Cada ciudad o pueblo tiene su olor. París huele a rosa vieja: no a la mustia de los jarrones, sino a otra que hubiese vivido mucho tiempo y su perfume hubiese devenido denso y penetrable a la vez. La Habana huele a gas de cocinar; Ibagué a fruta pasada; Ginebra a abeto y agua; Santiago, en sus mejores momentos, a pan y sudor; Cuabitas, a tierra y flor de mango.
Creo que pasé más trabajo de lo necesario y quizá mis recuerdos no sean exactos, pero la memoria es así. En un muro, cerca de una esquina de la Orilla Izquierda, había un reloj de sol de Salvador Dalí. Todavía no me atrevía con el metro: temía perderme y no saber dónde bajar. Una mañana quise caminar alrededor de la Opéra Garnier: quería tocar sus paredes y husmear en el Café de la Paix, pero apenas llegué frente a ella me atacó un cólico rabioso y tuve que regresar a toda prisa a Clichy. Hoy puedo decir que conocí aquella ciudad como se debe: a pie y con poca plata.
Cierta mañana fui a Place de la Concorde y subí al Jardín de las Tullerías del lado de l’Orangerie. Se supone que ese es la meca mundial del flete. Como decir, la Caaba o el Santo Sepulcro de la mariconería. Eso sería antes de la Guerra. Según Coco Salas, allí fleteó Gore Vidal. A lo largo de la gran terraza hay sillas de extensión con personas que toman el sol. Son maricones con gafas oscuras que se estiran bajo el sol y miran discretamente cuando pasa algún joven: pero, ¿qué joven puede pasar casualmente por Las Tullerías? Debe de existir una misteriosa secta gay parisina encargada de conservar antiguas tradiciones.
Calculé que ya Gabrielle Maraud habría regresado y la llamé: gracias a ella y a mi amigo Carlos había publicado unos poemas en la Revue Noire años atrás. Me cité con Gabrielle en el Café de Cluny, con sus camareros de delantales que casi tocan el piso. Pedí un refresco de cola y un café, ella una botella de Perrier. Por alguna razón, el agua no llegaba: se lo recordamos al garçon. Conversamos muchísimo, pero de agua, nada. Gabrielle se hartó y llamó muy discretamente al camarero –la paciencia de las profesoras siempre me sorprende- para reclamar su pedido y el hombre respondió No he hecho otra cosa que pensar en su agua. Los camareros de París son especialmente ingeniosos y contestones.
Gabrielle me recomendó a Abraham Levi –un judío cubano, que se hizo arquitecto en La Habana y enseña Historia del Arte en un liceo parisino. Fuimos al Louvre: como profesor, él tiene entrada libre y compró la mía. Parecía una estación de trenes: nunca había visto tal cantidad de personas en un museo. Abraham me preguntó qué quería ver. Lo que sale en los libros. Me hizo una visita instructiva que comenzó en el subsuelo con las bases del Louvre medieval. Fuimos subiendo y vi lo que había.
Tener delante las obras de toda la vida, al natural –“en persona”- es toda una experiencia. El Escriba Sentado es algo más grande que un bibelot, la Piedra de Hammurabi es enorme y pulida, La Venus de Milo está colocada en un pasillo y si no la conoces pasas a su lado sin verla; en cambio La Victoria de Samotracia resulta totalmente sobrecogedora en un descanso de la escalinata: dicen que Hitler no bombardeó París para poder llevársela como botín. Los Esclavos de Michelangelo también son majestuosos: me indignó ver la turba de italianos en short que se hacían fotos junto a ellos (imagino que los guardianes de sala estarían también de vacaciones, aunque con tanta arribazón de público no sé qué hubieran podido hacer). Aparte de que no es muy grande, la Gioconda se exhibe dentro de un nicho, detrás de un vidrio de seguridad: el gentío no dejaba verla; en este caso una buena reproducción es preferible mil veces. Mientras ocurre lo anterior, la sala de maravillosos Leonardos está casi vacía: gracias a Dios nadie mira la Virgen de las Rocas, ni los retratos. Leonardo da Vinci es totalmente superior (cosa mentale, como decía él de la Pintura) y comprobarlo fue un logro personal que aprecio mucho. Dos cuadros más me asombraron: La Balsa de la Medusa, de Géricault, cuyo enorme formato y extraño realismo te estremecen como no habías imaginado y el Retrato de Madame Récamier de Jacques-Louis David que tanto estudié en mis días de la Galería Universal, expuesto encima del diván original donde se sentó la dama para ser pintada. En esa parte del museo, el pavimento y toda la decoración son verdaderamente palaciegos.
Como el ticket de entrada vale por un día completo, Levi y yo salimos a comer algo y entramos al Mac Donald que queda enfrente. Lo que más se parece a una cafetería cubana es un Mac Donald: medio sucio, lleno de gente que habla alto, con olor a fritanga. Parece que las hamburguesas son la misma basura dondequiera, sólo que las Mac Donald se sirven bonitas y con papas fritas. Eso sí, con un refresco de cola grande –una Pepsi, por ejemplo- son maravillosas: comida-chatarra, de acuerdo, pero deliciosa.
Una noche, Gabrielle me invitó a su casa a cenar (Levi también estaba). Se esmeró. Soy goloso, y si digo que la comida estuvo buena, es cierto. Abraham se fue temprano, pero ella y yo nos quedamos hablando. Me distraje –para mi, el mayor placer que existe, incluyendo los pecaminosos, es conversar-. Como a las once y media, dice ella se te va a ir el último metro. ¿Metro? “Fue como un rayo el mi interior” -como dice la canción de Pablito Milanés. Es que nunca he andado en metro. Es muy fácil –dijo la profesora-. Aquí cerca hay una estación. Yo te acompaño: mira tu ticket. Ya lo tenía, esa mujer es increíble. Bajas, esperas la línea Tal, pero no cualquiera sino la que diga Tal-más-cual, montas, y cuando llegues a un punto donde dobla a la derecha cuentas la segunda parada y te bajas. ¡Dime tú!, exclamé dentro de mi. Como el condenado que va a la cámara de gas, me dejé conducir. Bajé las escaleras y llegué al andén. Los trenes iban y venían. Esperé el mío y subí. Fui mirando por la ventanilla los nombres de las estaciones. Cuando pasó lo que me habían vaticinado, bajé. Salí a la calle y miré, reconociendo. ¡Maravilla! ¡Estaba en el mismo Clichy! Llegando a casa la telefoneé que había legado bien.
Gabrielle Maraud me enseñó a montar en metro. Lo primero es saber francés, lo segundo leer todos los letreros y obedecerlos, lo tercero comprar el ticket y accionar el torniquete de la entrada al andén (si no lo sabe, fíjese cómo hace el que entre antes de usted y haga lo mismo: no pregunte, nadie le va a responder aunque hable como Racine).
Un atardecer subí al Sacré Coeur en el funicular: gracias a Rubén había conocido a una francesa –que por comodidad llamaré Marcela-. Era rubia, sola y muy amable. Quizá buscaba compañía; no la hallaría en mi, pero como insistió nos citamos junto al templo. Después de conversar un rato y mirar el ocaso, caminamos por la Place du Tertre con su mundo de turistas y pintores callejeros. Entramos a comer a un sitio; yo seguí fiel a mis emparedados griegos, pero ella se complicó algo más. Recuerdo mucho ruido de vajilla rota: enfrente quedaba un otro lugar, griego, donde la atracción era cumplir la costumbre de romper los platos después de una comida. ¡Dios santo! ¡Cuánto desperdicio! ¡Con lo difícil que es tener vajilla! Pero el mundo de la abundancia es así: por eso un día va a virarse al revés y van a pagar justos por pecadores. Seguimos andando, cruzamos junto al Moulin de la Galette y bajamos las faldas del Monte Parnaso. Marcela tenía auto y nos fuimos al Quartier Latin –donde vivieron los romanos en el París primitivo. El apelativo “Ciudad Luz” no es mero slogan: esa noche París parecía un estudio de televisión. Podía encontrarse un alfiler en el piso. Cuánta luz.
