Ada Mateo (Ada Llerandi) es hija de Noemí/Mimí, difunta hermana de mi padre, y de Francisco/Paco Mateo, figuras mágicas de mi niñez a quienes ya me referí a propósito de un venado muerto a tiros sobre el capó de un auto, en 1959. Ella casó con Manolito Llerandi, cuyo padre poseyó una fábrica de brillantina; alrededor de 1960 marcharon a USA e hicieron una amplia familia. Hace dos o tres años, Manolito Llerandi falleció, al igual que mi primo Alfredo Mateo. Vivió por su cuenta en Miami Beach donde realizó muchas actividades cívicas. Luego se mudó junto a su hija en Naples. Hace meses no sé de ella.
Pues bien, Ada pasó conmigo varios días en Ginebra. Paseamos por la ciudad vieja y conversamos mucho, aunque, a decir verdad, nuestro encuentro tuvo un sabor de despedida que no justifico, ya que ambos tenemos bastante buena salud y, créanme, la edad no es lo principal en cuanto a estos asuntos de la vida y la muerte. Me alegró mucho ese reencuentro –creo que también a ella- pues ya eran más de cuarenta años sin vernos.
Después que mis primas se marcharon, cada cual por su parte, me enfrasqué en mi mundo ginebrino. El préstamo del cómodo apartamento había caducado y me mudé a Villa Greta –sede de la Fundación Heim-, que se encuentra sobre el lago, a varios minutos en tren de la estación de Cornavin. Villa Greta es una mansión absolutamente señorial que perteneció a la escultora Greta Heim, quien al fallecer la dejó como legado. Greta estuvo casada con el norteamericano Caterpillar, dueño de la famosa firma de equipos pesados; a juzgar por lo que pude ver, era una artista interesante. Hoy por hoy ese es el reino de Edi von Fellensberg, que no es presidente, sino Curador Principal. La Fundación Heim ofrece albergue y talleres a artistas de varias manifestaciones: es como un pequeño mundo aparte donde reinan sosiego y libertad.
Un domingo, Emil, Lescay, una hermosa rubia llamada Isabelle y yo, fuimos a un sitio llamado Creux de Genthod, donde nos esperaba un velero. Martin nos preparó una mañana de navegación por el lago. Yo nunca había tenido esa experiencia y, a decir verdad, tampoco me entusiasmaba la idea, pero como no era considerado ni elegante evitar algo dispuesto con tanto esmero –el velero, una reliquia restaurada de 1906, avanzaba solamente con la fuerza del viento-, determiné aparentar gran naturalidad, caminar por los temblones fondos de las embarcaciones como por un gran salón y disimular el mareo como Dios quisiera. Pero por suerte, la fórmula de olvidar el bamboleo me dio el mejor de los resultados. Disfruté mucho.
Había conversado por teléfono varias veces con mi amigo Frank Aguilera, quien, después de dejar Cuba cinco o seis años antes, se había asentado por fin en Barcelona. Me invitó a pasar unos días en su casa. Tomé un pasaje barato EasyJet y a las dos horas estaba en el aeropuerto del Prat. Frank me recogió, me llevó a su casa –un lindo apartamento del Passatge Llivia-, me presentó a su amigo y almorzamos. Luego desapareció en las fauces de su “día de cierre” empresarial, y Jorge –el amigo- se encargó de hacerme recorrer las Ramblas, el Palau de la Música, el mercado de La Boquería, La Pedrera y otras casas de Gaudí, hasta que exhaustos pero satisfechos, regresamos al Passatge.
Frank y Jorge son dos personas especialmente amables y complacientes. No me faltó nada esos días. A la mañana siguiente fui solo a La Sagrada Familia, a la que me entregué buceando en la marejada de turistas que la arrasa todo el tiempo. El turismo de Barcelona para nada se parece al de Cuba. No son grupos, ni siquiera docenas de grupos: son miles de personas. Por suerte, existen el metro, los planos de la ciudad y mi voluntad personal. Por la noche veíamos los programas de chismes de la TV española –intrascendentes, pero apaciguadores. Nos retirábamos en la madrugada. Otro día, también solo, me fui al Musseu Picasso.
En Europa sería una locura faltar al trabajo por ciceronear a alguien: en realidad uno se las arregla perfectamente. Y ya he dicho que prefiero mil veces ver solo una ciudad, que conectar ese fatídico “piloto automático” tan cómodo que consiste en dejarse llevar como un paquete. El sábado por la tarde salimos de compras: una memoria flash para mí, unos zapatos para el padre de Frank y un café en Els Quatre Gats. Había que regresar. Yo debía subir a París para tomar el avión que me traería de nuevo a Santiago. Frank me compró un pasaje Ryanair desde Girona hasta Beauvais. Era lo mejor. Pasé varias noches en Internet, decidiendo dos o tres rutas hasta Orly. El domingo de madrugada Frank me llevó a la estación del Norte: un bus me trasladó a Girona y el avión a Beauvais.
