A PRINCIPIOS DE 1970 ya el proyecto de Verdún se había degradado mucho. A mi modo de ver, independientemente de los problemas de disciplina –aquellos muchachos no estaban acostumbrados a que los mandaran-, Verdún ya resultaba inconveniente. Si bien al principio los responsables designados por la propia UJC habían tratado de comprender a los chicos y hacer suyos sus problemas, tal identificación resultó excesiva para la organización: los hippies habían “corrompido” a los compañeros. Por ello, posteriormente se envió otro personal compuesto por sicólogos y reeducadores que utilizaron las rivalidades personales internas para crear desconfianza y división. ¿Qué podían hacer los muchachos? Servir de instrumentos: en cuanto sucedió no recuerdo qué incidente, se disolvió el campamento, los mandaron a sus casas –al que tuviera casa- y, como es lógico, nadie se ocupó más de ellos. Por aquella época vi magníficas fotografías del campamento de Verdún. No sé si existen aún. Creo que hubo gente del ICAIC que también filmó el sitio. El silencio posterior ante algo tan interesante me ha llevado a pensar que tuvo más importancia que la que nosotros le veíamos: pero funcionó de nuevo el olvido oportuno.
Después de anunciado el fracaso de la Zafra de los 10 Millones, se llevó a cabo el Salón ‘70 en el Palacio Nacional de Bellas Artes. Desde el ’66 no se celebraba ninguna muestra abarcadora de arte cubano. Me parece estar viendo las pinturas de Ever Fonseca, Rafael Zarza, Antonia Eiriz, Umberto Peña, y mis amigos Juan Boza y Justo Luis. En ese Salón expuso también el joven pintor Waldo González, marido de nuestra amiga Bárbara –encantadora mujer de piel aindiada y melena larga-; meses más tarde Waldo fue apuñaleado en la cola de la pizzería Vita Nuova cuando trataba de defender de unos desconocidos a dos muchachas que estudiaban ballet. Su absurda muerte fue una verdadera pérdida para el arte cubano: quien haya visto las parejas en los cuadros de Raúl Martínez tendrá una idea de cómo lucían Bárbara y Waldo.
miércoles, 13 de junio de 2012
martes, 12 de junio de 2012
En diciembre de 1967 se celebró el Congreso Cultural de La Habana: me apunté para ser traductor. Eran las vacaciones de Navidad y todos en la beca se habían marchado a sus casas: me quedé, pero antes de una semana comprobé dos cosas. Una, que todavía no sabía lo suficiente de Francés para hacer ese trabajo; otra, que no me interesaba traducir. El veintitrés de diciembre emprendí viaje hacia Santiago en un tren con figura de ómnibus llamado Pionero que tenía asientos plásticos como un bus urbano. A las tres horas de viaje ya no sabes cómo sentarte. Ese infierno lo soporté no sé si gracias o a pesar de Aldo Alonso, actor y tío de Alexis - un personaje que todavía no había aparecido en mi vida: fue como su premonición-. Llegué a casa el veinticuatro por la noche, poco antes de la tradicional cena.
Al año siguiente actuó varios días en La Habana uno de los espectáculos que marcó mi juventud: el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart. La principal atracción era la actriz María Casares declamando versos de San Juan de la Cruz en el ballet La noche triste. Se presentaron en el teatro García Lorca con un lleno total. Fui con Coco Salas: recuerdo que Ivette Vian nos regaló unas entradas pasadas de fecha. Con muchas dificultades logramos entrar y anduvimos escabulléndonos para no ser descubiertos, hasta que acabamos en el palco presidencial junto al ministro Regino Botti y Carlos Rafael Rodríguez.
Al año siguiente actuó varios días en La Habana uno de los espectáculos que marcó mi juventud: el Ballet del Siglo XX de Maurice Béjart. La principal atracción era la actriz María Casares declamando versos de San Juan de la Cruz en el ballet La noche triste. Se presentaron en el teatro García Lorca con un lleno total. Fui con Coco Salas: recuerdo que Ivette Vian nos regaló unas entradas pasadas de fecha. Con muchas dificultades logramos entrar y anduvimos escabulléndonos para no ser descubiertos, hasta que acabamos en el palco presidencial junto al ministro Regino Botti y Carlos Rafael Rodríguez.
