lunes, 3 de diciembre de 2012
Hace más de 11 años que no soy Secretario con mayúscula, y sigo trabajando en la Fundación Caguayo. Ya cumplí 66, pero creo que la pensión de jubilación es demasiado baja: mientras tenga salud mantendré mi puesto de trabajo, que me garantiza un salario decente. Entre el salario y la ayuda de mi prima Berthica, puedo seguir viviendo más o menos bien
Me hubiera gustado terminar mi texto con un “capítulo de cierre” donde se dijera qué pasó con cada quién, dónde vive, etc. Caso de haber escrito una novela o un relato con exposición, nudo y desenlace, me las habría arreglado. Pero no: es solamente la historia de mi vida. Y en la vida no hay verdaderos desenlaces. Ya dije que el único arte que he utilizado es el indispensable para no hacerlo todo más confuso. Ya de por sí, la vida es confusa. No en vano el que hizo la canción dijo que “son tantas que se atropellan”. Por otra parte, a la mayoría de los actores de los episodios más llamativos los excluí de mi imaginación hace mucho. A todos, incluso al principal, aunque siga ahí. ¿Qué sé yo ni qué me importa a mi dónde se ha metido Robert Chichi? ¿O Mamacusa? ¿o Juan Guevara? ¿o Rigual? ¿o José Jacas?
Créanme que la labor investigativa necesaria para llenar esas “lagunas estilísticas” no recompensaría. Siempre va a haber juanguevaras, mamacusas y josejacas. Las peculiaridades que hacen de cada uno el que es y no otro, son puro anecdotario. Y aunque escribí ya suficientes anécdotas seguiré haciéndolo, pues la memoria está colmada de ellas.
En los ’70 éramos jóvenes y soportábamos casi todo con donaire: ahora, si no hemos cumplido los sesenta, estamos cerca. Y volver a lo mismo sería muchísimo más duro. Se entrecruzaron docenas de e-mails escritos por casi todo el mundo –incluyéndome a mi. Al final se evidenció lo evidente, lo que todos sabían y fingían ignorar por mil razones, que lo realmente importante es por qué pudieron existir. Cumplían una tarea. La hacían con gusto –es cierto- pero eso no cambia lo básico: sólo con consentimiento, conocimiento y voluntad de Arriba lo hicieron.
Pero lo cierto es que la vida me dio lo que me dio. Los testaferros, gnomos y angelitos que me dio, quiero decir. Y qué le vamos a hacer. Unos dañan y asustan, otros hacen papel de Oberón, Titania, o Puck, -¿se han fijado hasta qué punto la encantadora obra de Shakespeare reproduce la estructura del mundo? Si bien es cierto que hablamos de seres pasajeros y leves, a dónde va lo pasajero es una pregunta crucial -¿el propio Cosmos no es algo transitorio? Todos merecen el recuerdo que, aunque sea por un instante, los arranque de la Nada.
Pues bien, Roberchichi vive en Miami; cómo, no sé. Aunque no creo que se haya convertido en hombre batallador, sacrificado y próspero. En vida de Carlos Victoria, éste me dijo que Juan Ángel Espasande era un conocido y hábil chef en esa misma ciudad, que había hecho una familia y, de manera general, era feliz. Al dirigente que me expulsó de la Escuela de Letras de La Habana lo eliminé de mi vida desde los ’70. El compañero de la escuela de Arquitectura santiaguera, que me investigó celosamente sigue viviendo aquí, en la misma ciudad: a veces lo encuentro por la calle y lo hallo flaco, arrugado y sudoroso. Rogelio Quintana vive en España, no se dónde. Curiosamente, desde que se fue de Cuba no ha querido escribir, hablar conmigo no verme: cosas suyas, supongo, pues jamás nos hemos disgustado. Hace unos años, cuando cumplí 60, tuvo el hermoso gesto de diseñar y grabar dos CD con canciones de todo tipo que por algún motivo le gustan o disgustan especialmente: Noche Española, lo tituló. Lo hizo especialmente para mi. Es una verdadera locura, pero traduce muy bien su sentido del humor y la rebeldía de su corazón: amo ese regalo. Desde que salió de Cuba, jamás he podido verlo ni hablar con él, por eso ignoro totalmente cómo es su vida personal. Alexis también habita en la Florida: tenía una muchacha aquí con quien se acostaba. Él mismo me llevó a su casa una vez que vino y me buscó. Quizá por ella vino a Cuba varias veces después de 1995: luego dejé de verlo, por lo que imagino que, o ella también se fue, o ya no son amantes. Delfín Prats vive solo y trabaja en las Ediciones Holguín en un cargo subalterno: su espiritualidad y sentido del desprendimiento no le permite otra cosa. A veces viaja a México. Está traduciendo, escribiendo, publicó una hermosa antología de su poesía en México y pronto otra en Brasil. Nos escribimos por email. El año julio pasado fui a Holguín y él presentó mi último libro de poesía Ese mismo año, en octubre, vino a Santiago, se hospedó en mi casa y conversamos mucho.
Carlos Victoria se asentó desde un principio en Miami y trabajaba en un conocido periódico. A la muerte de su madre casó con una centroamericana que hasta ese momento había cuidado de la difunta. Llevó una vida metódica y dedicada a la literatura, por lo que se hizo un narrador acreditado: comprendo muy bien que no quisiera mudarse de su apartamento en Miami Lakes a pesar de su mal estado. Con frecuencia me escribía y, a veces, me llamaba por teléfono. Siempre se portó conmigo como una especie de hermano. En 2007 fue atacado por un tumor canceroso en el intestino grueso: lo operaron sin éxito y el exceso de dolor le hizo ingerir una dosis demasiado grande de calmantes, de la cual murió el 12 de octubre en un hospital de Miami. Ese era mi amigo.
Mary Montes vive en París. Su hijo ya es un hombre. En realidad la vida de los cubanos de París es encrespada y ríspida. Es que cada persona se empapa del sitio en que vive: los de Barcelona son alegres y prácticos, los de Madrid no tienen piedad pero te acogen, los de Miami son abundosos y chanchulleros, los de Holguín, amorosos, pero parece que viven a las puertas de un Hades cuyos aullidos no los dejan dormir. Y así. A Mary yo la quiero igual, e imagino que ella –en sus momentos de lucidez- también me quiera.
He perdido la pista de Bruno Alfonso. Hace más de una década que no sé de él. Todo lo que escriba a continuación tiene sólo el valor de lo imaginado. Debe de mantenerse en Canadá de profesor, debe de haber engordado y ser amante de una alumna. Debe de tener uno o dos buenos autos y haberse llevado a la familia que tenía en La Habana. O sea, que debe de tener nietos. En definitiva, en la familia él halla una forma de paz de la que dudo que se quiera privar.