Otra vez acompañé a Rubén a un juicio en Nanterre. Como se estaba divorciando, lo preocupaba mucho ese asunto. Se trataba de un intento que de oficio hacía el juez para que la pareja no se disolviera. Me agradaba su confianza e interés en que yo viera cómo funciona el país más allá de bulevares y museos. De paso nos llegamos al hospital donde estaba Ignacio: ya su tuberculosis casi había curado y en dos o tres días le darían el alta. En una sola tarde conocí un hospital y un juzgado.
La calle Saint Denis queda muy cerca del club de jazz. Esa es la meca de la putería mundial. Una tarde la bajé, buscando un ómnibus que me servía: había putas de todos colores, razas, edades y complexiones. Putas lindas, feas, gordas, flacas, medianas. Se alineaban en las aceras por cientos. Dicen que los travestis están desbancando a las putas: una noche regresaba a Clichy con Rubén y nos detuvimos en una panadería. El establecimiento pertenecía a unos árabes y a esa hora estaba atendido por muchachos que no paraban de reír: en el mostrador había una puta con un vestido plástico negro abierto a lado y lado; el frente y la espalda se unían con un cordón. Cuando fue a pagar y preguntó C’est combien? descubrí que era un travesti.
Cristo no se había desentendido de mi. Me llevó a su casa como dos veces. La esposa era una joven francesa que trabajaba con él. Cristo se había adaptado a Francia: vivía en un suburbio, su casa no era ostentosa ni muy grande, pero sí agradable. Me gustó. Quizá él es un poco loco, pero buena persona. Ahora pienso que la improvisación con que me recibió se debió a esa misma manera de hacerlo todo deprisa que caracteriza a los parisinos: es lo que menos me agrada de Europa. Todo corriendo. Es otro tempo, sí: pero no me agrada. Si aquí vamos lento, allá es al galope.
Yo me había convertido en metromaníaco. Amplié mis reconocimientos y cubrí muchos barrios. A veces me aparecía de noche en el club –la estación Château d’Eau queda muy cerca-, saludaba a todos, me bebía una cerveza y partía raudo. Reencontré, después de años a Manuel, un jinetero de Santiago amigo mío que se casó con una productora de TV y se mudó a París. Fue un chico alto y atlético, pero había cambiado. Vestía mejor, pero su ligereza y sensualidad se esfumaron. Había dejado a la productora y su nueva casa no quedaba lejos: me invitó pero nunca fui. Ahora se drogaba, aunque no siempre estaba high. Cuando llegó cierta orquesta cubana, los muchachos no dejaban quieto a Manuel, que era como un sultán del polvo blanco. Quién sabe por qué Manuel no era recibido con alegría en el club. Jamás lo he vuelto a ver.
Ya estaba llegando la fecha del regreso. En esa ciudad hay muchísimos museos. En realidad no se entiende que un cubano cruce el Atlántico y caiga allá sólo para mirar las calles y el río. Había que ir. Abraham Levi me ayudó mucho: fuimos al Rodin; otro día quisimos ver la habitación de Proust –que la mudaron al Carnavalet- pero la cuidadora de la sala estaba enferma y no se pudo. Una tarde me apertreché de frutas y me fui al Centro Pompidou: entré a las tiendecitas, fui a los parques, di muchas vueltas, me senté al pie de un árbol, me comí las frutas y no entré al edificio. Me faltaba Orsay: a ese había que entrar. Desde Ingres hasta Toulouse-Lautrec más o menos. Una tarde fui. Su concepción museológica es el sueño de cualquiera que se dedique a esto. Redescubrí a Van Gogh, cuya textura pictórica es incapaz de reproducir la mejor lámina. La excelente oleografía del Moulin de la Galette (Renoir) que hay en la galería donde trabajé doce años es casi nada junto al original. Dudo cuál me impresionó más, si el Louvre u Orsay, y comprendí que es invaluable haberlos visto con el gusto y cuidado que empleé en aquellos días
viernes, 19 de octubre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
Comencé a andar por París. Me aprendí bien las líneas de los buses, o iba a pie. Al menos no necesitaba guía para ir a los principales sitios, los que cualquiera conoce aunque viva en el Caribe. Con mucha frecuencia llegaba hasta la Mairie, el Palais Royal y Notre Dame. Recuerdo mucho al viejo que se llenaba de gorriones cada tarde en la plazoleta de Nuestra Señora. Me aficioné al Sena y empleaba horas en recorrer los puentes y husmear en los cuchitriles de las orillas, donde hay libros, grabados y pinturas. Se encuentran verdaderas maravillas (por algo siguen ahí esos ventorrillos): desde anuncios de tiempos de la Primera Guerra Mundial hasta maravillosos libros de uso, pasando por paisajes –que no son la octava maravilla pero que quedan muy bien en cualquier saloncito de clase media alta-. Así encontré El archipiélago Gulag, de Soltzhenitsin. También iba mucho a las tiendas de los anticuarios, donde hay objetos antiguos de verdad: el cine no exagera cuando muestra cómo las cabezas de Buda viajan desde las selvas camboyanas hasta el Quai des Antiquaires.
Me sentía libre y feliz. En esos días estaba por producirse la visita del Papa y un congreso de jóvenes católicos –qué verano de congresos, ese del ’97-: se extremaron las medidas de seguridad. Jamás había visto tal cantidad de policías. Ni en Cuba, que por cualquier desfile salen montones. Pero se trataba de París y del Papa. A pesar de todo, cuando uno me dijo cortésmente que si quería podía seguir mi camino hacia la Torre Eiffel, me sorprendí: aquella mañana hubo una misa en el Campo de Marte y yo había decidido visitar la Torre. Pero ni loco iba a gastar los ochenta francos que costaba subir hasta el tope –todo erizado por milientas antenas-, por eso recorrí bien los alrededores, me paré debajo en el mismo centro y miré hacia arriba. Hoy día puedo recordar con mucha exactitud cómo se veían los hierros –una especie de túnel que se estrechaba hacia el cielo.
Telefoneaba a Carlos Victoria con bastante frecuencia –siempre lo he llamado o le he escrito mucho, hasta más de la cuenta-, pero es que nunca terminamos de hablar. No sé cómo dos personas tan distintas, y a veces tan opuestas, se las arreglan para “trasmitir en la misma frecuencia”. Eso sucede. También conversé mucho con mi prima Berthica: ella se casó en la capilla de Cuabitas en agosto del ’61, ese mismo día se fue y nunca ha vuelto. Con ella tampoco se termina de hablar. Me mandó plata (nadie se imagina cómo se sienten los precios de una ciudad grande cuando se viaja desde un país chiquito: me imagino que si uno vive allá y está organizado, será menos –no en vano París tiene tantos habitantes.
Cuando la hora de comer me sorprendía en la calle, me alimentaba de emparedados griegos: enormes, hechos de carne de cordero que se corta en lonjas y se asa verticalmente clavada a un pincho giratorio. O compraba frutas. Si no me invitaban, jamás iba a un restaurante.
Por lo general hacía pequeñas compras en un mercadito al fondo de casa de Rubén: leche, pan, huevos, queso rapé (rallado), spaghetti, café, tomate, quizá unas frutas. Yo mismo cocinaba –no lo hago mal- y resultaba más barato. Cuando mi prima me giró el dinero, yo no sabía dónde quedaba la oficina de Western Union: ya estaba la plata en París pero yo seguía “arrancado”. La llamé de nuevo y ella me sugirió que le diera una propina a cualquier empleado del hotel donde ella estuvo una vez, para que me indicaran. Se ve que ya es otra persona: ¡gastar 10 dólares en eso! Por fin comprobé que con marcar un número gratuito se obtiene la información exacta. Así di con el pequeño mostrador de Saint Germain, donde estaba el dinero. He leído que ahora existen varias agencias en París: en el ’97 había esa sola. El alivio fue inmediato. Descubrí y recorrí las librerías del Quartier Latin, pero no cometí la locura de gastar: como mi madre, cuando quiero puedo ser sumamente tacaño.
