Llegué a París 12 de octubre: yo cumplía 52 años. Suzanne me esperó en Charles de Gaulle (Air France vuela Boyeros-Ch. de Gaulle) la saludé, le di un beso y corrí a buscar un “aseo”. Disponíamos de tres días y me hospedó en un hotelito llamado Términus, cerca de la Puerta de Orléans mientras ella se quedaba en casa de su hermana, que era profesora en la Sorbona. Seguí mal. No podía salir. Una tarde que fuimos a comer algo a una brasserie cercana tuve que correr (por cierto, descubrí que su excusado con unas huellas donde hay que agacharse, era exacto a los que ponen en las cafeterías baratas cubanas. Nunca pensé un encuentro de ese tipo en la Ciudad Luz). Los próximos días los pasé encerrado, entre el lecho y el WC. Hastiado de todo, revisé las guías telefónicas en busca de algún improbable pariente y hallé a una tal Lilas Desquiron.
Suzanne reservó para ambos en el tren TGV, que partió de la Gare de Lyon y se detuvo en Bellegarde, donde ella y su esposo Guy tenían la casa de campo. Cuando llegamos, él había preparado un delicioso guiso de cordero del cual no pude participar. Pasé unos días malos durante los cuales las medicinas sencillas que me dieron –carbón, pepsina- no me mejoraron. Evidentemente había que ir a un médico. El mismo día de mi arribo a Ginebra fui al consultorio del edificio donde quedan las oficinas de Suzanne: ella me hizo un seguro médico y lo utilicé sin problemas. Era una infección intestinal. No logré recuperarme aunque sí mejoré y pude hacer lo que necesitaba. No se repetiría la historia de París y el proyecto irrealizado. malogrado
Suzanne es una profesional y yo estaba sobre aviso: planeamos una serie de acciones para el otoño de año próximo. Sin carácter comercial: si se vendía algo, bien; pero ese no sería el objetivo central. Traeríamos de Cuba cuatro artistas a exponer e incluiríamos cocina, música, y una serie de manifestaciones que la hicieran atractiva para el gran público. Como una gran fiesta cubana. Arc-en-ciel garantizaría los pasajes y dinero de bolsillo para la alimentación. Para el albergue ya contábamos con el apoyo del gobierno de la ciudad, que a la vez poseía dos galerías en el centro de una islita cerca de donde nace el Ródano; es más, los estudios que ocuparíamos, de hecho quedaban encima de esas galerías. Me ocupé de visitarlas. Son magníficas. Fui también a la galería de Arianne Orligue-Suzer; es pequeña pero frente a la Biblioteca de la Cité –es decir, en la Ginebra antigua, la de Calvino.
En aquel tiempo Arianne estaba casada con Monsieur de l’Orligue –pero esta es otra historia. Conocí a la galerista y propietaria, una mujer maravillosa nacida en Haití. Mi apellido le llamó la atención, pues la gran amiga de su infancia –con quien había crecido- fue la Lilas Desquiron que hallé en la guía telefónica parisina. La telefoneó casi enseguida y descubrió que en efecto sí somos parientes y que haitianos y cubanos, los desquirones son una sola parentela. En realidad sabía vagamente la existencia de los haitianos a causa de mi tío Mario Desquiron, que trabajó décadas en el llamado “Cable Americano” -American Cable & Wireless- y afirmaba que por sus manos pasaban mensajes para unos “desquirones” en Haití, pero sin más detalles. Más adelante conversaremos sobre ellos. Hice mucha confianza con Arianne.
Aparte de conocer en detalle las galerías de Le Halle de l’Île, conocí bien a Lily Koch, directora de la de Artes Plásticas, ya que la de Artes Aplicadas por alguna razón nunca apareció. No comprendo totalmente el régimen de las galerías de Le Halle de l’Île: creo entender que la ciudad es dueña de la instalación (el inmueble), la cual es dirigida y administrada –ahí es donde se pierde la madeja- por una cooperativa llamada CARAR. El hecho es que en esa trabazón, la figura de la directora es sumamente importante: CARAR decide si es ella u otra persona quien dirige, y las disposiciones son suyas.
Para la propaganda, Arc-en-ciel y la propia Suzanne eran inmejorables. Evidentemente sería de algo bien hecho, que quedaría. Claro, también conocí a otras personas. Como a las tres semanas regresé.
jueves, 8 de noviembre de 2012
martes, 23 de octubre de 2012
A principios de diciembre se vio que no cabíamos todos. Entonces fueron a Megacén y alquilaron dos locales grandes y otro pequeño para René. La mudanza se produjo entre Navidad y Fin de Año.
La oficina donde trabajaba era la mejor –la de la presidencia-: en la segunda planta. De puntal alto, por el oeste daba a un balcón, por el este la cerraba un vitral y por el norte abría a un gran salón que parecía de baile y tenía más balcones.
Megacén quiere decir algo así como “gran centro”, pero su incoherencia rayaba en lo absurdo: en realidad se trataba de un centro de información del Ministerio de la Ciencia, la Técnica y el Medio Ambiente. Tenía biblioteca y hemeroteca especializadas en temas científicos, un importante nodo informático que ofrecía servicio de correo electrónico e Internet, un espacio llamado “el teatro” propio para conferencias, un patio central, un pantry y un pequeño departamento comercial para la compra de libros, revistas, el pago del correo electrónico, etc. Servicios no necesariamente relacionados entre sí, pero que objetivamente se unían en ese punto por obra y gracia a las atípicas estructuras cubanas.
Mis relaciones con Suzanne Chautrière, la suiza, se reanudaron después de recibir un fax donde me anunciaba su intención de reanudar nuestro proyecto. Siempre le había escrito en mi mejor francés, por eso me sorprendió tanto cuando una mañana tocó a mi oficina una mujer muy blanca, de mediana edad, facciones finas, cabello castaño y expresándose en un español fluido. Suzanne fue ballerina y vivió diez años en Barcelona. Vino con una amiga llamada Françoise y se hospedaron en el Hotel San Juan. En ese viaje ella, Lescay y yo formalizamos lo que sería luego el Proyecto Cuba-Ginebra (que todavía no se llamaba así): quedó decidido que yo iría a Ginebra el próximo octubre.
Otra persona empezó a vivir aquel año: Balcells. Siempre lo recuerdo con risa, en un ambiente alegre. Vino expresamente de La Habana a un Consejo de Dirección. Se dedicaba a imprimir y Caguayo lo representaba. Imprimía, diseñaba y varios otros negocios. Él pertenecía al pequeñísimo grupo de cubanos que se tomaron en serio el “ambiente capitalista” de mediados de los ’90 para organizar una verdadera oficina de negocios formal y bien organizada, la cual le había reportado una cantidad de miles de dólares bastante respetable: esto puede ser una tontería en cualquier país, pero eso mismo, en Cuba y sin hacer negocios turbios, roza la hazaña. La visión oficial del hombre próspero cubano de los ’90 se limita a la persona con FE (familiares en el extranjero que le remitieran mucho dinero), los dueños de paladares, personas que alquilan habitaciones para turistas, capos del mercado negro, traficantes de carne u otros comestibles, artistas plásticos o músicos de renombre internacional –los deportistas comenzaron a ganar algo sólo alrededor del 2000. Para no hablar de delincuentes o gente relacionada con la prostitución.
Balcells no, él era un verdadero empresario que se había dedicado a buscar y encontrar qué campos de la economía cubana –no relacionado con turismo, alimentación o sexo- era capaz de producir ganancias legales. Logró hacer trabajar a las imprentas de organismos, que sólo hacían cosas en papel de baja calidad, a dos colores, con tipografía grande: gallardetes, volantes y cosas por el estilo. Por eso se salvaron esas imprentas, pues en aquellos años no tenían papel, ni tinta, ni lo esencial para trabajar -en realidad lo hacían groseramente porque no había incentivo para hacerlo bien, no era sólo cuestión de equipos nuevos-. Se ocupó de estar con ellos hasta la hora que fuera a fin de que el trabajo saliera bien –para su beneficio, es cierto-, llevarles merienda –la alimentación sigue siendo un problema de primerísimo orden-, ron –por alguna razón a los impresores beben mucho sin emborracharse- y al final, para rematar, una carta de agradecimiento del cliente para el organismo que regía la imprenta. Gracias a él esos sitios no cerraron –sin trabajo les esperaba la clausura y posterior desguace.
Al principio hizo trabajos pequeños, pero luego empezó a imprimir para ETECSA (la empresa de telefónica), que hacía grandes pedidos de tickets, formularios, posters, anuncios de mano, etc –para los cuales se requería un diseño contemporáneo y buena terminación: nada de papel baratos, un solo color y tipografía fea-. Balcells necesitaba ser representado por una entidad oficializada que le permitiera establecer contratos.
Ahí entró Caguayo S.A., que lo podía hacer . ETECSA contrataba con Caguayo S.A. y ésta con Balcells. Eran contratos muy grandes que siempre se cumplieron y dejaron mucho dinero. Más tarde –para que se sepa el final- a ETECSA el Estado no le permitió gastar mucho en propaganda, y el trabajo de Balcells con ella disminuyó. Otro gran cliente eran los Prácticos de Puerto, que ganan e imprimen mucho. Y así.
Balcells, además, era presidente de una compañía en Panamá y formaba parte del Consejo de Dirección de otra más, italiana. La ley cubana no se opone a que un ciudadano posea bienes en otro país. De hecho existe un fotógrafo cubano residente en La Habana que es co-propietario de una empresa española.
Con el tiempo la empresa italiana a la que pertenecía Balcells comenzó a enviar a Cuba mucho papel de calidad: aquí es vendido, la empresa gana, a él le corresponde una comisión como directivo y vendedor. Él gana, la empresa italiana gana y Cuba también, al evitarse el problema del transporte. Pero en esto último Caguayo S.A. no interviene.
Es práctico, muy tolerante e inteligente; no refinado, pero cuando quiere serlo, su sentido del ridículo le impide “pasarse”. Sabe que las obras de arte y las antigüedades son una buena inversión y tiene varias en su casa. Además, vivía un romance con una muchacha que trabajaba en la oficina nuestra de Santiago: no paró hasta que se la llevó para La Habana y allá le buscó un empleo magnífico. Es casado y con familia, pero eso nunca fue obstáculo. Hoy día Balcells vive en Perú –allá tiene un negocio de compraventa de pescado- y a veces nos escribimos o es él quien viene a Santiago.
Ese año se hizo el trabajo de Martinica. Lo relaciono porque tuvo mucha importancia en Caguayo. Un municipio de esa isla decidió levantar un Monumento al Neg’ mawó (literalmente “negro cimarrón”) y comisionó para ello a un artista local. La fundición y montaje se nos encargó. Ello provocó mucho intercambio, viajes, etc. El artista martiniqueño falleció en esos meses y Lescay adaptó su maqueta para fundirla: le hizo cambios indispensables. Fue un contrato importante, no solamente por el monto sino porque la firma cobró otro carácter. Se firmó un contrato y los martiniqueños fueron pagando a medida que la obra avanzaba, hasta que se trasladó, se montó y fue inaugurado. Pagaban en efectivo: viajaban con maletines de francos que yo personalmente contaba, se depositaba en la caja fuerte de Caguayo y al día siguiente era ingresado al banco.