Hace poco me comuniqué con Lourdes Palacios, quien también vive en Miami, casada en paz con un conocido odontólogo. Fue un e-mail amable pero distante. Ha ganado varios premios y grabado unas cuantas de sus canciones. Alguien de Santiago fue Allá y le mandó a Raúl Ibarra la grabación de una canción que compuso basándose en sus versos. Sigue relacionándose con el mismo piquete de los que íbamos a su casa en los años ’60. Hace poco me mandó una foto con su marido y los niños de él: sigue hermosa a pesar de sui edad. Supe que había sido operada de pequeños tumores, que ojalá sanen.
Hace más de 11 años que no soy Secretario con mayúscula, y sigo trabajando en la Fundación Caguayo. Ya cumplí 66, pero creo que la pensión de jubilación es demasiado baja: mientras tenga salud mantendré mi puesto de trabajo, que me garantiza un salario decente. Entre el salario y la ayuda de mi prima Berthica, puedo seguir viviendo más o menos bien
Me hubiera gustado terminar mi texto con un “capítulo de cierre” donde se dijera qué pasó con cada quién, dónde vive, etc. Caso de haber escrito una novela o un relato con exposición, nudo y desenlace, me las habría arreglado. Pero no: es solamente la historia de mi vida. Y en la vida no hay verdaderos desenlaces. Ya dije que el único arte que he utilizado es el indispensable para no hacerlo todo más confuso. Ya de por sí, la vida es confusa. No en vano el que hizo la canción dijo que “son tantas que se atropellan”. Por otra parte, a la mayoría de los actores de los episodios más llamativos los excluí de mi imaginación hace mucho. A todos, incluso al principal, aunque siga ahí. ¿Qué sé yo ni qué me importa a mi dónde se ha metido Robert Chichi? ¿O Mamacusa? ¿o Juan Guevara? ¿o Rigual? ¿o José Jacas?
Créanme que la labor investigativa necesaria para llenar esas “lagunas estilísticas” no recompensaría. Siempre va a haber juanguevaras, mamacusas y josejacas. Las peculiaridades que hacen de cada uno el que es y no otro, son puro anecdotario. Y aunque escribí ya suficientes anécdotas seguiré haciéndolo, pues la memoria está colmada de ellas.
En los ’70 éramos jóvenes y soportábamos casi todo con donaire: ahora, si no hemos cumplido los sesenta, estamos cerca. Y volver a lo mismo sería muchísimo más duro. Se entrecruzaron docenas de e-mails escritos por casi todo el mundo –incluyéndome a mi. Al final se evidenció lo evidente, lo que todos sabían y fingían ignorar por mil razones, que lo realmente importante es por qué pudieron existir. Cumplían una tarea. La hacían con gusto –es cierto- pero eso no cambia lo básico: sólo con consentimiento, conocimiento y voluntad de Arriba lo hicieron.
Pero lo cierto es que la vida me dio lo que me dio. Los testaferros, gnomos y angelitos que me dio, quiero decir. Y qué le vamos a hacer. Unos dañan y asustan, otros hacen papel de Oberón, Titania, o Puck, -¿se han fijado hasta qué punto la encantadora obra de Shakespeare reproduce la estructura del mundo? Si bien es cierto que hablamos de seres pasajeros y leves, a dónde va lo pasajero es una pregunta crucial -¿el propio Cosmos no es algo transitorio? Todos merecen el recuerdo que, aunque sea por un instante, los arranque de la Nada.
Pues bien, Roberchichi vive en Miami; cómo, no sé. Aunque no creo que se haya convertido en hombre batallador, sacrificado y próspero. En vida de Carlos Victoria, éste me dijo que Juan Ángel Espasande era un conocido y hábil chef en esa misma ciudad, que había hecho una familia y, de manera general, era feliz. Al dirigente que me expulsó de la Escuela de Letras de La Habana lo eliminé de mi vida desde los ’70. El compañero de la escuela de Arquitectura santiaguera, que me investigó celosamente sigue viviendo aquí, en la misma ciudad: a veces lo encuentro por la calle y lo hallo flaco, arrugado y sudoroso. Rogelio Quintana vive en España, no se dónde. Curiosamente, desde que se fue de Cuba no ha querido escribir, hablar conmigo no verme: cosas suyas, supongo, pues jamás nos hemos disgustado. Hace unos años, cuando cumplí 60, tuvo el hermoso gesto de diseñar y grabar dos CD con canciones de todo tipo que por algún motivo le gustan o disgustan especialmente: Noche Española, lo tituló. Lo hizo especialmente para mi. Es una verdadera locura, pero traduce muy bien su sentido del humor y la rebeldía de su corazón: amo ese regalo. Desde que salió de Cuba, jamás he podido verlo ni hablar con él, por eso ignoro totalmente cómo es su vida personal. Alexis también habita en la Florida: tenía una muchacha aquí con quien se acostaba. Él mismo me llevó a su casa una vez que vino y me buscó. Quizá por ella vino a Cuba varias veces después de 1995: luego dejé de verlo, por lo que imagino que, o ella también se fue, o ya no son amantes. Delfín Prats vive solo y trabaja en las Ediciones Holguín en un cargo subalterno: su espiritualidad y sentido del desprendimiento no le permite otra cosa. A veces viaja a México. Está traduciendo, escribiendo, publicó una hermosa antología de su poesía en México y pronto otra en Brasil. Nos escribimos por email. El año julio pasado fui a Holguín y él presentó mi último libro de poesía Ese mismo año, en octubre, vino a Santiago, se hospedó en mi casa y conversamos mucho.
Carlos Victoria se asentó desde un principio en Miami y trabajaba en un conocido periódico. A la muerte de su madre casó con una centroamericana que hasta ese momento había cuidado de la difunta. Llevó una vida metódica y dedicada a la literatura, por lo que se hizo un narrador acreditado: comprendo muy bien que no quisiera mudarse de su apartamento en Miami Lakes a pesar de su mal estado. Con frecuencia me escribía y, a veces, me llamaba por teléfono. Siempre se portó conmigo como una especie de hermano. En 2007 fue atacado por un tumor canceroso en el intestino grueso: lo operaron sin éxito y el exceso de dolor le hizo ingerir una dosis demasiado grande de calmantes, de la cual murió el 12 de octubre en un hospital de Miami. Ese era mi amigo.
