jueves, 22 de noviembre de 2012

Volamos el 13 de mayo del 2003. Aterrizamos en el aeropuerto Princesa Beatriz, de Aruba, que tiene la forma de una enorme granja blanca con techo a dos aguas; después de varias horas, un pequeño avión de línea nos llevó a Willemstad, capital de las Antillas Holandesas y de la Isla de Curazao. Nos recibieron con mucho cariño y nos hospedaron en el Hotel Outrobanda –en el barrio de ese nombre, a la izquierda de la entrada a la enorme bahía. No sé cuántas presentaciones tuvimos: recuerdo que tuve dos en la TV local, una en el Landhuis Bloemhof y otra en una hermosa mansión llamada Villa María. Lescay se presentó en varias escuelas, todo con mucho éxito.

En las Antillas Holandesas el lenguaje popular es el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y francés: suena muy dulcemente y no hace falta traducirlo, pues se entiende con facilidad. Si algo me asombró fue el alto nivel de vida, la tranquilidad y ganas de vivir de los curazoleños, a pesar de que en la noche salen los drogadictos, esos tristes fantasmas. La conciencia del patrimonio construido está muy desarrollada, y aunque la isla es pequeña –en tres horas se va de un extremo al otro- es enorme la cantidad de landhuis que se conservan en perfecto estado– haciendas de la etapa esclavista. Mi estancia coincidió con una celebración anual; durante ella, cualquier persona tiene derecho a acceder libremente a cualquier edificación declarada monumento –incluyendo viviendas ocupadas-. La población recorre en manadas los barrios de Willemstad entrando y saliendo de las antiguas casas. Durante la fiesta del Monumento habrí las madres emperifollan a sus niños para el rosario de recorridos patrimoniales. Es una inundación de visitantes: incluso en el barrio rastafari de las afueras, con sus viviendas encaramadas en pilotes y sus paredes exteriores cubiertas de pinturas y grafitti alegóricos. Hay personas que aprovechan la inacabable arribazón para vender golosinas y hasta prendas de vestir: nunca había visto algo así. Ese mismo día entré a la fábrica de licor Kuba, donde, para dar la bienvenida, sirven gratis todo el curaçao que puedas beber. Delicioso, ese licor.

Serví de asesor –como en Ibagué- para hacer una escultura: Lescay, tres artistas curazoleños –entre ellos mi amigo Tirzo Marta- y yo. Se solucionó con postes telefónicos trincados por su parte central: cada palo simbolizaba uno de los principales componentes de la población isleña. Resultó una suerte de trípode gigante con extremidades decoradas a base de elementos cerámicos, metálicos, tallas, muescas, etc. Cuando lo terminaron, se decidió emplazarlo en un sitio bastante lejano llamado Landhuis Kenepa (Hacienda El Mamoncillo)  donde tuvo lugar la rebelión esclava más importante de la isla. No sé cómo la trasladaron ni si la llegaron a emplazar, pues era bastante pesada y de forma compleja.

El paisaje de Curazao es diferente al de Cuba. Apenas llueve y no tiene agricultura –todo se importa-; el viento fuerte del nordeste la bate casi todo el tiempo, al punto que los árboles crecen inclinados en la dirección del aire. A propósito, el árbol nacional –figura en el escudo de Aruba- se llama divi-divi y recuerda al marabú cubano, sólo que mucho más desembarazado y airoso. En los jardines abunda el que nosotros conocemos por franchipán y parece que en el pasado lo fue el flamboyán –existe una baile folcórico sobre él.  Me impresionó especialmente el Octopus Club, un centro nocturno a orillas del mar: el pavimento es una especie de balsa bajo la que baten las aguas, y la noche que estuve allí eran muy notorios los peces voladores y ese fenómeno de fosforescencia descrito en tantas novelas y relatos de viajes. A la entrada de la bahía se encuentra el Puente de la Reina Emma, que consiste en pontones sujetos en fila que se abren y cierran para dejar pasar a las embarcaciones: la superficie descansa sobre las olas y se percibe su balanceo. También está la sinagoga, abierta desde 1651 y enorme como una catedral: se dice que es la que lleva abierta al culto más tiempo consecutivo.