Pasaban los días y Cristo no hablaba de exposición alguna. Comprendí que aquel club era completamente impropio –a menos que se hiciera una adaptación, sobre todo a base de luces-, y ni pensar en una galería. Pero podían colocarse algunos cuadros en el área semi-iluminada cercana a la puerta; sólo varios, para poder decir a los artistas que me dieron sus obras que habían expuesto en París. Me moría de vergüenza y de rabia. Pero Cristóbal estaba concentrado en los salseros cubanos que había contratado. Yo lo acompañaba con frecuencia, esperanzado en conmoverlo, pero el tiempo se iba en tocadores de bongó, treseros y cantantes caribeños.
Una tarde –para “salir de mi”- me llevó a las Galerías Lafayette a comprar soportes: salieron carísimos. Y eso que escogí los más sencillos, a base de presillas y acrílico: con un mínimo de esfuerzo suyo hubiesen salido más económicos. Pero lo cierto es que estaba concentrado en sus espectáculos. Si usted pretende vender arte fuera del país, vaya con un profesional, un galerista establecido y con clientela: no experimente pues no da resultado. Aunque me costara admitirlo, no lo sabía aún y había llegado a París con un cartapacio de pinturas: ¿cómo regresar a Cuba diciendo que no había expuesto o inventando pretextos? Por eso monté y colgué varias donde ya he dicho. Nadie las miró, pero se expusieron en París y les hice fotos.
Por esos mismos días conocí a Abbash, un descendiente de argelinos que trabajaba en la alcaldía y vivía en la calle Molière. Presidía una organización para ayudar a los niños de los países pobres. Lo visité varias veces, conversamos mucho y él hasta fue a ver mis cuadros, pero al final nada sucedió.
Estábamos en pleno agosto y la gente había dejado a París casi desierta. Las vacaciones. Muchos establecimientos estaban cerrados luciendo un simple aviso manuscrito: NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE. Todas las personas a las que me habían recomendado estaban de vacaciones. Era casi día veinte y aún no había entrado a ningún museo. Por suerte, París es un museo enorme. Basta abrir los ojos. Desde ruinas romanas hasta los rascacielos espejeantes de La Défense.
El trazado en estrella del Barón de Haussmann es hermoso y peculiar de la ciudad: en el centro no hay edificios de más de ocho pisos y los tejados son abovedados y de pizarra. Le cogí amor a la calle.
Me sentía libre y feliz. En esos días estaba por producirse la visita del Papa y un congreso de jóvenes católicos –qué verano de congresos, ese del ’97-: se extremaron las medidas de seguridad. Jamás había visto tal cantidad de policías. Ni en Cuba, que por cualquier desfile salen montones. Pero se trataba de París y del Papa. A pesar de todo, cuando uno me dijo cortésmente que si quería podía seguir mi camino hacia la Torre Eiffel, me sorprendí: aquella mañana hubo una misa en el Campo de Marte y yo había decidido visitar la Torre. Pero ni loco iba a gastar los ochenta francos que costaba subir hasta el tope –todo erizado por milientas antenas-, por eso recorrí bien los alrededores, me paré debajo en el mismo centro y miré hacia arriba. Hoy día puedo recordar con mucha exactitud cómo se veían los hierros –una especie de túnel que se estrechaba hacia el cielo.
Telefoneaba a Carlos Victoria con bastante frecuencia –siempre lo he llamado o le he escrito mucho, hasta más de la cuenta-, pero es que nunca terminamos de hablar. No sé cómo dos personas tan distintas, y a veces tan opuestas, se las arreglan para “trasmitir en la misma frecuencia”. Eso sucede. También conversé mucho con mi prima Berthica: ella se casó en la capilla de Cuabitas en agosto del ’61, ese mismo día se fue y nunca ha vuelto. Con ella tampoco se termina de hablar. Me mandó plata (nadie se imagina cómo se sienten los precios de una ciudad grande cuando se viaja desde un país chiquito: me imagino que si uno vive allá y está organizado, será menos –no en vano París tiene tantos habitantes.
Cuando la hora de comer me sorprendía en la calle, me alimentaba de emparedados griegos: enormes, hechos de carne de cordero que se corta en lonjas y se asa verticalmente clavada a un pincho giratorio. O compraba frutas. Si no me invitaban, jamás iba a un restaurante.
Por lo general hacía pequeñas compras en un mercadito al fondo de casa de Rubén: leche, pan, huevos, queso rapé (rallado), spaghetti, café, tomate, quizá unas frutas. Yo mismo cocinaba –no lo hago mal- y resultaba más barato. Cuando mi prima me giró el dinero, yo no sabía dónde quedaba la oficina de Western Union: ya estaba la plata en París pero yo seguía “arrancado”. La llamé de nuevo y ella me sugirió que le diera una propina a cualquier empleado del hotel donde ella estuvo una vez, para que me indicaran. Se ve que ya es otra persona: ¡gastar 10 dólares en eso! Por fin comprobé que con marcar un número gratuito se obtiene la información exacta. Así di con el pequeño mostrador de Saint Germain, donde estaba el dinero. He leído que ahora existen varias agencias en París: en el ’97 había esa sola. El alivio fue inmediato. Descubrí y recorrí las librerías del Quartier Latin, pero no cometí la locura de gastar: como mi madre, cuando quiero puedo ser sumamente tacaño.
Pasaban los días y Cristo no hablaba de exposición alguna. Comprendí que aquel club era completamente impropio –a menos que se hiciera una adaptación, sobre todo a base de luces-, y ni pensar en una galería. Pero podían colocarse algunos cuadros en el área semi-iluminada cercana a la puerta; sólo varios, para poder decir a los artistas que me dieron sus obras que habían expuesto en París. Me moría de vergüenza y de rabia. Pero Cristóbal estaba concentrado en los salseros cubanos que había contratado. Yo lo acompañaba con frecuencia, esperanzado en conmoverlo, pero el tiempo se iba en tocadores de bongó, treseros y cantantes caribeños.
Una tarde –para “salir de mi”- me llevó a las Galerías Lafayette a comprar soportes: salieron carísimos. Y eso que escogí los más sencillos, a base de presillas y acrílico: con un mínimo de esfuerzo suyo hubiesen salido más económicos. Pero lo cierto es que estaba concentrado en sus espectáculos. Si usted pretende vender arte fuera del país, vaya con un profesional, un galerista establecido y con clientela: no experimente pues no da resultado. Aunque me costara admitirlo, no lo sabía aún y había llegado a París con un cartapacio de pinturas: ¿cómo regresar a Cuba diciendo que no había expuesto o inventando pretextos? Por eso monté y colgué varias donde ya he dicho. Nadie las miró, pero se expusieron en París y les hice fotos.
Por esos mismos días conocí a Abbash, un descendiente de argelinos que trabajaba en la alcaldía y vivía en la calle Molière. Presidía una organización para ayudar a los niños de los países pobres. Lo visité varias veces, conversamos mucho y él hasta fue a ver mis cuadros, pero al final nada sucedió.
Estábamos en pleno agosto y la gente había dejado a París casi desierta. Las vacaciones. Muchos establecimientos estaban cerrados luciendo un simple aviso manuscrito: NOS VEMOS EN SEPTIEMBRE. Todas las personas a las que me habían recomendado estaban de vacaciones. Era casi día veinte y aún no había entrado a ningún museo. Por suerte, París es un museo enorme. Basta abrir los ojos. Desde ruinas romanas hasta los rascacielos espejeantes de La Défense.