Mary Montes vive en París. Su hijo ya es un hombre. En realidad la vida de los cubanos de París es encrespada y ríspida. Es que cada persona se empapa del sitio en que vive: los de Barcelona son alegres y prácticos, los de Madrid no tienen piedad pero te acogen, los de Miami son abundosos y chanchulleros, los de Holguín, amorosos, pero parece que viven a las puertas de un Hades cuyos aullidos no los dejan dormir. Y así. A Mary yo la quiero igual, e imagino que ella –en sus momentos de lucidez- también me quiera.
He perdido la pista de Bruno Alfonso. Hace más de una década que no sé de él. Todo lo que escriba a continuación tiene sólo el valor de lo imaginado. Debe de mantenerse en Canadá de profesor, debe de haber engordado y ser amante de una alumna. Debe de tener uno o dos buenos autos y haberse llevado a la familia que tenía en La Habana. O sea, que debe de tener nietos. En definitiva, en la familia él halla una forma de paz de la que dudo que se quiera privar.
Hace poco me comuniqué con Lourdes Palacios, quien también vive en Miami, casada en paz con un conocido odontólogo. Fue un e-mail amable pero distante. Ha ganado varios premios y grabado unas cuantas de sus canciones. Alguien de Santiago fue Allá y le mandó a Raúl Ibarra la grabación de una canción que compuso basándose en sus versos. Sigue relacionándose con el mismo piquete de los que íbamos a su casa en los años ’60. Hace poco me mandó una foto con su marido y los niños de él: sigue hermosa a pesar de sui edad. Supe que había sido operada de pequeños tumores, que ojalá sanen.
viernes, 30 de noviembre de 2012
En octubre de 2006 alcancé los sesenta años. Ingresé a la Tercera Edad. No sentí algo especial estoy conciente de que mi juventud, junto a mis ilusiones, se esfumaron hace tiempo.
¿Acaso este relato terminará de manera desalentadora y triste? A pesar de todo, debo decir que creo en el porvenir. No para mi, por supuesto, pues claramente mi persona pertenece al pasado. Ignoro cómo será ese mañana, pero seguramente se diferenciará mucho de lo que he vivido. O sea, que el mundo, sus alegrías, desengaños y placeres evidentemente serán otros. Pero serán: irremisiblemente serán. Y como el pasado es la clave del futuro, en definitiva este relato quizá resulte útil. Eso espero.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Ada Mateo (Ada Llerandi) es hija de Noemí/Mimí, difunta hermana de mi padre, y de Francisco/Paco Mateo, figuras mágicas de mi niñez a quienes ya me referí a propósito de un venado muerto a tiros sobre el capó de un auto, en 1959. Ella casó con Manolito Llerandi, cuyo padre poseyó una fábrica de brillantina; alrededor de 1960 marcharon a USA e hicieron una amplia familia. Hace dos o tres años, Manolito Llerandi falleció, al igual que mi primo Alfredo Mateo. Vivió por su cuenta en Miami Beach donde realizó muchas actividades cívicas. Luego se mudó junto a su hija en Naples. Hace meses no sé de ella.
Pues bien, Ada pasó conmigo varios días en Ginebra. Paseamos por la ciudad vieja y conversamos mucho, aunque, a decir verdad, nuestro encuentro tuvo un sabor de despedida que no justifico, ya que ambos tenemos bastante buena salud y, créanme, la edad no es lo principal en cuanto a estos asuntos de la vida y la muerte. Me alegró mucho ese reencuentro –creo que también a ella- pues ya eran más de cuarenta años sin vernos.
Después que mis primas se marcharon, cada cual por su parte, me enfrasqué en mi mundo ginebrino. El préstamo del cómodo apartamento había caducado y me mudé a Villa Greta –sede de la Fundación Heim-, que se encuentra sobre el lago, a varios minutos en tren de la estación de Cornavin. Villa Greta es una mansión absolutamente señorial que perteneció a la escultora Greta Heim, quien al fallecer la dejó como legado. Greta estuvo casada con el norteamericano Caterpillar, dueño de la famosa firma de equipos pesados; a juzgar por lo que pude ver, era una artista interesante. Hoy por hoy ese es el reino de Edi von Fellensberg, que no es presidente, sino Curador Principal. La Fundación Heim ofrece albergue y talleres a artistas de varias manifestaciones: es como un pequeño mundo aparte donde reinan sosiego y libertad.
Un domingo, Emil, Lescay, una hermosa rubia llamada Isabelle y yo, fuimos a un sitio llamado Creux de Genthod, donde nos esperaba un velero. Martin nos preparó una mañana de navegación por el lago. Yo nunca había tenido esa experiencia y, a decir verdad, tampoco me entusiasmaba la idea, pero como no era considerado ni elegante evitar algo dispuesto con tanto esmero –el velero, una reliquia restaurada de 1906, avanzaba solamente con la fuerza del viento-, determiné aparentar gran naturalidad, caminar por los temblones fondos de las embarcaciones como por un gran salón y disimular el mareo como Dios quisiera. Pero por suerte, la fórmula de olvidar el bamboleo me dio el mejor de los resultados. Disfruté mucho.
Había conversado por teléfono varias veces con mi amigo Frank Aguilera, quien, después de dejar Cuba cinco o seis años antes, se había asentado por fin en Barcelona. Me invitó a pasar unos días en su casa. Tomé un pasaje barato EasyJet y a las dos horas estaba en el aeropuerto del Prat. Frank me recogió, me llevó a su casa –un lindo apartamento del Passatge Llivia-, me presentó a su amigo y almorzamos. Luego desapareció en las fauces de su “día de cierre” empresarial, y Jorge –el amigo- se encargó de hacerme recorrer las Ramblas, el Palau de la Música, el mercado de La Boquería, La Pedrera y otras casas de Gaudí, hasta que exhaustos pero satisfechos, regresamos al Passatge.
Frank y Jorge son dos personas especialmente amables y complacientes. No me faltó nada esos días. A la mañana siguiente fui solo a La Sagrada Familia, a la que me entregué buceando en la marejada de turistas que la arrasa todo el tiempo. El turismo de Barcelona para nada se parece al de Cuba. No son grupos, ni siquiera docenas de grupos: son miles de personas. Por suerte, existen el metro, los planos de la ciudad y mi voluntad personal. Por la noche veíamos los programas de chismes de la TV española –intrascendentes, pero apaciguadores. Nos retirábamos en la madrugada. Otro día, también solo, me fui al Musseu Picasso.