lunes, 11 de junio de 2012
Es verdad que Carlos Victoria tenìa adentro un demonio que lo obligaba a hacer cosas impensadas: en Verdún adquirió la costumbre de andar sin zapatos y amarrase al cuello una tira azul aqua. Durante un permiso sabatino –Verdún no quedaba lejos de La Habana- a Nikitín Rodríguez Lastre y a mi nos tocó presenciar uno de los espectáculos más vergonzosos de la vida. Alrededor de la escalera de caracol que une las dos plantas de la heladería Coppelia se agolpaba un buen número de adolescentes. A mitad de la subida, descalzo, con un pie en un escalón y otro en el de más abajo –como en una estampa piadosa- envuelto en una frazada marrón y la tira azul al cuello, Carlos Victoria predicaba. No conversaba: predicaba. Hacía gestos, miraba al techo, movía los brazos. Como no estaba borracho ni endrogado, nuca me he imaginado qué puede haber sido . Imagino que Nikitín y yo lo buscábamos: a pesar de nuestros reclamos Carlos continuó su arenga y nosotros fuimos a parar a la cafetería del hotel Capri. La imagen de mi amigo predicador me causó una profunda tristeza, pero no conozco depresión que una buena cafetería sea incapaz de neutralizar. El único verdadero disgusto que he tenido con CV proviene de ese episodio, que aun hoy me parece un verdadero desatino suyo. Estuvimos meses sin hablarnos.
Poco después de mudarme a F y 3ª apareció en ella un muchacho que estudiaba Periodismo. Se llamaba Senel. Durante aquella etapa era sencillamente bello: descendiente de inmigrantes canarios asentados en el centro de la isla, en él se mezclaban el vigor, la sensualidad de un animalito y el aire de estar soñando constantemente. Todo eso le dije. Me respondió que él había tenido la oportunidad de escoger, y había optado por no ser homosexual. Pero sí fanfarrón -pensé-. Ni ello ni su prótesis dental -como me hizo notar Carlos Victoria- disminuyó un ápice mi admiración por él. Senel empezaba a escribir cuentos y lo hacía con total entrega. Mientras a mi me costó años confesar públicamente mi condición de escritor, él no dudaba en encerrarse en su cuarto a teclear en su máquina: y cuando necesitó emplearse todo el día para terminar un libro, no vaciló en pedir permiso en su Escuela y faltar a clase.
Por aquella época escribía totalmente desnudo, sólo con una toalla para cubrir el sexo. Frecuentemente intercambiábamos escritos: no recuerdo que nos hayamos criticado jamás, pero cada cual sabía qué y cómo escribía el otro. A decir verdad, su persona me interesaba más que su obra; o sea, yo reconocía perfectamente -y a la legua- su talento, voluntad y disciplina –trabajaba como un gallego que pone tienda: con total entrega- pero los ambientes campesinos llenos de abuelitas y niños que entonces invadían sus textos –y los de Celestino antes del alba- nunca han sido mi fuerte. A veces pienso que Senel Paz es como la “cara buena” o “positiva”, de Reinaldo Arenas, Delfín Prats y Coco Salas –el mundo campesino que impulsa a Senel tiene un componente demoníaco y bestial que aparece en la Literatura Cubana desde Tilín García, Conejito Ulán y Cayo Canas .
Una vez Nikitín Rodríguez Lastre me llevó a casa de Virgilio Piñera y tuve el privilegio de que me leyera completa La caja de zapatos vacía; al despedirnos me pidió que volviese... con un conocido joven escritor. Quería comprobar si en realidad era tan talentoso como de decía. Leyendo Virgilio Piñera, en primera persona, de Carlos Espinosa Domínguez veo que muchas personas lo tildan de “persona muy irónica”. Realmente durante aquella visita fue encantador y realmente cariñoso. Aunque, sí que era irónico, y yo lo admiraba muchísimo por eso ¡La de Virgilio parece ser la suerte del escritor cubano que tiene algo que decir!
jueves, 7 de junio de 2012
Bijol era un muchacho pelirrojo y agradable. Carlos y yo buscamos acercarnos a él y tuvimos éxito. Bajo la marquesina del Yara, las luces brillando en su cabellera de fuego, Bijol se transfiguraba. Varias veces lo llevamos al cine y al teatro. Realmente nunca ocurrió mada material, pero el señor que lo protegía tomó cartas en el asunto. No recuerdo cómo se llamaba: era una persona mayor de conversación muy amena. Una noche se apareció en el Yara y nos invitó a Carlos y a mi a almorzar a su casa. En su pequeño apartamento lleno de libros, fotos y affiches, una máquina de escribir señalaba el sitio dedicado a la educación de Bijol, quien ya era casi mecanógrafo gracias a sus desvelos, le había buscado métodos y vigilaba estrechamente la práctica cotidiana.