El bus Beauvais-Paris me dejó en Porte Maillot, bajé al metro, discurrí por el París subterráneo y en una vez que el metropolitain salió a la luz del día, ví que la Torre Eiffel seguía en su sitio. Pero el metro de París no es el de Barcelona: si en Cataluña las escaleras de subida son eléctricas, en la Cité Lumière se parecen peligrosamente a las de El Cobre. Cargado como un mulo las trepé y hallé la guagua de Orly. Casi al medio día entré al aeródromo. Al poco rato llegaron varias pintoras santiagueras que regresaban del Salón de Mayo. Dicen que Cubana de Aviación es una línea aérea religiosa porque viaja cuando Dios quiere y carece de respuesta lógica para todo pues los designios de Dios son inescrutables.
Aquel mismo día tuvimos una muestra de lo anterior cuando nuestro avión, después de varias horas de espera, sencillamente no salió. Nos enviaron a dormir a un hotelito de Orly y nos atiborraron de sándwiches. La mañana siguiente nos presentamos en el aeropuerto, pero despegamos sólo al medio día. Y no con destino Santiago de Cuba, sino a Madrid. Allí nos detuvimos cuatro horas más y nos volvieron a embutir de sándwiches. Hacia las seis comenzamos a atravesar el Atlántico hacia la tierra más fermosa, como dijo Colón.
Aquel verano, gracias a Dios, no pasó ningún huracán cerca de Santiago. A decir verdad fue un tiempo de poca lluvia, como especie de tregua divina antes de “la fuega” del cambio climático -genial femenino populachero para designar lo caprichoso e incesante de un fuego/hembra.
jueves, 29 de noviembre de 2012
martes, 27 de noviembre de 2012
Enero y febrero de 2006 me trajeron dos sucesos de signo contrario. Para el zodíaco chino, 2006 fue un año Perro, igual que yo. Positivo, aunque de manera filosófica y ambivalente. Como el año chino no coincide con el nuestro, al parecer el Gallo - que rigió al 2005- quiso despedirse jugándome una broma.
Una noche de enero lluviosa y solitaria me quedé dormido frente al televisor: al despertar, un muchacho salía de mi cuarto. Me incorporé aturdido y asustado. Sin dejarme hablar, me espetó que había entrado porque vio la puerta abierta de par en par y una persona saliendo de casa a toda prisa con un paquete en la mano. Hablaba un tal Carón, cierto joven aindiado, pequeño y musculoso. A medida que pasaban los minutos, iba recobrando mi lucidez. Evidentemente, Carón aprovechó mi letargo para entrar a robar. Cuando se fue de casa, registré mi cuarto. Faltaba mi mochila con todos los papeles (identidad, direcciones, tarjetas, dinero, talonarios de cobros y pagos de mi hermana). Lo primero cuya desaparición me golpeó fueron las direcciones de mi agenda, luego mis identificaciones, mis libretas de banco y mis tarjetas. Había que rehacerlo todo. A la mañana siguiente tuve que ir al banco a inmovilizar la cuenta. A medida que fueron pasando las semanas, rehice los otros documentos. Hasta la erección perdí.
A comienzos de febrero, otra noche estaba cerrando la casa para ir a dormir cuando escuché que me mencionaban por televisión. De momento pensé que era la sicosis de persecución desencadenada por el robo, por ello me retiré sin más. A la mañana siguiente cuando salí a la calle, varias personas me felicitaron: había conseguido un premio y lo dijeron por el noticiero de la televisión. Cuando lo repitieron me convencí. Gané un Premio Nosside-Caribe, entregado en la Feria del Libro de La Habana. No es un gran premio, ni muy bien dotado, pero internacional (y eso es bueno). Sólo que según las bases, es necesario recogerlo en el acto de premiación; de no ser así, se pierde. Cuando un ganador no es de La Habana, ellos le avisan previamente para que acudan. Pero nadie me avisó. ¿Perdería la recompensa? Eran sólo 100 CUC, pero me hacían falta. Cuando la Feria llegó a Santiago, me entregaron un sobre con la placa del premio, pero nada de metálico. Al cabo de los meses y después de algunas gestiones, logré que pagaran.
A principios de 2006, Suzanne escribió diciéndome que ese año era necesario que viajara a Ginebra. Desde meses atrás envió la convocatoria para cierto evento artístico, librada por un municipio del cantón de Ginebra. Días después de escribirme, lo hizo de nuevo para que Lescay mandara algunos dibujos a fin de que que su invitación al evento fuese aprobada. Así sucedió. Pronto quedó asegurada la presencia de mi jefe en el evento Utopías Urbanas, así como la mía en una reunión con nuestra contraparte Suzy, a fin de organizar la 3ra edición de Cuba/Ginebra. Me puse de acuerdo con mis primas Berthica y Ada, quienes prometieron ir a verme a Ginebra.