En Europa sería una locura faltar al trabajo por ciceronear a alguien: en realidad uno se las arregla perfectamente. Y ya he dicho que prefiero mil veces ver solo una ciudad, que conectar ese fatídico “piloto automático” tan cómodo que consiste en dejarse llevar como un paquete. El sábado por la tarde salimos de compras: una memoria flash para mí, unos zapatos para el padre de Frank y un café en Els Quatre Gats. Había que regresar. Yo debía subir a París para tomar el avión que me traería de nuevo a Santiago. Frank me compró un pasaje Ryanair desde Girona hasta Beauvais. Era lo mejor. Pasé varias noches en Internet, decidiendo dos o tres rutas hasta Orly. El domingo de madrugada Frank me llevó a la estación del Norte: un bus me trasladó a Girona y el avión a Beauvais.
El bus Beauvais-Paris me dejó en Porte Maillot, bajé al metro, discurrí por el París subterráneo y en una vez que el metropolitain salió a la luz del día, ví que la Torre Eiffel seguía en su sitio. Pero el metro de París no es el de Barcelona: si en Cataluña las escaleras de subida son eléctricas, en la Cité Lumière se parecen peligrosamente a las de El Cobre. Cargado como un mulo las trepé y hallé la guagua de Orly. Casi al medio día entré al aeródromo. Al poco rato llegaron varias pintoras santiagueras que regresaban del Salón de Mayo. Dicen que Cubana de Aviación es una línea aérea religiosa porque viaja cuando Dios quiere y carece de respuesta lógica para todo pues los designios de Dios son inescrutables.
Aquel mismo día tuvimos una muestra de lo anterior cuando nuestro avión, después de varias horas de espera, sencillamente no salió. Nos enviaron a dormir a un hotelito de Orly y nos atiborraron de sándwiches. La mañana siguiente nos presentamos en el aeropuerto, pero despegamos sólo al medio día. Y no con destino Santiago de Cuba, sino a Madrid. Allí nos detuvimos cuatro horas más y nos volvieron a embutir de sándwiches. Hacia las seis comenzamos a atravesar el Atlántico hacia la tierra más fermosa, como dijo Colón.
Aquel verano, gracias a Dios, no pasó ningún huracán cerca de Santiago. A decir verdad fue un tiempo de poca lluvia, como especie de tregua divina antes de “la fuega” del cambio climático -genial femenino populachero para designar lo caprichoso e incesante de un fuego/hembra.
Pues bien, Ada pasó conmigo varios días en Ginebra. Paseamos por la ciudad vieja y conversamos mucho, aunque, a decir verdad, nuestro encuentro tuvo un sabor de despedida que no justifico, ya que ambos tenemos bastante buena salud y, créanme, la edad no es lo principal en cuanto a estos asuntos de la vida y la muerte. Me alegró mucho ese reencuentro –creo que también a ella- pues ya eran más de cuarenta años sin vernos.
Después que mis primas se marcharon, cada cual por su parte, me enfrasqué en mi mundo ginebrino. El préstamo del cómodo apartamento había caducado y me mudé a Villa Greta –sede de la Fundación Heim-, que se encuentra sobre el lago, a varios minutos en tren de la estación de Cornavin. Villa Greta es una mansión absolutamente señorial que perteneció a la escultora Greta Heim, quien al fallecer la dejó como legado. Greta estuvo casada con el norteamericano Caterpillar, dueño de la famosa firma de equipos pesados; a juzgar por lo que pude ver, era una artista interesante. Hoy por hoy ese es el reino de Edi von Fellensberg, que no es presidente, sino Curador Principal. La Fundación Heim ofrece albergue y talleres a artistas de varias manifestaciones: es como un pequeño mundo aparte donde reinan sosiego y libertad.
Un domingo, Emil, Lescay, una hermosa rubia llamada Isabelle y yo, fuimos a un sitio llamado Creux de Genthod, donde nos esperaba un velero. Martin nos preparó una mañana de navegación por el lago. Yo nunca había tenido esa experiencia y, a decir verdad, tampoco me entusiasmaba la idea, pero como no era considerado ni elegante evitar algo dispuesto con tanto esmero –el velero, una reliquia restaurada de 1906, avanzaba solamente con la fuerza del viento-, determiné aparentar gran naturalidad, caminar por los temblones fondos de las embarcaciones como por un gran salón y disimular el mareo como Dios quisiera. Pero por suerte, la fórmula de olvidar el bamboleo me dio el mejor de los resultados. Disfruté mucho.
Había conversado por teléfono varias veces con mi amigo Frank Aguilera, quien, después de dejar Cuba cinco o seis años antes, se había asentado por fin en Barcelona. Me invitó a pasar unos días en su casa. Tomé un pasaje barato EasyJet y a las dos horas estaba en el aeropuerto del Prat. Frank me recogió, me llevó a su casa –un lindo apartamento del Passatge Llivia-, me presentó a su amigo y almorzamos. Luego desapareció en las fauces de su “día de cierre” empresarial, y Jorge –el amigo- se encargó de hacerme recorrer las Ramblas, el Palau de la Música, el mercado de La Boquería, La Pedrera y otras casas de Gaudí, hasta que exhaustos pero satisfechos, regresamos al Passatge.
Frank y Jorge son dos personas especialmente amables y complacientes. No me faltó nada esos días. A la mañana siguiente fui solo a La Sagrada Familia, a la que me entregué buceando en la marejada de turistas que la arrasa todo el tiempo. El turismo de Barcelona para nada se parece al de Cuba. No son grupos, ni siquiera docenas de grupos: son miles de personas. Por suerte, existen el metro, los planos de la ciudad y mi voluntad personal. Por la noche veíamos los programas de chismes de la TV española –intrascendentes, pero apaciguadores. Nos retirábamos en la madrugada. Otro día, también solo, me fui al Musseu Picasso.
En Europa sería una locura faltar al trabajo por ciceronear a alguien: en realidad uno se las arregla perfectamente. Y ya he dicho que prefiero mil veces ver solo una ciudad, que conectar ese fatídico “piloto automático” tan cómodo que consiste en dejarse llevar como un paquete. El sábado por la tarde salimos de compras: una memoria flash para mí, unos zapatos para el padre de Frank y un café en Els Quatre Gats. Había que regresar. Yo debía subir a París para tomar el avión que me traería de nuevo a Santiago. Frank me compró un pasaje Ryanair desde Girona hasta Beauvais. Era lo mejor. Pasé varias noches en Internet, decidiendo dos o tres rutas hasta Orly. El domingo de madrugada Frank me llevó a la estación del Norte: un bus me trasladó a Girona y el avión a Beauvais.