Aquel medio día, el amigo del pelirrojo hizo gala de sus mejores armas: sabía narrar maravillosamente y tenía cierta inclinación a la teoría. Acabó conmigo al mostrar las espectaculares fotografías de las farras que compartió con Marlon Brando durante su visita a La Habana en 1956. Carlos fue muy sensible a cierto manifiesto teatral escrito por aquel señor: ahora me dice que, como yo lo consideré naïf -así, en francés-, debe ser cierto. Por supuesto que la operación dio resultados: Carlos y yo amamos al viejo señor y abandonamos a Bijol. Es una lástima que perdiéramos la huella del pelirrojo y su protector: eran figuras agradables que me hubiera gustado conservar, aunque imagino que el valedor no tendría interés alguno en propiciar nuestra entrada a causa de su valido. El pastel, pa’ mi solo. Cada cual defiende como puede lo que juzga su amor.
Aquel medio día, el amigo del pelirrojo hizo gala de sus mejores armas: sabía narrar maravillosamente y tenía cierta inclinación a la teoría. Acabó conmigo al mostrar las espectaculares fotografías de las farras que compartió con Marlon Brando durante su visita a La Habana en 1956. Carlos fue muy sensible a cierto manifiesto teatral escrito por aquel señor: ahora me dice que, como yo lo consideré naïf -así, en francés-, debe ser cierto. Por supuesto que la operación dio resultados: Carlos y yo amamos al viejo señor y abandonamos a Bijol. Es una lástima que perdiéramos la huella del pelirrojo y su protector: eran figuras agradables que me hubiera gustado conservar, aunque imagino que el valedor no tendría interés alguno en propiciar nuestra entrada a causa de su valido. El pastel, pa’ mi solo. Cada cual defiende como puede lo que juzga su amor.
miércoles, 6 de junio de 2012
A fines de 1970, el día antes de comenzar el Festival de la Canción de Varadero, Carlos Victoria y yo fuimos a comer a casa de Juan E.: en la radio sonaba el programa Nocturno y sirvió potaje de frijoles negros; Carlos planeaba partir al día siguiente pues actuaría el grupo Los Ángeles. En ese instante me dio un ataque de epilepsia.
AQUEL ERA UN MUNDO AL QUE PERTENECÍAN Robertico, Carlos Victoria y Rogelio Quintana. Pero yo no. Yo era un amigo, andaba con ellos, salía con ellos. Pero no era uno de ellos. Ni de la Onda, ni hippy. Quizá en un momento me sentí de la Onda, pero en realidad no lo era. Si se piensa bien, la Onda tenía base popular: sus gustos y actitudes eran populares. Yo, ni lo era ni lo soy. No es que no quiera o no me guste: no lo soy, y ya. Una noche estaba sentado en el muro que hay en la calle Línea llegando a la esquina de Paseo cuando pasó El Doctor -el doctor Argüello era un gay viejo siempre vestido de saco y corbata: tenía muchos amigos de la Onda; su padre había sido vicepresidente de la República; seguía habitando la residencia familiar de Paseo casi esquina a Línea-. Me miró y dijo “¿Y qué tú haces aquí?”.
Hoy día aquel mundo ya no existe: ha habido gente distinta como los rockeros, los frikis, etc, pero hippies no. No tienen nada que ver con el mundo super metalizado de ahora: algo tan emotivo y desmandado me hace pensar que más que un grupo fueron un montón de individuos.
Desy Domínguez vivía en el reparto Cubanacán -el antiguo Biltmore, que es un barrio más elegante de La Habana- en una gran casa de los años ’50 que da a un hermoso lawn. Estudiaba Física y luego fue un conocido ajedrecista: corporalmente era una mezcla de Harpo + Groucho Marx. Fanático de la música pop, su padre, que vivía en Nueva York, le mandaba los álbumes de las grandes estrellas recién salidos mediante el personal de la embajada canadiense -que quedaba junto a su casa-: Jefferson Airplane, Janis Joplin, los Beatles. De esa manera escuché, a los catorce días de salir al mercado, los famosos Àlbumes dobles y el Sargent Pepper; los musicales Jesuschrist Superstar, Evita, y otros. A casa de Desy no iba todo el mundo: sólo trovadores, muchachos de la Onda más bien intelectuales, etc. Allí se escuchaba música, se bebía -generalmente whisky- y después de estar borrachos alguno(a)s hacían el sexo o discutían de temas filosóficos. Una sesión en casa de Desy, frecuentemente terminaba al amanecer: salía el sol y yo regresaba a pie hasta mi beca -llevaba un pulóver azul oscuro y una cadena de la que colgaba un diente de tiburón. Por aquel tiempo caminábamos mucho, hacíamos largos paseos nocturnos de ida y regreso desde 12 y Malecón hasta la Habana Vieja discutiendo libros, películas, relatando amoríos.