Recuerdo que una vez una persona que sobrevoló esa isla me dijo: parece un depósito de casas de muñeca. De cierto modo es verdad: la arquitectura curazoleña por lo general realiza obras de escala muy humana. La yuxtaposición de elementos holandeses y portugueses así como el uso de colores vivos, hacen de Willemstad un espectáculo inolvidable.

No puedo quejarme de los curazoleños, que me trataron con mucho afecto y generosidad. Cuando llegó el momento de regresar a Cuba, temí que en la aduana de La Habana decomisara la laptop de Lescay –que tanto nos había servido- pues en su distracción, olvidó declararla como propia al salir de Cuba –una regulación criolla prohíbe importar todo tipo de computadoras y sus piezas. Sin embargo, al aterrizar, los aduaneros olvidaron el equipo e incautaron los aromáticos quesos de bola holandeses que traía el artista.

La casa que en definitiva  dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.


Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.

Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas,  habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya  no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.

Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol  –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.

Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

La casa que en definitiva  dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.


Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.

Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas,  habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya  no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.

Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol  –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.

Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.


viernes, 16 de noviembre de 2012

Coco y David se portaron conmigo con mucha generosidad; en el caso de David quizá hasta con más de lo que sería juicioso para él. Coco vivía cerca de la estación de Atocha, en un bonito apartamento. Me dio una habitación y un cuarto de baños que me impresionó especialmente por la cantidad de luces alrededor del espejo: parecía un camerino. Apenas llegado, salí a caminar con David: era como las 10 pm, pero como la vida nocturna madrileña es muy poderosa; en ese momento las calles empezaron a llenarse por segunda o tercera vez en el día.

La jornada siguiente, aun siendo medio día, Coco no se había levantado: me puse a fisgonear por su salón y prendí la TV. Del cuarto salió un joven gordito, que se sentó junto a mi. Me habló de cosas sin importancia, como que trabajaba se mozo en un café. Esa tarde Coco me llevó al Museo del Prado, al Jardín Botánico.  Madrid es bello, pero el juntarme con David y Roger después de años fue una experiencia increíble. Una tarde caminamos mucho por la Plaza de Oriente y esas callecitas que recuerdan tanto a La Habana Vieja. Nos acompañaba Aleida, una abogada amiga de David. Coco insistió en detenerse en una dulcería a comer merengue. Al día siguiente deberíamos ir al Escorial. Nos llevaría la abogada, que tiene auto y es una persona maravillosa. Por alguna razón Coco no pudo ir y fui con los otros dos.

El Escorial queda como a cincuenta kilómetros de Madrid, en la montaña. Cuando estuve en París no fui a Versalles, así que no sé cuál es mayor, si uno o el otro. En todo caso ambos ocupan extensiones enormes y dicen cómo fueron sus constructores. De cierto modo los dos representan una idea del mundo.  La propia finalidad del Escorial, monasterio y depósito de cadáveres regios, marca una diferencia fundamental. Sus pasillos casi desnudos y la austerísima habitación de Felipe II expresan qué es España. Quisimos entrar a la capilla –en realidad un templo enorme repleto de pinturas y esculturas de maestros- pero al ser domingo y celebrarse misas, sólo se permiten visitas durante los recesos. Cuando llegué a la cancela de entrada no se veía a nadie en el altar y quise entrar: me lo impidió un guardia civil bigotudo y con tricornio que parecía sacado de una película de Buñuel. Se dice que la villa de El Escorial sigue siendo franquista. En realidad parece más un pueblo provinciano: pocas personas jóvenes, ropa oscura, ritmo pausado.

Almorzamos en una antigua venta. Luego regresamos al monasterio y subimos a la biblioteca. El Escorial sigue siendo una casa religiosa y los monjes ocupan más del 80 % del edificio. Resulta sobrecogedor, como un viaje en el tiempo.