Como para Arc-en-ciel no era fácil realizar en envío del dinero para mi pasaje, Lescay estuvo de acuerdo en financiarlo de su peculio y que luego aquella institución se lo liquidara. Así hicimos. Si mal no recuerdo, viajamos alrededor del 16 de mayo. Mientras Lescay se hospedó en una bella habitación de la Fundación Heim, a mi me prestaron por cuatro días uno de los pequeños apartamentos Les Halles de l’île. ¡Mi bella Ginebra! Las Utopías Urbanas –propuestas artísticas utópicas para la Ginebra futura- se llevarían a cabo en el Globo de la Ciencia, frente al CERN (Centro de Investigación Nuclear Europeo). Berthica llegó puntualmente con su esposo Hugh y se hospedaron en el Hôtel des Bergues, justo enfrente del lago. Al día siguiente de nuestra llegada, Edi von Fellemberg se empeñó en darnos una cena de bienvenida en la Fundación Heim. Hablé con él, y quiso que Hugh y Berthica estuvieran presentes. Ellos acudieron, encantados. Como a los dos días viajaron a Madrid y llegó Ada, mi otra prima.
Al día siguiente de la inauguración de Utopías Urbanas di un corto viaje en auto a territorio francés, en compañía de Emil, Suzy y Lescay a visitar a una escultora que me fascinó, Mireille Fulpius. Mireille habita en una región boscosa –Seyselles- junto al curso superior del Ródano. Es una persona enérgica y con mucha imaginación: sus obras más impresionantes utilizan tiras de corteza de árboles, colgadas por el bosque como gigantescas guirnaldas.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Decidí “remodelar” mi vida. Únicamente ello resultaba posible a través de una inyección de espiritualidad. No la boba de los ojos apretados mientras suena una sinfonía de Chaikovki, sino la lujosa espiritualidad del prescindir y el hacer. A decir verdad, ello implica un largo proceso, por ello ignoro hasta qué punto habré tenido éxito. Por el momento, comencé a beber jugo de noni. Me preguntarán qué tiene que ver el noni con el alma: es que una de las cosas que más obstaculiza una visión positiva y armónica del mundo es la mala salud. Dolores, incapacidades y esa paulatina pérdida de dominio sobre nuestro cuerpo que ella trae, contribuye muchísimo a una vida desacertada. El noni eliminó mis molestias. Junto a ello, comencé a ejercitarme físicamente al amanecer: no para eliminar grasa o adquirir una figura más elegante, sino para mantener los movimientos, la irrigación de la sangre, lograr un ritmo respiratorio adecuado y cierto confort corporal. Lo que correspondería a lo anterior sería una sesión de meditación, pero parece ser que no tengo capacidad para ello. Quizá más adelante, en definitiva me volví más esencial...
En primavera, Mailín viajó a Madrid con el proyecto Cuba Mestiza, que consistía en una gran exposición a ser presentada en la sede del municipio de Alcorcón. Estuvo allá como tres semanas y regresó. Durante ese tiempo quedé solo en la oficina, lo cual, si bien aumenta el trabajo, también procura cierto alivio: todo se hace “a nuestro modo”. Y no hay visitas desconocidas. Sin embargo, durante el viaje de Mailín, hubo una: la de Edi von Fellensberg, el Curador de la Fundación Heim, de Ginebra.
Poco tiempo después se produjo el Concurso Provincial de Crítica de Arte y me tocó el primer premio. Valiente bobería, un premio PROVINCIAL de algo que apenas se ejerce en este país. Pero eran mil pesos cubanos que venían muy bien. Ese mismo 2005 mandé al Premio Heredia el cuaderno Milagro frente al televisor. Cogió una Mención. Más tarde envié ese mismo libro al Premio Oriente y cogí “nananina en plato llano”. Estuve concursero aquel 2005, pero era más que todo a ver si me ganaba unos pesos. De hecho, en Santiago de Cuba hay escritores que tienen los santos cojones de vivir solamente de premios y publicaciones. No se si admirarlos, con lo poquito que dejan, pero resulta claro que es preferible hacer siempre lo que uno le gusta, en vez de tragar tanto buche amargo en un “centro de trabajo”. En fin, como dice mi tía, “cada persona es un mundo”.En definitiva publique ese libro en 2011 bajo el título Vista aérea
Ese verano los ciclones comenzaron temprano. El fenómeno natural más aterrador para mi, es el ciclón. Cuabitas no es región de inundaciones, pero mi vivienda está tan vieja que una gran gotera o la posibilidad de un derrumbe me horrorizan. Creo que fue en el ’97 que pasó un huracán al Este de Santiago; lo hizo a media noche y desde horas antes desconectaron el fluido eléctrico. La experiencia del sonido de las ráfagas y la lluvia en medio de una madrugada totalmente negra es algo que no quisiera repetir. Desde entonces, cualquier aguacero desencadena en mi los más locos sentimientos de inseguridad. Pues nada, a fines de junio del 2005 pasó un ciclón entre Cuba y Jamaica; incluso se dijo que iban a suspender el Carnaval, cosa que no sucedió, aunque dejó tres semanas de lluvia casi continua. Posteriormente, el tiempo siguió húmedo.