Cierta tarde se recibió una llamada telefónica del Secretariado provincial del PCC citándonos a una reunión urgente acerca del monumento de Martinica. En ese momento el Secretario provincial era Juan Carlos Robinson Agramonte. Lescay andaba de viaje y nadie más quiso asistir, por lo que tuve que hacerme cargo. Me preparé sacando copia de todos los documentos: contratos, facturas, depósitos bancarios, fotos de la obra en progreso, etc. Ya en la sede del PCC provincial me mandaron a un salón donde estaban reunidos todos o casi todos los directores de instituciones culturales: evidentemente se trataba de algo importante. Robinson me pidió que explicara en qué consistía el proyecto de Martinica: conté la historia y le mostré mi arsenal de fotocopias. Demostró impaciencia por la cantidad de papeles. Insistí. Evidentemente se proponía hallar algo que le permitiera iniciar una campaña. Algo ilegal. Una irregularidad, un soborno, un robo. No sé. No pudo y tuvo que callarse la boca. Toda aquella gente estaba allí para ser testigos de su celo y nuestra corrupción. Quien cumplió prisión por ilegalidades y abuso de poder (aunque dicen que ya está en la calle) , es él. Aquella reunión demostró que Caguayo era un sistema serio y confiable, con el cual se puede trabajar.
Llegaba octubre. Yo estaba a punto de salir para Ginebra. Había que tomar el avión en La Habana. Salí de Santiago un sábado para viajar al día siguiente. En el aeropuerto comencé a tener mucha fiebre y dolores de vientre. Soy sano y esos síntomas me asustaron. Cuando llegué a La Habana aumentó la fiebre (40º o más) y empezaron unas diarreas imparables. Pasé una noche fatal. Todo el día siguiente siguió del mismo modo, pero no se me ocurrió suspender el viaje. El vuelo fue de noche: lo pasé entre mi asiento y el retrete.
La oficina donde trabajaba era la mejor –la de la presidencia-: en la segunda planta. De puntal alto, por el oeste daba a un balcón, por el este la cerraba un vitral y por el norte abría a un gran salón que parecía de baile y tenía más balcones.
Megacén quiere decir algo así como “gran centro”, pero su incoherencia rayaba en lo absurdo: en realidad se trataba de un centro de información del Ministerio de la Ciencia, la Técnica y el Medio Ambiente. Tenía biblioteca y hemeroteca especializadas en temas científicos, un importante nodo informático que ofrecía servicio de correo electrónico e Internet, un espacio llamado “el teatro” propio para conferencias, un patio central, un pantry y un pequeño departamento comercial para la compra de libros, revistas, el pago del correo electrónico, etc. Servicios no necesariamente relacionados entre sí, pero que objetivamente se unían en ese punto por obra y gracia a las atípicas estructuras cubanas.
Mis relaciones con Suzanne Chautrière, la suiza, se reanudaron después de recibir un fax donde me anunciaba su intención de reanudar nuestro proyecto. Siempre le había escrito en mi mejor francés, por eso me sorprendió tanto cuando una mañana tocó a mi oficina una mujer muy blanca, de mediana edad, facciones finas, cabello castaño y expresándose en un español fluido. Suzanne fue ballerina y vivió diez años en Barcelona. Vino con una amiga llamada Françoise y se hospedaron en el Hotel San Juan. En ese viaje ella, Lescay y yo formalizamos lo que sería luego el Proyecto Cuba-Ginebra (que todavía no se llamaba así): quedó decidido que yo iría a Ginebra el próximo octubre.
Otra persona empezó a vivir aquel año: Balcells. Siempre lo recuerdo con risa, en un ambiente alegre. Vino expresamente de La Habana a un Consejo de Dirección. Se dedicaba a imprimir y Caguayo lo representaba. Imprimía, diseñaba y varios otros negocios. Él pertenecía al pequeñísimo grupo de cubanos que se tomaron en serio el “ambiente capitalista” de mediados de los ’90 para organizar una verdadera oficina de negocios formal y bien organizada, la cual le había reportado una cantidad de miles de dólares bastante respetable: esto puede ser una tontería en cualquier país, pero eso mismo, en Cuba y sin hacer negocios turbios, roza la hazaña. La visión oficial del hombre próspero cubano de los ’90 se limita a la persona con FE (familiares en el extranjero que le remitieran mucho dinero), los dueños de paladares, personas que alquilan habitaciones para turistas, capos del mercado negro, traficantes de carne u otros comestibles, artistas plásticos o músicos de renombre internacional –los deportistas comenzaron a ganar algo sólo alrededor del 2000. Para no hablar de delincuentes o gente relacionada con la prostitución.
Balcells no, él era un verdadero empresario que se había dedicado a buscar y encontrar qué campos de la economía cubana –no relacionado con turismo, alimentación o sexo- era capaz de producir ganancias legales. Logró hacer trabajar a las imprentas de organismos, que sólo hacían cosas en papel de baja calidad, a dos colores, con tipografía grande: gallardetes, volantes y cosas por el estilo. Por eso se salvaron esas imprentas, pues en aquellos años no tenían papel, ni tinta, ni lo esencial para trabajar -en realidad lo hacían groseramente porque no había incentivo para hacerlo bien, no era sólo cuestión de equipos nuevos-. Se ocupó de estar con ellos hasta la hora que fuera a fin de que el trabajo saliera bien –para su beneficio, es cierto-, llevarles merienda –la alimentación sigue siendo un problema de primerísimo orden-, ron –por alguna razón a los impresores beben mucho sin emborracharse- y al final, para rematar, una carta de agradecimiento del cliente para el organismo que regía la imprenta. Gracias a él esos sitios no cerraron –sin trabajo les esperaba la clausura y posterior desguace.
Al principio hizo trabajos pequeños, pero luego empezó a imprimir para ETECSA (la empresa de telefónica), que hacía grandes pedidos de tickets, formularios, posters, anuncios de mano, etc –para los cuales se requería un diseño contemporáneo y buena terminación: nada de papel baratos, un solo color y tipografía fea-. Balcells necesitaba ser representado por una entidad oficializada que le permitiera establecer contratos.
Ahí entró Caguayo S.A., que lo podía hacer . ETECSA contrataba con Caguayo S.A. y ésta con Balcells. Eran contratos muy grandes que siempre se cumplieron y dejaron mucho dinero. Más tarde –para que se sepa el final- a ETECSA el Estado no le permitió gastar mucho en propaganda, y el trabajo de Balcells con ella disminuyó. Otro gran cliente eran los Prácticos de Puerto, que ganan e imprimen mucho. Y así.
Balcells, además, era presidente de una compañía en Panamá y formaba parte del Consejo de Dirección de otra más, italiana. La ley cubana no se opone a que un ciudadano posea bienes en otro país. De hecho existe un fotógrafo cubano residente en La Habana que es co-propietario de una empresa española.
Con el tiempo la empresa italiana a la que pertenecía Balcells comenzó a enviar a Cuba mucho papel de calidad: aquí es vendido, la empresa gana, a él le corresponde una comisión como directivo y vendedor. Él gana, la empresa italiana gana y Cuba también, al evitarse el problema del transporte. Pero en esto último Caguayo S.A. no interviene.
Es práctico, muy tolerante e inteligente; no refinado, pero cuando quiere serlo, su sentido del ridículo le impide “pasarse”. Sabe que las obras de arte y las antigüedades son una buena inversión y tiene varias en su casa. Además, vivía un romance con una muchacha que trabajaba en la oficina nuestra de Santiago: no paró hasta que se la llevó para La Habana y allá le buscó un empleo magnífico. Es casado y con familia, pero eso nunca fue obstáculo. Hoy día Balcells vive en Perú –allá tiene un negocio de compraventa de pescado- y a veces nos escribimos o es él quien viene a Santiago.
Ese año se hizo el trabajo de Martinica. Lo relaciono porque tuvo mucha importancia en Caguayo. Un municipio de esa isla decidió levantar un Monumento al Neg’ mawó (literalmente “negro cimarrón”) y comisionó para ello a un artista local. La fundición y montaje se nos encargó. Ello provocó mucho intercambio, viajes, etc. El artista martiniqueño falleció en esos meses y Lescay adaptó su maqueta para fundirla: le hizo cambios indispensables. Fue un contrato importante, no solamente por el monto sino porque la firma cobró otro carácter. Se firmó un contrato y los martiniqueños fueron pagando a medida que la obra avanzaba, hasta que se trasladó, se montó y fue inaugurado. Pagaban en efectivo: viajaban con maletines de francos que yo personalmente contaba, se depositaba en la caja fuerte de Caguayo y al día siguiente era ingresado al banco.
Cierta tarde se recibió una llamada telefónica del Secretariado provincial del PCC citándonos a una reunión urgente acerca del monumento de Martinica. En ese momento el Secretario provincial era Juan Carlos Robinson Agramonte. Lescay andaba de viaje y nadie más quiso asistir, por lo que tuve que hacerme cargo. Me preparé sacando copia de todos los documentos: contratos, facturas, depósitos bancarios, fotos de la obra en progreso, etc. Ya en la sede del PCC provincial me mandaron a un salón donde estaban reunidos todos o casi todos los directores de instituciones culturales: evidentemente se trataba de algo importante. Robinson me pidió que explicara en qué consistía el proyecto de Martinica: conté la historia y le mostré mi arsenal de fotocopias. Demostró impaciencia por la cantidad de papeles. Insistí. Evidentemente se proponía hallar algo que le permitiera iniciar una campaña. Algo ilegal. Una irregularidad, un soborno, un robo. No sé. No pudo y tuvo que callarse la boca. Toda aquella gente estaba allí para ser testigos de su celo y nuestra corrupción. Quien cumplió prisión por ilegalidades y abuso de poder (aunque dicen que ya está en la calle) , es él. Aquella reunión demostró que Caguayo era un sistema serio y confiable, con el cual se puede trabajar.
Llegaba octubre. Yo estaba a punto de salir para Ginebra. Había que tomar el avión en La Habana. Salí de Santiago un sábado para viajar al día siguiente. En el aeropuerto comencé a tener mucha fiebre y dolores de vientre. Soy sano y esos síntomas me asustaron. Cuando llegué a La Habana aumentó la fiebre (40º o más) y empezaron unas diarreas imparables. Pasé una noche fatal. Todo el día siguiente siguió del mismo modo, pero no se me ocurrió suspender el viaje. El vuelo fue de noche: lo pasé entre mi asiento y el retrete.
lunes, 22 de octubre de 2012
Estaba loco por regresar a Cuba. Mi exposición, como tal, prácticamente no existió. Ya era un mes allanándole el cuarto a otra persona. Casi sin plata, con mis gentes en Cuba, hablando francés y en total celibato. No es que desagradeciese la oportunidad, pero los amigos tenían su vida, ya los museos habían sido vistos y me entró la morriña. Era la hora.
He oído varias veces que se añoran las palmas y el cielo azul: eso es otro mito. Las palmas son bellas, pero los plátanos, los jardines y las fuentes también. Y el cielo es azul en todas partes: se trata de cosas más concretas. Cuando la soledad no va a ser perenne, de manera que uno se arregle para sacarle las ventajas –que las tiene y muchas- resulta una pérdida de todo.
Fui a Cubana de Aviación y arreglé mi pasaje, recogí las obras –sin vender una sola- y Cristóbal me firmó una carta de agradecimiento para los expositores. Cuando llegó la fecha, el propio Rubén me llevó hasta Orly –se lo agradeceré siempre, aunque comprendo que ya debía estar harto. Ahora hay vuelos directos a Santiago, pero entonces no.
Después de nueve horas más de dos de cola en La Habana, me vi en la Terminal 3 de Rancho Boyeros. Un taxi me condujo al Vedado, a casa de Josefa. Pasé un día blanco en La Habana. Volví a Rancho Boyeros, me monté en el avión de Santiago y por fin pisé mi tierra. El viaje de trabajo resultó de aprendizaje. Crecí y estaba aquí de nuevo, pero sin cumplir tanto como me prometí a mi mismo y esperaba.