El bus Beauvais-Paris me dejó en Porte Maillot, bajé al metro, discurrí por el París subterráneo y en una vez que el metropolitain salió a la luz del día, ví que la Torre Eiffel seguía en su sitio. Pero el metro de París no es el de Barcelona: si en Cataluña las escaleras de subida son eléctricas, en la Cité Lumière se parecen peligrosamente a las de El Cobre. Cargado como un mulo las trepé y hallé la guagua de Orly. Casi al medio día entré al aeródromo. Al poco rato llegaron varias pintoras santiagueras que regresaban del Salón de Mayo. Dicen que Cubana de Aviación es una línea aérea religiosa porque viaja cuando Dios quiere y carece de respuesta lógica para todo pues los designios de Dios son inescrutables.
Aquel mismo día tuvimos una muestra de lo anterior cuando nuestro avión, después de varias horas de espera, sencillamente no salió. Nos enviaron a dormir a un hotelito de Orly y nos atiborraron de sándwiches. La mañana siguiente nos presentamos en el aeropuerto, pero despegamos sólo al medio día. Y no con destino Santiago de Cuba, sino a Madrid. Allí nos detuvimos cuatro horas más y nos volvieron a embutir de sándwiches. Hacia las seis comenzamos a atravesar el Atlántico hacia la tierra más fermosa, como dijo Colón.
Aquel verano, gracias a Dios, no pasó ningún huracán cerca de Santiago. A decir verdad fue un tiempo de poca lluvia, como especie de tregua divina antes de “la fuega” del cambio climático -genial femenino populachero para designar lo caprichoso e incesante de un fuego/hembra.
martes, 27 de noviembre de 2012
Enero y febrero de 2006 me trajeron dos sucesos de signo contrario. Para el zodíaco chino, 2006 fue un año Perro, igual que yo. Positivo, aunque de manera filosófica y ambivalente. Como el año chino no coincide con el nuestro, al parecer el Gallo - que rigió al 2005- quiso despedirse jugándome una broma.
Una noche de enero lluviosa y solitaria me quedé dormido frente al televisor: al despertar, un muchacho salía de mi cuarto. Me incorporé aturdido y asustado. Sin dejarme hablar, me espetó que había entrado porque vio la puerta abierta de par en par y una persona saliendo de casa a toda prisa con un paquete en la mano. Hablaba un tal Carón, cierto joven aindiado, pequeño y musculoso. A medida que pasaban los minutos, iba recobrando mi lucidez. Evidentemente, Carón aprovechó mi letargo para entrar a robar. Cuando se fue de casa, registré mi cuarto. Faltaba mi mochila con todos los papeles (identidad, direcciones, tarjetas, dinero, talonarios de cobros y pagos de mi hermana). Lo primero cuya desaparición me golpeó fueron las direcciones de mi agenda, luego mis identificaciones, mis libretas de banco y mis tarjetas. Había que rehacerlo todo. A la mañana siguiente tuve que ir al banco a inmovilizar la cuenta. A medida que fueron pasando las semanas, rehice los otros documentos. Hasta la erección perdí.
A comienzos de febrero, otra noche estaba cerrando la casa para ir a dormir cuando escuché que me mencionaban por televisión. De momento pensé que era la sicosis de persecución desencadenada por el robo, por ello me retiré sin más. A la mañana siguiente cuando salí a la calle, varias personas me felicitaron: había conseguido un premio y lo dijeron por el noticiero de la televisión. Cuando lo repitieron me convencí. Gané un Premio Nosside-Caribe, entregado en la Feria del Libro de La Habana. No es un gran premio, ni muy bien dotado, pero internacional (y eso es bueno). Sólo que según las bases, es necesario recogerlo en el acto de premiación; de no ser así, se pierde. Cuando un ganador no es de La Habana, ellos le avisan previamente para que acudan. Pero nadie me avisó. ¿Perdería la recompensa? Eran sólo 100 CUC, pero me hacían falta. Cuando la Feria llegó a Santiago, me entregaron un sobre con la placa del premio, pero nada de metálico. Al cabo de los meses y después de algunas gestiones, logré que pagaran.
A principios de 2006, Suzanne escribió diciéndome que ese año era necesario que viajara a Ginebra. Desde meses atrás envió la convocatoria para cierto evento artístico, librada por un municipio del cantón de Ginebra. Días después de escribirme, lo hizo de nuevo para que Lescay mandara algunos dibujos a fin de que que su invitación al evento fuese aprobada. Así sucedió. Pronto quedó asegurada la presencia de mi jefe en el evento Utopías Urbanas, así como la mía en una reunión con nuestra contraparte Suzy, a fin de organizar la 3ra edición de Cuba/Ginebra. Me puse de acuerdo con mis primas Berthica y Ada, quienes prometieron ir a verme a Ginebra.
Como para Arc-en-ciel no era fácil realizar en envío del dinero para mi pasaje, Lescay estuvo de acuerdo en financiarlo de su peculio y que luego aquella institución se lo liquidara. Así hicimos. Si mal no recuerdo, viajamos alrededor del 16 de mayo. Mientras Lescay se hospedó en una bella habitación de la Fundación Heim, a mi me prestaron por cuatro días uno de los pequeños apartamentos Les Halles de l’île. ¡Mi bella Ginebra! Las Utopías Urbanas –propuestas artísticas utópicas para la Ginebra futura- se llevarían a cabo en el Globo de la Ciencia, frente al CERN (Centro de Investigación Nuclear Europeo). Berthica llegó puntualmente con su esposo Hugh y se hospedaron en el Hôtel des Bergues, justo enfrente del lago. Al día siguiente de nuestra llegada, Edi von Fellemberg se empeñó en darnos una cena de bienvenida en la Fundación Heim. Hablé con él, y quiso que Hugh y Berthica estuvieran presentes. Ellos acudieron, encantados. Como a los dos días viajaron a Madrid y llegó Ada, mi otra prima.