Para septiembre se cumplieron los primeros diez años de la Fundación. Hubo grandes celebraciones. Como ya se había terminado de imprimir Escultura en Cuba, siglo XX, se presentó. Consistió en un acto muy solemne al que asistieron el Ministro de Cultura, el Secretario del Partido en la provincia y lo que más vale y brilla de la intelectualidad local. Ese día también se presentó un powerpoint sobre la Fundación, realizado por Mailín. No hay que decir que me borraron de la “mesa presidencial”, como si yo no hubiera sido el padre espiritual de aquella criatura –el libro. Luego he pensado que fue mejor: los fastos y las solemnidades han perdido mucho crédito en los últimos años –en definitiva mi nombre aparece suficiente cantidad de veces en ese texto y no es sano caer en el maelsatrom de la lucha por el protagonismo. Vanidad es lo que me sobra.
A finales de octubre pasó por Nueva Orleans el horrendo Katrina. Aunque estuvo lejos, me identifico totalmente con el horror que vivieron aquellas personas. A medida que pasan los años las tormentas se hacen peores.
Ya en diciembre vino Emil, un escultor suizo que quiso pasar un cursillo de fundición en nuestros talleres. Emil es una persona excepcional, de carácter alegre y positivo, además de inteligente, abnegado, conocedor de los seres humanos y con real talento artístico. Ha sobrepasado con creces las dificultades físicas con que vino al mundo –camina y se mueve con inseguridad. Rentó un auto y un vecino mío le sirvió de chofer. Acá en Cuba se enamoró como un perro de una chica realmente bella, desgraciadamente muy manipulada por su familia, que sobrevalora sus encantos. Ojalá Emil la olvide, pues ella lo desprecia y nunca corresponderá a su solicitud y cariño. Pienso que, en definitiva, lo mismo hace uno con esos chiquillos maravillosos que piensan en nuestro bolsillo más que nosotros en su cuerpo.
En primavera, Mailín viajó a Madrid con el proyecto Cuba Mestiza, que consistía en una gran exposición a ser presentada en la sede del municipio de Alcorcón. Estuvo allá como tres semanas y regresó. Durante ese tiempo quedé solo en la oficina, lo cual, si bien aumenta el trabajo, también procura cierto alivio: todo se hace “a nuestro modo”. Y no hay visitas desconocidas. Sin embargo, durante el viaje de Mailín, hubo una: la de Edi von Fellensberg, el Curador de la Fundación Heim, de Ginebra.
Poco tiempo después se produjo el Concurso Provincial de Crítica de Arte y me tocó el primer premio. Valiente bobería, un premio PROVINCIAL de algo que apenas se ejerce en este país. Pero eran mil pesos cubanos que venían muy bien. Ese mismo 2005 mandé al Premio Heredia el cuaderno Milagro frente al televisor. Cogió una Mención. Más tarde envié ese mismo libro al Premio Oriente y cogí “nananina en plato llano”. Estuve concursero aquel 2005, pero era más que todo a ver si me ganaba unos pesos. De hecho, en Santiago de Cuba hay escritores que tienen los santos cojones de vivir solamente de premios y publicaciones. No se si admirarlos, con lo poquito que dejan, pero resulta claro que es preferible hacer siempre lo que uno le gusta, en vez de tragar tanto buche amargo en un “centro de trabajo”. En fin, como dice mi tía, “cada persona es un mundo”.En definitiva publique ese libro en 2011 bajo el título Vista aérea
Ese verano los ciclones comenzaron temprano. El fenómeno natural más aterrador para mi, es el ciclón. Cuabitas no es región de inundaciones, pero mi vivienda está tan vieja que una gran gotera o la posibilidad de un derrumbe me horrorizan. Creo que fue en el ’97 que pasó un huracán al Este de Santiago; lo hizo a media noche y desde horas antes desconectaron el fluido eléctrico. La experiencia del sonido de las ráfagas y la lluvia en medio de una madrugada totalmente negra es algo que no quisiera repetir. Desde entonces, cualquier aguacero desencadena en mi los más locos sentimientos de inseguridad. Pues nada, a fines de junio del 2005 pasó un ciclón entre Cuba y Jamaica; incluso se dijo que iban a suspender el Carnaval, cosa que no sucedió, aunque dejó tres semanas de lluvia casi continua. Posteriormente, el tiempo siguió húmedo.
Para septiembre se cumplieron los primeros diez años de la Fundación. Hubo grandes celebraciones. Como ya se había terminado de imprimir Escultura en Cuba, siglo XX, se presentó. Consistió en un acto muy solemne al que asistieron el Ministro de Cultura, el Secretario del Partido en la provincia y lo que más vale y brilla de la intelectualidad local. Ese día también se presentó un powerpoint sobre la Fundación, realizado por Mailín. No hay que decir que me borraron de la “mesa presidencial”, como si yo no hubiera sido el padre espiritual de aquella criatura –el libro. Luego he pensado que fue mejor: los fastos y las solemnidades han perdido mucho crédito en los últimos años –en definitiva mi nombre aparece suficiente cantidad de veces en ese texto y no es sano caer en el maelsatrom de la lucha por el protagonismo. Vanidad es lo que me sobra.
A finales de octubre pasó por Nueva Orleans el horrendo Katrina. Aunque estuvo lejos, me identifico totalmente con el horror que vivieron aquellas personas. A medida que pasan los años las tormentas se hacen peores.
