viernes, 6 de julio de 2012

Pero, regresemos a lo que hablábamos. El Psicólogo me hizo mil pruebas: escribir historias acerca de muñecos, dibujar, hablar basura. Siempre me preguntaba si había hecho “algo”; la verdad es que nunca he sido un hombre atractivo –ni en mi juventud- ni he tenido la menor habilidad en la conquista –solamente he conseguido algo cuando la lujuria ha saltado por encima de mis limitaciones-, con lo que ya se puede imaginar que nunca tenía qué contar en ese epígrafe. En alguna parte de este relato debo consignar la pasmosa suerte para prender la llama del deseo en personas espantosas que durante mi juventud me acompañó. Seres con ojos de carnero, mujeres insatisfechas, invertidos economistas de cuidadoso make up,  optometristas ancianos, chóferes apestosos a cerveza, empleados alcohólicos: esos fenómenos y otros que no recuerdo o callo, han jalonado mi vida de oprobio y frustración. De hecho, no me costaba jurar lo que al directivo le diera la gana, ya que para cumplir mi palabra no necesitaba violentarme lo más mínimo. Para ser franco, mis entrevistas con él fueron siempre muy cordiales y nunca imaginé la menor amenaza en todo aquello.

Es cierto que fue una de tontería de mi parte, aunque  ¿qué clase de profesores tenía la Marinita  que armaban tal revuelo ante una vida tan boba?; ¿en su planeta no existen maricones? ¡Como si hubiera masacrado a mi familia y ocultado sus cadáveres! Me culpo de vanidad, pues no otra cosa que ostentación es el placer de que alguien se ocupe de nosotros como de algo excepcional. Nunca imaginé que esa mezcla de estupidez, maldad y vanidad lesionaría tan completamente mi futuro. El directivo  me tuvo en aquella sonsera como un año hasta que un día me dijo que no podía seguir “atendiéndome” y que transferiría mi caso al doctor Fulano. Dije que sí y jamás fui a ver al tal doctor.

Tal como sucedió, yo seguí con mi vida repleta de deseos en los que, como la canción, estaba “libre de pecado”.

jueves, 5 de julio de 2012


A la Escuela de Letras iba una muchacha que se llamaba Marinita, novia de un tal Rafael Hernández quien, aunque no estudiaba allí, era amigo de Ariel Fernández Sargento y frecuentaba mucho la Escuela. Rafael, Ariel y Marinita hacían un trío encantador. Ella estudiaba Psicología. Una vez se apareció con la historia de que estaba cursando una asignatura llamada Personalidad y necesitaba que alguien le contara su vida para hacer un trabajo de clase. Como yo era amigo del grupo, inmediatamente me presté. En cuatro cuartillas relaté mi vida con amores, sexo y lo demás, y se lo di. Pasaron los días hasta que regresó con la cara muy seria diciéndome que el Director de su Escuela quería conversar conmigo. Me asusté –aunque no mucho- y el día fijado fui a la oficina del señor. Me dijo que la historia de mi vida le había causado admiración y alarma, pues únicamente una persona desesperada podía contar esas cosas tan fácilmente, y por ello se había tomado la decisión –así, en impersonal- de ayudarme. A todo le decía que sí: si ya estaba montado en el caballo tenía que darle palos. Me fijó una nueva cita y me fui. En la próxima consulta, lo primero que le dije fue que no sentía angustia alguna a causa de mi “inclinación”. En respuesta, me hizo jurarle que no haría nada con ningún varón “a fin de poder socorrerme si alguien me acusaba”. Noté que le ponía mucho énfasis asunto de la patería; hasta ese momento yo siempre había visto los inconvenientes de la homosexualidad totalmente lejos de mi y nunca había pensado en ello más que para “no ser descubierto” si ello me podía traer un disgusto específico o privarme del aprecio de alguien. Pero angustia no. Ni con los jesuitas.  Ni cuando practiqué la religión con más ahínco. Ahora veo que, sin quererlo, ese director despertó en mi la conciencia de ser un homosexual en la sociedad cubana. Ya se que él no lo hacía para apoyarme ni para mejorar mi vida –era un oscuro oportunista deseoso de mostrarse a tono con el machismo de la generación histórica. Su hazaña fue poner en práctica en su entorno (la Facultad de Humanidades de la Universidad de La  Habana) una política de represiones y exclusiones que en realidad no le pertenecía: él, como otros “ejecutores”, ponían en práctica el proyecto de nación –y por ello de Humanidad- que emanaba de sus superiores. No creo que fueran exactamente órdenes, sino deseos, sueños –como los de la Europa Aria de los años ‘30- a los que una serie de personajes llenos de prejuicios y absolutamente faltos de escrúpulos buscaban adelantarse para ganar en estimación y poder. Que todo lo anterior recayera sobre mi y otros como yo... es otra historia.