El trazado en estrella del Barón de Haussmann es hermoso y peculiar de la ciudad: en el centro no hay edificios de más de ocho pisos y los tejados son abovedados y de pizarra. Le cogí amor a la calle.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Rubén llegó tarde, como anunció. En medio de la madrugada hubo que levantarse a saludar y conversar al menos dos palabras. Y al menos esa misma cantidad de palabras hay que decir de él, que me aguantó tantas semanas en su pisito de Clichy.
Quedamos en que era colombiano. De treintitantos años, baja estatura, blanco, calva incipiente y complexión mediana. Hacía tiempo estaba en Francia, tenía hijos, se había casado, tuvo trabajo fijo y estaba en proceso de divorcio. Ahora vivía solo y había quedado en el paro. Pero nadie se imagine a un pobre desempleado hambriento y rotoso. Por el contrario, Rubén era un tipo suficientemente estable aunque no próspero en el sentido tradicional –al parecer no le interesaban demasiado los bienes materiales; por lo menos, no para ostentarlos.
Trabajaba con Cristo en la complicada maquinaria del club de jazz y sus llegadas a mediación de madrugada se debían a que estaba encargado de cerrar el establecimiento a las dos de la mañana –hora límite fijada por la ley para los espectáculos. En su piso no había refrigerador, teléfono ni televisor. Al principio la ausencia de esos artículos me sorprendió un poco -¡en medio de París!- luego comprendí que hubieran sido una molestia y un gasto inútil: en realidad el colombiano utilizaba el piso sólo para dormir, ir al baño y lavar su ropa. Incluso “hacer el amor” no parece haber sido el uso más frecuente. Pero había una excelente lavadora y un cuarto de baños completo. Para comunicarse utilizaba su teléfono celular.
Era práctico y un tanto solitario. De hecho, yo estaba más aislado que en Cuba -donde en mi oficina de Caguayo y en mi vecindario hay varios teléfonos-: por suerte en la Ciudad Luz sobran “estaciones públicas” donde hacer y recibir llamadas. Nada de lo anterior me quitó el sueño.
A la mañana siguiente, mientras el otro dormía, salí a caminar. Situé la casa, el teléfono público, la parada del ómnibus, miré las vidrieras y los pequeños parques tan abundantes en cualquier ciudad francesa. El bulevar Victor Hugo es hermoso. Clichy es hermoso. Cuando años después vi por TV los desórdenes callejeros relacionados con la inmigración me sorprendí. La voz contrita de la periodista no casaba con la imagen que tuve: el Clichy que yo vi no se parece al Bronx, ni a un zoco marroquí, y mucho menos a los barrios de chabolas españoles –como de Europa hablamos, dejo fuera los cerros bogotanos, las favelas o los llegaypón cubanos. Es un sitio limpio, florido, de menor escala que el resto de la ciudad, pero por ello mismo más amable. La sociedad francesa es conservadora, desconfiada y poco franca, pero no difiere básicamente del resto de las europeas. Y por lo general, quien emigra sabe, aunque sea superficialmente, qué puede encontrarse. Evidentemente la historia no estuvo bien contada: es verdad todo lo que se dice acerca del drama de la emigración, de Francia, de la xenofobia.
De acuerdo, pero Clichy es hermoso.
Ya en la tarde bajé a la ciudad. A Rubén le habían regalado un Citroën de medio uso. Sin más ceremonias, arrancamos. Entonces vi París. Cuando somos nuevos en cualquier sitio, los primeros dos días nos posee una especie de bobería. Miramos las cosas, los lugares, los colores: olemos el aire, saboreamos las comidas, conocemos gente, pero sucede como si el cerebro todavía no las considerase reales: es parecido a la duda, como si a nada le dedicáramos demasiada atención. A medida que pasa el tiempo, la mente se convence de que todo es cierto, y entonces sí vemos. Al menos, a mi me ocurre de ese modo.
El club es un sitio de fachada bastante anónima, a no ser por los letreros, en una estrecha calle del centro llamada Des Petites Écuries (de las pequeñas caballerizas). Un sitio muy urbano, bullicioso, transitado, donde las aceras son estrechas y no es fácil aparcar un auto. Cruzando la calle hay un cafetín que parece sacado de un filme de la “nueva ola”.
Por dentro, este es el típico local nocturno. A la entrada tiene una especie de zaguán alargado donde quedan la taquilla, el guardarropa y varios tableros con avisos. Aquello se abre hacia un espacio oblongo de paredes curvas dispuesto en anchos escalones; en el nivel más alto está el bar. El escenario se alínea contra la pared del fondo, las mesitas se despliegan sobre los escalones que bajan hacia el escenario y unos pullman se adhieren a los muros. Éstos son rojo ladrillo, casi carmelita –colores corporativos de la cerveza Hatuey-. Atrás y en alto hay una caseta encristalada donde queda la oficina. Allí dejé las obras.
No me moví del centro nocturno hasta que cerraron en la madrugada. Por las conversaciones que escuchaba comencé a penetrar el misterio del lugar. La verdadera dueña del local era una señora –a la que nunca vi- que vivía en ese mismo inmueble. Otros vecinos frecuentemente se quejaban a la Policía por la música alta; también estaban los seres encargados de pegar por todo París los miles de anuncios que acompañaban cada presentación, aparte de quienes repartían volantes. Todos querían algo: la Policía aplicaba multas si ensuciaban determinadas paredes, pero si hacían mucha bulla también había multas; la dueña del local quería que le pagaran más, los músicos también querían más, y el público hallaba muy caras las entradas. Cristóbal, que a pesar de su imagen de “genio encerrado en una botella” era muy buen relacionista, constantemente conversaba por su celular con periodistas, emisoras de radio, proveedores, impresores; claro está que él también quería ganar el máximo. Yo me sentía como cáscara de nuez en tempestuoso mar.
Así pasaron dos o tres días. Veía lo que mis anfitriones veían, comía cuando y cómo ellos lo hacían. Me trasladaba (siempre en auto) a donde, y cuando ellos lo decidían. Nadie me diga ingrato, pero era insoportable. Yo era un parche mal pegado en medio de aquel ajetreo de salseros y propagandas baratas.
Una mañana salí a recorrer Clichy, entré a una librería y compré un plano de París: busqué los principales sitios, confronté el recorrido del bus que paraba en mi esquina y de ahí en adelante, me valí por mi mismo. Comencé a andar la ciudad.
Cristo me llevó a un sitio de la calle Lappe llamado Havanita Café donde había un alegre mural hecho por el pintor cubano Trillo; me presentó al propietario –un francés que fumaba un sempiterno habano- y quedamos en que al día siguiente yo le llevaría varias obras. Como tenía la experiencia de Colombia –las obras hay que “caminarlas” – me contenté muchísimo con la perspectiva. En efecto, la tarde siguiente tomé un taxi en la calle de las caballerizas y me fui hasta Lappe con un enorme cartapacio lleno de cartulinas, acuarelas y grabados. El francés del tabaco tenía un grupo de consejeros. Aquellas personas bebían buenos licores instalados confortablemente, conversando y carcajeando en el devaneo más auténtico que pueda imaginarse: llegué hasta ellos, me presentaron, saqué las obras y se las fueron pasando con displicencia y nonchalance. Evidentemente, ni eran conocedores ni estaban al día del arte de la isla. Una señora se quejó de que eran muy oscuras, que no representaban a Cuba, etc. Cuando terminaron recogí las obras, les di las gracias y salí. Un cliente puede o no comprar –por supuesto que nadie está obligado- pero comprendí que nada de lo que yo traía estaba en la “frecuencia” de lo que esperaban ellos –palmeras, orichas, mulatas, bongoes, colores. Yo sabía que las obras no eran malas, pero ciertamente necesitaban un apoyo que ellas solas no podían darse. Lescay pinta en una especie de trance muy cercano a la concepción del universo de la Regla de Palo, de una sensibilidad cultural casi abstracta –pues no se trata de un practicante religioso .