Al día siguiente de la inauguración de Utopías Urbanas di un corto viaje en auto a territorio francés, en compañía de Emil, Suzy y Lescay a visitar a una escultora que me fascinó, Mireille Fulpius. Mireille habita en una región boscosa –Seyselles- junto al curso superior del Ródano. Es una persona enérgica y con mucha imaginación: sus obras más impresionantes utilizan tiras de corteza de árboles, colgadas por el bosque como gigantescas guirnaldas.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Decidí “remodelar” mi vida. Únicamente ello resultaba posible a través de una inyección de espiritualidad. No la boba de los ojos apretados mientras suena una sinfonía de Chaikovki, sino la lujosa espiritualidad del prescindir y el hacer. A decir verdad, ello implica un largo proceso, por ello ignoro hasta qué punto habré tenido éxito. Por el momento, comencé a beber jugo de noni. Me preguntarán qué tiene que ver el noni con el alma: es que una de las cosas que más obstaculiza una visión positiva y armónica del mundo es la mala salud. Dolores, incapacidades y esa paulatina pérdida de dominio sobre nuestro cuerpo que ella trae, contribuye muchísimo a una vida desacertada. El noni eliminó mis molestias. Junto a ello, comencé a ejercitarme físicamente al amanecer: no para eliminar grasa o adquirir una figura más elegante, sino para mantener los movimientos, la irrigación de la sangre, lograr un ritmo respiratorio adecuado y cierto confort corporal. Lo que correspondería a lo anterior sería una sesión de meditación, pero parece ser que no tengo capacidad para ello. Quizá más adelante, en definitiva me volví más esencial...
En primavera, Mailín viajó a Madrid con el proyecto Cuba Mestiza, que consistía en una gran exposición a ser presentada en la sede del municipio de Alcorcón. Estuvo allá como tres semanas y regresó. Durante ese tiempo quedé solo en la oficina, lo cual, si bien aumenta el trabajo, también procura cierto alivio: todo se hace “a nuestro modo”. Y no hay visitas desconocidas. Sin embargo, durante el viaje de Mailín, hubo una: la de Edi von Fellensberg, el Curador de la Fundación Heim, de Ginebra.
Poco tiempo después se produjo el Concurso Provincial de Crítica de Arte y me tocó el primer premio. Valiente bobería, un premio PROVINCIAL de algo que apenas se ejerce en este país. Pero eran mil pesos cubanos que venían muy bien. Ese mismo 2005 mandé al Premio Heredia el cuaderno Milagro frente al televisor. Cogió una Mención. Más tarde envié ese mismo libro al Premio Oriente y cogí “nananina en plato llano”. Estuve concursero aquel 2005, pero era más que todo a ver si me ganaba unos pesos. De hecho, en Santiago de Cuba hay escritores que tienen los santos cojones de vivir solamente de premios y publicaciones. No se si admirarlos, con lo poquito que dejan, pero resulta claro que es preferible hacer siempre lo que uno le gusta, en vez de tragar tanto buche amargo en un “centro de trabajo”. En fin, como dice mi tía, “cada persona es un mundo”.En definitiva publique ese libro en 2011 bajo el título Vista aérea
Ese verano los ciclones comenzaron temprano. El fenómeno natural más aterrador para mi, es el ciclón. Cuabitas no es región de inundaciones, pero mi vivienda está tan vieja que una gran gotera o la posibilidad de un derrumbe me horrorizan. Creo que fue en el ’97 que pasó un huracán al Este de Santiago; lo hizo a media noche y desde horas antes desconectaron el fluido eléctrico. La experiencia del sonido de las ráfagas y la lluvia en medio de una madrugada totalmente negra es algo que no quisiera repetir. Desde entonces, cualquier aguacero desencadena en mi los más locos sentimientos de inseguridad. Pues nada, a fines de junio del 2005 pasó un ciclón entre Cuba y Jamaica; incluso se dijo que iban a suspender el Carnaval, cosa que no sucedió, aunque dejó tres semanas de lluvia casi continua. Posteriormente, el tiempo siguió húmedo.
Para septiembre se cumplieron los primeros diez años de la Fundación. Hubo grandes celebraciones. Como ya se había terminado de imprimir Escultura en Cuba, siglo XX, se presentó. Consistió en un acto muy solemne al que asistieron el Ministro de Cultura, el Secretario del Partido en la provincia y lo que más vale y brilla de la intelectualidad local. Ese día también se presentó un powerpoint sobre la Fundación, realizado por Mailín. No hay que decir que me borraron de la “mesa presidencial”, como si yo no hubiera sido el padre espiritual de aquella criatura –el libro. Luego he pensado que fue mejor: los fastos y las solemnidades han perdido mucho crédito en los últimos años –en definitiva mi nombre aparece suficiente cantidad de veces en ese texto y no es sano caer en el maelsatrom de la lucha por el protagonismo. Vanidad es lo que me sobra.
A finales de octubre pasó por Nueva Orleans el horrendo Katrina. Aunque estuvo lejos, me identifico totalmente con el horror que vivieron aquellas personas. A medida que pasan los años las tormentas se hacen peores.
Ya en diciembre vino Emil, un escultor suizo que quiso pasar un cursillo de fundición en nuestros talleres. Emil es una persona excepcional, de carácter alegre y positivo, además de inteligente, abnegado, conocedor de los seres humanos y con real talento artístico. Ha sobrepasado con creces las dificultades físicas con que vino al mundo –camina y se mueve con inseguridad. Rentó un auto y un vecino mío le sirvió de chofer. Acá en Cuba se enamoró como un perro de una chica realmente bella, desgraciadamente muy manipulada por su familia, que sobrevalora sus encantos. Ojalá Emil la olvide, pues ella lo desprecia y nunca corresponderá a su solicitud y cariño. Pienso que, en definitiva, lo mismo hace uno con esos chiquillos maravillosos que piensan en nuestro bolsillo más que nosotros en su cuerpo.
En primavera, Mailín viajó a Madrid con el proyecto Cuba Mestiza, que consistía en una gran exposición a ser presentada en la sede del municipio de Alcorcón. Estuvo allá como tres semanas y regresó. Durante ese tiempo quedé solo en la oficina, lo cual, si bien aumenta el trabajo, también procura cierto alivio: todo se hace “a nuestro modo”. Y no hay visitas desconocidas. Sin embargo, durante el viaje de Mailín, hubo una: la de Edi von Fellensberg, el Curador de la Fundación Heim, de Ginebra.