Ya en diciembre vino Emil, un escultor suizo que quiso pasar un cursillo de fundición en nuestros talleres. Emil es una persona excepcional, de carácter alegre y positivo, además de inteligente, abnegado, conocedor de los seres humanos y con real talento artístico. Ha sobrepasado con creces las dificultades físicas con que vino al mundo –camina y se mueve con inseguridad. Rentó un auto y un vecino mío le sirvió de chofer. Acá en Cuba se enamoró como un perro de una chica realmente bella, desgraciadamente muy manipulada por su familia, que sobrevalora sus encantos. Ojalá Emil la olvide, pues ella lo desprecia y nunca corresponderá a su solicitud y cariño. Pienso que, en definitiva, lo mismo hace uno con esos chiquillos maravillosos que piensan en nuestro bolsillo más que nosotros en su cuerpo.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Casi nada, o nada, he vuelto hablar de mi hermana Virginia: su adaptación al Hogar de Ancianos de Ciudamar fue inmediata e inmejorable. La visitaba mensualmente y creo que, en el fondo, comprendía su situación. Nunca he dejado de sentir culpa por que halla vivido en un asilo mientras yo cobraba todos los meses la pensión que le dejó su madre, aunque verdaderamente para regresarla a Cuabitas habría que restaurar completamente la casa, dejar de trabajar y disponer de bastante plata. Todos ellos sueños irrealizables. El tiempo y el relativo apartamiento en que vivió la convirtieron en una viejecita llena de arrugas y con cara de llanto –todavía más notoria a causa de sus mejillas rojas y su pelo negrísimo. Ir al Hogar fue uno de mis deberes más tristes y difíciles. En noviembre de 2011 falleció. Si voy a hablar francamente, ignoro de qué. Fue viernes y yo había ido a verla la semana anterior. No me quiso acompañar hasta la puerta pues le dolían las piernas, aunque ignoro por qué. Imaginé que se le quitaría. En cambio, murió. Ciertamente, su rostro en el féretro era muy dulce y sereno. La enterramos junto a su madre.
El 2004 comenzó con la triste noticia de que Alejandro Carvallo había sido asesinado. No estuve dentro de los detalles del velorio, las investigaciones y los rumores sobre el hecho. Era sábado por la noche y la madre de Alex salió a un restaurante; al regresar, encontró normal que la habitación de mi amigo estuviese cerrada. Al día siguiente esperó inútilmente la salida del hijo: cuando se decidió a penetrar halló su cadáver apuñaleado, las gavetas afuera y todo el cuarto hecho un lío. La habitación de Alex tenía una salida independiente a la calle. Permitió entrar a un chico que le exigió dinero, se negó, fue golpeado, quedó sin sentido y lo apuñalearon. Otros dicen que lo inyectaron para dormirlo y acabaron con él. Cuando la policía actuó, resultó que el autor fue un muchacho sin antecedentes penales, en complicidad con otro, ex-militar. En fin, hay muchas versiones.
La madre –con la que él tenía confianza absoluta- estaba inconsolable. Nunca he sabido qué decirle, a pesar de que tiempo después fui a visitarla. Cuando estas cosas suceden es casi inútil exigir que los jueces castiguen “de manera ejemplar” a los autores. Además, está lo de la mariconería de Alex y el hecho de que él mismo hizo entrar a su asesino –su pieza quedaba bastante intrincada y desde la entrada no era fácil llegar a ella sin guía o costumbre. La tristeza que dejó la muerte de Alejando entre nosotros no es pequeña.
A principios de marzo ocurrió la presentación de Cómo criar un perro. Quedó bien, a pesar de las reiteradas bromas sobre el título y apariencia del tomo en relación con supuestas quejas de niños que lo habrían adquirido pensando en camadas caninas, dietas, remedios e instrucciones. El único comentario se publicó en una revista de Internet escrito por David Lago, más de un año después salir el lbro. Se lo agradezco, aunque en definitiva no deja claro si le gustó o no. Así es la poesía.
Ya El Libro de la Escultura Cubana –como cariñosamente lo llamaba- estaba terminado y entregado a la diseñadora –una muchacha habanera muy capaz, pero llena de problemas personales. Faltaban unas fotos y yo las hice: aparte, Pepe Veigas consiguió otras magníficas. Yo ansiaba entregárselo al Editorial Oriente, que sería nuestro co-editor, pero la diseñadora pedía un plazo tras otro. Por fin no se pudo esperar más y hubo que quitárselo sin que hubiese hecho portada, contraportada y lomo –las primeras que propuso no fueron aprobadas por Lescay. Al fin, el julio entregué a la editorial los CDs con el libro diseñado.