Otro día Coco nos llevó a comer a Chueca, el barrio gay y exclusivo de Madrid. El restaurante se llamaba La Dama de Negro, tiene un altarcito con su virgen y velitas prendidas; está decorado con maniquíes femeninos. Todo el personal es gay. Nos atendió un flaco que hablaba mucho. Supuestamente el propietario se apodó La Dama de Negro en otra época. Me gustó, pues por lo general los restaurantes, o bien tienen un ambiente opresivo, casi militar, o bien te sientes como un fantasma metido donde no debiera estar. A pesar del andamiaje y la decoración, La Dama... no es así.

Como viajé solamente con una mochila, no cupieron todos los libros que Coco me quería dar – los tiene extraños y bellos. David me había publicado dos títulos de poesía en el proyecto editorial suyo llamado Timbalito –como el barrio marginal camagüeyano- y me imprimió muy hermosamente ese año Poemas de año y medio. Sólo pude traer dos ejemplares. Cómo lo lamento.

El día antes de volver a Suiza me mudé a casa de David. Lo conocía más que todo a través de Carlos. Y fue a través de él que hicimos amistad y en algún momento de los años ’70 me hospedé en su casa camagüeyana de la calle García Roco: entonces sus padres estaban vivos.  Mi recuerdo de él, en Cuba, corresponde a un muchacho apuesto, rubio, delgado, de rostro felino. Almorzamos juntos –es excelente cocinero. Estaba su amigo Antonio. Esa noche fuimos a un café de barrio a conversar. Me contó sus años en España: la madre, Ángel: el señor que falleció dejándole el sida por herencia, sus sucesivos trabajos. No creo útil tratar de relatarlos: no lo haría bien.

Por primera vez me reencontré, en sus vidas actuales, con mis amigos de la juventud. Fue como abrir un postigo hacia ese otro espacio al que, lo mismo Afuera que Adentro fuimos llevados (¿lanzados?) todos. No es lo mismo que cuando Carlos Victoria fue a Santo Domingo, o más tarde, en el 2003, cuando vino hasta mi casa de Cuabitas. Ahí fue él quien se asomó a mi vida: a saber qué vió. No sé si hablar de amargura, ya que el tiempo y la edad por si solos pueden hacernos amargos, pero ciertamente no vi serenidad. En todo caso cierta indiferencia. Ojalá Roger no se sienta dolido de mi por lo que escribo, pero es la verdad. ¿Esperaba encontrar algo diferente? No sé. Es como saber que algo va a ocurrir sin remedio: cuando al fin sucede, siempre nos sobresaltamos, siempre nos asusta la sorpresa. Saqué en limpio que todo lo que he visto y vivido en estos años de separación es nada o casi nada comparado con ellos. Les hablé de mi, de lo que hacía, de lo que era mi trabajo en ese entonces, y aunque no me lo dijeron. Percibí indiferencia en sus voces. Repito que más generosos de lo que se portaron conmigo (hablo de lo material) resultaba imposible, pero me sentí triste. ¿Será posible que nuestra vida –la de todos- haya sido esa basura?

En diciembre de 2011 David Lago falleció; cuando lo hizo yo no me comunicaba con él desde hacía meses, pues se había politizado demasiado parta mi gusto.

Una mañana regresé a Ginebra y a los pocos días, a Cuba.

jueves, 15 de noviembre de 2012

En lo que a mi personalmente se refiere, el ’99 comenzó en positivo. Mi doble cargo de Secretario (con mayúscula) de Fundación Caguayo y Caguayo S.A. me había introducido a un mundo diferente al mío. Me volví un funcionario: no estatal, pero funcionario al fin. Cultural, pero funcionario. Víctima o actor de riesgos, responsabilidades, envidias y compromisos que no me pertenecían.  Un poeta debe preocuparse por hacer poesía, no por los vaivenes de una institución. Pero ese establecimiento me daba (y sigue dando) de comer y vestir, y en el campo de la Cultura de mi país –que es el único que conozco algo, poco- ni entonces ni ahora existe algo siquiera parecido.