Poco tiempo después se produjo el Concurso Provincial de Crítica de Arte y me tocó el primer premio. Valiente bobería, un premio PROVINCIAL de algo que apenas se ejerce en este país. Pero eran mil pesos cubanos que venían muy bien. Ese mismo 2005 mandé al Premio Heredia el cuaderno Milagro frente al televisor. Cogió una Mención. Más tarde envié ese mismo libro al Premio Oriente y cogí “nananina en plato llano”. Estuve concursero aquel 2005, pero era más que todo a ver si me ganaba unos pesos. De hecho, en Santiago de Cuba hay escritores que tienen los santos cojones de vivir solamente de premios y publicaciones. No se si admirarlos, con lo poquito que dejan, pero resulta claro que es preferible hacer siempre lo que uno le gusta, en vez de tragar tanto buche amargo en un “centro de trabajo”. En fin, como dice mi tía, “cada persona es un mundo”.En definitiva publique ese libro en 2011 bajo el título Vista aérea
Ese verano los ciclones comenzaron temprano. El fenómeno natural más aterrador para mi, es el ciclón. Cuabitas no es región de inundaciones, pero mi vivienda está tan vieja que una gran gotera o la posibilidad de un derrumbe me horrorizan. Creo que fue en el ’97 que pasó un huracán al Este de Santiago; lo hizo a media noche y desde horas antes desconectaron el fluido eléctrico. La experiencia del sonido de las ráfagas y la lluvia en medio de una madrugada totalmente negra es algo que no quisiera repetir. Desde entonces, cualquier aguacero desencadena en mi los más locos sentimientos de inseguridad. Pues nada, a fines de junio del 2005 pasó un ciclón entre Cuba y Jamaica; incluso se dijo que iban a suspender el Carnaval, cosa que no sucedió, aunque dejó tres semanas de lluvia casi continua. Posteriormente, el tiempo siguió húmedo.
Para septiembre se cumplieron los primeros diez años de la Fundación. Hubo grandes celebraciones. Como ya se había terminado de imprimir Escultura en Cuba, siglo XX, se presentó. Consistió en un acto muy solemne al que asistieron el Ministro de Cultura, el Secretario del Partido en la provincia y lo que más vale y brilla de la intelectualidad local. Ese día también se presentó un powerpoint sobre la Fundación, realizado por Mailín. No hay que decir que me borraron de la “mesa presidencial”, como si yo no hubiera sido el padre espiritual de aquella criatura –el libro. Luego he pensado que fue mejor: los fastos y las solemnidades han perdido mucho crédito en los últimos años –en definitiva mi nombre aparece suficiente cantidad de veces en ese texto y no es sano caer en el maelsatrom de la lucha por el protagonismo. Vanidad es lo que me sobra.
A finales de octubre pasó por Nueva Orleans el horrendo Katrina. Aunque estuvo lejos, me identifico totalmente con el horror que vivieron aquellas personas. A medida que pasan los años las tormentas se hacen peores.
Ya en diciembre vino Emil, un escultor suizo que quiso pasar un cursillo de fundición en nuestros talleres. Emil es una persona excepcional, de carácter alegre y positivo, además de inteligente, abnegado, conocedor de los seres humanos y con real talento artístico. Ha sobrepasado con creces las dificultades físicas con que vino al mundo –camina y se mueve con inseguridad. Rentó un auto y un vecino mío le sirvió de chofer. Acá en Cuba se enamoró como un perro de una chica realmente bella, desgraciadamente muy manipulada por su familia, que sobrevalora sus encantos. Ojalá Emil la olvide, pues ella lo desprecia y nunca corresponderá a su solicitud y cariño. Pienso que, en definitiva, lo mismo hace uno con esos chiquillos maravillosos que piensan en nuestro bolsillo más que nosotros en su cuerpo.
viernes, 23 de noviembre de 2012
Casi nada, o nada, he vuelto hablar de mi hermana Virginia: su adaptación al Hogar de Ancianos de Ciudamar fue inmediata e inmejorable. La visitaba mensualmente y creo que, en el fondo, comprendía su situación. Nunca he dejado de sentir culpa por que halla vivido en un asilo mientras yo cobraba todos los meses la pensión que le dejó su madre, aunque verdaderamente para regresarla a Cuabitas habría que restaurar completamente la casa, dejar de trabajar y disponer de bastante plata. Todos ellos sueños irrealizables. El tiempo y el relativo apartamiento en que vivió la convirtieron en una viejecita llena de arrugas y con cara de llanto –todavía más notoria a causa de sus mejillas rojas y su pelo negrísimo. Ir al Hogar fue uno de mis deberes más tristes y difíciles. En noviembre de 2011 falleció. Si voy a hablar francamente, ignoro de qué. Fue viernes y yo había ido a verla la semana anterior. No me quiso acompañar hasta la puerta pues le dolían las piernas, aunque ignoro por qué. Imaginé que se le quitaría. En cambio, murió. Ciertamente, su rostro en el féretro era muy dulce y sereno. La enterramos junto a su madre.
El 2004 comenzó con la triste noticia de que Alejandro Carvallo había sido asesinado. No estuve dentro de los detalles del velorio, las investigaciones y los rumores sobre el hecho. Era sábado por la noche y la madre de Alex salió a un restaurante; al regresar, encontró normal que la habitación de mi amigo estuviese cerrada. Al día siguiente esperó inútilmente la salida del hijo: cuando se decidió a penetrar halló su cadáver apuñaleado, las gavetas afuera y todo el cuarto hecho un lío. La habitación de Alex tenía una salida independiente a la calle. Permitió entrar a un chico que le exigió dinero, se negó, fue golpeado, quedó sin sentido y lo apuñalearon. Otros dicen que lo inyectaron para dormirlo y acabaron con él. Cuando la policía actuó, resultó que el autor fue un muchacho sin antecedentes penales, en complicidad con otro, ex-militar. En fin, hay muchas versiones.
La madre –con la que él tenía confianza absoluta- estaba inconsolable. Nunca he sabido qué decirle, a pesar de que tiempo después fui a visitarla. Cuando estas cosas suceden es casi inútil exigir que los jueces castiguen “de manera ejemplar” a los autores. Además, está lo de la mariconería de Alex y el hecho de que él mismo hizo entrar a su asesino –su pieza quedaba bastante intrincada y desde la entrada no era fácil llegar a ella sin guía o costumbre. La tristeza que dejó la muerte de Alejando entre nosotros no es pequeña.
A principios de marzo ocurrió la presentación de Cómo criar un perro. Quedó bien, a pesar de las reiteradas bromas sobre el título y apariencia del tomo en relación con supuestas quejas de niños que lo habrían adquirido pensando en camadas caninas, dietas, remedios e instrucciones. El único comentario se publicó en una revista de Internet escrito por David Lago, más de un año después salir el lbro. Se lo agradezco, aunque en definitiva no deja claro si le gustó o no. Así es la poesía.
Ya El Libro de la Escultura Cubana –como cariñosamente lo llamaba- estaba terminado y entregado a la diseñadora –una muchacha habanera muy capaz, pero llena de problemas personales. Faltaban unas fotos y yo las hice: aparte, Pepe Veigas consiguió otras magníficas. Yo ansiaba entregárselo al Editorial Oriente, que sería nuestro co-editor, pero la diseñadora pedía un plazo tras otro. Por fin no se pudo esperar más y hubo que quitárselo sin que hubiese hecho portada, contraportada y lomo –las primeras que propuso no fueron aprobadas por Lescay. Al fin, el julio entregué a la editorial los CDs con el libro diseñado.
