema de tener un diploma. Matriculé Historia por la libre en la Universidad de Oriente: no había clases y solamente se estudiaba por la bibliografía. A pesar de que me convalidaron asignaturas ya aprobadas en La Habana, jamás examiné. En realidad el estudiante necesita orientación y estímulo mínimos: ese por la libre resulta tan anónimo como si pusieran el objetivo sobre el cogollo de una palma espinosa. Aunque ciertamente hay personas que han logrado graduarse de ese modo. Al final, pedí la baja: sencillamente no sirvo para el estilo por la libre.
Más adelante, cuando en Santiago de Cuba abrió la carrera de Historia del Arte matriculé en el curso nocturno. La dirección de la Galería me podía apoyar, y en efecto así fue. Estudié mucho para un examen de ingreso que no se realizó porque éramos dos ó tres aspirantes, pero algunos, ya matriculados, habían desistido y sobraron cupos. Tuve de compañeros a la pintora Julia Valdés y los grabadores Miguel Ángel Lobaina y Luis Tasset; de los profesores solamente recuerdo a Mariela Rodríguez Joa.
Fueron los días de la ocupación de Granada por los americanos y la repatriación de los cubanos que fabricaban un aeropuerto allá. Ese show de los últimos cubanos inmolados envueltos en una bandera lo viví en Historia del Arte. El regreso apresurado, la historia de Tortoló, así como la inmensa pachanga de Oscar de León subido al techo de un auto por el Parque Céspedes, rodeado por la multitud, casi al día siguiente de la hecatombe granadina -esa cosa surrealista. Todo ello pertenece a la época de Historia del Arte.
Las clases nocturnas se convirtieron en una tortura para mi: literalmente me dormía. Por desgracia o por suerte recibí una carta de la decana, doctora Mercedes donde me notificaba que había procedido a darme baja de la Licenciatura, basada en una Resolución ministerial acerca de la edad límite para ser alumno: yo no clasificaba Cathcart – parece que no es una mala persona, ¡pero me embromó!-. Así terminó mi último intento de obtener un diploma universitario y el aval del sistema de enseñanza de mi país. Aunque digan lo contrario, para TODO EL MUNDO poseerlo es condición sine qua non. Da risa pero es así. Aprendí a vivir con el problemita de la falta de Diploma. En definitiva, si no era comunista, era pobre, epiléptico y gay, me venía como anillo al dedo la frase popular qué le importa al tigre una raya más.
martes, 21 de agosto de 2012
Todos mis amigos se fueron de Cuba. Me enteré después por sus tarjetas y cartas, después de que estaban Allá. Sólo quedamos Hiram Prat, Raúl Ibarra, Nikitín Rodríguez Lastre y yo. Es verdad que cada cual hace con su vida lo que estima; pero me sorprendió que mis amigos de pronto se volvieran pragmáticos. Verdad que esto es una mierda que nos ahoga. Pero también lo es que ni ellos ni yo sabíamos lo que era calcular, y que todo es más o menos lo mismo. Precisamente por vivir sin calcular estábamos malmirados y apartados. Y luego, de momento... En fin, no quiero que también el Exilio me pida la cabeza....
Me sentí muy desamparado o como un tonto lengüilargo al que nadie apoyaba y ni siquiera había sido capaz de aprovechar una oportunidad tan evidente. Las razones y posibilidades de cualquiera varían con los años: a veces dependen estrictamente de uno, a veces de la familia, a veces de la situación político-económica. O es el mundo entero el que cambia, o todo se mezcla. No fue que sólo pensaran en sí mismos: también estaban demasiado maltratados, malpagados, sin oportunidades, despreciados, pisoteados. Los mejores ejemplos son Roger Salas y Carlos Victoria: aquí ninguno de los dos hubiera hecho algo importante. Al menos yo tenía una casa, una familia y un trabajo. Por eso, nadie es culpable o inocente: la vida salió así. Cada cual tuvo sus razones que confluyeron en que se fueran p’al carajo. Yo no soy más patriota ni más cubano que nadie: pero me jode que me saquen de mi lugar, que me obliguen a dejar lo mío; simplemente porque otro quiere. El proverbio que dice que Patria es donde puedo colgar mi sombrero no me retrata. Pero tampoco al que no le gute, que tome purgante.