Como ya dije resolvía muchos problemas que no tenían que ver conmigo. Igual que la inmensa mayoría de las personas que escriben, uno se dedica a lo que puede; sólo que lo hacía desde una posición que me permitía comunicarme, moverme con cierta facilidad –el auto era de la empresa, verdad, y no disponía de él a mi antojo, pero lo tenía y en mi país y medio eso es una total y absoluta anomalía- mediante el auto conocí personas interesantes, fui a sitios, recibí invitaciones. A cambio debía soportar algunas malacrianzas.

Supuestamente un Secretario solamente debe levantar actas de los Consejos de Dirección y las Juntas Directivas, inscribir los movimientos de acciones, citar a las reuniones ya citadas: yo hacía todo eso y además participaba de cuanta junta, despacho o asunto se perdía por Caguayo, desde organizar una exposición hasta evaluar un proyecto, pasando por atender a solicitantes insistentes y poco capacitados. Además, mis “pares” en el trabajo –por llamarlos de alguna manera- me hacían difícil la vida. Otra cosa no podía esperarse. Por una parte Lescay empezó a desarrollar una peculiaridad muy peligrosa de su carácter. En unas ocasiones piensa, comprende y oye; en otras sólo hace su voluntad. Unas veces, es muy modesto y otras, de una vanidad absurda. Generoso y cicatero a la vez. Estoico unas veces, excesivamente sensible otras. Y así. Siempre desconfió de nosotros: era así.


Hacia junio Suzanne vino a Cuba junto a la directora de Les Halles de l’Île. Aquí decidimos qué artistas irían a Suiza: Lescay, Julia Valdés y Mayito Trenard. Quedaban sin cubrir otra plaza de artista cubano. Durante los días que Suzanne y compañía pasaron en La Habana vieron el trabajo de Amelia Carballo y se decidió que fuera ella también, junto a Angelito Norniella (aunque de él solo obras). Luego, querían también llevar obra de Rodríguez Cobas, pero este se negó a ceder nada si él personalmente no participaba. Su empeño no prosperó. Yo también iría, no solamente como curador de la muestra sino a dar dos conferencias: una sobre la Regla de Ocha y otra sobre Arte Cubano de los ’90.


A fines de septiembre ya estábamos en Ginebra. Al final se hizo una muestra personal de Lescay en la alcaldía de Ferney-Voltaire, luego, con muchísimo éxito, las de los Halles de l’Île, un recup-art  –taller de creación infantil a base de materiales de desecho- con Mayito Trenard. Y mis conferencias. Al final di otra que no había preparado, pues a Suzy la falló su conferencista sobre el tabaco habano y ocupé su lugar –en el Moulin à Danses, que  pasaba sucesivamente de sala de conferencias a pasarela de modas y discoteca. Salió bien. También tuve una mesa redonda en una librería llamada Albatros. Se discutió sobre el mundo editorial en los países hispanos. Como pude, expliqué el caso cubano, o mejor, mi experiencia editorial en Cuba. O sea, muy poca: aparte de Cuba-Ginebra, se celebraba algo muy ginebrino llamado La Fureur de Lire (El Furor de Leer), que hacía muchas actividades relacionadas con la Literatura.

Pasé en Ginebra cerca de un mes. Mientras los artistas se hospedaban en los estudios de la ciudad -los que están encima de las galerías- yo lo hacía en un pequeño espacio en los bajos del edificio donde vivía Suzanne, en la calle Vernon. Aprendí de guaguas, restaurantes y tiendas. Suzy me compró un teléfono portátil: gracias a él estuve conectado con mi oficina de Cuba y con mis amigos de Madrid. Coco Salas y David Lago conversaban conmigo casi a diario: en definitiva me invitaron a pasar unos días a Madrid. David Lago me pagó el pasaje y me hospedé en casa de Coco.