En la Historia de mi país, la adhesión al prejuicio ha sido una de las papeletas ganadoras más socorridas de todo el que ha querido trepar en la escala política, económica o social. Ello ha ocurrido en ambos bandos. Si mirásemos  los siglos coloniales con esa óptica, quién sabe qué hallaríamos. Se habla de la interminable crisis de Cuba, pero tal escenario -Bloqueo, Amenaza Imperialista, Terrorismo Comunista, Amenaza castrista, carencia de casi todo dentro de la isla, trastorno de la noción de vida normal, ausencia casi total de bienestar, descontrol – produce millones de dólares y una acumulación de poder tan grandes para sus beneficiarios, que a nadie interesa cambiarlo. Es la teoría del dominó cerrado, donde ningún jugador puede hacer movida. Cualquiera sabe que se cierra el juego por y para algo.

martes, 3 de julio de 2012

A principios de 1971 yo estaba en 4to año de la carrera. La Escuela había logrado organizar un pequeño grupo de alumnos que alternaban varios días en La Fé –Isla de Pinos- y varios en la Capital. En esos momentos quería irme de La Habana y por eso determiné unirme al grupo de lafesino. La dificultad estaba en que la especialidad de Lengua Francesa –la que yo estudiaba- no participaba de ese plan, por lo que mi iniciativa carecía de asidero legítimo. Así y todo, sin decírselo a nadie, utilizando mis amistades y el prestigio que poseía entre los demás alumnos, me fui con ellos. Estaba conciente de que se trataba de una indisciplina, sólo que la hallaba y hallo espiritualmente justificada. No me iba a cortar las venas por culpa de aquel grupo de vedadenses que me habían atacado íntimamente.

La Fé, antigua Santa Fé, es un pequeño poblado hacia la parte centro-norte de la Isla. Nuestro cuartel general radicaba en el Club de Oficiales, un hermoso sitio junto del río que atraviesa el vecindario. Vivíamos en un albergue colectivo de madera,  el cual hacía esquina, compartido con jóvenes trabajadores. No pregunten qué hacíamos, porque no lo recuerdo. Íbamos y veníamos en avión: frecuentemente el viaje de El Vedado-Rancho Boyeros tardaba más que el de Nueva Gerona-La Habana. Había una línea de guaguas de Gerona a La Fé que entraba al aeropuerto: en más de una ocasión bajé corriendo del avión para abordar la guagüita. El pueblo tenía un cine al aire libre con forma de anfiteatro romano que quedaba junto al río, un restaurante tipo ranchón donde se comía maravillosamente, un parque rectangular sin un árbol y -en una esquina- la estación del redioaficionado. En una ocasión hablé con Santiago de Cuba a través de ella. En La Fé se contaba una leyenda –no sé si tendrá algo de cierto- sobre un príncipe italiano que huía en un dirigible después de la Segunda Guerra Mundial y lo alcanzaron no lejos del pueblo.

Hicimos tan buenas relaciones con los jóvenes e incluso me acerqué mucho a uno llamado Enrique, Era delgado, fuerte, ojiverde y bastante iletrado: a mi regreso de un viaje a Santiago de Cuba lo encontré de novio con Eneas, un negro cuya voracidad sexual, inteligencia, habilidad, medios económicos y sentido del humor son legendarios. En esos días el grupo de La Fé fue desactivado y regresamos a La Habana por mar. El ferry salió a medianoche del río Las Casas –cerca de Gerona- y llegó a Batabanó cerca de las seis de la mañana. Fue un viaje memorable con la mar en calma y el cielo cuajado de estrellas.

El Departamento de Francés era muy estricto, por lo que mi iniciativa de marcharme a la Isla por decisión propia y descuidando varias clases, provocó un verdadero escándalo. Mi aprovechamiento general era lo suficientemente bueno como para garantizarme un 4to año sin problemas, pero aquellas mujeres no perdieron la oportunidad de amonestar mi indocilidad. En realidad el Departamento de Francés nunca  llegó a tomar una acción contra mi, pero la indisciplina cometida atrajo la atención sobre mi persona
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A principios de 1971 yo estaba en 4to año de la carrera. La Escuela había logrado organizar un pequeño grupo de alumnos que alternaban varios días en La Fé –Isla de Pinos- y varios en la Capital. En esos momentos quería irme de La Habana y por eso determiné unirme al grupo de lafesino. La dificultad estaba en que la especialidad de Lengua Francesa –la que yo estudiaba- no participaba de ese plan, por lo que mi iniciativa carecía de asidero legítimo. Así y todo, sin decírselo a nadie, utilizando mis amistades y el prestigio que poseía entre los demás alumnos, me fui con ellos. Estaba conciente de que se trataba de una indisciplina, sólo que la hallaba y hallo espiritualmente justificada. No me iba a cortar las venas por culpa de aquel grupo de vedadenses que me habían atacado íntimamente.