En definitiva, así ha sido mi vida.
Y regresé. Me sentía alegre y triste a la vez.
Un chofer de la Fundación me recogió en el aeropuerto con el Volvo donado. Javier también fue a casa al poco rato de llegar yo. Pero me corroía la insatisfacción.
Esa misma tarde tuve mi primera discusión con Lescay. Para mí personalmente el viaje había resultado maravilloso: amigos, museos, calles, sitios increíbles. Pero profesionalmente no sirvió. Conté todo: el montaje inexistente, el club oscuro y salsero, la exposición que apenas existió. Ni una obra se había vendido: todas regresaron. Luego supe que Lescay nunca pisó el club de jazz. Conversó con Cristo en otro sitio, imagino que con una botella de por medio. Trazaron planes, Cristóbal Yvonet prometió. Y luego se olvidó. O se arrepintió. ¿Ingenuidad de Lescay? Inexperiencia, mejor. De hecho mientras el primero no tomó en serio el proyecto, el pintor lo registró, me lo pasó y yo me lo creí. ¿Manipulación? En parte, pero es su costumbre transferir a otra personas los compromisos enojosos o que él personalmente no puede aceptar. ¡Quién no iba a aceptar organizar una exposición en París y pasar allí un mes!
Cualquier proyecto cultural debe planearse con todo detalle: lo puramente artístico, lo técnico y lo logístico. Me mandaron un boceto en planta del New Heaven, pero no pregunté su color, su alto ni su área iluminada: hay que estar seguro de esos detalles. Aparte de que no es recomendable hacer ningún proyecto con persona no profesional o que no conozca bien estos mecanismos. Sin buen soporte de comunicación tampoco se debe iniciar un proyecto. Así se evitan aventuras como la de París.
La discusión se complicó cuando me comunicó que habían decidido mudar la Fundación a una dependencia que existe en el área de parqueo del Teatro Heredia. Es cierto que ya Caguayo era muy grande para seguir en el estudio de Lescay: él apenas podía pintar y había perdido toda privacidad. Habíamos hablado de eso, es cierto. Pero la opción del Teatro Heredia era la peor. Era (y sigue siendo) un lugar absolutamente controlado en cuanto a teléfono, prohibiciones de acceder cuando la Seguridad lo estime necesario. Quizá se piense en un teatro como los demás: es un lugar especial para congresos, discursos, convenciones. A veces actúa como teatro, pero el Heredia es el sitio designado para las Ferias del Caribe, la del Libro, el Evento de Cultura y Desarrollo. Todo con un significado político subido. Era como estar amarrado, vigilado. Existía la propuesta de Megacén, que es un centro científico en la parte histórica de Santiago: un edificio republicano recién restaurado. No averiguaron. Ni siquiera me lo comentaron: decidieron y ya. Evidentemente fue cosa de Rigual: más comodidad para él (vivía apenas a dos cuadras) y más posibilidad suya para controlar. Aprovechó mi ausencia y persuadió (es un verbo demasiado generoso) a Lescay. Me sentí manejado. Tendría un guardián o un enemigo (o ambas cosas) junto a mi. Sólo que entonces yo no estaba seguro de si lo hacía por fidelidad a Algo, por beneficio propio, o por qué. Pasarían años antes de que supiera que la necesidad de éxito y protagonismo hacen capaces de todo a algunos hombres.
Debo agregar aquí que durante mi viaje a París entraron a Caguayo dos personas importantes: Fernando Chibás, que ocuparía el cargo de jefe económico de CAGUAYO S.A., y Mailín Fong, que sería especialista de la Fundación. Y Secretaria, cuando yo dejé el cargo y Rigual fue impedido de serlo. Ya para entonces el movimiento de Caguayo había aumentado, tanto así que El Moro no podía ocuparse de lo económico y lo comercial a la vez. Eso, aparte de que la muchacha que llevaba “las cuentas” desde siempre en el Taller de El Caguayo tenía un sistema muy rudimentario a base de vales de entrada y salida que no servía para una empresa. Nandito (Fernando) construyó la contabilidad de Caguayo con tremendo trabajo. Es verdad que su carácter es difícil y los sentimientos de inferioridad física a veces lo hacen comportarse de manera ridícula. Mailín Fong dirigió varios años la Galería Oriente. La conozco desde entonces y es muy buena profesional y magnífica persona. Renunció a la Galería cuando vio que no existía futuro para ella en ese sitio. Antes de mi viaje, Lescay me pidió opinión sobre ella y la di muy buena.
En efecto, nos mudamos al Teatro Heredia. El lugar que teníamos asignado no llegaba a sesenta metros cuadrados. En ese tiempo éramos muy pocos, aunque ya habíamos comenzado a crecer. Realmente el espacio nos quedaba chico. La hija mayor de mi prima Xiomara había sido contratada para hacernos café y almuerzo. Yadira se llama mi prima segunda; nos llevamos muy bien, pero su desgano existencial se trasmitía a lo que cocinaba. A la larga no siguió en Caguayo. Sustento una teoría, y es que el gusto de tu cocina está ligado a tu desempeño sexual: el refrán de que el amor entra por la cocina posee una misteriosa vigencia. Lo mismo se extiende al café. El moro Arafet resolvió nuestras meriendas mediante cajas de galleticas y potes de salsa mayonesa, con lo que la oficina cobró cierto ambiente de vivienda humilde, y como en mi ciudad era célebre la cuartería de Julio Palacios, así nombramos a nuestra casa matriz.
Mientras, ¿podía yo sentirme satisfecho, feliz, por algo? Por nada. Caguayo me estaba llevando a donde yo no pertenecía. Esta sordidez no pudo mantener mi atención por mucho tiempo. Al principio me enfurecí, pero después lo fui olvidando: no tiene que ver conmigo. Por eso me dediqué a mi vida personal. Por un lado, Tico guardaba sospechoso silencio; incluso había habido un cambio en él. Por el otro, Javier se alegraba de mi regreso de una manera Estaba seguro de que tenía otra vida y ni siquiera me importaba.
Fueron años oscuros, de error total. No evado lo que sucedió, e incluso creo inútil reclamar responsabilidades. Ciertamente no fui codicioso ni corrupto ni ansié desmedidamente bienes terrenales, pero di a mi vida un rumbo falso, que no me mejoraba espiritualmente. Sólo pensaba en mis amores, o mejor en los cuerpos de mis amores: cualquier cosa que haya sucedido luego ha sido en buena parte responsabilidad mía.
Hacia fines de año se celebró un evento de Caguayo llamado Fotonoviembre, con muchos invitados cubanos y extranjeros. Fue cosa de René Lescay y de la americana que era mujer suya, Hanna Fryes. Se trataba de una rubia alta, fuerte, huesuda; una nativa de California que residía en México, aunque descendiente de irlandeses. Hacía un doctorado sobre religiones africanas. Buena fotógrafa, aunque percibí en su trabajo cierto regusto por lo retorcido. En el oeste de los Estados Unidos, México, Centroamérica y Colombia existen sectas que rinden culto al Demonio: siempre he tenido la sospecha de que Hanna pertenecía a una de ellas. Su inclinación por las creencias de raíz africana –principalmente el Palo Monte o Regla Conga- partía de la creencia errónea de que el ideal palero es el Mal y lo Satánico. Era una mujer equivocada respecto a la vida en Cuba: a pesar de todo, Fotonoviembre quedó bien y logró atraer a profesionales –sobre todo mexicanos- muy calificados.
Una tarde a fines de ese mes, se presentó sin previo aviso una tormenta con mucho viento. Varias gigantografías colgadas a muchos metros del suelo resultaron dañadas. Con la ciudad todavía aturdida por la manga, Lescay salió a buscar una grúa para descolgarlas: regresó con cuatro. En el ’97, hallar cuatro grúas en Santiago a las seis de la tarde, dispuestas a ayudarte sin condiciones, era toda una proeza. Cuatro, o una sola, o cualquier equipo. Sólo una persona con la energía, el carisma y la fama de mi jefe podía hacerlo. Bajamos las gigantografías, las secamos, las empaquetamos y las guardamos: ese día regresamos a casa de madrugada.
He oído varias veces que se añoran las palmas y el cielo azul: eso es otro mito. Las palmas son bellas, pero los plátanos, los jardines y las fuentes también. Y el cielo es azul en todas partes: se trata de cosas más concretas. Cuando la soledad no va a ser perenne, de manera que uno se arregle para sacarle las ventajas –que las tiene y muchas- resulta una pérdida de todo.
Fui a Cubana de Aviación y arreglé mi pasaje, recogí las obras –sin vender una sola- y Cristóbal me firmó una carta de agradecimiento para los expositores. Cuando llegó la fecha, el propio Rubén me llevó hasta Orly –se lo agradeceré siempre, aunque comprendo que ya debía estar harto. Ahora hay vuelos directos a Santiago, pero entonces no.
Después de nueve horas más de dos de cola en La Habana, me vi en la Terminal 3 de Rancho Boyeros. Un taxi me condujo al Vedado, a casa de Josefa. Pasé un día blanco en La Habana. Volví a Rancho Boyeros, me monté en el avión de Santiago y por fin pisé mi tierra. El viaje de trabajo resultó de aprendizaje. Crecí y estaba aquí de nuevo, pero sin cumplir tanto como me prometí a mi mismo y esperaba.
En definitiva, así ha sido mi vida.
Y regresé. Me sentía alegre y triste a la vez.
Un chofer de la Fundación me recogió en el aeropuerto con el Volvo donado. Javier también fue a casa al poco rato de llegar yo. Pero me corroía la insatisfacción.
Esa misma tarde tuve mi primera discusión con Lescay. Para mí personalmente el viaje había resultado maravilloso: amigos, museos, calles, sitios increíbles. Pero profesionalmente no sirvió. Conté todo: el montaje inexistente, el club oscuro y salsero, la exposición que apenas existió. Ni una obra se había vendido: todas regresaron. Luego supe que Lescay nunca pisó el club de jazz. Conversó con Cristo en otro sitio, imagino que con una botella de por medio. Trazaron planes, Cristóbal Yvonet prometió. Y luego se olvidó. O se arrepintió. ¿Ingenuidad de Lescay? Inexperiencia, mejor. De hecho mientras el primero no tomó en serio el proyecto, el pintor lo registró, me lo pasó y yo me lo creí. ¿Manipulación? En parte, pero es su costumbre transferir a otra personas los compromisos enojosos o que él personalmente no puede aceptar. ¡Quién no iba a aceptar organizar una exposición en París y pasar allí un mes!
Cualquier proyecto cultural debe planearse con todo detalle: lo puramente artístico, lo técnico y lo logístico. Me mandaron un boceto en planta del New Heaven, pero no pregunté su color, su alto ni su área iluminada: hay que estar seguro de esos detalles. Aparte de que no es recomendable hacer ningún proyecto con persona no profesional o que no conozca bien estos mecanismos. Sin buen soporte de comunicación tampoco se debe iniciar un proyecto. Así se evitan aventuras como la de París.