Me molestó el sucedido, pero en definitiva, era una experiencia más. Más me molestó el precio de los taxis. Acostumbrado a los la isla, hallaba escandaloso cuánto costaba un taxi europeo. Otra experiencia. No la he olvidado, pues en lo sucesivo nunca más –ni entonces ni después- he vuelto a parar un auto de alquiler europeo. Para eso hay piernas o metro, o bus.
martes, 16 de octubre de 2012
A mediados del siglo XVIII se llevó a cabo una gran rebelión esclava en la zona de El Cobre, la cual terminó obteniendo la libertad para los esclavos del Rey. M jefe estaba encargado del Monumento al Cimarrón –que a mi modo de ver es, en la totalidad de su obra, la escultura que mejor lo representa-, y a principios de 1997, se hallaba modelándolo. Meses antes se habían fundido dos tarjas de gran talla que produjeron bastante buena fama y dinero, por lo que el taller se hallaba en una etapa de mucho trabajo. Una tarde me encontraba allá con mi jefe cuando, sin darle demasiada importancia propuso que me hiciese cargo de una exposición en París para agosto de ese año. ¡París! ¡El sueño de casi cualquier poeta del Tercer Mundo! ¿Cómo no iba a aceptar? Mi corazón dio un vuelco.
Por si acaso, no lo comenté en la oficina y pospuse el hacerlo a Javier. ¿Y si se malograba? Por otra parte, quería hacerla lo mejor posible: probablemente nunca más tendría esa oportunidad. ¡Exponer en París! Elegí dos artistas: Miguel Ángel Lobaina con unos hermosos grabados y Jorge Adrián Pruna con varias acuarelas de motivos vegetales.
La historia es que durante su paso por la Ciudad Luz, Lescay conversó con Ivonet, un productor que utilizaba un club de jazz , quien planeaba un “agosto cubano” durante el cual el local se ambientaría con la susodicha exposición. Ese club es una especie de templo internacional del jazz, con lo cual mi entusiasmo redobló. La encargada de conectar con París sería una inglesa que tenía en La Habana una oficina de producciones de espectáculos musicales. Solicité y me enviaron un croquis del sitio con medidas y poco a poco armé mi proyecto.
Los meses pasaban y se acercaba agosto. A principios de junio casi todo lo que me parecía necesario para el proyecto estaba listo. Sólo mucho después comprendí que no era así. A través del teléfono y el fax me mantenía en contacto con la inglesa de La Habana, portavoz del establecimiento para jazz. Al parecer todo estaba en orden.
En junio se declaró en Santiago una epidemia de dengue. Lo anoto porque la dirección política de la provincia prohibió terminantemente llamar a la epidemia por su nombre y advertir adecuadamente a la población. Recuerdo que un médico lo mencionó por radio y fue sancionado. Murieron algunos y enfermaron miles: una ciudad apestada es algo sobrecogedor.
Uno de los efectos del dengue es el descenso violento y súbito de las plaquetas. Alguien puede parecer normal ahora y agonizar dentro de cuatro horas. Eso ocurrió en Cuabitas, donde son frecuentes las personas mal alimentadas, los bebedores, la poca higiene y las otras mil dolencias que no matan pero debilitan el organismo. A medida que avanzaba junio, la gente enfermaba y eran hospitalizadas. Las calles se vaciaron y se hizo el silencio. Cuando enfermé yo –mi caso fue benigno-, los hospitalizados eran tantos que decidieron atenderme en mi casa. El Día de los Padres, a mediados de junio de 1997 –tradicional día de celebraciones hogareñas-, por mi calle no pasó nadie, ni se oyó una música.
El día siete de julio se inauguró la gran estatua del Cimarrón en la cúspide del Cerro del Cardenillo: el montaje, en una cima tan estrecha y empinada, fue una verdadera proeza de técnica y valor personal. Este no es sitio para hablar ella; solamente diré que al estreno vinieron ministros, dignatarios de la oficina parisina de la UNESCO, una nube de periodistas y gentualla del mundo cultural: todos treparon llenos de sudor y sorpresa por un agotador trillo abierto a toda prisa. Las silenciosas cumbres y el áspero paisaje hicieron que, a pesar de todo, resultara un acto lleno de recogimiento.
Por otro lado, las gestiones del abogado Rigual para rescatar el vehículo donado por el alemán avanzaban. Su éxito era no solamente previsible -¿que más que entregarlo podía hacer el Museo del Automóvil?- sino inminente.
En efecto, alrededor del día quince me presenté en el apartamento de la señora Josefa, como de costumbre. A la mañana siguiente fui al despacho de la británica, quien nada tenía para mi: acordamos mantenernos en contacto.
En la primera semana no sé cuántas veces la telefoneé. Nada. Sin embargo, mis papeles de viaje estaban ya listos. Cuando me entregaron el pasaporte, la visa y el permiso de salida, la busqué de nuevo. Inútil. En esos días se celebró en La Habana el XIV Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes: para cerrarlo, una popular orquesta ofreció un concierto masivo en el Malecón; se propiciaron no sé qué excesos de impudor y la orquesta fue castigada a dos años sin tocar en público. Lo refiero porque cada día que pasa, la tónica del espectáculo cubano se hace más y más informal. Lejos de decaer, aquella orquesta se convirtió en un icono y sus cantantes en estrellas: ahora me pregunto si el arranque pudibundo no ocultaría el interés de alguien por disolverla.
Los días transcurrían y estaba claro que el hombre de París había perdido interés. Yo no tenía acceso directo a su teléfono desde Cuba; o sea, que me era imposible contactarlo. Por ello una tarde conversé con el jefe económico de la Fundación –que entonces era el moro Arafet - y le expliqué ampliamente la situación: me pidió veinticuatro horas más de paciencia. Al día siguiente llamó para decirme que se había decidido comprar mi billete de ida y vuelta a París. A los dos días, ya tenía el cheque y partí a las once de la noche del 4 de agosto de 1997.
Al medio día del 5 aterrizamos en la Ciudad Luz. Como se estaba haciendo una costumbre, nadie me esperaba. Por lo menos sabía que Cristóbal Ivonet es negro. Pero no había negro alguno esperándome. Los que llegaron junto conmigo partieron y yo quedé solo en aquella sortie de passagers del tamaño de una sabana, como Gigi con su maleta. Durante el vuelo conocí a un colombiano de apellido Rosales el cual, supuestamente, volaría cuatro días más tarde a casa de su hermana en San Petersburgo. Rosales tampoco conocía París, pero como le aseguré que alguien vendría a recogerme, determinó esperar el aventón y acompañarme.
Viajar solo a cualquier sitio, llegar y arreglármelas solo parece ser mi sino. Como el último día en La Habana la inglesa me dio los números telefónicos de Cristóbal, comencé a llamarlo. Nunca había sentido tanto miedo: el miedo del guajiro, claro. Imagino que ello nada será al lado del que sienten los emigrantes. Pero yo era yo: en definitiva, todos veníamos del Tercer Mundo y no conocíamos la tierra a la que arribábamos. Ciertamente, en Orly hay una estación del metro, pero ¿a dónde ir?: y hacia Cuba no partía avión hasta dos días después, así que volver, ahora, era imposible. No se podía ni yo quería hacerlo. Aguantar era la palabra de orden. Y aguanté.
Cada veinte minutos llamaba a Cristóbal. Todo el mundo lo llamaba Cristo, o sea, que mis llamadas me parecían jaculatorias. Logré hablar con él, me identifiqué, le dije que lo esperaba en Orly, respondió algo que no entendí y me prometió recogerme cuanto antes. Me volvió el alma al cuerpo.
Comenzó a llover, escampó, llovió otra vez, volvió a escampar: así pasó la tarde. Llegaron las seis y media, y Cristóbal también. Junto con un muchacho español -¿lo llamamos Ignacio?-. Como ya he dicho, nuestra capacidad de olvido es infinita: todo fueron sonrisas, monté en su auto con mi flamante compañero de viaje colombiano y partimos. Lo dejamos en el hotel que dijo tener ya reservado. Jamás lo he vuelto a ver. Para mi que tenía algo que ver con drogas.
