martes, 16 de octubre de 2012
A mediados del siglo XVIII se llevó a cabo una gran rebelión esclava en la zona de El Cobre, la cual terminó obteniendo la libertad para los esclavos del Rey. M jefe estaba encargado del Monumento al Cimarrón –que a mi modo de ver es, en la totalidad de su obra, la escultura que mejor lo representa-, y a principios de 1997, se hallaba modelándolo. Meses antes se habían fundido dos tarjas de gran talla que produjeron bastante buena fama y dinero, por lo que el taller se hallaba en una etapa de mucho trabajo. Una tarde me encontraba allá con mi jefe cuando, sin darle demasiada importancia propuso que me hiciese cargo de una exposición en París para agosto de ese año. ¡París! ¡El sueño de casi cualquier poeta del Tercer Mundo! ¿Cómo no iba a aceptar? Mi corazón dio un vuelco.
Por si acaso, no lo comenté en la oficina y pospuse el hacerlo a Javier. ¿Y si se malograba? Por otra parte, quería hacerla lo mejor posible: probablemente nunca más tendría esa oportunidad. ¡Exponer en París! Elegí dos artistas: Miguel Ángel Lobaina con unos hermosos grabados y Jorge Adrián Pruna con varias acuarelas de motivos vegetales.
La historia es que durante su paso por la Ciudad Luz, Lescay conversó con Ivonet, un productor que utilizaba un club de jazz , quien planeaba un “agosto cubano” durante el cual el local se ambientaría con la susodicha exposición. Ese club es una especie de templo internacional del jazz, con lo cual mi entusiasmo redobló. La encargada de conectar con París sería una inglesa que tenía en La Habana una oficina de producciones de espectáculos musicales. Solicité y me enviaron un croquis del sitio con medidas y poco a poco armé mi proyecto.
Los meses pasaban y se acercaba agosto. A principios de junio casi todo lo que me parecía necesario para el proyecto estaba listo. Sólo mucho después comprendí que no era así. A través del teléfono y el fax me mantenía en contacto con la inglesa de La Habana, portavoz del establecimiento para jazz. Al parecer todo estaba en orden.
En junio se declaró en Santiago una epidemia de dengue. Lo anoto porque la dirección política de la provincia prohibió terminantemente llamar a la epidemia por su nombre y advertir adecuadamente a la población. Recuerdo que un médico lo mencionó por radio y fue sancionado. Murieron algunos y enfermaron miles: una ciudad apestada es algo sobrecogedor.
Uno de los efectos del dengue es el descenso violento y súbito de las plaquetas. Alguien puede parecer normal ahora y agonizar dentro de cuatro horas. Eso ocurrió en Cuabitas, donde son frecuentes las personas mal alimentadas, los bebedores, la poca higiene y las otras mil dolencias que no matan pero debilitan el organismo. A medida que avanzaba junio, la gente enfermaba y eran hospitalizadas. Las calles se vaciaron y se hizo el silencio. Cuando enfermé yo –mi caso fue benigno-, los hospitalizados eran tantos que decidieron atenderme en mi casa. El Día de los Padres, a mediados de junio de 1997 –tradicional día de celebraciones hogareñas-, por mi calle no pasó nadie, ni se oyó una música.
El día siete de julio se inauguró la gran estatua del Cimarrón en la cúspide del Cerro del Cardenillo: el montaje, en una cima tan estrecha y empinada, fue una verdadera proeza de técnica y valor personal. Este no es sitio para hablar ella; solamente diré que al estreno vinieron ministros, dignatarios de la oficina parisina de la UNESCO, una nube de periodistas y gentualla del mundo cultural: todos treparon llenos de sudor y sorpresa por un agotador trillo abierto a toda prisa. Las silenciosas cumbres y el áspero paisaje hicieron que, a pesar de todo, resultara un acto lleno de recogimiento.
Por otro lado, las gestiones del abogado Rigual para rescatar el vehículo donado por el alemán avanzaban. Su éxito era no solamente previsible -¿que más que entregarlo podía hacer el Museo del Automóvil?- sino inminente.
En efecto, alrededor del día quince me presenté en el apartamento de la señora Josefa, como de costumbre. A la mañana siguiente fui al despacho de la británica, quien nada tenía para mi: acordamos mantenernos en contacto.
En la primera semana no sé cuántas veces la telefoneé. Nada. Sin embargo, mis papeles de viaje estaban ya listos. Cuando me entregaron el pasaporte, la visa y el permiso de salida, la busqué de nuevo. Inútil. En esos días se celebró en La Habana el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes: para cerrarlo, una popular orquesta ofreció un concierto masivo en el Malecón; se propiciaron no sé qué excesos de impudor y la orquesta fue castigada a dos años sin tocar en público. Lo refiero porque cada día que pasa, la tónica del espectáculo cubano se hace más y más informal. Lejos de decaer, aquella orquesta se convirtió en un icono y sus cantantes en estrellas: ahora me pregunto si el arranque pudibundo no ocultaría el interés de alguien por disolverla.
Los días transcurrían y estaba claro que el hombre de París había perdido interés. Yo no tenía acceso directo a su teléfono desde Cuba; o sea, que me era imposible contactarlo. Por ello una tarde conversé con el jefe económico de la Fundación –que entonces era el moro Arafet - y le expliqué ampliamente la situación: me pidió veinticuatro horas más de paciencia. Al día siguiente llamó para decirme que se había decidido comprar mi billete de ida y vuelta a París. A los dos días, ya tenía el cheque y partí a las once de la noche del 4 de agosto de 1997.
Al medio día del 5 aterrizamos en la Ciudad Luz. Como se estaba haciendo una costumbre, nadie me esperaba. Por lo menos sabía que Cristóbal Ivonet es negro. Pero no había negro alguno esperándome. Los que llegaron junto conmigo partieron y yo quedé solo en aquella sortie de passagers del tamaño de una sabana, como Gigi con su maleta. Durante el vuelo conocí a un colombiano de apellido Rosales el cual, supuestamente, volaría cuatro días más tarde a casa de su hermana en San Petersburgo. Rosales tampoco conocía París, pero como le aseguré que alguien vendría a recogerme, determinó esperar el aventón y acompañarme.
Viajar solo a cualquier sitio, llegar y arreglármelas solo parece ser mi sino. Como el último día en La Habana la inglesa me dio los números telefónicos de Cristóbal, comencé a llamarlo. Nunca había sentido tanto miedo: el miedo del guajiro, claro. Imagino que ello nada será al lado del que sienten los emigrantes. Pero yo era yo: en definitiva, todos veníamos del Tercer Mundo y no conocíamos la tierra a la que arribábamos. Ciertamente, en Orly hay una estación del metro, pero ¿a dónde ir?: y hacia Cuba no partía avión hasta dos días después, así que volver, ahora, era imposible. No se podía ni yo quería hacerlo. Aguantar era la palabra de orden. Y aguanté.
Cada veinte minutos llamaba a Cristóbal. Todo el mundo lo llamaba Cristo, o sea, que mis llamadas me parecían jaculatorias. Logré hablar con él, me identifiqué, le dije que lo esperaba en Orly, respondió algo que no entendí y me prometió recogerme cuanto antes. Me volvió el alma al cuerpo.
Comenzó a llover, escampó, llovió otra vez, volvió a escampar: así pasó la tarde. Llegaron las seis y media, y Cristóbal también. Junto con un muchacho español -¿lo llamamos Ignacio?-. Como ya he dicho, nuestra capacidad de olvido es infinita: todo fueron sonrisas, monté en su auto con mi flamante compañero de viaje colombiano y partimos. Lo dejamos en el hotel que dijo tener ya reservado. Jamás lo he vuelto a ver. Para mi que tenía algo que ver con drogas.
Ya caía la noche y las calles estaban llenas de personas y autos. De pronto nos detuvimos y Cristo llamó a un sujeto. ¡Rubén! ¡Rubén! Rubén se acercó al auto, Cristóbal me presentó y le pidió que me dejara dormir en su apartamento hasta que encontrase (?!!) un hotel para mi. Evidentemente, el tal Rubén era de toda confianza de Cristóbal, pues sin pensarlo dos veces sacó la llave y me la dio. Ya tenía alojamiento. Me sentí casi parisino.