La discusión se complicó cuando me comunicó que habían decidido mudar la Fundación a una dependencia que existe en el área de parqueo del Teatro Heredia. Es cierto que ya Caguayo era muy grande para seguir en el estudio de Lescay: él apenas podía pintar y había perdido toda privacidad. Habíamos hablado de eso, es cierto. Pero la opción del Teatro Heredia era la peor. Era (y sigue siendo) un lugar absolutamente controlado en cuanto a teléfono, prohibiciones de acceder cuando la Seguridad lo estime necesario. Quizá se piense en un teatro como los demás: es un lugar especial para congresos, discursos, convenciones. A veces actúa como teatro, pero el Heredia es el sitio designado para las Ferias del Caribe, la del Libro, el Evento de Cultura y Desarrollo. Todo con un significado político subido. Era como estar amarrado, vigilado. Existía la propuesta de Megacén, que es un centro científico en la parte histórica de Santiago: un edificio republicano recién restaurado. No averiguaron. Ni siquiera me lo comentaron: decidieron y ya. Evidentemente fue cosa de Rigual: más comodidad para él (vivía apenas a dos cuadras) y más posibilidad suya para controlar. Aprovechó mi ausencia y persuadió (es un verbo demasiado generoso) a Lescay. Me sentí manejado. Tendría un guardián o un enemigo (o ambas cosas) junto a mi. Sólo que entonces yo no estaba seguro de si lo hacía por fidelidad a Algo, por beneficio propio, o por qué. Pasarían años antes de que supiera que la necesidad de éxito y protagonismo hacen capaces de todo a algunos hombres.
Debo agregar aquí que durante mi viaje a París entraron a Caguayo dos personas importantes: Fernando Chibás, que ocuparía el cargo de jefe económico de CAGUAYO S.A., y Mailín Fong, que sería especialista de la Fundación. Y Secretaria, cuando yo dejé el cargo y Rigual fue impedido de serlo. Ya para entonces el movimiento de Caguayo había aumentado, tanto así que El Moro no podía ocuparse de lo económico y lo comercial a la vez. Eso, aparte de que la muchacha que llevaba “las cuentas” desde siempre en el Taller de El Caguayo tenía un sistema muy rudimentario a base de vales de entrada y salida que no servía para una empresa. Nandito (Fernando) construyó la contabilidad de Caguayo con tremendo trabajo. Es verdad que su carácter es difícil y los sentimientos de inferioridad física a veces lo hacen comportarse de manera ridícula. Mailín Fong dirigió varios años la Galería Oriente. La conozco desde entonces y es muy buena profesional y magnífica persona. Renunció a la Galería cuando vio que no existía futuro para ella en ese sitio. Antes de mi viaje, Lescay me pidió opinión sobre ella y la di muy buena.
En efecto, nos mudamos al Teatro Heredia. El lugar que teníamos asignado no llegaba a sesenta metros cuadrados. En ese tiempo éramos muy pocos, aunque ya habíamos comenzado a crecer. Realmente el espacio nos quedaba chico. La hija mayor de mi prima Xiomara había sido contratada para hacernos café y almuerzo. Yadira se llama mi prima segunda; nos llevamos muy bien, pero su desgano existencial se trasmitía a lo que cocinaba. A la larga no siguió en Caguayo. Sustento una teoría, y es que el gusto de tu cocina está ligado a tu desempeño sexual: el refrán de que el amor entra por la cocina posee una misteriosa vigencia. Lo mismo se extiende al café. El moro Arafet resolvió nuestras meriendas mediante cajas de galleticas y potes de salsa mayonesa, con lo que la oficina cobró cierto ambiente de vivienda humilde, y como en mi ciudad era célebre la cuartería de Julio Palacios, así nombramos a nuestra casa matriz.
Mientras, ¿podía yo sentirme satisfecho, feliz, por algo? Por nada. Caguayo me estaba llevando a donde yo no pertenecía. Esta sordidez no pudo mantener mi atención por mucho tiempo. Al principio me enfurecí, pero después lo fui olvidando: no tiene que ver conmigo. Por eso me dediqué a mi vida personal. Por un lado, Tico guardaba sospechoso silencio; incluso había habido un cambio en él. Por el otro, Javier se alegraba de mi regreso de una manera Estaba seguro de que tenía otra vida y ni siquiera me importaba.
Fueron años oscuros, de error total. No evado lo que sucedió, e incluso creo inútil reclamar responsabilidades. Ciertamente no fui codicioso ni corrupto ni ansié desmedidamente bienes terrenales, pero di a mi vida un rumbo falso, que no me mejoraba espiritualmente. Sólo pensaba en mis amores, o mejor en los cuerpos de mis amores: cualquier cosa que haya sucedido luego ha sido en buena parte responsabilidad mía.
Hacia fines de año se celebró un evento de Caguayo llamado Fotonoviembre, con muchos invitados cubanos y extranjeros. Fue cosa de René Lescay y de la americana que era mujer suya, Hanna Fryes. Se trataba de una rubia alta, fuerte, huesuda; una nativa de California que residía en México, aunque descendiente de irlandeses. Hacía un doctorado sobre religiones africanas. Buena fotógrafa, aunque percibí en su trabajo cierto regusto por lo retorcido. En el oeste de los Estados Unidos, México, Centroamérica y Colombia existen sectas que rinden culto al Demonio: siempre he tenido la sospecha de que Hanna pertenecía a una de ellas. Su inclinación por las creencias de raíz africana –principalmente el Palo Monte o Regla Conga- partía de la creencia errónea de que el ideal palero es el Mal y lo Satánico. Era una mujer equivocada respecto a la vida en Cuba: a pesar de todo, Fotonoviembre quedó bien y logró atraer a profesionales –sobre todo mexicanos- muy calificados.
Una tarde a fines de ese mes, se presentó sin previo aviso una tormenta con mucho viento. Varias gigantografías colgadas a muchos metros del suelo resultaron dañadas. Con la ciudad todavía aturdida por la manga, Lescay salió a buscar una grúa para descolgarlas: regresó con cuatro. En el ’97, hallar cuatro grúas en Santiago a las seis de la tarde, dispuestas a ayudarte sin condiciones, era toda una proeza. Cuatro, o una sola, o cualquier equipo. Sólo una persona con la energía, el carisma y la fama de mi jefe podía hacerlo. Bajamos las gigantografías, las secamos, las empaquetamos y las guardamos: ese día regresamos a casa de madrugada.
viernes, 19 de octubre de 2012
Cada ciudad o pueblo tiene su olor. París huele a rosa vieja: no a la mustia de los jarrones, sino a otra que hubiese vivido mucho tiempo y su perfume hubiese devenido denso y penetrable a la vez. La Habana huele a gas de cocinar; Ibagué a fruta pasada; Ginebra a abeto y agua; Santiago, en sus mejores momentos, a pan y sudor; Cuabitas, a tierra y flor de mango.
Creo que pasé más trabajo de lo necesario y quizá mis recuerdos no sean exactos, pero la memoria es así. En un muro, cerca de una esquina de la Orilla Izquierda, había un reloj de sol de Salvador Dalí. Todavía no me atrevía con el metro: temía perderme y no saber dónde bajar. Una mañana quise caminar alrededor de la Opéra Garnier: quería tocar sus paredes y husmear en el Café de la Paix, pero apenas llegué frente a ella me atacó un cólico rabioso y tuve que regresar a toda prisa a Clichy. Hoy puedo decir que conocí aquella ciudad como se debe: a pie y con poca plata.
Cierta mañana fui a Place de la Concorde y subí al Jardín de las Tullerías del lado de l’Orangerie. Se supone que ese es la meca mundial del flete. Como decir, la Caaba o el Santo Sepulcro de la mariconería. Eso sería antes de la Guerra. Según Coco Salas, allí fleteó Gore Vidal. A lo largo de la gran terraza hay sillas de extensión con personas que toman el sol. Son maricones con gafas oscuras que se estiran bajo el sol y miran discretamente cuando pasa algún joven: pero, ¿qué joven puede pasar casualmente por Las Tullerías? Debe de existir una misteriosa secta gay parisina encargada de conservar antiguas tradiciones.
Calculé que ya Gabrielle Maraud habría regresado y la llamé: gracias a ella y a mi amigo Carlos había publicado unos poemas en la Revue Noire años atrás. Me cité con Gabrielle en el Café de Cluny, con sus camareros de delantales que casi tocan el piso. Pedí un refresco de cola y un café, ella una botella de Perrier. Por alguna razón, el agua no llegaba: se lo recordamos al garçon. Conversamos muchísimo, pero de agua, nada. Gabrielle se hartó y llamó muy discretamente al camarero –la paciencia de las profesoras siempre me sorprende- para reclamar su pedido y el hombre respondió No he hecho otra cosa que pensar en su agua. Los camareros de París son especialmente ingeniosos y contestones.
Gabrielle me recomendó a Abraham Levi –un judío cubano, que se hizo arquitecto en La Habana y enseña Historia del Arte en un liceo parisino. Fuimos al Louvre: como profesor, él tiene entrada libre y compró la mía. Parecía una estación de trenes: nunca había visto tal cantidad de personas en un museo. Abraham me preguntó qué quería ver. Lo que sale en los libros. Me hizo una visita instructiva que comenzó en el subsuelo con las bases del Louvre medieval. Fuimos subiendo y vi lo que había.
Tener delante las obras de toda la vida, al natural –“en persona”- es toda una experiencia. El Escriba Sentado es algo más grande que un bibelot, la Piedra de Hammurabi es enorme y pulida, La Venus de Milo está colocada en un pasillo y si no la conoces pasas a su lado sin verla; en cambio La Victoria de Samotracia resulta totalmente sobrecogedora en un descanso de la escalinata: dicen que Hitler no bombardeó París para poder llevársela como botín. Los Esclavos de Michelangelo también son majestuosos: me indignó ver la turba de italianos en short que se hacían fotos junto a ellos (imagino que los guardianes de sala estarían también de vacaciones, aunque con tanta arribazón de público no sé qué hubieran podido hacer). Aparte de que no es muy grande, la Gioconda se exhibe dentro de un nicho, detrás de un vidrio de seguridad: el gentío no dejaba verla; en este caso una buena reproducción es preferible mil veces. Mientras ocurre lo anterior, la sala de maravillosos Leonardos está casi vacía: gracias a Dios nadie mira la Virgen de las Rocas, ni los retratos. Leonardo da Vinci es totalmente superior (cosa mentale, como decía él de la Pintura) y comprobarlo fue un logro personal que aprecio mucho. Dos cuadros más me asombraron: La Balsa de la Medusa, de Géricault, cuyo enorme formato y extraño realismo te estremecen como no habías imaginado y el Retrato de Madame Récamier de Jacques-Louis David que tanto estudié en mis días de la Galería Universal, expuesto encima del diván original donde se sentó la dama para ser pintada. En esa parte del museo, el pavimento y toda la decoración son verdaderamente palaciegos.
Como el ticket de entrada vale por un día completo, Levi y yo salimos a comer algo y entramos al Mac Donald que queda enfrente. Lo que más se parece a una cafetería cubana es un Mac Donald: medio sucio, lleno de gente que habla alto, con olor a fritanga. Parece que las hamburguesas son la misma basura dondequiera, sólo que las Mac Donald se sirven bonitas y con papas fritas. Eso sí, con un refresco de cola grande –una Pepsi, por ejemplo- son maravillosas: comida-chatarra, de acuerdo, pero deliciosa.
Una noche, Gabrielle me invitó a su casa a cenar (Levi también estaba). Se esmeró. Soy goloso, y si digo que la comida estuvo buena, es cierto. Abraham se fue temprano, pero ella y yo nos quedamos hablando. Me distraje –para mi, el mayor placer que existe, incluyendo los pecaminosos, es conversar-. Como a las once y media, dice ella se te va a ir el último metro. ¿Metro? “Fue como un rayo el mi interior” -como dice la canción de Pablito Milanés. Es que nunca he andado en metro. Es muy fácil –dijo la profesora-. Aquí cerca hay una estación. Yo te acompaño: mira tu ticket. Ya lo tenía, esa mujer es increíble. Bajas, esperas la línea Tal, pero no cualquiera sino la que diga Tal-más-cual, montas, y cuando llegues a un punto donde dobla a la derecha cuentas la segunda parada y te bajas. ¡Dime tú!, exclamé dentro de mi. Como el condenado que va a la cámara de gas, me dejé conducir. Bajé las escaleras y llegué al andén. Los trenes iban y venían. Esperé el mío y subí. Fui mirando por la ventanilla los nombres de las estaciones. Cuando pasó lo que me habían vaticinado, bajé. Salí a la calle y miré, reconociendo. ¡Maravilla! ¡Estaba en el mismo Clichy! Llegando a casa la telefoneé que había legado bien.
