La Habana con lo años se había convertido en mi ciudad. Acá en Santiago, la vida se me hizo difícil y pesada. Comencé a padecer depresiones. Por dos ocasiones me aplicaron un magnífico tratamiento antidepresivo con inyecciones de sulfato de magnesio. Otra vez, fui a un siquiatra que me dijo que no lo hiciera perder el tiempo, que su consulta estaba llena de locos de verdad. No podía quitar de mi mente a la Universidad.
Por eso, cuando vi en la prensa la convocatoria para la Universidad santiaguera, me movilicé. Letras no. Primero, porque me conectarían inmediatamente con Letras de La Habana y lo que resultaba malo en una de ellas lo sería igual en las demás –no me dejarían ni llegar a la puerta; segundo, porque la Universidad de Oriente tenía fama de intolerante, cuadrada, limitada y en definitiva poco atrayente.
A mi modo de ver, el principal objetivo de la mayoría de gente que estudiaba en Oriente era ser funcionarios o maestros. Cierto es que una de las principales misiones de las universidades contemporáneas es abastecer a los sistemas de cuadros profesionales. Eso, en cualquier país. Ya se sabe que no siempre es de ese modo, pero hay una aspiración. En la universidad de la Habana existe una escultura que dice en la base Alma Mater (madre nutricia).En realidad, las universidades son sitios donde sacar un título para brujulear la vida. Pero eso es otro tema.
Lo que yo podía abordar con más afinidad y menos riesgos era Arquitectura. Y fui a matricular. Claro que oculté, sepulté y disimulé cualquier referencia a mi expulsión habanera. ¿De qué otra manera me hubieran admitido? Como trabajaba, hice una serie de trámites -que salieron sin problema- para acogerme a una Resolución que otorgaba un estipendio mensual de noventa pesos a los trabajadores que ingresaran a la universidad. ¿Me hicieron examen de ingreso? Es probable, pero no recuerdo.
Por una parte, mi estado de ánimo mejoró muchísimo al retornar a una actividad para la que me sentía preparado desde siempre; por otra, el ambiente ideológicamente tan limitado de la nueva Escuela me decepcionó. La provincia es la provincia. Poco a poco comencé a relacionarme con los nuevos compañeros y maestros; en realidad no se me han grabado en la mente como los de Letras. Arquitectura es una carrera bella, pero a la vez laboriosa y exige muchísimo de uno.
Cuando estuve en Letras contaba cuántas clases por semestre tenía cada asignatura, le sacaba el 85% y asistía al mínimo para tener derecho a examinar. Tal cosa sería estúpida en Arquitectura, donde cada día se aprende algo nuevo. Tampoco puedes distraerte ni dormirte y hay que tomar notas todo el tiempo.
Aparte de eso, Arquitectura me enseñó a organizar mi día: se hace una tabla, cada celda es una actividad y la cumples religiosamente. Ya. El tiempo alcanza para todo. Eso, que puede parecer desagradable, es lo mejor. Hasta descubres que posees habilidades que no imaginabas.
Además, me abrió el mundo de la Representación Gráfica y el Diseño. Se puede comunicar mediante un croquis; las formas no son gratuitas pero solamente cuando responden a un sentido es que puede decirse que “hablan”. También regresé a mi amado mundo de las matemáticas: pocos conocen los nexos tan fuertes que las unen con la poesía.
viernes, 3 de agosto de 2012
miércoles, 1 de agosto de 2012
Mediante una conocida me consiguieron un trabajo de cajero-pagador en una empresa con el lastimero nombre de Acabados de la Construcción. Jamás pisé una caja ni manejé dinero mi función se limitaba a confeccionar modelos de Entrega-Recepción y “controlar” los bonos de dieta. En aquella época no se entregaba dinero en efectivo para las dietas y viáticos, sino bonos que equivalían a él y se aceptaban por hoteles y restaurantes.