Luego fuimos a tomar una increíble sopa china con verduras, carne y spaghetti de arroz. De ahí a casita. A Clichy, fuera del perímetro de la ciudad, hacia el norte-noroeste. En realidad esta banlieue sigue el tejido urbano de la gran ciudad –prácticamente no hay interrupción visible-, pero como los franceses aman tanto la exactitud, decretaron que del otro lado de la Grande Ceinture (autopista que bordea París) ya se está fuera de la metrópoli. Y todo queda claro. Cristo e Ignacio me acompañaron a Rue Curton número 12, segundo piso: me enseñaron a teclear las contraseñas en la tableta de serguridad y abrir las puertas, subieron mi equipaje, me animaron a preparar café y conversamos un rato. Rubén telefoneó al portable del negro –advirtió que llegaría tarde, que nadie lo esperara- y al rato me dejaron solo. Así me apoderé de la cama y el baño. Y no por tres días, como había dicho Cristo, sino por un mes.
jueves, 11 de octubre de 2012
Ya estábamos en 1997. Durante verano había conocido a Radamés Loyola, un uruguayo residente en Ginebra, ex tupamaro amigo de Lescay. Otro personaje cuya incidencia en mi vida nadie pudo prever. Radamés es pintor y anti cristiano. Ciertamente, todo lo que pinta es contrario a la religión. Estuvo casado con la actriz Montse Duany y ahora lo estaba con una chica muy agradable, negra y abogada.
Creo que fue junio porque funcionaba la Feria del Caribe, y Rada –con su experiencia de antiguo clandestino- burlaba la vigilancia policial para entrar y subir a nuestro stand cada vez que le daba la gana. Dormía encima de una mesa del estudio de Lescay y se alimentaba solamente de mangos: recién llegado a Santiago compró un saco que le costó cuarenta pesos cubanos. Tenía el firme propósito de ir a Baracoa. Me pidió que escribiera dos cartas, una para el arzobispo Meurice y otra para el cura de la Ciudad Primada, Valentín Sanz –magnífico fotógrafo-: quería donarles arte anticristiano. Accedí a ello a cambio de un rosario nuevo (el uruguayo tenía varios). Al regreso a La Habana pasó por Santiago. Creo que siguió en Cuba varias semanas, porque mi próximo recuerdo lo sitúa en un apartamento de la calle 25 del Vedado.
Había llegado recién un matrimonio suizo amigo suyo y nos invitaron a cenar esa noche: querían conocer una paladar. Fuimos a una de la calle L, frente al Hotel Habana Libre, reducida y con las mesas muy próximas. La comida fue excelente. La suiza era una señora muy pulida y díscola, y él un ex arquitecto. En otra mesa había un joven mulato de sonrisa brillante que acompañaba a un gay español. La suiza no dejaba de mirarlo y en una ocasión le pasó un salero. Años después utilicé la escena para escribir un cuento. Al día siguiente regresé a Santiago: el matrimonio prometió visitar mi ciudad y contactarme para que le sirviera como una especie de cicerone. De regreso en Santiago llamé a una amiga que alquilaba habitaciones para extranjeros y el día señalado subí al aeropuerto a recogerlos. Los llevé a hospedarse —en realidad se trataba de un pequeño apartamento, no una pieza strictu sensu. Él fumaba sólo cigarrillos Camel y ella, además, bebía copiosamente. Dejaron sus cosas y nos lanzamos a la ciudad.
Era casi medio día. Los llevé a La Isabelica –donde protestaron porque hallaban muy caro el precio de la taza de café e injusto que los cubanos pagaran en pesos y ellos en dólares: hubieran preferido la moneda cubana. Comprendí que eran personas difíciles a las que no interesaba nuestra enrevesada realidad. A la noche cenamos langosta en otra paladar. También les resultó cara. Después de la comida se produjo una escena callejera donde ella lloró y bramó a la noche que detestaba a Santiago de Cuba. a la explanada de Ferreiro llena de jovencitos, motores y música tecno - y deseaba regresar a La Habana cuanto antes. Confieso que me aturdió el estallido. Desaparecí y no los volví a ver: sé que consiguieron un vuelo de regreso para la mañana siguiente.
Semanas más tarde Radamés regresó a Ginebra con su esposa cubana, más entusiasmado y feliz que nunca.
A principios del ’97 había recibido una carta de Suzanne Chautrière, de Ginebra, donde más o menos me decía que había sabido de nosotros por Radamés Loyola. Ella era directora artística de la sociedad Arc-en-ciel, y le interesaba organizar en su ciudad un festival cubano. Peguntaba asimismo si me interesaba participar en el proyecto y daba sus coordenadas. En mi mejor francés le contesté que claro que sí. En aquel tiempo ella no tenía correo electrónico y nosotros sí; me di cuenta de que, a pesar de estar en un “oscuro rincón del mundo”, Caguayo se mantenía bastante al día de todo. Así, estuvimos intercambiando faxes en un francés casi raciniano hasta que a los pocos meses me anunció que debía suspender su proyecto sin fecha debido a problemas personales. Vista su discreción, no averigüé más: le respondí que seguiría dispuesto en el momento en que fuera posible, etcétera. Entonces mi optimismo no conocía valladares.
Por esa época Caguayo ocupaba casi todo mi tiempo. En el estudio de Lescay no había espacio para conversar en privado, cosa que constantemente era necesario hacer. Además, él insistió en celebrar nuestros Consejos de Dirección (y los de Caguayo S.A.) en los talleres de El Caguayo pues realmente en las escrituras constaba que nuestra sede quedaba allá. Era más que todo un capricho, ya que no es indispensable que se lleven a cabo en la sede legal, pero tampoco costaba nada complacerlo. Mi verdadera labor como Secretario era tomar las actas: al principio lo hice con el exceso de fidelidad del principiante, luego me limité a escribir los acuerdos hasta que alguien reclamó y regresé a mi abrumador detallismo; digo abrumador porque en aquellas reuniones participaban muchos invitados que hablaban cualquier cosa, y de todo había que dar fe.
No sólo para los Consejos había que subir al taller: era interés de la dirección de Caguayo el que nos compenetrásemos con el lugar. El edificio forma un eje que va de sur a norte y queda detrás de las montañas que circundan la ciudad: Santiago está enclavado al sur. Alrededor de dos kilómetros afuera de la Autopista Nacional: el camino de entrada comienza cruzando la vía frente al sanatorio del sida. De ahí a Santiago son veinte kilómetros. En total, veintidós. Unos veinte minutos de viaje en auto.
El terreno donde está la fundición es llano: el llamado Valle del Cauto, varios metros más alto que la urbe heroica. Eso determina un clima más fresco donde sopla viento y llueve con frecuencia. Para ir y volver hay que poseer vehículo o depender de los del taller; o sea, que uno allá se siente como preso. Ni ese detalle, ni el hecho de levantarse lejos de la carretera me inclinaron hacia el taller enclavado en el campo: soy un bicho de ciudad.
Como hubiese dicho Pío Baroja: el mundo es ansí.
lunes, 8 de octubre de 2012
Debido a mi trabajo, debía viajar a La Habana frecuentemente, pero entonces Caguayo no tenía contrato con ningún hotel: los hoteles de lujo eran sólo para extranjeros y además, caros. Los demás, o habían cerrado o siempre estaban llenos. Era tiempo perdido andar de hotel en hotel buscando una mínima pieza. La forma de resolver era hospedarnos en casa de una señora mayor llamada Josefa que nos cobraba barato porque era amiga de Lescay; en realidad el amigo era el marido de la dama
Era un buen apartamento, casi detrás de 3ra y F, el edificio de becados donde viví en mi etapa universitaria. A veces la habitación estaba ocupada y no había otra cama: recuerdo que una noche dormí sobre una suerte de diván en forma de riñón. Al día siguiente me sentí tullido. Pero por lo general era un sitio acogedor.