He olvidado la fecha exacta de mi viaje a Madrid. Fue a fines de septiembre del ‘99. Estuve cuatro días. Desde que aterrizamos en Barajas se hizo evidente que vivía un ambiente muy diferente al apacible aeropuerto ginebrino.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Apenas llegué, mi amigo Frank Aguilera me hizo ir a un espiritista -digo espiritista para designar alguien que daba consultas según las creencias populares cubanas, no porque fuera exactamente un discípulo de Allan Kardec  - Ya fuiste a un médico y estás tomando medicinas; pero tú nunca te enfermas y a mi no hay quien me joda, si caminaste por la ciencia ahora tienes que caminar por “lo otro”. Se refería a mi infección intestinal, que en realidad se iba calmando poco a poco pero tardó más de un mes en desaparecer. Para él –y confieso que para mi también, pues en el Caribe los maleficios existen y funcionan- mi repentina enfermedad podía ser fruto de un trabajo. Fui.

Era un actor que consulta sólo a “personas escogidas” del medio artístico que van recomendados. Rezó, me hizo despojos, me tiró las cartas, cayó en trance, describió cosas que “alcanzaba a ver”, “recetó” ciertos baños y me dijo que me fuera en paz. Su dictamen fue que yo tenía una protección muy fuerte, que no me preocupara aunque insistió en un ser luminoso y blanco junto a mi, con un compás y una regla –mi protector- y una señora también blanca -¿mi madre?- a quien se debían ofrendar flores blancas los sábados. No he sido creyente –en ese sentido popular- ni he tenido visiones u otro tipo de experiencias sensoriales, pero siempre he sentido muy claramente la presencia de mis padres fallecidos dentro de mi. Supongo que cualquier espíritu que se me apareciera en casa solamente podría ser amistoso. Es más, me gustaría que eventualmente alguno de ellos conversara conmigo. Jamás he sentido miedo en mi casa de Cuabitas. Tengo por costumbre poner flores semanalmente frente a los retratos de mis padres y parientes fallecidos; los antepasados tienen su sitio, como los penates en las casas romanas.

Repito que no soy ferviente, pero creo firmemente en los espíritus: ellos nos conocen, previenen, protegen y viven junto a nosotros. El culto a los antepasados es digno. Se supone que la autora del maleficio que me enfermó fue Chacha del Sol, que trabajó en Caguayo –yo le entregué su carta de despido firmada por Lescay- y es célebre por su vocación de mando y sus venganzas solapadas: se supone que su propósito fue impedir mi viaje pero no lo logró a causa de mis protectores.

¿Fue en octubre o noviembre del ’98 que comenzó la revista SiC, perteneciente al Centro del Libro y la Editorial Oriente?  Me nombraron en el Consejo de Redacción y acepté muy contento. Por supuesto que si no hubiera sido Secretario de Caguayo no se les hubiera ocurrido jamás proponerme, pero ya que lo habían hecho no tuve escrúpulos mentales. Siempre supe que un consejo editorial no decide mucho en una revista cubana, pero siempre he querido aprender y desde que en los ’80 tuve la experiencia del boletín GALERÍA que sacábamos en la Galería Universal supe que tenía que aprender. Esta era una oportunidad. Por supuesto que ello no implicó otro salario: se trataba de algo “honorífico”. OK, pero me acercaba bastante al mundo editorial, que constituye una verdadera laguna para mi. Así sacamos el primer número. Cuando escribo esto, vamos por el 52. Desde el 2001 no soy Secretario (con mayúscula) de Caguayo y sigo en el Consejo revisteril.

Caguayo pertenece a la saga cubana de “lo salido  del Príodo”. Repito que esto no es ni quiere ser un texto de Historia, pero me doy cuenta de que ni dentro ni fuera de la isla, estos años de intentos malogrados e historias mal contadas han logrado encontrar quien reflexione sobre ellas: por lo general se recuerdan como una especie de basura viviencial. El siglo XX se despedía de Cuba y del mundo amagando desde detrás de la bruma: en realidad, qué se podía predecir para el futuro si no precisamente más indecisiones y  perplejidades
.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Llegué a París 12 de octubre: yo cumplía 52 años. Suzanne me esperó en Charles de Gaulle (Air France vuela Boyeros-Ch. de Gaulle) la saludé, le di un beso y corrí a buscar un “aseo”. Disponíamos de tres días y me hospedó en un hotelito llamado Términus, cerca de la Puerta de Orléans mientras ella se quedaba en casa de su hermana, que era profesora en la Sorbona. Seguí mal. No podía salir. Una tarde que fuimos a comer algo a una brasserie cercana tuve que correr (por cierto, descubrí que su excusado con unas huellas donde hay que agacharse, era exacto a los que ponen en las cafeterías baratas cubanas. Nunca pensé un encuentro de ese tipo en la Ciudad Luz). Los próximos días los pasé encerrado, entre el lecho y el WC. Hastiado de todo, revisé las guías telefónicas en busca de algún improbable pariente y hallé a una tal Lilas Desquiron.