Ya caía la noche y las calles estaban llenas de personas y autos. De pronto nos detuvimos y Cristo llamó a un sujeto. ¡Rubén! ¡Rubén! Rubén se acercó al auto, Cristóbal me presentó y le pidió que me dejara dormir en su apartamento hasta que encontrase (?!!) un hotel para mi. Evidentemente, el tal Rubén era de toda confianza de Cristóbal, pues sin pensarlo dos veces sacó la llave y me la dio. Ya tenía alojamiento. Me sentí casi parisino.
Luego fuimos a tomar una increíble sopa china con verduras, carne y spaghetti de arroz. De ahí a casita. A Clichy, fuera del perímetro de la ciudad, hacia el norte-noroeste. En realidad esta banlieue sigue el tejido urbano de la gran ciudad –prácticamente no hay interrupción visible-, pero como los franceses aman tanto la exactitud, decretaron que del otro lado de la Grande Ceinture (autopista que bordea París) ya se está fuera de la metrópoli. Y todo queda claro. Cristo e Ignacio me acompañaron a Rue Curton número 12, segundo piso: me enseñaron a teclear las contraseñas en la tableta de serguridad y abrir las puertas, subieron mi equipaje, me animaron a preparar café y conversamos un rato. Rubén telefoneó al portable del negro –advirtió que llegaría tarde, que nadie lo esperara- y al rato me dejaron solo. Así me apoderé de la cama y el baño. Y no por tres días, como había dicho Cristo, sino por un mes.
jueves, 11 de octubre de 2012
Ya estábamos en 1997. Durante verano había conocido a Radamés Loyola, un uruguayo residente en Ginebra, ex tupamaro amigo de Lescay. Otro personaje cuya incidencia en mi vida nadie pudo prever. Radamés es pintor y anti cristiano. Ciertamente, todo lo que pinta es contrario a la religión. Estuvo casado con la actriz Montse Duany y ahora lo estaba con una chica muy agradable, negra y abogada.
Creo que fue junio porque funcionaba la Feria del Caribe, y Rada –con su experiencia de antiguo clandestino- burlaba la vigilancia policial para entrar y subir a nuestro stand cada vez que le daba la gana. Dormía encima de una mesa del estudio de Lescay y se alimentaba solamente de mangos: recién llegado a Santiago compró un saco que le costó cuarenta pesos cubanos. Tenía el firme propósito de ir a Baracoa. Me pidió que escribiera dos cartas, una para el arzobispo Meurice y otra para el cura de la Ciudad Primada, Valentín Sanz –magnífico fotógrafo-: quería donarles arte anticristiano. Accedí a ello a cambio de un rosario nuevo (el uruguayo tenía varios). Al regreso a La Habana pasó por Santiago. Creo que siguió en Cuba varias semanas, porque mi próximo recuerdo lo sitúa en un apartamento de la calle 25 del Vedado.
Había llegado recién un matrimonio suizo amigo suyo y nos invitaron a cenar esa noche: querían conocer una paladar. Fuimos a una de la calle L, frente al Hotel Habana Libre, reducida y con las mesas muy próximas. La comida fue excelente. La suiza era una señora muy pulida y díscola, y él un ex arquitecto. En otra mesa había un joven mulato de sonrisa brillante que acompañaba a un gay español. La suiza no dejaba de mirarlo y en una ocasión le pasó un salero. Años después utilicé la escena para escribir un cuento. Al día siguiente regresé a Santiago: el matrimonio prometió visitar mi ciudad y contactarme para que le sirviera como una especie de cicerone. De regreso en Santiago llamé a una amiga que alquilaba habitaciones para extranjeros y el día señalado subí al aeropuerto a recogerlos. Los llevé a hospedarse —en realidad se trataba de un pequeño apartamento, no una pieza strictu sensu. Él fumaba sólo cigarrillos Camel y ella, además, bebía copiosamente. Dejaron sus cosas y nos lanzamos a la ciudad.
Era casi medio día. Los llevé a La Isabelica –donde protestaron porque hallaban muy caro el precio de la taza de café e injusto que los cubanos pagaran en pesos y ellos en dólares: hubieran preferido la moneda cubana. Comprendí que eran personas difíciles a las que no interesaba nuestra enrevesada realidad. A la noche cenamos langosta en otra paladar. También les resultó cara. Después de la comida se produjo una escena callejera donde ella lloró y bramó a la noche que detestaba a Santiago de Cuba. a la explanada de Ferreiro llena de jovencitos, motores y música tecno - y deseaba regresar a La Habana cuanto antes. Confieso que me aturdió el estallido. Desaparecí y no los volví a ver: sé que consiguieron un vuelo de regreso para la mañana siguiente.
Semanas más tarde Radamés regresó a Ginebra con su esposa cubana, más entusiasmado y feliz que nunca.
A principios del ’97 había recibido una carta de Suzanne Chautrière, de Ginebra, donde más o menos me decía que había sabido de nosotros por Radamés Loyola. Ella era directora artística de la sociedad Arc-en-ciel, y le interesaba organizar en su ciudad un festival cubano. Peguntaba asimismo si me interesaba participar en el proyecto y daba sus coordenadas. En mi mejor francés le contesté que claro que sí. En aquel tiempo ella no tenía correo electrónico y nosotros sí; me di cuenta de que, a pesar de estar en un “oscuro rincón del mundo”, Caguayo se mantenía bastante al día de todo. Así, estuvimos intercambiando faxes en un francés casi raciniano hasta que a los pocos meses me anunció que debía suspender su proyecto sin fecha debido a problemas personales. Vista su discreción, no averigüé más: le respondí que seguiría dispuesto en el momento en que fuera posible, etcétera. Entonces mi optimismo no conocía valladares.
Por esa época Caguayo ocupaba casi todo mi tiempo. En el estudio de Lescay no había espacio para conversar en privado, cosa que constantemente era necesario hacer. Además, él insistió en celebrar nuestros Consejos de Dirección (y los de Caguayo S.A.) en los talleres de El Caguayo pues realmente en las escrituras constaba que nuestra sede quedaba allá. Era más que todo un capricho, ya que no es indispensable que se lleven a cabo en la sede legal, pero tampoco costaba nada complacerlo. Mi verdadera labor como Secretario era tomar las actas: al principio lo hice con el exceso de fidelidad del principiante, luego me limité a escribir los acuerdos hasta que alguien reclamó y regresé a mi abrumador detallismo; digo abrumador porque en aquellas reuniones participaban muchos invitados que hablaban cualquier cosa, y de todo había que dar fe.
No sólo para los Consejos había que subir al taller: era interés de la dirección de Caguayo el que nos compenetrásemos con el lugar. El edificio forma un eje que va de sur a norte y queda detrás de las montañas que circundan la ciudad: Santiago está enclavado al sur. Alrededor de dos kilómetros afuera de la Autopista Nacional: el camino de entrada comienza cruzando la vía frente al sanatorio del sida. De ahí a Santiago son veinte kilómetros. En total, veintidós. Unos veinte minutos de viaje en auto.
El terreno donde está la fundición es llano: el llamado Valle del Cauto, varios metros más alto que la urbe heroica. Eso determina un clima más fresco donde sopla viento y llueve con frecuencia. Para ir y volver hay que poseer vehículo o depender de los del taller; o sea, que uno allá se siente como preso. Ni ese detalle, ni el hecho de levantarse lejos de la carretera me inclinaron hacia el taller enclavado en el campo: soy un bicho de ciudad.