Una noche del calurosísimo otoño del ’96 recibí la llamada de Marcelo Sepúlveda –mi amigo chileno. Pasó varios años acá, después del Golpe. Vivió su adolescencia en Nueva York y se graduó de escenógrafo en la NYSU –eso relataba él. Nació en Santiago de Chile y el 11 de septiembre de 1973 trabajaba en el Teatro Municipal, cerca de La Moneda. Pertenecía a un grupo teatral muy allendista, por lo que tuvo que esconderse en el sótano hasta que pudo salir al exilio. Fue a Panamá, a Méwxicoxico; de ahí a La Habana y después a Santiago de Cuba. En mi ciudad llevaba una vida bastante enloquecida durmiendo poco, y con un asma agravada por la humedad caribeña. Los sábados subía a cenar a Cuabitas y no era mal sujeto –hasta estuvo estudiando Historia en la universidad de aquí, aunque no llegó a graduarse: discutíamos muchísimo sobre Historia y Política – yo era un descreído. Por fin, los que gobernaban Chile decidieron dejar regresar al país a una serie de partidarios de la Unidad Popular –entre los que se encontraba mi amigo. Y regresó a su patria. Fue en el ’84. Nos escribíamos esporádicamente (me indignó que al comienzo del Período Especial me tratara de exagerado cuando le describí las miserias del momento): luego no supe más de él. Era que su padre había fallecido y le tocó una mediana herencia (son dos hermanos y una hembra). Ahora que había regresado de vacaciones, me buscó y me encontró. Ya Marcelo no tenía panza (se hizo una liposucción) ni era calvo (llevaba un implante de cabello con el cual hasta podía practicar clavado); en suma, su muy citadino aspecto general había rejuvenecido: imagino que quedaba bien en sus caros ambientes nocturnos. Me alegró mucho conversar con él y verlo. Esa noche visitamos a Julio Acanda y conocimos a Vadim el hijo de una pintora famosa, que en aquella época era un chico muy loco al que –relataba él- durante toda su niñez la mamá lo obligó a ir hasta cualquier hora a casi dondequiera que los niños se aburren. Claro que ello es muy preferible a la soledad; recuerdo que mi padre me hacía participar en casi todas sus juntas de negocio donde yo permanecía religiosamente callado para después en privado criticar ferozmente a Fulano o Mengano por hablar tanta basura ¿Y por qué no lo dijiste?, me respondía él. Sí, sería una gracia, pero nunca más me llevarías a otra junta. Tomé muy bien la lección del nacimiento navideño con las Cataratas del Niágara, remember?- En definitiva la madre de Vadim es una artista, no un ama de casa, e hizo lo mejor que pudo.
Pues nada, ese era Marcelo. Después de 2003 supe que, en Santiago de Chile- sus ahogos empeoraron y en uno de ellos falleció allá por 2009.
Era un buen apartamento, casi detrás de 3ra y F, el edificio de becados donde viví en mi etapa universitaria. A veces la habitación estaba ocupada y no había otra cama: recuerdo que una noche dormí sobre una suerte de diván en forma de riñón. Al día siguiente me sentí tullido. Pero por lo general era un sitio acogedor.
Una noche del calurosísimo otoño del ’96 recibí la llamada de Marcelo Sepúlveda –mi amigo chileno. Pasó varios años acá, después del Golpe. Vivió su adolescencia en Nueva York y se graduó de escenógrafo en la NYSU –eso relataba él. Nació en Santiago de Chile y el 11 de septiembre de 1973 trabajaba en el Teatro Municipal, cerca de La Moneda. Pertenecía a un grupo teatral muy allendista, por lo que tuvo que esconderse en el sótano hasta que pudo salir al exilio. Fue a Panamá, a Méwxicoxico; de ahí a La Habana y después a Santiago de Cuba. En mi ciudad llevaba una vida bastante enloquecida durmiendo poco, y con un asma agravada por la humedad caribeña. Los sábados subía a cenar a Cuabitas y no era mal sujeto –hasta estuvo estudiando Historia en la universidad de aquí, aunque no llegó a graduarse: discutíamos muchísimo sobre Historia y Política – yo era un descreído. Por fin, los que gobernaban Chile decidieron dejar regresar al país a una serie de partidarios de la Unidad Popular –entre los que se encontraba mi amigo. Y regresó a su patria. Fue en el ’84. Nos escribíamos esporádicamente (me indignó que al comienzo del Período Especial me tratara de exagerado cuando le describí las miserias del momento): luego no supe más de él. Era que su padre había fallecido y le tocó una mediana herencia (son dos hermanos y una hembra). Ahora que había regresado de vacaciones, me buscó y me encontró. Ya Marcelo no tenía panza (se hizo una liposucción) ni era calvo (llevaba un implante de cabello con el cual hasta podía practicar clavado); en suma, su muy citadino aspecto general había rejuvenecido: imagino que quedaba bien en sus caros ambientes nocturnos. Me alegró mucho conversar con él y verlo. Esa noche visitamos a Julio Acanda y conocimos a Vadim el hijo de una pintora famosa, que en aquella época era un chico muy loco al que –relataba él- durante toda su niñez la mamá lo obligó a ir hasta cualquier hora a casi dondequiera que los niños se aburren. Claro que ello es muy preferible a la soledad; recuerdo que mi padre me hacía participar en casi todas sus juntas de negocio donde yo permanecía religiosamente callado para después en privado criticar ferozmente a Fulano o Mengano por hablar tanta basura ¿Y por qué no lo dijiste?, me respondía él. Sí, sería una gracia, pero nunca más me llevarías a otra junta. Tomé muy bien la lección del nacimiento navideño con las Cataratas del Niágara, remember?- En definitiva la madre de Vadim es una artista, no un ama de casa, e hizo lo mejor que pudo.
Pues nada, ese era Marcelo. Después de 2003 supe que, en Santiago de Chile- sus ahogos empeoraron y en uno de ellos falleció allá por 2009.
viernes, 5 de octubre de 2012
Desde 1992 ó 93, cuando el Período Especial arreció, me di cuenta de que era imposible mantener una casa donde la única persona activa era yo.
La vejez de mi madre, la anormalidad de Virginia y el estado en que quedó Bebé después de su recuperación les impedía hacer colas, lavar, cocinar, limpiar, cargar cosas: yo lo hacía todo. Por eso tuve que pedirle a Bebé que regresara junto a su familia –en realidad la casa donde nació existía y conservaba allí una habitación. Aquello me afectó mucho porque es injusto que alguien que había hecho tanto por nosotros –y por mi en especial- a través de los años fuera obligada a regresar a donde nunca le gustó estar, ya en la ancianidad, y con dificultades para andar-. Pero no tenía opción. La visitaba a diario, también le llevaba todos los meses los alimentos que le correspondían por el racionamiento , y mi madre iba cada vez que podía –casi siempre el domingo. Su casa y la nuestra no quedan distantes. Hoy, al cabo de más tiempo,, sigo reprochándomelo aunque tampoco he hallado otra posible solución. Por eso creo que es peligroso hacer por otro algo que ese otro no pueda corresponder. En esas deudas “impagables” ¿no resulta el uno como rebajado, y el otro listo para la decepción? La vida es imprevisible y a veces nos impide actuar como debiéramos. Si alguna vez Bebé se sintió decepcionada de mí y de mi madre: ¿le faltó razón?
A fines de 1995 hacía más de un año que mi madre no existía y mi hermana estaba en el asilo; sin embargo con Bebé nada había cambiado. Seguía siendo prácticamente una inválida, sólo dejaba el lecho para hacer sus necesidades o sentarse durante un rato en un balance. Además, la senilidad se había apoderado de su mente. Yo seguía visitándola sobre las siete o siete y media de la noche.
La anciana perdía su mente por días. Empezó a tener alucinaciones en las que yo me presentaba: cruzaba un parque y conversaba con ella. Bebé lo comentaba como si fuese algo real. Imagino que otros han pasado por lo mismo y de seguro saben cómo se siente uno: la persona que alucina nunca fue de esa manera -todo lo contrario- y ahora sí, irreversiblemente.
Sus últimos días deben de haber sido muy tristes. O quizá el juicio ausente se lo ahorró. Alguien tan activo y paciente merecía mejor fin.
Hacia el verano del ’96 falleció y está sepultada en Cementerio de Santa Ifigenia, en el panteón de la familia Henríquez Lauranzón (el ingeniero Eduardo Henríquez, hermano de padre Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña, fue un vecino nuestro muy querido).