Gabrielle Maraud me enseñó a montar en metro. Lo primero es saber francés, lo segundo leer todos los letreros y obedecerlos, lo tercero comprar el ticket y accionar el torniquete de la entrada al andén (si no lo sabe, fíjese cómo hace el que entre antes de usted y haga lo mismo: no pregunte, nadie le va a responder aunque hable como Racine).
Un atardecer subí al Sacré Coeur en el funicular: gracias a Rubén había conocido a una francesa –que por comodidad llamaré Marcela-. Era rubia, sola y muy amable. Quizá buscaba compañía; no la hallaría en mi, pero como insistió nos citamos junto al templo. Después de conversar un rato y mirar el ocaso, caminamos por la Place du Tertre con su mundo de turistas y pintores callejeros. Entramos a comer a un sitio; yo seguí fiel a mis emparedados griegos, pero ella se complicó algo más. Recuerdo mucho ruido de vajilla rota: enfrente quedaba un otro lugar, griego, donde la atracción era cumplir la costumbre de romper los platos después de una comida. ¡Dios santo! ¡Cuánto desperdicio! ¡Con lo difícil que es tener vajilla! Pero el mundo de la abundancia es así: por eso un día va a virarse al revés y van a pagar justos por pecadores. Seguimos andando, cruzamos junto al Moulin de la Galette y bajamos las faldas del Monte Parnaso. Marcela tenía auto y nos fuimos al Quartier Latin –donde vivieron los romanos en el París primitivo. El apelativo “Ciudad Luz” no es mero slogan: esa noche París parecía un estudio de televisión. Podía encontrarse un alfiler en el piso. Cuánta luz.
Otra vez acompañé a Rubén a un juicio en Nanterre. Como se estaba divorciando, lo preocupaba mucho ese asunto. Se trataba de un intento que de oficio hacía el juez para que la pareja no se disolviera. Me agradaba su confianza e interés en que yo viera cómo funciona el país más allá de bulevares y museos. De paso nos llegamos al hospital donde estaba Ignacio: ya su tuberculosis casi había curado y en dos o tres días le darían el alta. En una sola tarde conocí un hospital y un juzgado.
La calle Saint Denis queda muy cerca del club de jazz. Esa es la meca de la putería mundial. Una tarde la bajé, buscando un ómnibus que me servía: había putas de todos colores, razas, edades y complexiones. Putas lindas, feas, gordas, flacas, medianas. Se alineaban en las aceras por cientos. Dicen que los travestis están desbancando a las putas: una noche regresaba a Clichy con Rubén y nos detuvimos en una panadería. El establecimiento pertenecía a unos árabes y a esa hora estaba atendido por muchachos que no paraban de reír: en el mostrador había una puta con un vestido plástico negro abierto a lado y lado; el frente y la espalda se unían con un cordón. Cuando fue a pagar y preguntó C’est combien? descubrí que era un travesti.
Cristo no se había desentendido de mi. Me llevó a su casa como dos veces. La esposa era una joven francesa que trabajaba con él. Cristo se había adaptado a Francia: vivía en un suburbio, su casa no era ostentosa ni muy grande, pero sí agradable. Me gustó. Quizá él es un poco loco, pero buena persona. Ahora pienso que la improvisación con que me recibió se debió a esa misma manera de hacerlo todo deprisa que caracteriza a los parisinos: es lo que menos me agrada de Europa. Todo corriendo. Es otro tempo, sí: pero no me agrada. Si aquí vamos lento, allá es al galope.
Yo me había convertido en metromaníaco. Amplié mis reconocimientos y cubrí muchos barrios. A veces me aparecía de noche en el club –la estación Château d’Eau queda muy cerca-, saludaba a todos, me bebía una cerveza y partía raudo. Reencontré, después de años a Manuel, un jinetero de Santiago amigo mío que se casó con una productora de TV y se mudó a París. Fue un chico alto y atlético, pero había cambiado. Vestía mejor, pero su ligereza y sensualidad se esfumaron. Había dejado a la productora y su nueva casa no quedaba lejos: me invitó pero nunca fui. Ahora se drogaba, aunque no siempre estaba high. Cuando llegó cierta orquesta cubana, los muchachos no dejaban quieto a Manuel, que era como un sultán del polvo blanco. Quién sabe por qué Manuel no era recibido con alegría en el club. Jamás lo he vuelto a ver.
Ya estaba llegando la fecha del regreso. En esa ciudad hay muchísimos museos. En realidad no se entiende que un cubano cruce el Atlántico y caiga allá sólo para mirar las calles y el río. Había que ir. Abraham Levi me ayudó mucho: fuimos al Rodin; otro día quisimos ver la habitación de Proust –que la mudaron al Carnavalet- pero la cuidadora de la sala estaba enferma y no se pudo. Una tarde me apertreché de frutas y me fui al Centro Pompidou: entré a las tiendecitas, fui a los parques, di muchas vueltas, me senté al pie de un árbol, me comí las frutas y no entré al edificio. Me faltaba Orsay: a ese había que entrar. Desde Ingres hasta Toulouse-Lautrec más o menos. Una tarde fui. Su concepción museológica es el sueño de cualquiera que se dedique a esto. Redescubrí a Van Gogh, cuya textura pictórica es incapaz de reproducir la mejor lámina. La excelente oleografía del Moulin de la Galette (Renoir) que hay en la galería donde trabajé doce años es casi nada junto al original. Dudo cuál me impresionó más, si el Louvre u Orsay, y comprendí que es invaluable haberlos visto con el gusto y cuidado que empleé en aquellos días
Creo que pasé más trabajo de lo necesario y quizá mis recuerdos no sean exactos, pero la memoria es así. En un muro, cerca de una esquina de la Orilla Izquierda, había un reloj de sol de Salvador Dalí. Todavía no me atrevía con el metro: temía perderme y no saber dónde bajar. Una mañana quise caminar alrededor de la Opéra Garnier: quería tocar sus paredes y husmear en el Café de la Paix, pero apenas llegué frente a ella me atacó un cólico rabioso y tuve que regresar a toda prisa a Clichy. Hoy puedo decir que conocí aquella ciudad como se debe: a pie y con poca plata.
Cierta mañana fui a Place de la Concorde y subí al Jardín de las Tullerías del lado de l’Orangerie. Se supone que ese es la meca mundial del flete. Como decir, la Caaba o el Santo Sepulcro de la mariconería. Eso sería antes de la Guerra. Según Coco Salas, allí fleteó Gore Vidal. A lo largo de la gran terraza hay sillas de extensión con personas que toman el sol. Son maricones con gafas oscuras que se estiran bajo el sol y miran discretamente cuando pasa algún joven: pero, ¿qué joven puede pasar casualmente por Las Tullerías? Debe de existir una misteriosa secta gay parisina encargada de conservar antiguas tradiciones.
Calculé que ya Gabrielle Maraud habría regresado y la llamé: gracias a ella y a mi amigo Carlos había publicado unos poemas en la Revue Noire años atrás. Me cité con Gabrielle en el Café de Cluny, con sus camareros de delantales que casi tocan el piso. Pedí un refresco de cola y un café, ella una botella de Perrier. Por alguna razón, el agua no llegaba: se lo recordamos al garçon. Conversamos muchísimo, pero de agua, nada. Gabrielle se hartó y llamó muy discretamente al camarero –la paciencia de las profesoras siempre me sorprende- para reclamar su pedido y el hombre respondió No he hecho otra cosa que pensar en su agua. Los camareros de París son especialmente ingeniosos y contestones.
Gabrielle me recomendó a Abraham Levi –un judío cubano, que se hizo arquitecto en La Habana y enseña Historia del Arte en un liceo parisino. Fuimos al Louvre: como profesor, él tiene entrada libre y compró la mía. Parecía una estación de trenes: nunca había visto tal cantidad de personas en un museo. Abraham me preguntó qué quería ver. Lo que sale en los libros. Me hizo una visita instructiva que comenzó en el subsuelo con las bases del Louvre medieval. Fuimos subiendo y vi lo que había.
Tener delante las obras de toda la vida, al natural –“en persona”- es toda una experiencia. El Escriba Sentado es algo más grande que un bibelot, la Piedra de Hammurabi es enorme y pulida, La Venus de Milo está colocada en un pasillo y si no la conoces pasas a su lado sin verla; en cambio La Victoria de Samotracia resulta totalmente sobrecogedora en un descanso de la escalinata: dicen que Hitler no bombardeó París para poder llevársela como botín. Los Esclavos de Michelangelo también son majestuosos: me indignó ver la turba de italianos en short que se hacían fotos junto a ellos (imagino que los guardianes de sala estarían también de vacaciones, aunque con tanta arribazón de público no sé qué hubieran podido hacer). Aparte de que no es muy grande, la Gioconda se exhibe dentro de un nicho, detrás de un vidrio de seguridad: el gentío no dejaba verla; en este caso una buena reproducción es preferible mil veces. Mientras ocurre lo anterior, la sala de maravillosos Leonardos está casi vacía: gracias a Dios nadie mira la Virgen de las Rocas, ni los retratos. Leonardo da Vinci es totalmente superior (cosa mentale, como decía él de la Pintura) y comprobarlo fue un logro personal que aprecio mucho. Dos cuadros más me asombraron: La Balsa de la Medusa, de Géricault, cuyo enorme formato y extraño realismo te estremecen como no habías imaginado y el Retrato de Madame Récamier de Jacques-Louis David que tanto estudié en mis días de la Galería Universal, expuesto encima del diván original donde se sentó la dama para ser pintada. En esa parte del museo, el pavimento y toda la decoración son verdaderamente palaciegos.
Como el ticket de entrada vale por un día completo, Levi y yo salimos a comer algo y entramos al Mac Donald que queda enfrente. Lo que más se parece a una cafetería cubana es un Mac Donald: medio sucio, lleno de gente que habla alto, con olor a fritanga. Parece que las hamburguesas son la misma basura dondequiera, sólo que las Mac Donald se sirven bonitas y con papas fritas. Eso sí, con un refresco de cola grande –una Pepsi, por ejemplo- son maravillosas: comida-chatarra, de acuerdo, pero deliciosa.
Una noche, Gabrielle me invitó a su casa a cenar (Levi también estaba). Se esmeró. Soy goloso, y si digo que la comida estuvo buena, es cierto. Abraham se fue temprano, pero ella y yo nos quedamos hablando. Me distraje –para mi, el mayor placer que existe, incluyendo los pecaminosos, es conversar-. Como a las once y media, dice ella se te va a ir el último metro. ¿Metro? “Fue como un rayo el mi interior” -como dice la canción de Pablito Milanés. Es que nunca he andado en metro. Es muy fácil –dijo la profesora-. Aquí cerca hay una estación. Yo te acompaño: mira tu ticket. Ya lo tenía, esa mujer es increíble. Bajas, esperas la línea Tal, pero no cualquiera sino la que diga Tal-más-cual, montas, y cuando llegues a un punto donde dobla a la derecha cuentas la segunda parada y te bajas. ¡Dime tú!, exclamé dentro de mi. Como el condenado que va a la cámara de gas, me dejé conducir. Bajé las escaleras y llegué al andén. Los trenes iban y venían. Esperé el mío y subí. Fui mirando por la ventanilla los nombres de las estaciones. Cuando pasó lo que me habían vaticinado, bajé. Salí a la calle y miré, reconociendo. ¡Maravilla! ¡Estaba en el mismo Clichy! Llegando a casa la telefoneé que había legado bien.