Como hubiese dicho Pío Baroja: el mundo es ansí.
lunes, 8 de octubre de 2012
Debido a mi trabajo, debía viajar a La Habana frecuentemente, pero entonces Caguayo no tenía contrato con ningún hotel: los hoteles de lujo eran sólo para extranjeros y además, caros. Los demás, o habían cerrado o siempre estaban llenos. Era tiempo perdido andar de hotel en hotel buscando una mínima pieza. La forma de resolver era hospedarnos en casa de una señora mayor llamada Josefa que nos cobraba barato porque era amiga de Lescay; en realidad el amigo era el marido de la dama
Era un buen apartamento, casi detrás de 3ra y F, el edificio de becados donde viví en mi etapa universitaria. A veces la habitación estaba ocupada y no había otra cama: recuerdo que una noche dormí sobre una suerte de diván en forma de riñón. Al día siguiente me sentí tullido. Pero por lo general era un sitio acogedor.
Una noche del calurosísimo otoño del ’96 recibí la llamada de Marcelo Sepúlveda –mi amigo chileno. Pasó varios años acá, después del Golpe. Vivió su adolescencia en Nueva York y se graduó de escenógrafo en la NYSU –eso relataba él. Nació en Santiago de Chile y el 11 de septiembre de 1973 trabajaba en el Teatro Municipal, cerca de La Moneda. Pertenecía a un grupo teatral muy allendista, por lo que tuvo que esconderse en el sótano hasta que pudo salir al exilio. Fue a Panamá, a Méwxicoxico; de ahí a La Habana y después a Santiago de Cuba. En mi ciudad llevaba una vida bastante enloquecida durmiendo poco, y con un asma agravada por la humedad caribeña. Los sábados subía a cenar a Cuabitas y no era mal sujeto –hasta estuvo estudiando Historia en la universidad de aquí, aunque no llegó a graduarse: discutíamos muchísimo sobre Historia y Política – yo era un descreído. Por fin, los que gobernaban Chile decidieron dejar regresar al país a una serie de partidarios de la Unidad Popular –entre los que se encontraba mi amigo. Y regresó a su patria. Fue en el ’84. Nos escribíamos esporádicamente (me indignó que al comienzo del Período Especial me tratara de exagerado cuando le describí las miserias del momento): luego no supe más de él. Era que su padre había fallecido y le tocó una mediana herencia (son dos hermanos y una hembra). Ahora que había regresado de vacaciones, me buscó y me encontró. Ya Marcelo no tenía panza (se hizo una liposucción) ni era calvo (llevaba un implante de cabello con el cual hasta podía practicar clavado); en suma, su muy citadino aspecto general había rejuvenecido: imagino que quedaba bien en sus caros ambientes nocturnos. Me alegró mucho conversar con él y verlo. Esa noche visitamos a Julio Acanda y conocimos a Vadim el hijo de una pintora famosa, que en aquella época era un chico muy loco al que –relataba él- durante toda su niñez la mamá lo obligó a ir hasta cualquier hora a casi dondequiera que los niños se aburren. Claro que ello es muy preferible a la soledad; recuerdo que mi padre me hacía participar en casi todas sus juntas de negocio donde yo permanecía religiosamente callado para después en privado criticar ferozmente a Fulano o Mengano por hablar tanta basura ¿Y por qué no lo dijiste?, me respondía él. Sí, sería una gracia, pero nunca más me llevarías a otra junta. Tomé muy bien la lección del nacimiento navideño con las Cataratas del Niágara, remember?- En definitiva la madre de Vadim es una artista, no un ama de casa, e hizo lo mejor que pudo.
Pues nada, ese era Marcelo. Después de 2003 supe que, en Santiago de Chile- sus ahogos empeoraron y en uno de ellos falleció allá por 2009.
Era un buen apartamento, casi detrás de 3ra y F, el edificio de becados donde viví en mi etapa universitaria. A veces la habitación estaba ocupada y no había otra cama: recuerdo que una noche dormí sobre una suerte de diván en forma de riñón. Al día siguiente me sentí tullido. Pero por lo general era un sitio acogedor.
Una noche del calurosísimo otoño del ’96 recibí la llamada de Marcelo Sepúlveda –mi amigo chileno. Pasó varios años acá, después del Golpe. Vivió su adolescencia en Nueva York y se graduó de escenógrafo en la NYSU –eso relataba él. Nació en Santiago de Chile y el 11 de septiembre de 1973 trabajaba en el Teatro Municipal, cerca de La Moneda. Pertenecía a un grupo teatral muy allendista, por lo que tuvo que esconderse en el sótano hasta que pudo salir al exilio. Fue a Panamá, a Méwxicoxico; de ahí a La Habana y después a Santiago de Cuba. En mi ciudad llevaba una vida bastante enloquecida durmiendo poco, y con un asma agravada por la humedad caribeña. Los sábados subía a cenar a Cuabitas y no era mal sujeto –hasta estuvo estudiando Historia en la universidad de aquí, aunque no llegó a graduarse: discutíamos muchísimo sobre Historia y Política – yo era un descreído. Por fin, los que gobernaban Chile decidieron dejar regresar al país a una serie de partidarios de la Unidad Popular –entre los que se encontraba mi amigo. Y regresó a su patria. Fue en el ’84. Nos escribíamos esporádicamente (me indignó que al comienzo del Período Especial me tratara de exagerado cuando le describí las miserias del momento): luego no supe más de él. Era que su padre había fallecido y le tocó una mediana herencia (son dos hermanos y una hembra). Ahora que había regresado de vacaciones, me buscó y me encontró. Ya Marcelo no tenía panza (se hizo una liposucción) ni era calvo (llevaba un implante de cabello con el cual hasta podía practicar clavado); en suma, su muy citadino aspecto general había rejuvenecido: imagino que quedaba bien en sus caros ambientes nocturnos. Me alegró mucho conversar con él y verlo. Esa noche visitamos a Julio Acanda y conocimos a Vadim el hijo de una pintora famosa, que en aquella época era un chico muy loco al que –relataba él- durante toda su niñez la mamá lo obligó a ir hasta cualquier hora a casi dondequiera que los niños se aburren. Claro que ello es muy preferible a la soledad; recuerdo que mi padre me hacía participar en casi todas sus juntas de negocio donde yo permanecía religiosamente callado para después en privado criticar ferozmente a Fulano o Mengano por hablar tanta basura ¿Y por qué no lo dijiste?, me respondía él. Sí, sería una gracia, pero nunca más me llevarías a otra junta. Tomé muy bien la lección del nacimiento navideño con las Cataratas del Niágara, remember?- En definitiva la madre de Vadim es una artista, no un ama de casa, e hizo lo mejor que pudo.
Pues nada, ese era Marcelo. Después de 2003 supe que, en Santiago de Chile- sus ahogos empeoraron y en uno de ellos falleció allá por 2009.
viernes, 5 de octubre de 2012
Desde 1992 ó 93, cuando el Período Especial arreció, me di cuenta de que era imposible mantener una casa donde la única persona activa era yo.
La vejez de mi madre, la anormalidad de Virginia y el estado en que quedó Bebé después de su recuperación les impedía hacer colas, lavar, cocinar, limpiar, cargar cosas: yo lo hacía todo. Por eso tuve que pedirle a Bebé que regresara junto a su familia –en realidad la casa donde nació existía y conservaba allí una habitación. Aquello me afectó mucho porque es injusto que alguien que había hecho tanto por nosotros –y por mi en especial- a través de los años fuera obligada a regresar a donde nunca le gustó estar, ya en la ancianidad, y con dificultades para andar-. Pero no tenía opción. La visitaba a diario, también le llevaba todos los meses los alimentos que le correspondían por el racionamiento , y mi madre iba cada vez que podía –casi siempre el domingo. Su casa y la nuestra no quedan distantes. Hoy, al cabo de más tiempo,, sigo reprochándomelo aunque tampoco he hallado otra posible solución. Por eso creo que es peligroso hacer por otro algo que ese otro no pueda corresponder. En esas deudas “impagables” ¿no resulta el uno como rebajado, y el otro listo para la decepción? La vida es imprevisible y a veces nos impide actuar como debiéramos. Si alguna vez Bebé se sintió decepcionada de mí y de mi madre: ¿le faltó razón?