Ya en ese momento se estaba produciendo la segunda edición del proyecto de Cuba/Ginebra, ida y vuelta. Aquí estaban tres artistas jóvenes suizos y Léa, graduada de la Escuela de Artes Aplicadas de Ginebra, quien trabajaba con Suzanne; dos mujeres que se ocupaban del comic (bandes dessinées, o bd, como se las conoce en el orbe francés) y un muchacho que experimentaba a partir de objetos. Ellos se pasarían un mes acá, impartirían dos workshops, y luego expondrían en Santiago de Cuba y La Habana. Mientras, irían a Suiza cuatro cubanos: un pintor, un escultor, una grabadora y Mailín Fong, mi compañera de la Fundación. ¿Por qué ella? Primero, porque si estábamos trabajando juntos y era mi superior jerárquico, más vale compartir los viajes; segundo, porque ella nunca había viajado Afuera. Mientras, yo me quedaría acá al frente de todo. Generalmente tratábamos de que el grupo suizo y el cubano no viajaran simultáneamente: sin embrago, ese año hubo que aprovechar la única oportunidad de disponer de apoyo económico so pena de esperar hasta el 2007. En definitiva, los talleres transcurrieron bien –todavía Mailín y los cubanos no se habían ido-, y luego las exposiciones también. La de Santiago fue la más brillante, en el Centro provincial de Arte (título oficial de la Galería Universal), y la de La Habana en una galería de poca monta situada en una esquina llamada La Copa, en Miramar. Debo decir que podría haber sido mucho mejor, pero la directora del sitio aquél no era muy entusiasta: más que de hacer bien su trabajo, se preocupaba de que los artistas le regalaran alguna pieza, de ataviarse con vestidos ridículos y de atender a gente que la procuraba a saber por qué. Detesto a los directores que ejercen con sistema de plantación, o sea, que ellos no se ensucian las manos mientras los técnicos y el resto del personal cargan con lo demás. El galerista que no sienta placer en tocar la exposición, colgarla, cuidar que haya un buen montaje, identificaciones, buenas luces, público, etc, es como una matrona de bayú que deteste singar. Y bueno, el público fue más bien reducido. Pero se hizo. Los suizos se hospedaron con Amelia y Angelito, que poseían un lindo apartamento en la Calle de los Mercaderes. El varón debió regresar a la patria, donde su esposa estaba pariendo; de las dibujantes, una que trajo a su esposo con el bebito también regresó, y se quedaron en La Habana la otra dibujante (Yvette) y Léa: me divertí horrores con ellas, que conocían un caudal inagotable de paladares desconocidos a partir de las guías turísticas. Léa es maravillosa: fumaba como una locomotora –a diferencia del resto de los suizos: vegetarianos, bebedores de agua y, cuando más, comedores de pescado y salía a horas rarísimas a encontrarse con un amante cubano- quien, por otra parte, era amigo mío desde hace años-. Uno de los nexos que más me unen a Arianne Orligue-Suzer es su desprecio por estos parámetros de la Unión Europea –así les digo yo-, como si eso fuera capaz de conjurar a la muerte o a la estupidez. A mi modo de ver, se trata de otra reliquia del protestantismo calvinista y el complejo de culpa de toda la civilización occidental: en Francia adoran a los africanos después que les arrancaron el pellejo durante siglos, y el resto de los desarrollados miran los placeres de la vida como excesos de donde emanan el sida, el cáncer en los pulmones, la obesidad, los problemas coronarios y la presión alta. Sin mirar la obsesión del éxito, la falsa perfección y la carencia de armonía. Vegetariano podrá serlo quien esté harto de carnes.
En agosto Mailín regresó y todo en la Fundación comenzó a recuperar el ritmo habitual. Hacia el mes de septiembre tuvimos la exposición de Arturo Montoto, que se concibió como una campaña –en realidad así deben de ser todas las exposiciones-: antes del 10 estaba aquí el pintor y María Eugenia –esposa y representante. Impartió una conferencia y presentó un libro sobre su obra. Era exactamente el día fijado para la inauguración: un ciclón se dirigía recto hacia Santiago. La ciudad entera se movilizó y se respiraba el mismo aire del Titanic después del encontronazo con el iceberg. Nosotros proseguimos como si nada ocurriese: al vernissage acudió muchísimo público –Montoto es uno de los pintores más célebres de Cuba, aparte de un ser humano maravilloso- y al terminar fuimos a celebrar el éxito. Aquella noche que parecía ser la del Fin del Mundo, nada ocurrió: la tormenta cambió de rumbo y Santiago de Cuba amaneció mejor que nunca.
Durante ese año publiqué muchos comentarios de arte en el sitio web de la delegación santiaguera del Ministerio de Cultura: era el único lugar posible, ya que el Sierra Maestra pertenece al PCC y exige que los autores sean periodistas graduados. Aparte, hay que pasar por no se qué tamiz. Yo mismo hacía las fotos con la cámara digital que Mailín me compró en Ginebra. Jamás me dieron ni un centavo, ni siquiera papel o baterías: lo consideraban un favor que se me estaba haciendo.
En noviembre falleció mi vecina Nelly. Lo pongo porque la quería, porque era una mujer joven y excepcionalmente amable, pero sobre todo por su ejemplar actitud ante la vida. Un cáncer se la llevó. Dejó un viudo y dos hijos.
A medida que pasaba el tiempo, mi vida se hacía menos interesante. Creo que al 90% de los seres humanos le ocurre algo similar y, si bien no pienso insistir en ese hecho, sería un crimen silenciar algo que tanto afecta lo que del mundo vemos y cómo lo vemos. Tres ó cuatro años antes, comencé a sentir mucho miedo por la vida: no ya miedo a la soledad –pues de hecho ya estaba solo-, sino a la locura, la decadencia física y espiritual. Con razón o sin ella, veía negro el futuro y yo, como un palito en medio del huracán, no tenía más remedio que seguir rebotando y arrastrándome. Entre eso y mi cotidianidad de apremios laborales, goteras, apagones, objetos desaparecidos –por no decir robados- y la galopante ruina de mi vivienda, no tenía vida. Dormía poco y cerca de las tres de la madrugada –que es cuando “el loco está de guardia”- ni el cuerpo ni la mente accedían a continuar el sueño.
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