Suzanne reservó para ambos en el tren TGV, que partió de la Gare de Lyon y se detuvo en Bellegarde, donde ella y su esposo Guy tenían la casa de campo. Cuando llegamos, él había preparado un delicioso guiso de cordero del cual no pude participar. Pasé unos días malos durante los cuales las medicinas sencillas que me dieron –carbón, pepsina- no me mejoraron. Evidentemente había que ir a un médico. El mismo día de mi arribo a Ginebra fui al consultorio del edificio donde quedan las oficinas de Suzanne: ella me hizo un seguro médico y lo utilicé sin problemas. Era una infección intestinal. No logré recuperarme aunque sí mejoré y pude hacer lo que necesitaba. No se repetiría la historia de París y el proyecto irrealizado. malogrado

Suzanne es una profesional y yo estaba sobre aviso: planeamos una serie de acciones para el otoño de año próximo. Sin carácter comercial: si se vendía algo, bien; pero ese no sería el objetivo central. Traeríamos de Cuba cuatro artistas  a exponer e incluiríamos cocina, música, y una serie de manifestaciones que la hicieran atractiva para el gran público. Como una gran fiesta cubana. Arc-en-ciel garantizaría los pasajes y dinero de bolsillo para la alimentación. Para el albergue ya contábamos con el apoyo del gobierno de la ciudad, que a la vez poseía dos galerías en el centro de una islita cerca de donde nace el Ródano; es más, los estudios que ocuparíamos, de hecho quedaban encima de esas galerías. Me ocupé de visitarlas. Son magníficas. Fui también a la galería de Arianne Orligue-Suzer; es pequeña pero frente a la Biblioteca de la Cité –es decir, en la Ginebra antigua, la de Calvino.

En aquel tiempo Arianne estaba casada con Monsieur de l’Orligue –pero esta es otra historia. Conocí a la galerista y propietaria, una mujer maravillosa nacida en Haití. Mi apellido le llamó la atención, pues la gran amiga de su infancia –con quien había crecido- fue la Lilas Desquiron que hallé en la guía telefónica parisina. La telefoneó casi enseguida y  descubrió que en efecto sí somos parientes y que haitianos y cubanos, los desquirones son una sola parentela. En realidad sabía vagamente la existencia de los haitianos a causa de mi tío Mario Desquiron, que trabajó décadas en el llamado “Cable Americano”  -American Cable & Wireless- y afirmaba que por sus manos pasaban mensajes para unos “desquirones” en Haití, pero sin más detalles. Más adelante conversaremos sobre ellos. Hice mucha confianza con Arianne.

Aparte de conocer en detalle las galerías de Le Halle de l’Île, conocí bien a Lily Koch, directora de la de Artes Plásticas, ya que la de Artes Aplicadas por alguna razón nunca apareció. No comprendo totalmente el régimen de las galerías de Le Halle de l’Île: creo entender que la ciudad es dueña de la instalación (el inmueble), la cual es dirigida y administrada –ahí es donde se pierde la madeja- por una cooperativa llamada CARAR. El hecho es que en esa trabazón, la figura de la directora es sumamente importante: CARAR decide si es ella u otra persona quien dirige, y las disposiciones son suyas.

Para la propaganda, Arc-en-ciel y la propia Suzanne eran inmejorables. Evidentemente sería de algo bien hecho, que quedaría. Claro, también conocí a otras personas. Como a las tres semanas regresé.