A fines de 1995 hacía más de un año que mi madre no existía y mi hermana estaba en el asilo; sin embargo con Bebé nada había cambiado. Seguía siendo prácticamente una inválida, sólo dejaba el lecho para hacer sus necesidades o sentarse durante un rato en un balance. Además, la senilidad se había apoderado de su mente. Yo seguía visitándola sobre las siete o siete y media de la noche.
La anciana perdía su mente por días. Empezó a tener alucinaciones en las que yo me presentaba: cruzaba un parque y conversaba con ella. Bebé lo comentaba como si fuese algo real. Imagino que otros han pasado por lo mismo y de seguro saben cómo se siente uno: la persona que alucina nunca fue de esa manera -todo lo contrario- y ahora sí, irreversiblemente.
Sus últimos días deben de haber sido muy tristes. O quizá el juicio ausente se lo ahorró. Alguien tan activo y paciente merecía mejor fin.
Hacia el verano del ’96 falleció y está sepultada en Cementerio de Santa Ifigenia, en el panteón de la familia Henríquez Lauranzón (el ingeniero Eduardo Henríquez, hermano de padre Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña, fue un vecino nuestro muy querido).
La mañana que enterraron a Bebé llegué tarde al trabajo. Nadie me preguntó qué había ocurrido.
Generalmente trabajaba hasta las cuatro o cuatro y media de la tarde. Vista Alegre no es un barrio desagradable. Alejado de mi casa sí está –entonces Caguayo no tenía autos como después-, pero sus residencias espaciosas, sus jardines y sus calles lo embellecen: de hecho está concebido como una ciudad jardín de principios del siglo XX. La Avenida de Manduley lo divide en dos: hacia el final de la misma, cerca de calle 17, trabajábamos nosotros, en una vivienda antigua de cuando empezó el reparto.
Dos o tres casas más allá del estudio de Lescay, donde funcionaba Caguayo, había visitado durante mi infancia a los desquirones: después de vender la casona de San Jerónimo 8, se mudaron al barrio chic. Mi tío abuelo Pimpín me enseñó unas revistas muy antiguas: en una de ellas aparecía el retrato de un antepasado nuestro, de perfil (años después, cuando mi pariente Robert Gardère-Desquiron me obsequió las memorias de Michel Desquiron, reconocí la efigie entre los documentos gráficos). Terminaba alrededor de las cuatro de la tarde y bajaba a beber café con Frank y Abelardo. Todavía éramos muy cercanos. Frank o Abelardo –o ambos- me acompañaba luego hasta la parada de la ruta 16, la de regresar a casa.
Mi prima Xiomara vivía conmigo: sus hijos iban y venían. Recuerdo que entonces Xiomarita no sabía cocinar: sus comidas eran desabridas. Una vez le pregunté por qué preparaba así los alimentos y me respondió que a sus hijos no les gustaba el ajo ni ninguna especia. Era que no las conocían, pues en cuanto les dio comida condimentada la hallaron suculenta. Más tarde aprendió a cocinar y es muy buena. Su hija Elsita también.
En fin. Yo nunca había hecho el papel de pater familias ni nada por el estilo. Pero aquellas mujeres podían más que yo. Hasta que un día –sin más allá ni más acá- Xiomarita lió sus bártulos y regresó a su casa, aunque no medió entre nosotros la menor discusión y se ha convertido hasta hoy en mi mejor cuidadora y colaboradora.
La vejez de mi madre, la anormalidad de Virginia y el estado en que quedó Bebé después de su recuperación les impedía hacer colas, lavar, cocinar, limpiar, cargar cosas: yo lo hacía todo. Por eso tuve que pedirle a Bebé que regresara junto a su familia –en realidad la casa donde nació existía y conservaba allí una habitación. Aquello me afectó mucho porque es injusto que alguien que había hecho tanto por nosotros –y por mi en especial- a través de los años fuera obligada a regresar a donde nunca le gustó estar, ya en la ancianidad, y con dificultades para andar-. Pero no tenía opción. La visitaba a diario, también le llevaba todos los meses los alimentos que le correspondían por el racionamiento , y mi madre iba cada vez que podía –casi siempre el domingo. Su casa y la nuestra no quedan distantes. Hoy, al cabo de más tiempo,, sigo reprochándomelo aunque tampoco he hallado otra posible solución. Por eso creo que es peligroso hacer por otro algo que ese otro no pueda corresponder. En esas deudas “impagables” ¿no resulta el uno como rebajado, y el otro listo para la decepción? La vida es imprevisible y a veces nos impide actuar como debiéramos. Si alguna vez Bebé se sintió decepcionada de mí y de mi madre: ¿le faltó razón?
A fines de 1995 hacía más de un año que mi madre no existía y mi hermana estaba en el asilo; sin embargo con Bebé nada había cambiado. Seguía siendo prácticamente una inválida, sólo dejaba el lecho para hacer sus necesidades o sentarse durante un rato en un balance. Además, la senilidad se había apoderado de su mente. Yo seguía visitándola sobre las siete o siete y media de la noche.
La anciana perdía su mente por días. Empezó a tener alucinaciones en las que yo me presentaba: cruzaba un parque y conversaba con ella. Bebé lo comentaba como si fuese algo real. Imagino que otros han pasado por lo mismo y de seguro saben cómo se siente uno: la persona que alucina nunca fue de esa manera -todo lo contrario- y ahora sí, irreversiblemente.
Sus últimos días deben de haber sido muy tristes. O quizá el juicio ausente se lo ahorró. Alguien tan activo y paciente merecía mejor fin.
Hacia el verano del ’96 falleció y está sepultada en Cementerio de Santa Ifigenia, en el panteón de la familia Henríquez Lauranzón (el ingeniero Eduardo Henríquez, hermano de padre Max, Camila y Pedro Henríquez Ureña, fue un vecino nuestro muy querido).
La mañana que enterraron a Bebé llegué tarde al trabajo. Nadie me preguntó qué había ocurrido.
Generalmente trabajaba hasta las cuatro o cuatro y media de la tarde. Vista Alegre no es un barrio desagradable. Alejado de mi casa sí está –entonces Caguayo no tenía autos como después-, pero sus residencias espaciosas, sus jardines y sus calles lo embellecen: de hecho está concebido como una ciudad jardín de principios del siglo XX. La Avenida de Manduley lo divide en dos: hacia el final de la misma, cerca de calle 17, trabajábamos nosotros, en una vivienda antigua de cuando empezó el reparto.
Dos o tres casas más allá del estudio de Lescay, donde funcionaba Caguayo, había visitado durante mi infancia a los desquirones: después de vender la casona de San Jerónimo 8, se mudaron al barrio chic. Mi tío abuelo Pimpín me enseñó unas revistas muy antiguas: en una de ellas aparecía el retrato de un antepasado nuestro, de perfil (años después, cuando mi pariente Robert Gardère-Desquiron me obsequió las memorias de Michel Desquiron, reconocí la efigie entre los documentos gráficos). Terminaba alrededor de las cuatro de la tarde y bajaba a beber café con Frank y Abelardo. Todavía éramos muy cercanos. Frank o Abelardo –o ambos- me acompañaba luego hasta la parada de la ruta 16, la de regresar a casa.
Mi prima Xiomara vivía conmigo: sus hijos iban y venían. Recuerdo que entonces Xiomarita no sabía cocinar: sus comidas eran desabridas. Una vez le pregunté por qué preparaba así los alimentos y me respondió que a sus hijos no les gustaba el ajo ni ninguna especia. Era que no las conocían, pues en cuanto les dio comida condimentada la hallaron suculenta. Más tarde aprendió a cocinar y es muy buena. Su hija Elsita también.
En fin. Yo nunca había hecho el papel de pater familias ni nada por el estilo. Pero aquellas mujeres podían más que yo. Hasta que un día –sin más allá ni más acá- Xiomarita lió sus bártulos y regresó a su casa, aunque no medió entre nosotros la menor discusión y se ha convertido hasta hoy en mi mejor cuidadora y colaboradora.
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