Gabrielle Maraud me enseñó a montar en metro. Lo primero es saber francés, lo segundo leer todos los letreros y obedecerlos, lo tercero comprar el ticket y accionar el torniquete de la entrada al andén (si no lo sabe, fíjese cómo hace el que entre antes de usted y haga lo mismo: no pregunte, nadie le va a responder aunque hable como Racine).
Un atardecer subí al Sacré Coeur en el funicular: gracias a Rubén había conocido a una francesa –que por comodidad llamaré Marcela-. Era rubia, sola y muy amable. Quizá buscaba compañía; no la hallaría en mi, pero como insistió nos citamos junto al templo. Después de conversar un rato y mirar el ocaso, caminamos por la Place du Tertre con su mundo de turistas y pintores callejeros. Entramos a comer a un sitio; yo seguí fiel a mis emparedados griegos, pero ella se complicó algo más. Recuerdo mucho ruido de vajilla rota: enfrente quedaba un otro lugar, griego, donde la atracción era cumplir la costumbre de romper los platos después de una comida. ¡Dios santo! ¡Cuánto desperdicio! ¡Con lo difícil que es tener vajilla! Pero el mundo de la abundancia es así: por eso un día va a virarse al revés y van a pagar justos por pecadores. Seguimos andando, cruzamos junto al Moulin de la Galette y bajamos las faldas del Monte Parnaso. Marcela tenía auto y nos fuimos al Quartier Latin –donde vivieron los romanos en el París primitivo. El apelativo “Ciudad Luz” no es mero slogan: esa noche París parecía un estudio de televisión. Podía encontrarse un alfiler en el piso. Cuánta luz.
Otra vez acompañé a Rubén a un juicio en Nanterre. Como se estaba divorciando, lo preocupaba mucho ese asunto. Se trataba de un intento que de oficio hacía el juez para que la pareja no se disolviera. Me agradaba su confianza e interés en que yo viera cómo funciona el país más allá de bulevares y museos. De paso nos llegamos al hospital donde estaba Ignacio: ya su tuberculosis casi había curado y en dos o tres días le darían el alta. En una sola tarde conocí un hospital y un juzgado.
La calle Saint Denis queda muy cerca del club de jazz. Esa es la meca de la putería mundial. Una tarde la bajé, buscando un ómnibus que me servía: había putas de todos colores, razas, edades y complexiones. Putas lindas, feas, gordas, flacas, medianas. Se alineaban en las aceras por cientos. Dicen que los travestis están desbancando a las putas: una noche regresaba a Clichy con Rubén y nos detuvimos en una panadería. El establecimiento pertenecía a unos árabes y a esa hora estaba atendido por muchachos que no paraban de reír: en el mostrador había una puta con un vestido plástico negro abierto a lado y lado; el frente y la espalda se unían con un cordón. Cuando fue a pagar y preguntó C’est combien? descubrí que era un travesti.
Cristo no se había desentendido de mi. Me llevó a su casa como dos veces. La esposa era una joven francesa que trabajaba con él. Cristo se había adaptado a Francia: vivía en un suburbio, su casa no era ostentosa ni muy grande, pero sí agradable. Me gustó. Quizá él es un poco loco, pero buena persona. Ahora pienso que la improvisación con que me recibió se debió a esa misma manera de hacerlo todo deprisa que caracteriza a los parisinos: es lo que menos me agrada de Europa. Todo corriendo. Es otro tempo, sí: pero no me agrada. Si aquí vamos lento, allá es al galope.
Yo me había convertido en metromaníaco. Amplié mis reconocimientos y cubrí muchos barrios. A veces me aparecía de noche en el club –la estación Château d’Eau queda muy cerca-, saludaba a todos, me bebía una cerveza y partía raudo. Reencontré, después de años a Manuel, un jinetero de Santiago amigo mío que se casó con una productora de TV y se mudó a París. Fue un chico alto y atlético, pero había cambiado. Vestía mejor, pero su ligereza y sensualidad se esfumaron. Había dejado a la productora y su nueva casa no quedaba lejos: me invitó pero nunca fui. Ahora se drogaba, aunque no siempre estaba high. Cuando llegó cierta orquesta cubana, los muchachos no dejaban quieto a Manuel, que era como un sultán del polvo blanco. Quién sabe por qué Manuel no era recibido con alegría en el club. Jamás lo he vuelto a ver.
Ya estaba llegando la fecha del regreso. En esa ciudad hay muchísimos museos. En realidad no se entiende que un cubano cruce el Atlántico y caiga allá sólo para mirar las calles y el río. Había que ir. Abraham Levi me ayudó mucho: fuimos al Rodin; otro día quisimos ver la habitación de Proust –que la mudaron al Carnavalet- pero la cuidadora de la sala estaba enferma y no se pudo. Una tarde me apertreché de frutas y me fui al Centro Pompidou: entré a las tiendecitas, fui a los parques, di muchas vueltas, me senté al pie de un árbol, me comí las frutas y no entré al edificio. Me faltaba Orsay: a ese había que entrar. Desde Ingres hasta Toulouse-Lautrec más o menos. Una tarde fui. Su concepción museológica es el sueño de cualquiera que se dedique a esto. Redescubrí a Van Gogh, cuya textura pictórica es incapaz de reproducir la mejor lámina. La excelente oleografía del Moulin de la Galette (Renoir) que hay en la galería donde trabajé doce años es casi nada junto al original. Dudo cuál me impresionó más, si el Louvre u Orsay, y comprendí que es invaluable haberlos visto con el gusto y cuidado que empleé en aquellos días
jueves, 18 de octubre de 2012
Comencé a andar por París. Me aprendí bien las líneas de los buses, o iba a pie. Al menos no necesitaba guía para ir a los principales sitios, los que cualquiera conoce aunque viva en el Caribe. Con mucha frecuencia llegaba hasta la Mairie, el Palais Royal y Notre Dame. Recuerdo mucho al viejo que se llenaba de gorriones cada tarde en la plazoleta de Nuestra Señora. Me aficioné al Sena y empleaba horas en recorrer los puentes y husmear en los cuchitriles de las orillas, donde hay libros, grabados y pinturas. Se encuentran verdaderas maravillas (por algo siguen ahí esos ventorrillos): desde anuncios de tiempos de la Primera Guerra Mundial hasta maravillosos libros de uso, pasando por paisajes –que no son la octava maravilla pero que quedan muy bien en cualquier saloncito de clase media alta-. Así encontré El archipiélago Gulag, de Soltzhenitsin. También iba mucho a las tiendas de los anticuarios, donde hay objetos antiguos de verdad: el cine no exagera cuando muestra cómo las cabezas de Buda viajan desde las selvas camboyanas hasta el Quai des Antiquaires.
Me sentía libre y feliz. En esos días estaba por producirse la visita del Papa y un congreso de jóvenes católicos –qué verano de congresos, ese del ’97-: se extremaron las medidas de seguridad. Jamás había visto tal cantidad de policías. Ni en Cuba, que por cualquier desfile salen montones. Pero se trataba de París y del Papa. A pesar de todo, cuando uno me dijo cortésmente que si quería podía seguir mi camino hacia la Torre Eiffel, me sorprendí: aquella mañana hubo una misa en el Campo de Marte y yo había decidido visitar la Torre. Pero ni loco iba a gastar los ochenta francos que costaba subir hasta el tope –todo erizado por milientas antenas-, por eso recorrí bien los alrededores, me paré debajo en el mismo centro y miré hacia arriba. Hoy día puedo recordar con mucha exactitud cómo se veían los hierros –una especie de túnel que se estrechaba hacia el cielo.
Telefoneaba a Carlos Victoria con bastante frecuencia –siempre lo he llamado o le he escrito mucho, hasta más de la cuenta-, pero es que nunca terminamos de hablar. No sé cómo dos personas tan distintas, y a veces tan opuestas, se las arreglan para “trasmitir en la misma frecuencia”. Eso sucede. También conversé mucho con mi prima Berthica: ella se casó en la capilla de Cuabitas en agosto del ’61, ese mismo día se fue y nunca ha vuelto. Con ella tampoco se termina de hablar. Me mandó plata (nadie se imagina cómo se sienten los precios de una ciudad grande cuando se viaja desde un país chiquito: me imagino que si uno vive allá y está organizado, será menos –no en vano París tiene tantos habitantes.
Cuando la hora de comer me sorprendía en la calle, me alimentaba de emparedados griegos: enormes, hechos de carne de cordero que se corta en lonjas y se asa verticalmente clavada a un pincho giratorio. O compraba frutas. Si no me invitaban, jamás iba a un restaurante.
Por lo general hacía pequeñas compras en un mercadito al fondo de casa de Rubén: leche, pan, huevos, queso rapé (rallado), spaghetti, café, tomate, quizá unas frutas. Yo mismo cocinaba –no lo hago mal- y resultaba más barato. Cuando mi prima me giró el dinero, yo no sabía dónde quedaba la oficina de Western Union: ya estaba la plata en París pero yo seguía “arrancado”. La llamé de nuevo y ella me sugirió que le diera una propina a cualquier empleado del hotel donde ella estuvo una vez, para que me indicaran. Se ve que ya es otra persona: ¡gastar 10 dólares en eso! Por fin comprobé que con marcar un número gratuito se obtiene la información exacta. Así di con el pequeño mostrador de Saint Germain, donde estaba el dinero. He leído que ahora existen varias agencias en París: en el ’97 había esa sola. El alivio fue inmediato. Descubrí y recorrí las librerías del Quartier Latin, pero no cometí la locura de gastar: como mi madre, cuando quiero puedo ser sumamente tacaño.
Pasaban los días y Cristo no hablaba de exposición alguna. Comprendí que aquel club era completamente impropio –a menos que se hiciera una adaptación, sobre todo a base de luces-, y ni pensar en una galería. Pero podían colocarse algunos cuadros en el área semi-iluminada cercana a la puerta; sólo varios, para poder decir a los artistas que me dieron sus obras que habían expuesto en París. Me moría de vergüenza y de rabia. Pero Cristóbal estaba concentrado en los salseros cubanos que había contratado. Yo lo acompañaba con frecuencia, esperanzado en conmoverlo, pero el tiempo se iba en tocadores de bongó, treseros y cantantes caribeños.
Una tarde –para “salir de mi”- me llevó a las Galerías Lafayette a comprar soportes: salieron carísimos. Y eso que escogí los más sencillos, a base de presillas y acrílico: con un mínimo de esfuerzo suyo hubiesen salido más económicos. Pero lo cierto es que estaba concentrado en sus espectáculos. Si usted pretende vender arte fuera del país, vaya con un profesional, un galerista establecido y con clientela: no experimente pues no da resultado. Aunque me costara admitirlo, no lo sabía aún y había llegado a París con un cartapacio de pinturas: ¿cómo regresar a Cuba diciendo que no había expuesto o inventando pretextos? Por eso monté y colgué varias donde ya he dicho. Nadie las miró, pero se expusieron en París y les hice fotos.
Por esos mismos días conocí a Abbash, un descendiente de argelinos que trabajaba en la alcaldía y vivía en la calle Molière. Presidía una organización para ayudar a los niños de los países pobres. Lo visité varias veces, conversamos mucho y él hasta fue a ver mis cuadros, pero al final nada sucedió.