La Fé, antigua Santa Fé, es un pequeño poblado hacia la parte centro-norte de la Isla. Nuestro cuartel general radicaba en el Club de Oficiales, un hermoso sitio junto del río que atraviesa el vecindario. Vivíamos en un albergue colectivo de madera,  el cual hacía esquina, compartido con jóvenes trabajadores. No pregunten qué hacíamos, porque no lo recuerdo. Íbamos y veníamos en avión: frecuentemente el viaje de El Vedado-Rancho Boyeros tardaba más que el de Nueva Gerona-La Habana. Había una línea de guaguas de Gerona a La Fé que entraba al aeropuerto: en más de una ocasión bajé corriendo del avión para abordar la guagüita. El pueblo tenía un cine al aire libre con forma de anfiteatro romano que quedaba junto al río, un restaurante tipo ranchón donde se comía maravillosamente, un parque rectangular sin un árbol y -en una esquina- la estación del redioaficionado. En una ocasión hablé con Santiago de Cuba a través de ella. En La Fé se contaba una leyenda –no sé si tendrá algo de cierto- sobre un príncipe italiano que huía en un dirigible después de la Segunda Guerra Mundial y lo alcanzaron no lejos del pueblo.

Hicimos tan buenas relaciones con los jóvenes e incluso me acerqué mucho a uno llamado Enrique, Era delgado, fuerte, ojiverde y bastante iletrado: a mi regreso de un viaje a Santiago de Cuba lo encontré de novio con Eneas, un negro cuya voracidad sexual, inteligencia, habilidad, medios económicos y sentido del humor son legendarios. En esos días el grupo de La Fé fue desactivado y regresamos a La Habana por mar. El ferry salió a medianoche del río Las Casas –cerca de Gerona- y llegó a Batabanó cerca de las seis de la mañana. Fue un viaje memorable con la mar en calma y el cielo cuajado de estrellas.

El Departamento de Francés era muy estricto, por lo que mi iniciativa de marcharme a la Isla por decisión propia y descuidando varias clases, provocó un verdadero escándalo. Mi aprovechamiento general era lo suficientemente bueno como para garantizarme un 4to año sin problemas, pero aquellas mujeres no perdieron la oportunidad de amonestar mi indocilidad. En realidad el Departamento de Francés nunca  llegó a tomar una acción contra mi, pero la indisciplina cometida atrajo la atención sobre mi persona.

viernes, 15 de junio de 2012


Las llamadas por el sistema de audio de 3ª y F casi nunca significaban algo bueno para mi. En una ocasión me llamaba por teléfono mi amiga Yiyín –Georgina Yero- para pedirme la llave de su casa santiaguera, pues le habían dicho que habían visto parejas de  hombres saliendo de ella y que ya eso estaba en conocimiento de Seguridad del Estado – como si a la Seguridad le interesara lo que hacen los maricones-: básicamente era una mentira suya para justificar su acto, aunque ciertamente  yo había llevado al apartamento a un muchacho que luego se hizo gay recalcitrante; más tarde le había dado la llave a una pareja de amigos que aunque llevaban públicamente relaciones, no hacían el sexo por carecer de sitio ah hoc –a lo mejor esta era la pareja de hombres avistada.

Otra llamada del audio fue a propósito de Estrella, la mamá de Carlos Victoria. Muchos saben que no estaba bien de la cabeza; era una mujer gruesa, bajita y sumamente dulce. Nos llevábamos muy bien: esa vez tenía toda la cabellera trenzada con cordones de zapatos. Dijo que quería ver a su hijo. Yo le expliqué como pude que Carlos no estaba. Está en un trabajo voluntario en el campo, lo cual era técnicamente cierto, ya que lo de Verdún era estrictamente voluntario y eso quedaba en el campo; la interrogué sobre su viaje: hace dos días que estoy en La Habana pero no quiero molestar a mi hermana. Estaba durmiendo en la Terminal de Trenes. Llamé a la tía de Carlos, que vivía en el edificio "América" de la calle Galiano, y allá nos fuimos. Cuando ya me decidía a ir a Verdún en busca de CV, éste apareció.

La siguiente vez que me llamaron por el altavoz, era la mamá de mi amigo: imaginé que el muchacho se habría metido en otro lío y se lo pregunté. Me respondió que no, pero que necesitaba conversar conmigo. Como no disponía de sitio íntimo, la invité a dar un paseo: durante él, me informó que había llegado a su conocimiento que yo me reunía constantemente su hijo,  que no visitara más su casa ni tratara de ver al chico. Me tomó por sorpresa; es cierto que en aquella época yo era mucho más conservador que ahora, sin embargo me asombré de que alguien como ella me hiciera semejantes reclamos ¿No hacía años presentaba certificados médicos falsos para no perder su puesto de cajera de una cafetería –cargo que jamás le vi desempeñar? ¿no se había hecho cirugías estéticas por todo el cuerpo para eliminar los pellejos y luego se hizo fotos en bikini y enseñaba orgullosamente el resultado? ¿No me conocía?