La mañana que enterraron a Bebé llegué tarde al trabajo. Nadie me preguntó qué había ocurrido.
Generalmente trabajaba hasta las cuatro o cuatro y media de la tarde. Vista Alegre no es un barrio desagradable. Alejado de mi casa sí está –entonces Caguayo no tenía autos como después-, pero sus residencias espaciosas, sus jardines y sus calles lo embellecen: de hecho está concebido como una ciudad jardín de principios del siglo XX. La Avenida de Manduley lo divide en dos: hacia el final de la misma, cerca de calle 17, trabajábamos nosotros, en una vivienda antigua de cuando empezó el reparto.
Dos o tres casas más allá del estudio de Lescay, donde funcionaba Caguayo, había visitado durante mi infancia a los desquirones: después de vender la casona de San Jerónimo 8, se mudaron al barrio chic. Mi tío abuelo Pimpín me enseñó unas revistas muy antiguas: en una de ellas aparecía el retrato de un antepasado nuestro, de perfil (años después, cuando mi pariente Robert Gardère-Desquiron me obsequió las memorias de Michel Desquiron, reconocí la efigie entre los documentos gráficos). Terminaba alrededor de las cuatro de la tarde y bajaba a beber café con Frank y Abelardo. Todavía éramos muy cercanos. Frank o Abelardo –o ambos- me acompañaba luego hasta la parada de la ruta 16, la de regresar a casa.
Mi prima Xiomara vivía conmigo: sus hijos iban y venían. Recuerdo que entonces Xiomarita no sabía cocinar: sus comidas eran desabridas. Una vez le pregunté por qué preparaba así los alimentos y me respondió que a sus hijos no les gustaba el ajo ni ninguna especia. Era que no las conocían, pues en cuanto les dio comida condimentada la hallaron suculenta. Más tarde aprendió a cocinar y es muy buena. Su hija Elsita también.
En fin. Yo nunca había hecho el papel de pater familias ni nada por el estilo. Pero aquellas mujeres podían más que yo. Hasta que un día –sin más allá ni más acá- Xiomarita lió sus bártulos y regresó a su casa, aunque no medió entre nosotros la menor discusión y se ha convertido hasta hoy en mi mejor cuidadora y colaboradora.
La vejez de mi madre, la anormalidad de Virginia y el estado en que quedó Bebé después de su recuperación les impedía hacer colas, lavar, cocinar, limpiar, cargar cosas: yo lo hacía todo. Por eso tuve que pedirle a Bebé que regresara junto a su familia –en realidad la casa donde nació existía y conservaba allí una habitación. Aquello me afectó mucho porque es injusto que alguien que había hecho tanto por nosotros –y por mi en especial- a través de los años fuera obligada a regresar a donde nunca le gustó estar, ya en la ancianidad, y con dificultades para andar-. Pero no tenía opción. La visitaba a diario, también le llevaba todos los meses los alimentos que le correspondían por el racionamiento , y mi madre iba cada vez que podía –casi siempre el domingo. Su casa y la nuestra no quedan distantes. Hoy, al cabo de más tiempo,, sigo reprochándomelo aunque tampoco he hallado otra posible solución. Por eso creo que es peligroso hacer por otro algo que ese otro no pueda corresponder. En esas deudas “impagables” ¿no resulta el uno como rebajado, y el otro listo para la decepción? La vida es imprevisible y a veces nos impide actuar como debiéramos. Si alguna vez Bebé se sintió decepcionada de mí y de mi madre: ¿le faltó razón?
A fines de 1995 hacía más de un año que mi madre no existía y mi hermana estaba en el asilo; sin embargo con Bebé nada había cambiado. Seguía siendo prácticamente una inválida, sólo dejaba el lecho para hacer sus necesidades o sentarse durante un rato en un balance. Además, la senilidad se había apoderado de su mente. Yo seguía visitándola sobre las siete o siete y media de la noche.
La anciana perdía su mente por días. Empezó a tener alucinaciones en las que yo me presentaba: cruzaba un parque y conversaba con ella. Bebé lo comentaba como si fuese algo real. Imagino que otros han pasado por lo mismo y de seguro saben cómo se siente uno: la persona que alucina nunca fue de esa manera -todo lo contrario- y ahora sí, irreversiblemente.
Sus últimos días deben de haber sido muy tristes. O quizá el juicio ausente se lo ahorró. Alguien tan activo y paciente merecía mejor fin.
Hacia el verano del ’96 falleció y está sepultada en Cementerio de Santa Ifigenia, en el panteón de la familia Henríquez Lauranzón (el ingeniero Eduardo Henríquez, hermano de padre Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña, fue un vecino nuestro muy querido).
La mañana que enterraron a Bebé llegué tarde al trabajo. Nadie me preguntó qué había ocurrido.
Generalmente trabajaba hasta las cuatro o cuatro y media de la tarde. Vista Alegre no es un barrio desagradable. Alejado de mi casa sí está –entonces Caguayo no tenía autos como después-, pero sus residencias espaciosas, sus jardines y sus calles lo embellecen: de hecho está concebido como una ciudad jardín de principios del siglo XX. La Avenida de Manduley lo divide en dos: hacia el final de la misma, cerca de calle 17, trabajábamos nosotros, en una vivienda antigua de cuando empezó el reparto.
Dos o tres casas más allá del estudio de Lescay, donde funcionaba Caguayo, había visitado durante mi infancia a los desquirones: después de vender la casona de San Jerónimo 8, se mudaron al barrio chic. Mi tío abuelo Pimpín me enseñó unas revistas muy antiguas: en una de ellas aparecía el retrato de un antepasado nuestro, de perfil (años después, cuando mi pariente Robert Gardère-Desquiron me obsequió las memorias de Michel Desquiron, reconocí la efigie entre los documentos gráficos). Terminaba alrededor de las cuatro de la tarde y bajaba a beber café con Frank y Abelardo. Todavía éramos muy cercanos. Frank o Abelardo –o ambos- me acompañaba luego hasta la parada de la ruta 16, la de regresar a casa.
Mi prima Xiomara vivía conmigo: sus hijos iban y venían. Recuerdo que entonces Xiomarita no sabía cocinar: sus comidas eran desabridas. Una vez le pregunté por qué preparaba así los alimentos y me respondió que a sus hijos no les gustaba el ajo ni ninguna especia. Era que no las conocían, pues en cuanto les dio comida condimentada la hallaron suculenta. Más tarde aprendió a cocinar y es muy buena. Su hija Elsita también.
En fin. Yo nunca había hecho el papel de pater familias ni nada por el estilo. Pero aquellas mujeres podían más que yo. Hasta que un día –sin más allá ni más acá- Xiomarita lió sus bártulos y regresó a su casa, aunque no medió entre nosotros la menor discusión y se ha convertido hasta hoy en mi mejor cuidadora y colaboradora.
jueves, 4 de octubre de 2012
Dicen los chinos que un viaje de cien mil li comienza por un paso: yo lo creo también:
En los primeros años al Estado no le interesaban para nada las decisiones de Caguayo; existía un compromiso institucional por parte del Ministerio de Cultura, de representar a Caguayo ante el Gobierno. Y lo cumplió. Pero para nada intervenía. Después fue diferente. Cuando Caguayo S.A. comenzó a ser solvente y tener una economía más o menos interesante, el Ministerio de Cultura comenzó a pedir informes económicos mensuales. Mas tarde, a auditarnos esporádicamente, hasta 2005 cuando exigió que se le trasladara una cantidad de acciones –en realidad no sé cuántas-. Pero me estoy adelantando a mi relato.
Sin embargo, con la Fundación como tal nunca se han metido. También sucede que, hasta el día de hoy, en Cuba no existe una Ley de Fundaciones que rija qué se puede hacer y qué no. No comercializar es, más que todo, una supuesta práctica internacional, pues las fundaciones administran un fondo preexistente. Hasta ahora no ha existido la voluntad ni la justificación. No creo que lo hagan, pues las fundaciones pueden hacer cosas y tener acceso a sitios a donde que un Ministerio de cualquier país no tienen acceso.