Estábamos en pleno agosto y la gente había dejado a París casi desierta. Las vacaciones. Muchos establecimientos estaban cerrados luciendo un simple aviso manuscrito: NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE. Todas las personas a las que me habían recomendado estaban de vacaciones. Era casi día veinte y aún no había entrado a ningún museo. Por suerte, París es un museo enorme. Basta abrir los ojos. Desde ruinas romanas hasta los rascacielos espejeantes de La Défense.
El trazado en estrella del Barón de Haussmann es hermoso y peculiar de la ciudad: en el centro no hay edificios de más de ocho pisos y los tejados son abovedados y de pizarra. Le cogí amor a la calle.
Me sentía libre y feliz. En esos días estaba por producirse la visita del Papa y un congreso de jóvenes católicos –qué verano de congresos, ese del ’97-: se extremaron las medidas de seguridad. Jamás había visto tal cantidad de policías. Ni en Cuba, que por cualquier desfile salen montones. Pero se trataba de París y del Papa. A pesar de todo, cuando uno me dijo cortésmente que si quería podía seguir mi camino hacia la Torre Eiffel, me sorprendí: aquella mañana hubo una misa en el Campo de Marte y yo había decidido visitar la Torre. Pero ni loco iba a gastar los ochenta francos que costaba subir hasta el tope –todo erizado por milientas antenas-, por eso recorrí bien los alrededores, me paré debajo en el mismo centro y miré hacia arriba. Hoy día puedo recordar con mucha exactitud cómo se veían los hierros –una especie de túnel que se estrechaba hacia el cielo.
Telefoneaba a Carlos Victoria con bastante frecuencia –siempre lo he llamado o le he escrito mucho, hasta más de la cuenta-, pero es que nunca terminamos de hablar. No sé cómo dos personas tan distintas, y a veces tan opuestas, se las arreglan para “trasmitir en la misma frecuencia”. Eso sucede. También conversé mucho con mi prima Berthica: ella se casó en la capilla de Cuabitas en agosto del ’61, ese mismo día se fue y nunca ha vuelto. Con ella tampoco se termina de hablar. Me mandó plata (nadie se imagina cómo se sienten los precios de una ciudad grande cuando se viaja desde un país chiquito: me imagino que si uno vive allá y está organizado, será menos –no en vano París tiene tantos habitantes.
Cuando la hora de comer me sorprendía en la calle, me alimentaba de emparedados griegos: enormes, hechos de carne de cordero que se corta en lonjas y se asa verticalmente clavada a un pincho giratorio. O compraba frutas. Si no me invitaban, jamás iba a un restaurante.
Por lo general hacía pequeñas compras en un mercadito al fondo de casa de Rubén: leche, pan, huevos, queso rapé (rallado), spaghetti, café, tomate, quizá unas frutas. Yo mismo cocinaba –no lo hago mal- y resultaba más barato. Cuando mi prima me giró el dinero, yo no sabía dónde quedaba la oficina de Western Union: ya estaba la plata en París pero yo seguía “arrancado”. La llamé de nuevo y ella me sugirió que le diera una propina a cualquier empleado del hotel donde ella estuvo una vez, para que me indicaran. Se ve que ya es otra persona: ¡gastar 10 dólares en eso! Por fin comprobé que con marcar un número gratuito se obtiene la información exacta. Así di con el pequeño mostrador de Saint Germain, donde estaba el dinero. He leído que ahora existen varias agencias en París: en el ’97 había esa sola. El alivio fue inmediato. Descubrí y recorrí las librerías del Quartier Latin, pero no cometí la locura de gastar: como mi madre, cuando quiero puedo ser sumamente tacaño.
Pasaban los días y Cristo no hablaba de exposición alguna. Comprendí que aquel club era completamente impropio –a menos que se hiciera una adaptación, sobre todo a base de luces-, y ni pensar en una galería. Pero podían colocarse algunos cuadros en el área semi-iluminada cercana a la puerta; sólo varios, para poder decir a los artistas que me dieron sus obras que habían expuesto en París. Me moría de vergüenza y de rabia. Pero Cristóbal estaba concentrado en los salseros cubanos que había contratado. Yo lo acompañaba con frecuencia, esperanzado en conmoverlo, pero el tiempo se iba en tocadores de bongó, treseros y cantantes caribeños.
Una tarde –para “salir de mi”- me llevó a las Galerías Lafayette a comprar soportes: salieron carísimos. Y eso que escogí los más sencillos, a base de presillas y acrílico: con un mínimo de esfuerzo suyo hubiesen salido más económicos. Pero lo cierto es que estaba concentrado en sus espectáculos. Si usted pretende vender arte fuera del país, vaya con un profesional, un galerista establecido y con clientela: no experimente pues no da resultado. Aunque me costara admitirlo, no lo sabía aún y había llegado a París con un cartapacio de pinturas: ¿cómo regresar a Cuba diciendo que no había expuesto o inventando pretextos? Por eso monté y colgué varias donde ya he dicho. Nadie las miró, pero se expusieron en París y les hice fotos.
Por esos mismos días conocí a Abbash, un descendiente de argelinos que trabajaba en la alcaldía y vivía en la calle Molière. Presidía una organización para ayudar a los niños de los países pobres. Lo visité varias veces, conversamos mucho y él hasta fue a ver mis cuadros, pero al final nada sucedió.
Estábamos en pleno agosto y la gente había dejado a París casi desierta. Las vacaciones. Muchos establecimientos estaban cerrados luciendo un simple aviso manuscrito: NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE. Todas las personas a las que me habían recomendado estaban de vacaciones. Era casi día veinte y aún no había entrado a ningún museo. Por suerte, París es un museo enorme. Basta abrir los ojos. Desde ruinas romanas hasta los rascacielos espejeantes de La Défense.
El trazado en estrella del Barón de Haussmann es hermoso y peculiar de la ciudad: en el centro no hay edificios de más de ocho pisos y los tejados son abovedados y de pizarra. Le cogí amor a la calle.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Rubén llegó tarde, como anunció. En medio de la madrugada hubo que levantarse a saludar y conversar al menos dos palabras. Y al menos esa misma cantidad de palabras hay que decir de él, que me aguantó tantas semanas en su pisito de Clichy.
Quedamos en que era colombiano. De treintitantos años, baja estatura, blanco, calva incipiente y complexión mediana. Hacía tiempo estaba en Francia, tenía hijos, se había casado, tuvo trabajo fijo y estaba en proceso de divorcio. Ahora vivía solo y había quedado en el paro. Pero nadie se imagine a un pobre desempleado hambriento y rotoso. Por el contrario, Rubén era un tipo suficientemente estable aunque no próspero en el sentido tradicional –al parecer no le interesaban demasiado los bienes materiales; por lo menos, no para ostentarlos.
Trabajaba con Cristo en la complicada maquinaria del club de jazz y sus llegadas a mediación de madrugada se debían a que estaba encargado de cerrar el establecimiento a las dos de la mañana –hora límite fijada por la ley para los espectáculos. En su piso no había refrigerador, teléfono ni televisor. Al principio la ausencia de esos artículos me sorprendió un poco -¡en medio de París!- luego comprendí que hubieran sido una molestia y un gasto inútil: en realidad el colombiano utilizaba el piso sólo para dormir, ir al baño y lavar su ropa. Incluso “hacer el amor” no parece haber sido el uso más frecuente. Pero había una excelente lavadora y un cuarto de baños completo. Para comunicarse utilizaba su teléfono celular.
Era práctico y un tanto solitario. De hecho, yo estaba más aislado que en Cuba -donde en mi oficina de Caguayo y en mi vecindario hay varios teléfonos-: por suerte en la Ciudad Luz sobran “estaciones públicas” donde hacer y recibir llamadas. Nada de lo anterior me quitó el sueño.
A la mañana siguiente, mientras el otro dormía, salí a caminar. Situé la casa, el teléfono público, la parada del ómnibus, miré las vidrieras y los pequeños parques tan abundantes en cualquier ciudad francesa. El bulevar Victor Hugo es hermoso. Clichy es hermoso. Cuando años después vi por TV los desórdenes callejeros relacionados con la inmigración me sorprendí. La voz contrita de la periodista no casaba con la imagen que tuve: el Clichy que yo vi no se parece al Bronx, ni a un zoco marroquí, y mucho menos a los barrios de chabolas españoles –como de Europa hablamos, dejo fuera los cerros bogotanos, las favelas o los llegaypón cubanos. Es un sitio limpio, florido, de menor escala que el resto de la ciudad, pero por ello mismo más amable. La sociedad francesa es conservadora, desconfiada y poco franca, pero no difiere básicamente del resto de las europeas. Y por lo general, quien emigra sabe, aunque sea superficialmente, qué puede encontrarse. Evidentemente la historia no estuvo bien contada: es verdad todo lo que se dice acerca del drama de la emigración, de Francia, de la xenofobia.
De acuerdo, pero Clichy es hermoso.
Ya en la tarde bajé a la ciudad. A Rubén le habían regalado un Citroën de medio uso. Sin más ceremonias, arrancamos. Entonces vi París. Cuando somos nuevos en cualquier sitio, los primeros dos días nos posee una especie de bobería. Miramos las cosas, los lugares, los colores: olemos el aire, saboreamos las comidas, conocemos gente, pero sucede como si el cerebro todavía no las considerase reales: es parecido a la duda, como si a nada le dedicáramos demasiada atención. A medida que pasa el tiempo, la mente se convence de que todo es cierto, y entonces sí vemos. Al menos, a mi me ocurre de ese modo.
El club es un sitio de fachada bastante anónima, a no ser por los letreros, en una estrecha calle del centro llamada Des Petites Écuries (de las pequeñas caballerizas). Un sitio muy urbano, bullicioso, transitado, donde las aceras son estrechas y no es fácil aparcar un auto. Cruzando la calle hay un cafetín que parece sacado de un filme de la “nueva ola”.
Por dentro, este es el típico local nocturno. A la entrada tiene una especie de zaguán alargado donde quedan la taquilla, el guardarropa y varios tableros con avisos. Aquello se abre hacia un espacio oblongo de paredes curvas dispuesto en anchos escalones; en el nivel más alto está el bar. El escenario se alínea contra la pared del fondo, las mesitas se despliegan sobre los escalones que bajan hacia el escenario y unos pullman se adhieren a los muros. Éstos son rojo ladrillo, casi carmelita –colores corporativos de la cerveza Hatuey-. Atrás y en alto hay una caseta encristalada donde queda la oficina. Allí dejé las obras.
No me moví del centro nocturno hasta que cerraron en la madrugada. Por las conversaciones que escuchaba comencé a penetrar el misterio del lugar. La verdadera dueña del local era una señora –a la que nunca vi- que vivía en ese mismo inmueble. Otros vecinos frecuentemente se quejaban a la Policía por la música alta; también estaban los seres encargados de pegar por todo París los miles de anuncios que acompañaban cada presentación, aparte de quienes repartían volantes. Todos querían algo: la Policía aplicaba multas si ensuciaban determinadas paredes, pero si hacían mucha bulla también había multas; la dueña del local quería que le pagaran más, los músicos también querían más, y el público hallaba muy caras las entradas. Cristóbal, que a pesar de su imagen de “genio encerrado en una botella” era muy buen relacionista, constantemente conversaba por su celular con periodistas, emisoras de radio, proveedores, impresores; claro está que él también quería ganar el máximo. Yo me sentía como cáscara de nuez en tempestuoso mar.