En realidad la política apenas ocupaba sitio en nuestras conversaciones: quizá un instante para relatar un hecho o una ley. No había gente pro ni contra; sencillamente la política no existía. Creo que el franco rechazo que sentía el Régimen por la Onda se debía a eso mismo: a que lo ignoraba. Las razones que esgrimió para combatirla eran consecuencia de realidades más profundas. La “vagancia”, las “desviaciones” y las extravagancias atribuidas a la Onda, en realidad expresaban la brecha existente entre lo que esa juventud esperaba y lo que el régimen era capaz de dar. La Onda ignoraba al Régimen porque lo sabía incapaz de responderle.
AQUEL ERA UN MUNDO AL QUE PERTENECÍAN Robertico, Carlos Victoria y Rogelio Quintana. Pero yo no. Yo era un amigo, andaba con ellos, salía con ellos. Pero no era uno de ellos. Ni de la Onda, ni hippy. Quizá en un momento me sentí de la Onda, pero en realidad no lo era. Si se piensa bien, la Onda tenía base popular: sus gustos y actitudes eran populares. Yo, ni lo era ni lo soy. No es que no quiera o no me guste: no lo soy, y ya. Una noche estaba sentado en el muro que hay en la calle Línea llegando a la esquina de Paseo cuando pasó El Doctor -el doctor Argüello era un gay viejo siempre vestido de saco y corbata: tenía muchos amigos de la Onda; su padre había sido vicepresidente de la República; seguía habitando la residencia familiar de Paseo casi esquina a Línea-. Me miró y dijo “¿Y qué tú haces aquí?”.
Hoy día aquel mundo ya no existe: ha habido gente distinta como los rockeros, los frikis, etc, pero hippies no. No tienen nada que ver con el mundo super metalizado de ahora: algo tan emotivo y desmandado me hace pensar que más que un grupo fueron un montón de individuos.
Desy Domínguez vivía en el reparto Cubanacán -el antiguo Biltmore, que es un barrio más elegante de La Habana- en una gran casa de los años ’50 que da a un hermoso lawn. Estudiaba Física y luego fue un conocido ajedrecista: corporalmente era una mezcla de Harpo + Groucho Marx. Fanático de la música pop, su padre, que vivía en Nueva York, le mandaba los álbumes de las grandes estrellas recién salidos mediante el personal de la embajada canadiense -que quedaba junto a su casa-: Jefferson Airplane, Janis Joplin, los Beatles. De esa manera escuché, a los catorce días de salir al mercado, los famosos Àlbumes dobles y el Sargent Pepper; los musicales Jesuschrist Superstar, Evita, y otros. A casa de Desy no iba todo el mundo: sólo trovadores, muchachos de la Onda más bien intelectuales, etc. Allí se escuchaba música, se bebía -generalmente whisky- y después de estar borrachos alguno(a)s hacían el sexo o discutían de temas filosóficos. Una sesión en casa de Desy, frecuentemente terminaba al amanecer: salía el sol y yo regresaba a pie hasta mi beca -llevaba un pulóver azul oscuro y una cadena de la que colgaba un diente de tiburón. Por aquel tiempo caminábamos mucho, hacíamos largos paseos nocturnos de ida y regreso desde 12 y Malecón hasta la Habana Vieja discutiendo libros, películas, relatando amoríos.
En realidad la política apenas ocupaba sitio en nuestras conversaciones: quizá un instante para relatar un hecho o una ley. No había gente pro ni contra; sencillamente la política no existía. Creo que el franco rechazo que sentía el Régimen por la Onda se debía a eso mismo: a que lo ignoraba. Las razones que esgrimió para combatirla eran consecuencia de realidades más profundas. La “vagancia”, las “desviaciones” y las extravagancias atribuidas a la Onda, en realidad expresaban la brecha existente entre lo que esa juventud esperaba y lo que el régimen era capaz de dar. La Onda ignoraba al Régimen porque lo sabía incapaz de responderle.