Ya en ese momento se estaba produciendo la segunda edición del proyecto de Cuba/Ginebra, ida y vuelta. Aquí estaban tres artistas jóvenes suizos y Léa, graduada de la Escuela de Artes Aplicadas de Ginebra, quien trabajaba con Suzanne; dos mujeres que se ocupaban del comic (bandes dessinées, o bd, como se las conoce en el orbe francés) y un muchacho que experimentaba a partir de objetos. Ellos se pasarían un mes acá, impartirían dos workshops, y luego expondrían en Santiago de Cuba y La Habana. Mientras, irían a Suiza cuatro cubanos: un pintor, un escultor, una grabadora y Mailín Fong, mi compañera de la Fundación. ¿Por qué ella? Primero, porque si estábamos trabajando juntos y era mi superior jerárquico, más vale compartir los viajes; segundo, porque ella nunca había viajado Afuera. Mientras, yo me quedaría acá al frente de todo. Generalmente tratábamos de que el grupo suizo y el cubano no viajaran simultáneamente: sin embrago, ese año hubo que aprovechar la única oportunidad de disponer de apoyo económico so pena de esperar hasta el 2007. En definitiva, los talleres transcurrieron bien –todavía Mailín y los cubanos no se habían ido-, y luego las exposiciones también. La de Santiago fue la más brillante, en el Centro provincial de Arte (título oficial de la Galería Universal), y la de La Habana en una galería de poca monta situada en una esquina llamada La Copa, en Miramar. Debo decir que podría haber sido mucho mejor, pero la directora del sitio aquél no era muy entusiasta: más que de hacer bien su trabajo, se preocupaba de que los artistas le regalaran alguna pieza, de ataviarse con vestidos ridículos y de atender a gente que la procuraba a saber por qué. Detesto a los directores que ejercen con sistema de plantación, o sea, que ellos no se ensucian las manos mientras los técnicos y el resto del personal cargan con lo demás. El galerista que no sienta placer en tocar la exposición, colgarla, cuidar que haya un buen montaje, identificaciones, buenas luces, público, etc, es como una matrona de bayú que deteste singar. Y bueno, el público fue más bien reducido. Pero se hizo. Los suizos se hospedaron con Amelia y Angelito, que poseían un lindo apartamento en la Calle de los Mercaderes. El varón debió regresar a la patria, donde su esposa estaba pariendo; de las dibujantes, una que trajo a su esposo con el bebito también regresó, y se quedaron en La Habana la otra dibujante (Yvette) y Léa: me divertí horrores con ellas, que conocían un caudal inagotable de paladares desconocidos a partir de las guías turísticas. Léa es maravillosa: fumaba como una locomotora –a diferencia del resto de los suizos: vegetarianos, bebedores de agua y, cuando más, comedores de pescado y salía a horas rarísimas a encontrarse con un amante cubano- quien, por otra parte, era amigo mío desde hace años-. Uno de los nexos que más me unen a Arianne Orligue-Suzer es su desprecio por estos parámetros de la Unión Europea –así les digo yo-, como si eso fuera capaz de conjurar a la muerte o a la estupidez. A mi modo de ver, se trata de otra reliquia del protestantismo calvinista y el complejo de culpa de toda la civilización occidental: en Francia adoran a los africanos después que les arrancaron el pellejo durante siglos, y el resto de los desarrollados miran los placeres de la vida como excesos de donde emanan el sida, el cáncer en los pulmones, la obesidad, los problemas coronarios y la presión alta. Sin mirar la obsesión del éxito, la falsa perfección y la carencia de armonía. Vegetariano podrá serlo quien esté harto de carnes.
En agosto Mailín regresó y todo en la Fundación comenzó a recuperar el ritmo habitual. Hacia el mes de septiembre tuvimos la exposición de Arturo Montoto, que se concibió como una campaña –en realidad así deben de ser todas las exposiciones-: antes del 10 estaba aquí el pintor y María Eugenia –esposa y representante. Impartió una conferencia y presentó un libro sobre su obra. Era exactamente el día fijado para la inauguración: un ciclón se dirigía recto hacia Santiago. La ciudad entera se movilizó y se respiraba el mismo aire del Titanic después del encontronazo con el iceberg. Nosotros proseguimos como si nada ocurriese: al vernissage acudió muchísimo público –Montoto es uno de los pintores más célebres de Cuba, aparte de un ser humano maravilloso- y al terminar fuimos a celebrar el éxito. Aquella noche que parecía ser la del Fin del Mundo, nada ocurrió: la tormenta cambió de rumbo y Santiago de Cuba amaneció mejor que nunca.
Durante ese año publiqué muchos comentarios de arte en el sitio web de la delegación santiaguera del Ministerio de Cultura: era el único lugar posible, ya que el Sierra Maestra pertenece al PCC y exige que los autores sean periodistas graduados. Aparte, hay que pasar por no se qué tamiz. Yo mismo hacía las fotos con la cámara digital que Mailín me compró en Ginebra. Jamás me dieron ni un centavo, ni siquiera papel o baterías: lo consideraban un favor que se me estaba haciendo.
En noviembre falleció mi vecina Nelly. Lo pongo porque la quería, porque era una mujer joven y excepcionalmente amable, pero sobre todo por su ejemplar actitud ante la vida. Un cáncer se la llevó. Dejó un viudo y dos hijos.