De todas maneras, desde muy temprano se evidenció que Caguayo S.A. estaba fuera del diseño general de la sociedad: era cubana, con el 100% de capital nacional, pero no estatal. Y la fundación, lo mismo. No se beneficiaba de las ventajas que las empresas mixtas tienen en cuanto a controles, pero tampoco de las protecciones estatales. Incluso, hay una serie de proveedores que no le venden a la fundación pues se supone que ellos existen para abastecer a empresas estatales o mixtas, y, no siendo Caguayo, fundación estatal o mixta, sino una organización no gubernamental (ONG) simplemente se abstienen.
Para mi relato resultaría mejor que no fuera de ese modo, ya que me evitaría ocuparme demasiado por hechos que la mayor parte de las veces no puedo asegurar, pero por suerte, esto no es un libro de Historia.
El hecho de quedar a mil kilómetros de la Capital nos hizo poco visibles. Mantenernos al margen del trajín “culturero”, de cierto modo nos benefició. Sin embargo, la intelectualidad de mi ciudad –recelosa de todo lo nuevo- miró la fundación con una mezcla de escepticismo, suspicacia, ignorancia y envidia. Al principio, cuando Caguayo no tenía donde caerse muerto, me dijeron loco, insensato, comemierda: ¡Te vas a morir de hambre!¡No te metas en eso! Pero después, cuando empezó a prosperar, unos pasaron a sospechar, otros a criticar al mismo Lescay —quien nunca fue muy popular entre los artistas “del patio”, casi seguro por su talento y su éxito.
Como tantas veces, los intelectuales locales fueron torpes al no apoyar con la energía necesaria a una entidad cultural nacional basada en Santiago. En sus inicios, la Fundación tenía posibilidades reales de incidir profundamente en la provincia. Por supuesto que hacia el año 2000, cuando estaban seguros de no podían recibir daño de ella, sino todo lo contrario, su actitud cambió por completo.
El surgimiento de Caguayo estuvo marcado por la controversia: cuando se erigió la Plaza Antonio Maceo, el equipo de artistas que la hizo –dirigidos por Lescay- se vio imposibilitado de cobrar sus derechos de autor, pero en vez de entregarlos “a bulto” lograron ponerle precio a cada pieza, confeccionar un cheque, y entregarlo: la dirección del país situó esos fondos en el banco y cuando surgió la idea de hacer una fundación, el escultor jefe los solicitó de nuevo. El pintor Antonio Ferrer Cabello, su hijo Guarionex -autor de los “machetes” de la plaza y no bien avenido con Lescay-, y el diseñador Adolfo Escalona, se negaron a reclamar el dinero para hacer una fundación y firmaron con un NO ESTOY DE ACUERDO el consentimiento escrito de todos los donantes –yo leí y tuve en mis manos el original.
A pesar de todo se hizo la fundación: el Estado entregó los fondos –que no llegaban al millón de pesos cubanos y ningún dólar- y ese fue el capital inicial de la Fundación y de Caguayo S.A. A causa de ello, en el fondo se sintió a ambas como un “negocio” de Lescay: por no favorecer al “dueño” se apartaron y contribuyeron a hacerla, entonces sí, personal.
Entre mis amigos del exilio –sobre todo en España-, la postura general fue, o restarle importancia o ignorarla; como ocurre cuando tienes un hermano alcohólico o ladrón: ante uno la gente procura no mentar borracheras ni engaños. Era como decir: ¿no te das cuenta de que no puede ser?: ¡por algún lugar está la trampa! Sin embargo, con los demás europeos fue diferente, como se verá luego.
Ahora Caguayo tiene oficinas climatizadas, cuentas bancarias, equipos, comunicaciones, contactos. Cualquiera quiere trabajar allí. Pero no siempre fue de esa manera: nacimos más pobres que ratones y yo viví todo.
En realidad, yo era el tercero abordo. Presidente: Lescay; Vice: su hermano René; y Secretario, yo. Las mismas personas éramos Director, Vicedirector y Secretario en Caguayo S.A. Luego entró el abogado Rigual. ¿Quién era Rigual? No lo sé. ¿Sólo un hombre visionario que buscaba una posición sólida? ¿O un ser de la Seguridad del Estado como los que penetraban todo, desde la Iglesia hasta los grupos contestatarios, pasando por las logias masónicas? ¿O un ángel custodio que sólo quería lo mejor para Caguayo y de paso para él? Quizá todo a la vez. Hace casi nueve años se fue de Cuba y cuando escribo estas líneas vive en la Florida, USA .
En realidad su presencia un Caguayo nunca me molestó.
¿Quiénes componían Caguayo? Hablaré solamente de los que laborábamos en las oficinas de Santiago, ya que a los trabajadores de la fundición de Dos Caminos (de donde surgió el nombre de la entidad, pues aquel sitio es conocido por El Caguayo) no los veo a diario.
Empezaré por el propio Lescay, un hombre negro alto, corpulento, con éxito entre las mujeres y muy talentoso -en realidad los hombres altos siempre han sido apreciados, aunque no hay que olvidar que tiene una posición social importante y bastante dinero. En sus mejores momentos parece como un medium, un traductor. A alguien esto quizá le parezca la imagen de un loco: no, en lo absoluto. Sólo es su manera de ser. Debo dejar claro que, de todos mis empleadores, el único que supo darme mi lugar fue él. Y se lo agradezco. Sin embargo, como el de todo escultor monumentalista su autoconsideración es del tamaño del caballo de Maceo que levantó, aunque este es un defecto común entre personas famosas. Hay quien dice que valora mucho la opinión de un advenedizo (al que por alguna razón respete) que la de las personas que han pasado décadas junto a él. Claro que en el ‘95 se me hubiera podido aplicar lo anterior, pero el plazo caducó y lo de advenedizo ya me queda estrecho. Lescay a veces hace pensar en un cimarrón: imprevisible, inoportuno, caprichoso, que aborrece las reglas y las etiquetas. Por el contrario, si un ambiente o una acción logran infundirle gravedad o solemnidad, se rinde completamente. Es generoso con las personas que acoge en su corazón: no las que pueden favorecerlo materialmente, sino las que él escoge; no obstante, casi siempre procura que sean otros los que paguen el precio de su generosidad. Imagino que hasta sobren personas aptas para elaborar sus lados poco felices, ya que ha sido blanco de la envidia de mediocres colegas suyos.
En el ’81, cuando yo trabajaba en la Galería de Arte Universal, organicé una exposición suya que quedó bastante bien –cartulinas: me regaló una pieza que conservo, “Entre naranjos”, 1979, acuarela. Cuando en el ’95 me invitó a ser Secretario de Caguayo, creí que sabía cómo y y no le importaba –en definitiva él es un artista profesional que estudió en Europa-: pero parece que no era así. Ahora pienso que ni lo sabía ni le importaba, pero pertenecer a ese cogollito de “gentes de confianza” tradicionalmente homofóbico, y mis numerosas objeciones, lo obligó a separarme de su entorno inmediato.
René, su hermano, es todo un personaje.
Estaba también Naívi, una jabaíta simpatiquísima que ahora está casada con un suizo y vive allá. A América Shelton le pagaba el salario el Centro de Estadísticas: en aquel tiempo no había contenido de trabajo para mucha personas y algunos centros, en lugar de despedir a las empleados o enviarlos a su casa con un estipendio mensual del 60% del salario, los ubicaban en otros centros donde sí eran necesarios a fin de poderles pagar su slario completo. Aquel estatus se llamaba estar en prestación de servicios. Por ello América estuvo entre los primeros empleados de Caguayo. Era una mujer de mediana edad, poetisa, buena persona y muy romántica.
A los pocos meses entró el moro Antonio Arafet, el tuerto, que había sido jefe económico del FBC cuando yo trabajaba allí. Es un gran personaje, pero de signo diferente al mío. Creo que tuvo muy buenos tiempos en Caguayo. No robaba porque no se podía. A pesar de ello es una gran persona y un compañero de viajes maravilloso: nadie que viajara junto con él —lo digo por experiencia- podría quejarse nunca de que le faltara algo pues se ocupaba de todo con verdadero esprit de corps. Sin embargo, “el moro” tiene alma de tendero. Hace dinero de cualquier cosa, pero sus negocios no son grandes (al negocio chiquito, en Cuba se le dice negocio pesetero). Se instaló en el recibidor del estudio de Lescay, en una mesa artesanal hecha por su amigo, el tallador contramaestrense Euclides Roger. Cuando estaban a punto de acabarse los miles de pesos cubanos con que habían comenzado la Fundación y la S.A. – pagados en salarios y otros desembolsos fijos como teléfono y electricidad, al Moro Antonio Arafet se le ocurrió la idea de representar artistas, o sea, servir de intermediario entre entidades y artistas para los encargos. Cobrando por ello una comisión . De representar artistas vive hoy día Caguayo S.A. pues el taller de fundiciones funde –y produce- cuando hay encargos, y una escultura, un busto, una tarja, no se encargan a diario.