Así pasaron dos o tres días. Veía lo que mis anfitriones veían, comía cuando y cómo ellos lo hacían. Me trasladaba (siempre en auto) a donde, y cuando ellos lo decidían. Nadie me diga ingrato, pero era insoportable. Yo era un parche mal pegado en medio de aquel ajetreo de salseros y propagandas baratas.
Una mañana salí a recorrer Clichy, entré a una librería y compré un plano de París: busqué los principales sitios, confronté el recorrido del bus que paraba en mi esquina y de ahí en adelante, me valí por mi mismo. Comencé a andar la ciudad.
Cristo me llevó a un sitio de la calle Lappe llamado Havanita Café donde había un alegre mural hecho por el pintor cubano Trillo; me presentó al propietario –un francés que fumaba un sempiterno habano- y quedamos en que al día siguiente yo le llevaría varias obras. Como tenía la experiencia de Colombia –las obras hay que “caminarlas” – me contenté muchísimo con la perspectiva. En efecto, la tarde siguiente tomé un taxi en la calle de las caballerizas y me fui hasta Lappe con un enorme cartapacio lleno de cartulinas, acuarelas y grabados. El francés del tabaco tenía un grupo de consejeros. Aquellas personas bebían buenos licores instalados confortablemente, conversando y carcajeando en el devaneo más auténtico que pueda imaginarse: llegué hasta ellos, me presentaron, saqué las obras y se las fueron pasando con displicencia y nonchalance. Evidentemente, ni eran conocedores ni estaban al día del arte de la isla. Una señora se quejó de que eran muy oscuras, que no representaban a Cuba, etc. Cuando terminaron recogí las obras, les di las gracias y salí. Un cliente puede o no comprar –por supuesto que nadie está obligado- pero comprendí que nada de lo que yo traía estaba en la “frecuencia” de lo que esperaban ellos –palmeras, orichas, mulatas, bongoes, colores. Yo sabía que las obras no eran malas, pero ciertamente necesitaban un apoyo que ellas solas no podían darse. Lescay pinta en una especie de trance muy cercano a la concepción del universo de la Regla de Palo, de una sensibilidad cultural casi abstracta –pues no se trata de un practicante religioso .
Me molestó el sucedido, pero en definitiva, era una experiencia más. Más me molestó el precio de los taxis. Acostumbrado a los la isla, hallaba escandaloso cuánto costaba un taxi europeo. Otra experiencia. No la he olvidado, pues en lo sucesivo nunca más –ni entonces ni después- he vuelto a parar un auto de alquiler europeo. Para eso hay piernas o metro, o bus.
martes, 16 de octubre de 2012
A mediados del siglo XVIII se llevó a cabo una gran rebelión esclava en la zona de El Cobre, la cual terminó obteniendo la libertad para los esclavos del Rey. M jefe estaba encargado del Monumento al Cimarrón –que a mi modo de ver es, en la totalidad de su obra, la escultura que mejor lo representa-, y a principios de 1997, se hallaba modelándolo. Meses antes se habían fundido dos tarjas de gran talla que produjeron bastante buena fama y dinero, por lo que el taller se hallaba en una etapa de mucho trabajo. Una tarde me encontraba allá con mi jefe cuando, sin darle demasiada importancia propuso que me hiciese cargo de una exposición en París para agosto de ese año. ¡París! ¡El sueño de casi cualquier poeta del Tercer Mundo! ¿Cómo no iba a aceptar? Mi corazón dio un vuelco.
Por si acaso, no lo comenté en la oficina y pospuse el hacerlo a Javier. ¿Y si se malograba? Por otra parte, quería hacerla lo mejor posible: probablemente nunca más tendría esa oportunidad. ¡Exponer en París! Elegí dos artistas: Miguel Ángel Lobaina con unos hermosos grabados y Jorge Adrián Pruna con varias acuarelas de motivos vegetales.
La historia es que durante su paso por la Ciudad Luz, Lescay conversó con Ivonet, un productor que utilizaba un club de jazz , quien planeaba un “agosto cubano” durante el cual el local se ambientaría con la susodicha exposición. Ese club es una especie de templo internacional del jazz, con lo cual mi entusiasmo redobló. La encargada de conectar con París sería una inglesa que tenía en La Habana una oficina de producciones de espectáculos musicales. Solicité y me enviaron un croquis del sitio con medidas y poco a poco armé mi proyecto.
Los meses pasaban y se acercaba agosto. A principios de junio casi todo lo que me parecía necesario para el proyecto estaba listo. Sólo mucho después comprendí que no era así. A través del teléfono y el fax me mantenía en contacto con la inglesa de La Habana, portavoz del establecimiento para jazz. Al parecer todo estaba en orden.
En junio se declaró en Santiago una epidemia de dengue. Lo anoto porque la dirección política de la provincia prohibió terminantemente llamar a la epidemia por su nombre y advertir adecuadamente a la población. Recuerdo que un médico lo mencionó por radio y fue sancionado. Murieron algunos y enfermaron miles: una ciudad apestada es algo sobrecogedor.
Uno de los efectos del dengue es el descenso violento y súbito de las plaquetas. Alguien puede parecer normal ahora y agonizar dentro de cuatro horas. Eso ocurrió en Cuabitas, donde son frecuentes las personas mal alimentadas, los bebedores, la poca higiene y las otras mil dolencias que no matan pero debilitan el organismo. A medida que avanzaba junio, la gente enfermaba y eran hospitalizadas. Las calles se vaciaron y se hizo el silencio. Cuando enfermé yo –mi caso fue benigno-, los hospitalizados eran tantos que decidieron atenderme en mi casa. El Día de los Padres, a mediados de junio de 1997 –tradicional día de celebraciones hogareñas-, por mi calle no pasó nadie, ni se oyó una música.
El día siete de julio se inauguró la gran estatua del Cimarrón en la cúspide del Cerro del Cardenillo: el montaje, en una cima tan estrecha y empinada, fue una verdadera proeza de técnica y valor personal. Este no es sitio para hablar ella; solamente diré que al estreno vinieron ministros, dignatarios de la oficina parisina de la UNESCO, una nube de periodistas y gentualla del mundo cultural: todos treparon llenos de sudor y sorpresa por un agotador trillo abierto a toda prisa. Las silenciosas cumbres y el áspero paisaje hicieron que, a pesar de todo, resultara un acto lleno de recogimiento.
Por otro lado, las gestiones del abogado Rigual para rescatar el vehículo donado por el alemán avanzaban. Su éxito era no solamente previsible -¿que más que entregarlo podía hacer el Museo del Automóvil?- sino inminente.
En efecto, alrededor del día quince me presenté en el apartamento de la señora Josefa, como de costumbre. A la mañana siguiente fui al despacho de la británica, quien nada tenía para mi: acordamos mantenernos en contacto.
En la primera semana no sé cuántas veces la telefoneé. Nada. Sin embargo, mis papeles de viaje estaban ya listos. Cuando me entregaron el pasaporte, la visa y el permiso de salida, la busqué de nuevo. Inútil. En esos días se celebró en La Habana el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes: para cerrarlo, una popular orquesta ofreció un concierto masivo en el Malecón; se propiciaron no sé qué excesos de impudor y la orquesta fue castigada a dos años sin tocar en público. Lo refiero porque cada día que pasa, la tónica del espectáculo cubano se hace más y más informal. Lejos de decaer, aquella orquesta se convirtió en un icono y sus cantantes en estrellas: ahora me pregunto si el arranque pudibundo no ocultaría el interés de alguien por disolverla.
Los días transcurrían y estaba claro que el hombre de París había perdido interés. Yo no tenía acceso directo a su teléfono desde Cuba; o sea, que me era imposible contactarlo. Por ello una tarde conversé con el jefe económico de la Fundación –que entonces era el moro Arafet - y le expliqué ampliamente la situación: me pidió veinticuatro horas más de paciencia. Al día siguiente llamó para decirme que se había decidido comprar mi billete de ida y vuelta a París. A los dos días, ya tenía el cheque y partí a las once de la noche del 4 de agosto de 1997.
Al medio día del 5 aterrizamos en la Ciudad Luz. Como se estaba haciendo una costumbre, nadie me esperaba. Por lo menos sabía que Cristóbal Ivonet es negro. Pero no había negro alguno esperándome. Los que llegaron junto conmigo partieron y yo quedé solo en aquella sortie de passagers del tamaño de una sabana, como Gigi con su maleta. Durante el vuelo conocí a un colombiano de apellido Rosales el cual, supuestamente, volaría cuatro días más tarde a casa de su hermana en San Petersburgo. Rosales tampoco conocía París, pero como le aseguré que alguien vendría a recogerme, determinó esperar el aventón y acompañarme.
Viajar solo a cualquier sitio, llegar y arreglármelas solo parece ser mi sino. Como el último día en La Habana la inglesa me dio los números telefónicos de Cristóbal, comencé a llamarlo. Nunca había sentido tanto miedo: el miedo del guajiro, claro. Imagino que ello nada será al lado del que sienten los emigrantes. Pero yo era yo: en definitiva, todos veníamos del Tercer Mundo y no conocíamos la tierra a la que arribábamos. Ciertamente, en Orly hay una estación del metro, pero ¿a dónde ir?: y hacia Cuba no partía avión hasta dos días después, así que volver, ahora, era imposible. No se podía ni yo quería hacerlo. Aguantar era la palabra de orden. Y aguanté.
Cada veinte minutos llamaba a Cristóbal. Todo el mundo lo llamaba Cristo, o sea, que mis llamadas me parecían jaculatorias. Logré hablar con él, me identifiqué, le dije que lo esperaba en Orly, respondió algo que no entendí y me prometió recogerme cuanto antes. Me volvió el alma al cuerpo.
Comenzó a llover, escampó, llovió otra vez, volvió a escampar: así pasó la tarde. Llegaron las seis y media, y Cristóbal también. Junto con un muchacho español -¿lo llamamos Ignacio?-. Como ya he dicho, nuestra capacidad de olvido es infinita: todo fueron sonrisas, monté en su auto con mi flamante compañero de viaje colombiano y partimos. Lo dejamos en el hotel que dijo tener ya reservado. Jamás lo he vuelto a ver. Para mi que tenía algo que ver con drogas.
Ya caía la noche y las calles estaban llenas de personas y autos. De pronto nos detuvimos y Cristo llamó a un sujeto. ¡Rubén! ¡Rubén! Rubén se acercó al auto, Cristóbal me presentó y le pidió que me dejara dormir en su apartamento hasta que encontrase (?!!) un hotel para mi. Evidentemente, el tal Rubén era de toda confianza de Cristóbal, pues sin pensarlo dos veces sacó la llave y me la dio. Ya tenía alojamiento. Me sentí casi parisino.
Luego fuimos a tomar una increíble sopa china con verduras, carne y spaghetti de arroz. De ahí a casita. A Clichy, fuera del perímetro de la ciudad, hacia el norte-noroeste. En realidad esta banlieue sigue el tejido urbano de la gran ciudad –prácticamente no hay interrupción visible-, pero como los franceses aman tanto la exactitud, decretaron que del otro lado de la Grande Ceinture (autopista que bordea París) ya se está fuera de la metrópoli. Y todo queda claro. Cristo e Ignacio me acompañaron a Rue Curton número 12, segundo piso: me enseñaron a teclear las contraseñas en la tableta de serguridad y abrir las puertas, subieron mi equipaje, me animaron a preparar café y conversamos un rato. Rubén telefoneó al portable del negro –advirtió que llegaría tarde, que nadie lo esperara- y al rato me dejaron solo. Así me apoderé de la cama y el baño. Y no por tres días, como había dicho Cristo, sino por un mes.
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