Un lunes, Janet Ortiz, la directora de la Galería, me dijo que “no era imprescindible” que asistiera al consejo de dirección de esa semana. A partir de entonces me retiré a mi rincón y dejé a las especialistas-licenciadas que conspiraran a su gusto.
lunes, 20 de agosto de 2012
EN EL ‘80 FUE LO DE MARIEL. Primero, la gente se metió en la Embajada del Perú, en La Habana; entonces el Gobierno dijo que salieran y que darían permiso al que quisiera irse. Indultaron a presos políticos, a muchos comunes, a locos y anormales. Para que se viera que la que se iba de Cuba era la “escoria” de la sociedad. Ser homosexual era ser "escoria". Equivalía a robar, vender marihuana o chulear. ¡Cómo hubo gente que afirmó que era “escoria” con tal de irse! Un amigo mío se declaró como tal a un vecino policía y arriba le dio un ventilador para que lo atestiguara por escrito. El éxodo actuaba como una suerte de válvula de escape que supuestamente “limpiaba” de malhechores y pervertidos a la sociedad: por eso, mezclar con sanos a locos y asesinos era algo correcto para el Poder. Cuba entera se revolvió, mucho más en occidente, que queda frente a la Florida. En Santiago también, a su modo, pero debías gestionar los documentos de salida para que luego te llevaran hasta el puerto del Mariel, etc.
Entonces se organizaron los “actos de repudio”, que consistía en una turba “espontánea” que castigaba de palabra y obra a los que intentaran abandonar a la Revolución. De espontáneas nada: todas muy organizadas. Si se divulgaba la noticia de que te ibas de Cuba, te daban un acto de repudio. Yo pude ver uno: fue en la calle Aguilera en la misma acera de "La Isabelica". Había una oficina, algún organismo, no recuerdo, y alguien que trabajaba allí se iba de Cuba. La turba se presentó gritando insultos y amenazas: el futuro marielista se escondió debajo de su buró, pues en esos actos lo mismo te insultaban que te apedreaban. Eran espectáculos desesperantes, kafkianos, que tú no merecías pero de los cuales no podías huir.
La Oficina de Inmigración estaba en el centro de la ciudad y la mudaron para Santa María, cerca de donde vivo. Era una casona con techo de tejas, como las de ese barrio; enfrente quedaba otra parecida pero delante tenía una extensión sembrada de mangos. Las turbas subían allá, se metían frente a Inmigración y lanzaban mangos maduros contra los emigrantes. Los bañaban de pulpa amarilla y dulce. La gente se ponía capas de agua para protegerse. Acto de repudio famoso fue el de un profesor de la Universidad de Oriente cuyo nombre aparecía en las listas de escorias que se iban de Cuba. Lo sacaron del aula donde impartía clases y lo llevaron a empujones, insultos y cocotazos hasta su casa, como a cuatro kilómetros y ya cubierta de graffiti afrentosos como Fulano maricón Fulano escoria Fulano tu mujer es una puta. Luego se descubrió que el que realmente se iba era sólo un homónimo: el profesor repudiado se quedaba. A toda prisa le hicieron un acto de desagravio y borraron los graffiti: pintar la casa hubiera sido demasiado trabajoso, por ello los taparon a brochazos y cambiaron PUTA por SANTA.
Fueron días dolorosos para todos: afloró ese miedo horrendo a lo que puede pasarnos si no se acata al Régimen. Es vergonzoso: tantos ladrones y descarados que se han aprovechado de sus cargos –altos, medianos y bajos- para obtener ventajas, enriquecerse o por el mero hecho de humillar a los demás: a esos nadie les tiró mangos ni piedras, ni les dio palos, ni los insultó, ni les escribió letreros. Siempre el púdico olvido....
viernes, 17 de agosto de 2012
Al año siguiente de la muerte de Virgilo Piñera (1980) viajé a La Habana. Conseguí un pasaje en avión y hablé con Rogelio Quintana para que me esperara en Rancho Boyeros. Llegué cerca de medianoche: allí estaba Rogelio enfundado en una especie de cotona de lino azul claro, bordada. Me llevó aparte, a un saloncito vacío. Allí pronunció una especie de discurso y me impuso una medalla como Orden Virgilio Piñera. Aún la conservo: es una medalla de conducta con una breve lengüeta tricolor, de las que daban en el Colegio De la Salle. Él tenía actos impensados, conmovedores, como ése. Es otro de los grandes espíritus de mi promoción: hombre de un buen humor muy especial, diseñador gráfico y dibujante de mucha imaginación. Dueño de una ironía que sólo se evidenciaría en el arte cubano diez o quince años más tarde, sus programas de teatro para obras imaginarias (Quo vadis? y el catálogo para la Editorial Virgen de la Caridad –otro invento suyo-, con casa matriz en El Cobre, Oriente, con las colecciones Me la pusiste en China (Polémicas), El tibio salmón (Poesí ), entre otras muchas forma parte de lo mejor y más notable de su momento. Son históricos. Guardo los originales entre mis papeles.
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