Al parecer ahora (2012) el taller de cerámica está recibiendo muchos encargos.
Ya anteriormente hablé de Rigual. No voy a repetirme: sólo recordaré cómo entró a Caguayo: años antes, un alemán le había donado un auto VOLVO a una amante que tenía aquí y utilizó los servicios de Rigual como abogado para formalizar el acto. Luego se vio que la ley cubana no permitía eso, y el Museo del Automóvil –dependencia del Ministerio de Transportes- se adueñó de la donación. Entonces Rigual contactó al alemán y éste reorientó su donación hacia la Fundación Caguayo, con la condición de que se le facilitase el vehículo cada vez que viniese a Cuba. Así fue. Es verdad que Rigual aseguraba que durante la etapa previa al reconocimiento legal de Caguayo, Lescay le había consultado varias veces los Estatutos que estaba realizando; no lo dudo, porque la casa de Rigual no queda lejos del estudio de Lescay. Sin embargo los estatutos contienen ciertas incongruencias que él (Rigual es magnífico abogado) seguramente hubiera notado y corregido. Así ocupó el cargo de Asesor Legal.
Antes de de dejar quieto a Caguayo quisiera reflexionar algunas cosas.
En realidad, aunque no estuvo ni está explícito en ningún documento, Lescay concibió el sistema Caguayo (la Fundación y Caguayo S.A.) como realizador de su obra personal. No para financiarla sino para posibilitarla técnica y legalmente. Todo escultor en bronce necesita los servicios de una fundición, pero si es monumentalista, necesita una que sea grande, con operarios, equipos de oxicorte, soldadura, izaje, etc. Y que trabaje con calidad. Generalmente, las esculturas en bronce se funden en talleres industriales – antes de 1959, en Santiago de Cuba fundía la Compañía Ron Bacardí- y sólo de tarde en tarde hacía una obra artística. En Cuba no existía una fundición especializada en escultura.
Por otra parte, bajo la sombrilla de una fundación se apoyaría, por una parte al arte cubano en general y por otra –y principalmente- a su obra. O sea, que ambas –la sociedad mercantil y la fundación- tenían objetivo: una para lo industrial y comercial , y la otra para acceder al mundo cultural. Este esquema, en sí, no es ilegítimo ni descabellado: era lo mejor que podía hacer un artista profesional de su importancia.
Es importante recalcar que nunca utilizó a Caguayo S.A. para apoderarse de sus beneficios (es una leyenda que Lescay se embolsilla la plata de la fundación). Era y es sumamente estricto en ese tema. En realidad a Lescay no le hace falta robarle a Caguayo, ya que él vende bastante y cobra buenas sumas como derechos de autor. Nosotros –los que no somos artistas plásticos- no.
Nunca ha sido aficionado a hoteles y restaurantes. Como siempre comete torpezas o lo tratan mal, los evita. Prefiere alojarse y comer en casas particulares.
En los primeros años al Estado no le interesaban para nada las decisiones de Caguayo; existía un compromiso institucional por parte del Ministerio de Cultura, de representar a Caguayo ante el Gobierno. Y lo cumplió. Pero para nada intervenía. Después fue diferente. Cuando Caguayo S.A. comenzó a ser solvente y tener una economía más o menos interesante, el Ministerio de Cultura comenzó a pedir informes económicos mensuales. Mas tarde, a auditarnos esporádicamente, hasta 2005 cuando exigió que se le trasladara una cantidad de acciones –en realidad no sé cuántas-. Pero me estoy adelantando a mi relato.
Sin embargo, con la Fundación como tal nunca se han metido. También sucede que, hasta el día de hoy, en Cuba no existe una Ley de Fundaciones que rija qué se puede hacer y qué no. No comercializar es, más que todo, una supuesta práctica internacional, pues las fundaciones administran un fondo preexistente. Hasta ahora no ha existido la voluntad ni la justificación. No creo que lo hagan, pues las fundaciones pueden hacer cosas y tener acceso a sitios a donde que un Ministerio de cualquier país no tienen acceso.
De todas maneras, desde muy temprano se evidenció que Caguayo S.A. estaba fuera del diseño general de la sociedad: era cubana, con el 100% de capital nacional, pero no estatal. Y la fundación, lo mismo. No se beneficiaba de las ventajas que las empresas mixtas tienen en cuanto a controles, pero tampoco de las protecciones estatales. Incluso, hay una serie de proveedores que no le venden a la fundación pues se supone que ellos existen para abastecer a empresas estatales o mixtas, y, no siendo Caguayo, fundación estatal o mixta, sino una organización no gubernamental (ONG) simplemente se abstienen.
Para mi relato resultaría mejor que no fuera de ese modo, ya que me evitaría ocuparme demasiado por hechos que la mayor parte de las veces no puedo asegurar, pero por suerte, esto no es un libro de Historia.
El hecho de quedar a mil kilómetros de la Capital nos hizo poco visibles. Mantenernos al margen del trajín “culturero”, de cierto modo nos benefició. Sin embargo, la intelectualidad de mi ciudad –recelosa de todo lo nuevo- miró la fundación con una mezcla de escepticismo, suspicacia, ignorancia y envidia. Al principio, cuando Caguayo no tenía donde caerse muerto, me dijeron loco, insensato, comemierda: ¡Te vas a morir de hambre!¡No te metas en eso! Pero después, cuando empezó a prosperar, unos pasaron a sospechar, otros a criticar al mismo Lescay —quien nunca fue muy popular entre los artistas “del patio”, casi seguro por su talento y su éxito.
Como tantas veces, los intelectuales locales fueron torpes al no apoyar con la energía necesaria a una entidad cultural nacional basada en Santiago. En sus inicios, la Fundación tenía posibilidades reales de incidir profundamente en la provincia. Por supuesto que hacia el año 2000, cuando estaban seguros de no podían recibir daño de ella, sino todo lo contrario, su actitud cambió por completo.
El surgimiento de Caguayo estuvo marcado por la controversia: cuando se erigió la Plaza Antonio Maceo, el equipo de artistas que la hizo –dirigidos por Lescay- se vio imposibilitado de cobrar sus derechos de autor, pero en vez de entregarlos “a bulto” lograron ponerle precio a cada pieza, confeccionar un cheque, y entregarlo: la dirección del país situó esos fondos en el banco y cuando surgió la idea de hacer una fundación, el escultor jefe los solicitó de nuevo. El pintor Antonio Ferrer Cabello, su hijo Guarionex -autor de los “machetes” de la plaza y no bien avenido con Lescay-, y el diseñador Adolfo Escalona, se negaron a reclamar el dinero para hacer una fundación y firmaron con un NO ESTOY DE ACUERDO el consentimiento escrito de todos los donantes –yo leí y tuve en mis manos el original.
A pesar de todo se hizo la fundación: el Estado entregó los fondos –que no llegaban al millón de pesos cubanos y ningún dólar- y ese fue el capital inicial de la Fundación y de Caguayo S.A. A causa de ello, en el fondo se sintió a ambas como un “negocio” de Lescay: por no favorecer al “dueño” se apartaron y contribuyeron a hacerla, entonces sí, personal.
Entre mis amigos del exilio –sobre todo en España-, la postura general fue, o restarle importancia o ignorarla; como ocurre cuando tienes un hermano alcohólico o ladrón: ante uno la gente procura no mentar borracheras ni engaños. Era como decir: ¿no te das cuenta de que no puede ser?: ¡por algún lugar está la trampa! Sin embargo, con los demás europeos fue diferente, como se verá luego.