Nos sentamos en un parque, acepté no ir más a su casa, le aseguré que el cuerpo de su hijo macho/varón/masculino por mi parte estaba intacto y  allí acabó todo. Nos separamos y yo regresé a 3ª y F haciéndome cruces. Desde el día anterior el muchacho había salido de viaje al “interior de la Isla”: evidentemente todo había sido preparado para que saliera “así”. Después, cuando regresó, no me buscó. Más tarde, al conversar con Carlos, se evidenció la participación activa que Loquillo tuvo en esto. Dicen que lo que pasa conviene; aunque seguí amando al muchacho, nuestra relación no tenía realidad sexual ni perspectivas, por lo que el episodio de la madre tuvo el valor de una saludable aunque dolorosa poda.


miércoles, 13 de junio de 2012

A PRINCIPIOS DE 1970 ya el proyecto de Verdún se había degradado mucho. A mi modo de ver, independientemente de los problemas de disciplina –aquellos muchachos no estaban acostumbrados a que los mandaran-, Verdún ya resultaba inconveniente. Si bien al principio los responsables designados por la propia UJC habían tratado de comprender a los chicos y hacer suyos sus problemas, tal identificación resultó excesiva para la organización: los hippies habían “corrompido” a los compañeros. Por ello, posteriormente se envió otro personal compuesto por sicólogos y reeducadores que utilizaron las rivalidades personales internas para crear  desconfianza y división. ¿Qué podían hacer los muchachos? Servir de instrumentos: en cuanto sucedió no recuerdo qué incidente, se disolvió el campamento, los mandaron a sus casas –al que tuviera casa- y, como es lógico, nadie se ocupó más de ellos.  Por aquella época vi magníficas fotografías del campamento de Verdún. No sé si existen aún. Creo que hubo gente del ICAIC que también filmó el sitio. El silencio posterior ante algo tan interesante me ha llevado a pensar que tuvo más importancia que la que nosotros le veíamos: pero funcionó de nuevo el olvido oportuno.

Después de anunciado el fracaso de la Zafra de los 10 Millones, se llevó a cabo el Salón ‘70 en el Palacio Nacional de Bellas Artes. Desde el ’66 no se celebraba ninguna muestra abarcadora de arte cubano. Me parece estar viendo las pinturas de Ever Fonseca, Rafael Zarza, Antonia Eiriz, Umberto Peña, y mis amigos Juan Boza y Justo Luis. En ese Salón expuso también el joven pintor Waldo González, marido de nuestra amiga Bárbara –encantadora mujer de piel aindiada y melena larga-; meses más tarde Waldo fue apuñaleado en la cola de la pizzería Vita Nuova cuando trataba de defender de unos desconocidos a dos muchachas que estudiaban ballet. Su absurda muerte fue una verdadera pérdida para el arte cubano: quien haya visto las parejas en los cuadros de Raúl Martínez tendrá una idea de cómo lucían Bárbara y Waldo.


martes, 12 de junio de 2012

En diciembre de 1967 se celebró el Congreso Cultural de La Habana: me apunté para ser traductor. Eran las vacaciones de Navidad y todos en la beca se habían marchado a sus casas: me quedé, pero antes de una semana comprobé dos cosas. Una, que todavía no sabía lo suficiente de Francés para hacer ese trabajo; otra, que no me interesaba traducir. El veintitrés de diciembre emprendí viaje hacia Santiago en un tren con figura de ómnibus llamado Pionero que tenía asientos plásticos como un bus urbano. A las tres horas de viaje ya no sabes cómo sentarte. Ese infierno lo soporté no sé si gracias o a pesar de Aldo Alonso, actor  y tío de Alexis - un personaje que todavía no había aparecido en mi vida: fue como su premonición-. Llegué a casa el veinticuatro por la noche, poco antes de la tradicional cena.

Al año siguiente actuó varios días en La Habana uno de los espectáculos que marcó mi juventud: el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart. La principal atracción era la actriz María Casares declamando versos de San Juan de la Cruz en el ballet La noche triste. Se presentaron en el teatro García Lorca con un lleno total. Fui con Coco Salas: recuerdo que Ivette Vian nos regaló unas entradas pasadas de fecha. Con muchas dificultades logramos entrar y anduvimos escabulléndonos para no ser descubiertos, hasta que acabamos en el palco presidencial junto al ministro Regino Botti y Carlos Rafael Rodríguez.