A medida que pasaba el tiempo, mi vida se hacía menos interesante. Creo que al 90% de los seres humanos le ocurre algo similar y, si bien no pienso insistir en ese hecho, sería un crimen silenciar algo que tanto afecta lo que del mundo vemos y cómo lo vemos. Tres ó cuatro años antes, comencé a sentir mucho miedo por la vida: no ya miedo a la soledad –pues de hecho ya estaba solo-, sino a la locura, la decadencia física y espiritual. Con razón o sin ella, veía negro el futuro y yo, como un palito en medio del huracán, no tenía más remedio que seguir rebotando y arrastrándome. Entre eso y mi cotidianidad de apremios laborales, goteras, apagones, objetos desaparecidos –por no decir robados- y la galopante ruina de mi vivienda, no tenía vida. Dormía poco y cerca de las tres de la madrugada –que es cuando “el loco está de guardia”- ni el cuerpo ni la mente accedían a continuar el sueño.
jueves, 22 de noviembre de 2012
Volamos el 13 de mayo del 2003. Aterrizamos en el aeropuerto Princesa Beatriz, de Aruba, que tiene la forma de una enorme granja blanca con techo a dos aguas; después de varias horas, un pequeño avión de línea nos llevó a Willemstad, capital de las Antillas Holandesas y de la Isla de Curazao. Nos recibieron con mucho cariño y nos hospedaron en el Hotel Outrobanda –en el barrio de ese nombre, a la izquierda de la entrada a la enorme bahía. No sé cuántas presentaciones tuvimos: recuerdo que tuve dos en la TV local, una en el Landhuis Bloemhof y otra en una hermosa mansión llamada Villa María. Lescay se presentó en varias escuelas, todo con mucho éxito.
En las Antillas Holandesas el lenguaje popular es el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y francés: suena muy dulcemente y no hace falta traducirlo, pues se entiende con facilidad. Si algo me asombró fue el alto nivel de vida, la tranquilidad y ganas de vivir de los curazoleños, a pesar de que en la noche salen los drogadictos, esos tristes fantasmas. La conciencia del patrimonio construido está muy desarrollada, y aunque la isla es pequeña –en tres horas se va de un extremo al otro- es enorme la cantidad de landhuis que se conservan en perfecto estado– haciendas de la etapa esclavista. Mi estancia coincidió con una celebración anual; durante ella, cualquier persona tiene derecho a acceder libremente a cualquier edificación declarada monumento –incluyendo viviendas ocupadas-. La población recorre en manadas los barrios de Willemstad entrando y saliendo de las antiguas casas. Durante la fiesta del Monumento habrí las madres emperifollan a sus niños para el rosario de recorridos patrimoniales. Es una inundación de visitantes: incluso en el barrio rastafari de las afueras, con sus viviendas encaramadas en pilotes y sus paredes exteriores cubiertas de pinturas y grafitti alegóricos. Hay personas que aprovechan la inacabable arribazón para vender golosinas y hasta prendas de vestir: nunca había visto algo así. Ese mismo día entré a la fábrica de licor Kuba, donde, para dar la bienvenida, sirven gratis todo el curaçao que puedas beber. Delicioso, ese licor.
Serví de asesor –como en Ibagué- para hacer una escultura: Lescay, tres artistas curazoleños –entre ellos mi amigo Tirzo Marta- y yo. Se solucionó con postes telefónicos trincados por su parte central: cada palo simbolizaba uno de los principales componentes de la población isleña. Resultó una suerte de trípode gigante con extremidades decoradas a base de elementos cerámicos, metálicos, tallas, muescas, etc. Cuando lo terminaron, se decidió emplazarlo en un sitio bastante lejano llamado Landhuis Kenepa (Hacienda El Mamoncillo) donde tuvo lugar la rebelión esclava más importante de la isla. No sé cómo la trasladaron ni si la llegaron a emplazar, pues era bastante pesada y de forma compleja.
El paisaje de Curazao es diferente al de Cuba. Apenas llueve y no tiene agricultura –todo se importa-; el viento fuerte del nordeste la bate casi todo el tiempo, al punto que los árboles crecen inclinados en la dirección del aire. A propósito, el árbol nacional –figura en el escudo de Aruba- se llama divi-divi y recuerda al marabú cubano, sólo que mucho más desembarazado y airoso. En los jardines abunda el que nosotros conocemos por franchipán y parece que en el pasado lo fue el flamboyán –existe una baile folcórico sobre él. Me impresionó especialmente el Octopus Club, un centro nocturno a orillas del mar: el pavimento es una especie de balsa bajo la que baten las aguas, y la noche que estuve allí eran muy notorios los peces voladores y ese fenómeno de fosforescencia descrito en tantas novelas y relatos de viajes. A la entrada de la bahía se encuentra el Puente de la Reina Emma, que consiste en pontones sujetos en fila que se abren y cierran para dejar pasar a las embarcaciones: la superficie descansa sobre las olas y se percibe su balanceo. También está la sinagoga, abierta desde 1651 y enorme como una catedral: se dice que es la que lleva abierta al culto más tiempo consecutivo.