Ahora Caguayo tiene oficinas climatizadas, cuentas bancarias, equipos, comunicaciones, contactos. Cualquiera quiere trabajar allí. Pero no siempre fue de esa manera: nacimos más pobres que ratones y yo viví todo.
En realidad, yo era el tercero abordo. Presidente: Lescay; Vice: su hermano René; y Secretario, yo. Las mismas personas éramos Director, Vicedirector y Secretario en Caguayo S.A. Luego entró el abogado Rigual. ¿Quién era Rigual? No lo sé. ¿Sólo un hombre visionario que buscaba una posición sólida? ¿O un ser de la Seguridad del Estado como los que penetraban todo, desde la Iglesia hasta los grupos contestatarios, pasando por las logias masónicas? ¿O un ángel custodio que sólo quería lo mejor para Caguayo y de paso para él? Quizá todo a la vez. Hace casi nueve años se fue de Cuba y cuando escribo estas líneas vive en la Florida, USA .
En realidad su presencia un Caguayo nunca me molestó.
¿Quiénes componían Caguayo? Hablaré solamente de los que laborábamos en las oficinas de Santiago, ya que a los trabajadores de la fundición de Dos Caminos (de donde surgió el nombre de la entidad, pues aquel sitio es conocido por El Caguayo) no los veo a diario.
Empezaré por el propio Lescay, un hombre negro alto, corpulento, con éxito entre las mujeres y muy talentoso -en realidad los hombres altos siempre han sido apreciados, aunque no hay que olvidar que tiene una posición social importante y bastante dinero. En sus mejores momentos parece como un medium, un traductor. A alguien esto quizá le parezca la imagen de un loco: no, en lo absoluto. Sólo es su manera de ser. Debo dejar claro que, de todos mis empleadores, el único que supo darme mi lugar fue él. Y se lo agradezco. Sin embargo, como el de todo escultor monumentalista su autoconsideración es del tamaño del caballo de Maceo que levantó, aunque este es un defecto común entre personas famosas. Hay quien dice que valora mucho la opinión de un advenedizo (al que por alguna razón respete) que la de las personas que han pasado décadas junto a él. Claro que en el ‘95 se me hubiera podido aplicar lo anterior, pero el plazo caducó y lo de advenedizo ya me queda estrecho. Lescay a veces hace pensar en un cimarrón: imprevisible, inoportuno, caprichoso, que aborrece las reglas y las etiquetas. Por el contrario, si un ambiente o una acción logran infundirle gravedad o solemnidad, se rinde completamente. Es generoso con las personas que acoge en su corazón: no las que pueden favorecerlo materialmente, sino las que él escoge; no obstante, casi siempre procura que sean otros los que paguen el precio de su generosidad. Imagino que hasta sobren personas aptas para elaborar sus lados poco felices, ya que ha sido blanco de la envidia de mediocres colegas suyos.
En el ’81, cuando yo trabajaba en la Galería de Arte Universal, organicé una exposición suya que quedó bastante bien –cartulinas: me regaló una pieza que conservo, “Entre naranjos”, 1979, acuarela. Cuando en el ’95 me invitó a ser Secretario de Caguayo, creí que sabía cómo y y no le importaba –en definitiva él es un artista profesional que estudió en Europa-: pero parece que no era así. Ahora pienso que ni lo sabía ni le importaba, pero pertenecer a ese cogollito de “gentes de confianza” tradicionalmente homofóbico, y mis numerosas objeciones, lo obligó a separarme de su entorno inmediato.
René, su hermano, es todo un personaje.
Estaba también Naívi, una jabaíta simpatiquísima que ahora está casada con un suizo y vive allá. A América Shelton le pagaba el salario el Centro de Estadísticas: en aquel tiempo no había contenido de trabajo para mucha personas y algunos centros, en lugar de despedir a las empleados o enviarlos a su casa con un estipendio mensual del 60% del salario, los ubicaban en otros centros donde sí eran necesarios a fin de poderles pagar su slario completo. Aquel estatus se llamaba estar en prestación de servicios. Por ello América estuvo entre los primeros empleados de Caguayo. Era una mujer de mediana edad, poetisa, buena persona y muy romántica.
A los pocos meses entró el moro Antonio Arafet, el tuerto, que había sido jefe económico del FBC cuando yo trabajaba allí. Es un gran personaje, pero de signo diferente al mío. Creo que tuvo muy buenos tiempos en Caguayo. No robaba porque no se podía. A pesar de ello es una gran persona y un compañero de viajes maravilloso: nadie que viajara junto con él —lo digo por experiencia- podría quejarse nunca de que le faltara algo pues se ocupaba de todo con verdadero esprit de corps. Sin embargo, “el moro” tiene alma de tendero. Hace dinero de cualquier cosa, pero sus negocios no son grandes (al negocio chiquito, en Cuba se le dice negocio pesetero). Se instaló en el recibidor del estudio de Lescay, en una mesa artesanal hecha por su amigo, el tallador contramaestrense Euclides Roger. Cuando estaban a punto de acabarse los miles de pesos cubanos con que habían comenzado la Fundación y la S.A. – pagados en salarios y otros desembolsos fijos como teléfono y electricidad, al Moro Antonio Arafet se le ocurrió la idea de representar artistas, o sea, servir de intermediario entre entidades y artistas para los encargos. Cobrando por ello una comisión . De representar artistas vive hoy día Caguayo S.A. pues el taller de fundiciones funde –y produce- cuando hay encargos, y una escultura, un busto, una tarja, no se encargan a diario.
Al parecer ahora (2012) el taller de cerámica está recibiendo muchos encargos.
Ya anteriormente hablé de Rigual. No voy a repetirme: sólo recordaré cómo entró a Caguayo: años antes, un alemán le había donado un auto VOLVO a una amante que tenía aquí y utilizó los servicios de Rigual como abogado para formalizar el acto. Luego se vio que la ley cubana no permitía eso, y el Museo del Automóvil –dependencia del Ministerio de Transportes- se adueñó de la donación. Entonces Rigual contactó al alemán y éste reorientó su donación hacia la Fundación Caguayo, con la condición de que se le facilitase el vehículo cada vez que viniese a Cuba. Así fue. Es verdad que Rigual aseguraba que durante la etapa previa al reconocimiento legal de Caguayo, Lescay le había consultado varias veces los Estatutos que estaba realizando; no lo dudo, porque la casa de Rigual no queda lejos del estudio de Lescay. Sin embargo los estatutos contienen ciertas incongruencias que él (Rigual es magnífico abogado) seguramente hubiera notado y corregido. Así ocupó el cargo de Asesor Legal.
Antes de de dejar quieto a Caguayo quisiera reflexionar algunas cosas.
En realidad, aunque no estuvo ni está explícito en ningún documento, Lescay concibió el sistema Caguayo (la Fundación y Caguayo S.A.) como realizador de su obra personal. No para financiarla sino para posibilitarla técnica y legalmente. Todo escultor en bronce necesita los servicios de una fundición, pero si es monumentalista, necesita una que sea grande, con operarios, equipos de oxicorte, soldadura, izaje, etc. Y que trabaje con calidad. Generalmente, las esculturas en bronce se funden en talleres industriales – antes de 1959, en Santiago de Cuba fundía la Compañía Ron Bacardí- y sólo de tarde en tarde hacía una obra artística. En Cuba no existía una fundición especializada en escultura.
Por otra parte, bajo la sombrilla de una fundación se apoyaría, por una parte al arte cubano en general y por otra –y principalmente- a su obra. O sea, que ambas –la sociedad mercantil y la fundación- tenían objetivo: una para lo industrial y comercial , y la otra para acceder al mundo cultural. Este esquema, en sí, no es ilegítimo ni descabellado: era lo mejor que podía hacer un artista profesional de su importancia.
Es importante recalcar que nunca utilizó a Caguayo S.A. para apoderarse de sus beneficios (es una leyenda que Lescay se embolsilla la plata de la fundación). Era y es sumamente estricto en ese tema. En realidad a Lescay no le hace falta robarle a Caguayo, ya que él vende bastante y cobra buenas sumas como derechos de autor. Nosotros –los que no somos artistas plásticos- no.