El otro sitio amado por los hippies cubanos fue la marquesina del Yara - antiguo cine Radiocentro- en la misma esquina de L y 23. Aunque para hacerme comprender hablé de hippies cubanos, en Cuba no hubo verdaderos hippes. Eran muchachos de La Onda, concepto muchísimo más abarcador que no implicó una ideología, sino una actitud general ante la vida. La Onda fue absolutamente urbana; conocí grupos en La Habana, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, lo cual no quiere decir que en otras ciudades no hayan existido. Hippy era lo que se ha visto en las revistas o en el cine, y repito: en Cuba no los hubo. Había jóvenes de todas las clases sociales con el denominador común de carecer de algo o haber sido rechazados por algo; o sea, que había desde soñadores y poetas hasta delincuentes. Se bebía bastante, pero lo más cercano a la droga eran el Aktedrón y el Dexaktedrón que quitaban el sueño –ideales para estudiar y leer- y hacían hablar mucho. Fue bajo el efecto del Aktedrón que Benny Bola de Humo y el escultor Arturo Stable ganaron campeonatos de tiempo hablando sin parar. Ellos no consumían droga. Sé que en el campamento de hippies cortadores de caña de Verdún alguien hizo té de flor de campana y sintió que podía volar: se lanzó de un techo y casi se mata. Si Carlos y yo conocimos el hachís fue por un norteamericano de la brigada Venceremos que trajo una pipa con algo de pasta, y nos las dejó.
Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó a otro muchacho parecidísimo al primero.
Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó a otro muchacho parecidísimo al primero.
jueves, 5 de abril de 2012
LA ESQUINA DE LAS CALLES Calzada y D, en El Vedado, fue uno de los lugares de preferencia para esta generación tormentosa y callejera. Las cuatro esquinas estaban formadas como sigue. El teatro Amadeo Roldán, construido en la década del ’30 y que funcionaba con el nombre de Auditorium; luego perdió este musical apelativo, aunque más tarde un incendio y la subsiguiente restauración se lo hicieron recuperar. Sus fachadas muy decoradas presentan varias puertas a las que se sube por escalinatas.
Cruzando la calle Calzada queda el café El Carmelo. De acuerdo con www.periferia.org, en 1859 comenzó a urbanizarse el reparto de El Carmelo, que se continuaría en 1883 en un conjunto que tomó finalmente el nombre genérico de El Vedado. O sea, que hablamos de un sitio muy arraigado. Aunque su casa matriz se halla en la calle 23, El Carmelo de Calzada es más grande que el otro. Se trata de una cafetería con fuente de soda, bar y restaurante cuyos productos más populares son helados y sandwiches: tiene muchas mesas dispuestas en dos amplios portales que se prolongan sobre la acera con enormes toldos. Da la idea de un gran chalet hecho de sombra, fresco y paz.
En la tercera esquina está el Parque de Calzada y D, cuyo nombre oficial era Parque Gonzalo de Quesada. Es uno de esos espacios urbanos tan corrientes en Cuba- ni una plaza, ni exactamente un parque- que contiene muchos bancos, árboles y algunas estatuas. En este caso, la estatua era la del dios Neptuno, erigida en 1838 a la salida de la bahía habanera con el ánimo de despedir y recibir a los marinos; se hallaba de paso por allí, pues había sido sacada de su emplazamiento original ignoro si por un ciclón o por el celo de algún edil temeroso de auspiciar sentimientos místicos -en definitiva Neptuno es dios- y devuelto al sitio de origen sólo en 1997. Este parque era y es uno de los lugares de mis sueños: muy bien resuelto en el gusto ecléctico de la República, su mezcla de funciones lo hacen muy especial. Recuerdo que una noche, discutiendo algo en uno de sus bancos, oí una pelea a tiros digna de cualquier película de la serie negra. Nunca llegué a saber por qué fue, quién disparó ni en qué paró el tiroteo.
La cuarta esquina está ocupada por una gran residencia con jardín arbolado muy frondoso: en ella se halla la Comisión Cubana de la UNESCO.