Recuerdo que una vez una persona que sobrevoló esa isla me dijo: parece un depósito de casas de muñeca. De cierto modo es verdad: la arquitectura curazoleña por lo general realiza obras de escala muy humana. La yuxtaposición de elementos holandeses y portugueses así como el uso de colores vivos, hacen de Willemstad un espectáculo inolvidable.
No puedo quejarme de los curazoleños, que me trataron con mucho afecto y generosidad. Cuando llegó el momento de regresar a Cuba, temí que en la aduana de La Habana decomisara la laptop de Lescay –que tanto nos había servido- pues en su distracción, olvidó declararla como propia al salir de Cuba –una regulación criolla prohíbe importar todo tipo de computadoras y sus piezas. Sin embargo, al aterrizar, los aduaneros olvidaron el equipo e incautaron los aromáticos quesos de bola holandeses que traía el artista.
En las Antillas Holandesas el lenguaje popular es el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y francés: suena muy dulcemente y no hace falta traducirlo, pues se entiende con facilidad. Si algo me asombró fue el alto nivel de vida, la tranquilidad y ganas de vivir de los curazoleños, a pesar de que en la noche salen los drogadictos, esos tristes fantasmas. La conciencia del patrimonio construido está muy desarrollada, y aunque la isla es pequeña –en tres horas se va de un extremo al otro- es enorme la cantidad de landhuis que se conservan en perfecto estado– haciendas de la etapa esclavista. Mi estancia coincidió con una celebración anual; durante ella, cualquier persona tiene derecho a acceder libremente a cualquier edificación declarada monumento –incluyendo viviendas ocupadas-. La población recorre en manadas los barrios de Willemstad entrando y saliendo de las antiguas casas. Durante la fiesta del Monumento habrí las madres emperifollan a sus niños para el rosario de recorridos patrimoniales. Es una inundación de visitantes: incluso en el barrio rastafari de las afueras, con sus viviendas encaramadas en pilotes y sus paredes exteriores cubiertas de pinturas y grafitti alegóricos. Hay personas que aprovechan la inacabable arribazón para vender golosinas y hasta prendas de vestir: nunca había visto algo así. Ese mismo día entré a la fábrica de licor Kuba, donde, para dar la bienvenida, sirven gratis todo el curaçao que puedas beber. Delicioso, ese licor.
Serví de asesor –como en Ibagué- para hacer una escultura: Lescay, tres artistas curazoleños –entre ellos mi amigo Tirzo Marta- y yo. Se solucionó con postes telefónicos trincados por su parte central: cada palo simbolizaba uno de los principales componentes de la población isleña. Resultó una suerte de trípode gigante con extremidades decoradas a base de elementos cerámicos, metálicos, tallas, muescas, etc. Cuando lo terminaron, se decidió emplazarlo en un sitio bastante lejano llamado Landhuis Kenepa (Hacienda El Mamoncillo) donde tuvo lugar la rebelión esclava más importante de la isla. No sé cómo la trasladaron ni si la llegaron a emplazar, pues era bastante pesada y de forma compleja.
El paisaje de Curazao es diferente al de Cuba. Apenas llueve y no tiene agricultura –todo se importa-; el viento fuerte del nordeste la bate casi todo el tiempo, al punto que los árboles crecen inclinados en la dirección del aire. A propósito, el árbol nacional –figura en el escudo de Aruba- se llama divi-divi y recuerda al marabú cubano, sólo que mucho más desembarazado y airoso. En los jardines abunda el que nosotros conocemos por franchipán y parece que en el pasado lo fue el flamboyán –existe una baile folcórico sobre él. Me impresionó especialmente el Octopus Club, un centro nocturno a orillas del mar: el pavimento es una especie de balsa bajo la que baten las aguas, y la noche que estuve allí eran muy notorios los peces voladores y ese fenómeno de fosforescencia descrito en tantas novelas y relatos de viajes. A la entrada de la bahía se encuentra el Puente de la Reina Emma, que consiste en pontones sujetos en fila que se abren y cierran para dejar pasar a las embarcaciones: la superficie descansa sobre las olas y se percibe su balanceo. También está la sinagoga, abierta desde 1651 y enorme como una catedral: se dice que es la que lleva abierta al culto más tiempo consecutivo.
Recuerdo que una vez una persona que sobrevoló esa isla me dijo: parece un depósito de casas de muñeca. De cierto modo es verdad: la arquitectura curazoleña por lo general realiza obras de escala muy humana. La yuxtaposición de elementos holandeses y portugueses así como el uso de colores vivos, hacen de Willemstad un espectáculo inolvidable.
No puedo quejarme de los curazoleños, que me trataron con mucho afecto y generosidad. Cuando llegó el momento de regresar a Cuba, temí que en la aduana de La Habana decomisara la laptop de Lescay –que tanto nos había servido- pues en su distracción, olvidó declararla como propia al salir de Cuba –una regulación criolla prohíbe importar todo tipo de computadoras y sus piezas. Sin embargo, al aterrizar, los aduaneros olvidaron el equipo e incautaron los aromáticos quesos de bola holandeses que traía el artista.
La casa que en definitiva dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
La casa que en definitiva dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
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