Nunca ha sido aficionado a hoteles y restaurantes. Como siempre comete torpezas o lo tratan mal, los evita. Prefiere alojarse y comer en casas particulares.
viernes, 28 de septiembre de 2012
Antes de pasar al lagarto, recordaré el ambiente de aquellos días en que se mezclaban la excitación y el desencanto con esa disponibilidad de alma que ha marcado buena parte de mi vida.
De Colombia traje a Javier una camisa de buena marca. No llegué a vérsela puesta. La historia se desarrolla en aquella época, cuando él no sabía de marcas ni de buena ropa: si llega a ser cuatro años después…
Antes de viajar había encargado a un gay amigo mío que cuidara a Javier (o sea, que en una necesidad pudiera acudir a él).. Una de mis peores cualidades es la creencia -arraigada más allá de cualquier raciocinio- de que todos los mortales tienen la misión y están formados para protegerme y responder incondicionalmente a mis necesidades. Los años no me han convencido de que la vida no es así.
Caguayo fue un hecho histórico. Es verdad que ya el Estado cubano había permitido varias fundaciones no gubernamentales, todas en el área de la cultura; la diferencia de Caguayo con las otras es que a) Caguayo no gastaba ni un centavo del Presupuesto Público b) Caguayo tenía una sociedad mercantil de cuyas ganancias se pagan salarios y demás gastos. Caguayo S.A. fue la primera Sociedad Anónima no gubernamental legalizada por el Estado cubano después de 1959. Y única que yo sepa.
Alberto Lescay y su hermano René demoraron varios meses en las gestiones para lograr que se aprobara el constituir la fundación.. La finalidad de Fundación Caguayo es la promoción y realización de las artes monumentarias y aplicadas. Al darle forma legal, fue imprescindible crear una sociedad anónima, ya que, según la ley, ninguna fundación puede comercializar El mismo día se firmaron escrituras públicas instituyendo Caguayo, fundación y Caguayo S.A como dos entidades diferentes y separadas. En ambas está mi nombre completo en el cargo de Secretario.
Además, de todas las fundaciones cubanas, la única que tiene su sede fuera de La Habana es Caguayo, y lo mismo ocurre con Caguayo S.A. Lo habitual durante décadas (digo del ’59 para acá) fue que de todo, hubiese solamente una sucursal en Santiago. Nunca la casa matriz. Con Caguayo se subvirtió todo eso.
Es posible que alguien comente que, en definitiva, si el Gobierno la permitía era para controlarla entre bastidores; en l995 no existían ni el deseo ni la posibilidad real de controlar mucho. ¿Por qué? Primero, porque una empresita con capital inicial pequeño, sin divisas, con un radio de acción tan peculiar y el compromiso expreso de mantener en funciones el taller de fundición artística de El Caguayo, es muy probable que quebrara antes de cumplir un año; segundo, porque el Estado cubano no estaba en condiciones económicas ni le interesaba esforzarse en mantener abierta una fundición artística : su prioridad era mantenerse a flote. Cualesquiera fuesen los propósitos que se movieron durante el establecimiento y funcionamiento de la Caguayo, fundación y de Caguayo S.A, es totalmente ilógico pensar que en una sociedad tan cerrada como la de la isla pueda surgir mágicamente una institución completamente autónoma: sólo pensarlo es risible. Sin embargo, el hecho de ser capaz de tomar algunas decisiones y disponer de sus fondos con mediana agilidad y sin depender de anuencias externas, le otorgan una capacidad de operación excepcional.
De Colombia traje a Javier una camisa de buena marca. No llegué a vérsela puesta. La historia se desarrolla en aquella época, cuando él no sabía de marcas ni de buena ropa: si llega a ser cuatro años después…
Antes de viajar había encargado a un gay amigo mío que cuidara a Javier (o sea, que en una necesidad pudiera acudir a él).. Una de mis peores cualidades es la creencia -arraigada más allá de cualquier raciocinio- de que todos los mortales tienen la misión y están formados para protegerme y responder incondicionalmente a mis necesidades. Los años no me han convencido de que la vida no es así.
Caguayo fue un hecho histórico. Es verdad que ya el Estado cubano había permitido varias fundaciones no gubernamentales, todas en el área de la cultura; la diferencia de Caguayo con las otras es que a) Caguayo no gastaba ni un centavo del Presupuesto Público b) Caguayo tenía una sociedad mercantil de cuyas ganancias se pagan salarios y demás gastos. Caguayo S.A. fue la primera Sociedad Anónima no gubernamental legalizada por el Estado cubano después de 1959. Y única que yo sepa.
Alberto Lescay y su hermano René demoraron varios meses en las gestiones para lograr que se aprobara el constituir la fundación.. La finalidad de Fundación Caguayo es la promoción y realización de las artes monumentarias y aplicadas. Al darle forma legal, fue imprescindible crear una sociedad anónima, ya que, según la ley, ninguna fundación puede comercializar El mismo día se firmaron escrituras públicas instituyendo Caguayo, fundación y Caguayo S.A como dos entidades diferentes y separadas. En ambas está mi nombre completo en el cargo de Secretario.
Además, de todas las fundaciones cubanas, la única que tiene su sede fuera de La Habana es Caguayo, y lo mismo ocurre con Caguayo S.A. Lo habitual durante décadas (digo del ’59 para acá) fue que de todo, hubiese solamente una sucursal en Santiago. Nunca la casa matriz. Con Caguayo se subvirtió todo eso.
Es posible que alguien comente que, en definitiva, si el Gobierno la permitía era para controlarla entre bastidores; en l995 no existían ni el deseo ni la posibilidad real de controlar mucho. ¿Por qué? Primero, porque una empresita con capital inicial pequeño, sin divisas, con un radio de acción tan peculiar y el compromiso expreso de mantener en funciones el taller de fundición artística de El Caguayo, es muy probable que quebrara antes de cumplir un año; segundo, porque el Estado cubano no estaba en condiciones económicas ni le interesaba esforzarse en mantener abierta una fundición artística : su prioridad era mantenerse a flote. Cualesquiera fuesen los propósitos que se movieron durante el establecimiento y funcionamiento de la Caguayo, fundación y de Caguayo S.A, es totalmente ilógico pensar que en una sociedad tan cerrada como la de la isla pueda surgir mágicamente una institución completamente autónoma: sólo pensarlo es risible. Sin embargo, el hecho de ser capaz de tomar algunas decisiones y disponer de sus fondos con mediana agilidad y sin depender de anuencias externas, le otorgan una capacidad de operación excepcional.
jueves, 27 de septiembre de 2012
De regreso a Ibagué, como ya habíamos aceptado el compromiso de pintar dos murales, la alcaldía nombró un empleado para que gestionara nuestras visas como de interés ciudadano. Pasamos dos días ilegales, aterrados y metidos en el hotel a pesar de que al final obtuvimos las autorizaciones y no tuvimos el menor contratiempo.
Nos pareció más que razonable lo de los murales; además, queríamos dejar un testimonio físico de nuestra visita, aunque durase poco tiempo. Por fin se encontró un sitio: el paso peatonal de la Carrera 7ma y calle 31. Como no teníamos suficientes materiales, llegamos al arreglo de comprar nosotros, guardar los vales y que después la oficina del alcalde los liquidara. Pozo y Tasset hicieron las compras, se conservaron los tickets y se pintó. Luego se inauguró sin novedad. Pero a la hora de reintegrarnos el gasto, aquello se dilataba. Y ya estábamos por regresar: ¿se perdería ese dinero?
Pasaban los días; una tarde comenzó a llover y no escampó en doce horas. Fue una catástrofe nacional que salió en los noticieros –con deslizamientos de tierra, hogares arrasados, ahogados, etc. El Presidente de la República mandó una ayuda urgente en efectivo. El día antes de viajar decidimos probar suerte en la alcaldía, a ver si nos liquidaban. Cuando atravesamos el Parque Bolívar (que es el centro de Ibagué: la alcaldía queda frente a este parque) vimos un pick up con funcionarios municipales conocidos. Decidimos acercarnos a saludar: les preguntamos sobre nuestro asunto y nos dijeron que sí. Allí mismo pagaron, abriendo un portafolio sobre el asiento trasero del vehículo.
Así terminó nuestra etapa colombiana. Al regresar a Cuba me esperaba algo que ocupó años de mi vida: la Fundación Caguayo.
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