El otro sitio amado por los hippies cubanos fue la marquesina del Yara - antiguo cine Radiocentro- en la misma esquina de L y 23. Aunque para hacerme comprender hablé de hippies cubanos, y en Cuba no hubo verdaderos hippes. Eran muchachos de la Onda, concepto muchísimo más abarcador que no implicó una ideología, sino una actitud general ante la vida. La Onda fue absolutamente urbana; conocí grupos en La Habana, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, lo cual no quiere decir que en otras ciudades no hayan existido. Hippy era lo que se ha visto en las revistas o en el cine, y repito: en Cuba no los hubo. Había jóvenes de clases sociales con el denominador común de carecer de algo o haber sido rechazados por algo; o sea, que había desde soñadores y poetas hasta delincuentes. Se bebía bastante, pero lo más cercano a la droga eran el Aktedrón y el Dexaktedrón que quitaban el sueño –ideales para estudiar y leer- y hacían hablar mucho. Fue bajo el efecto del Aktedrón que Benny Bola de Humo y el escultor Stable ganaron campeonatos de tiempo hablando sin parar. Ellos no consumían droga. Sé que en el campamento de hippies cortadores de caña de Verdún alguien hizo té de flor de campana y sintió que podía volar: se lanzó de un techo y casi se mata. Si Carlos y yo conocimos el hachís fue por un norteamericano de la brigada Venceremos que trajo una pipa con algo de pasta, y nos las dejó.
Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó a otro muchacho parecidísimo al primero.
Cruzando la calle Calzada queda el café El Carmelo. De acuerdo con www.periferia.org, en 1859 comenzó a urbanizarse el reparto de El Carmelo, que se continuaría en 1883 en un conjunto que tomó finalmente el nombre genérico de El Vedado. O sea, que hablamos de un sitio muy arraigado. Aunque su casa matriz se halla en la calle 23, El Carmelo de Calzada es más grande que el otro. Se trata de una cafetería con fuente de soda, bar y restaurante cuyos productos más populares son helados y sandwiches: tiene muchas mesas dispuestas en dos amplios portales que se prolongan sobre la acera con enormes toldos. Da la idea de un gran chalet hecho de sombra, fresco y paz.
En la tercera esquina está el Parque de Calzada y D, cuyo nombre oficial era Parque Gonzalo de Quesada. Es uno de esos espacios urbanos tan corrientes en Cuba- ni una plaza, ni exactamente un parque- que contiene muchos bancos, árboles y algunas estatuas. En este caso, la estatua era la del dios Neptuno, erigida en 1838 a la salida de la bahía habanera con el ánimo de despedir y recibir a los marinos; se hallaba de paso por allí, pues había sido sacada de su emplazamiento original ignoro si por un ciclón o por el celo de algún edil temeroso de auspiciar sentimientos místicos -en definitiva Neptuno es dios- y devuelto al sitio de origen sólo en 1997. Este parque era y es uno de los lugares de mis sueños: muy bien resuelto en el gusto ecléctico de la República, su mezcla de funciones lo hacen muy especial. Recuerdo que una noche, discutiendo algo en uno de sus bancos, oí una pelea a tiros digna de cualquier película de la serie negra. Nunca llegué a saber por qué fue, quién disparó ni en qué paró el tiroteo.
La cuarta esquina está ocupada por una gran residencia con jardín arbolado muy frondoso: en ella se halla la Comisión Cubana de la UNESCO.
El otro sitio amado por los hippies cubanos fue la marquesina del Yara - antiguo cine Radiocentro- en la misma esquina de L y 23. Aunque para hacerme comprender hablé de hippies cubanos, y en Cuba no hubo verdaderos hippes. Eran muchachos de la Onda, concepto muchísimo más abarcador que no implicó una ideología, sino una actitud general ante la vida. La Onda fue absolutamente urbana; conocí grupos en La Habana, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, lo cual no quiere decir que en otras ciudades no hayan existido. Hippy era lo que se ha visto en las revistas o en el cine, y repito: en Cuba no los hubo. Había jóvenes de clases sociales con el denominador común de carecer de algo o haber sido rechazados por algo; o sea, que había desde soñadores y poetas hasta delincuentes. Se bebía bastante, pero lo más cercano a la droga eran el Aktedrón y el Dexaktedrón que quitaban el sueño –ideales para estudiar y leer- y hacían hablar mucho. Fue bajo el efecto del Aktedrón que Benny Bola de Humo y el escultor Stable ganaron campeonatos de tiempo hablando sin parar. Ellos no consumían droga. Sé que en el campamento de hippies cortadores de caña de Verdún alguien hizo té de flor de campana y sintió que podía volar: se lanzó de un techo y casi se mata. Si Carlos y yo conocimos el hachís fue por un norteamericano de la brigada Venceremos que trajo una pipa con algo de pasta, y nos las dejó.
Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó a otro muchacho parecidísimo al primero.
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