El nombre de la empresa venía de su función: se ocupaba de todo lo que signifique “acabar” una construcción; o sea, ponerle falsotecho, pisos, pintarla, impermeabilizar la cubierta. A pesar de la sede quedaba en Santiago, estaba constituida por gentes del norte de Oriente, la ralea más rústica y ladrona que yo había conocido. Todavía Holguín era un municipio de Oriente -antigua provincia del tamaño de un país pequeño; o sea, que la cantidad de recursos de Acabados no era poca. Además, comenzaban a construirse las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC), a las que había que techar y pintar. Recuerdo haber despachado dos veces la misma cantidad de pintura para una de estas construcciones, el primer camión sencillamente nunca llegó, se esfumó. El director de todo aquello era un holguinero achinado y quemado por el sol llamado Onel Parra.
Al poco tiempo se hizo evidente que yo no encajaba en el mecanismo de la oficina y me destinaron como “responsable” de un pequeño almacén ubicado a la entrada del Distrito José Martí, por la calle Antúnez. En esos meses que escribí los Poemas de Juan Evangelista, hechos pensando en Alexis; también traduje a Apollinaire, Perse y Cavafis. Fue un paso adelante.
Angela Davis visitó Cuba y la trajeron a Santiago –peinado especdrum, grandes gafas. Estaba de moda una canción que empezaba: Án--gela Deivi, Án--gela Dieivi……. Cuando la llevaron al Distrito José Martí -pude verla, al pasar frente a mi almacén en un jeep- la multitud la aplaudía y pedía que cantara. Para la gente, Angela Davis era Án--gela Deivi Más. Más la música que la política.
En el almacén sufrí mi primera y hasta el 5 de abril de 2012, única fractura de un hueso. Para la mayor parte de las personas, algo así no merece mención, pero siendo la única, o la primera, para mi sí importa. Se trataba de un trabajo voluntario: descargar una rastra con materiales para las ESBEC que pronto se inaugurarían. Yo bajaba planchas de bagazo de caña para los falsotechos cuando se deslizó una y me cayó tipo guillotina sobre la bota. Como no me dolió, seguí, pero al cabo de una hora de acabar, tenía el pie bien hinchado: cuando andaba, sentía un sonido como de rayar. Me di cuenta de que me había partido un hueso del pie y, sin darle mucha importancia, me fui al hospital: después de examinarme y hacerme rayos X me enyesaron la extremidad hasta la parte superior del muslo. Reposo, reposo absoluto. No puedes caminar y menos apoyar el pie..... Bueno, no sé: a los diecinueve días veremos como va la fractura. Regresé a casa saltando en un solo pie. No me dolía, pero tampoco podía moverme, entre el yeso y las indicaciones. Al cabo del plazo señalado, volví y me indicaron tres semanas más. Total, cuarenta días inmóvil con aquella cosa.
Ibarra fue a vermea Cuabitas y Carlos Victoria bajó de Camagüey acompañado de un amigo llamado Guillermo. Les cedí mi cuarto y yo dormí en el sofá de la sala. La única vez que salí de casa en esa temporada fue con ellos dos: le rajé la pierna a un pantalón "de salir" y nos fuimos a una función de ballet con Alicia Alonso y todo en el teatro Oriente.
El nombre de la empresa venía de su función: se ocupaba de todo lo que signifique “acabar” una construcción; o sea, ponerle falsotecho, pisos, pintarla, impermeabilizar la cubierta. A pesar de la sede quedaba en Santiago, estaba constituida por gentes del norte de Oriente, la ralea más rústica y ladrona que yo había conocido. Todavía Holguín era un municipio de Oriente -antigua provincia del tamaño de un país pequeño; o sea, que la cantidad de recursos de Acabados no era poca. Además, comenzaban a construirse las Escuelas Secundarias Básicas en el Campo (ESBEC), a las que había que techar y pintar. Recuerdo haber despachado dos veces la misma cantidad de pintura para una de estas construcciones, el primer camión sencillamente nunca llegó, se esfumó. El director de todo aquello era un holguinero achinado y quemado por el sol llamado Onel Parra.
Al poco tiempo se hizo evidente que yo no encajaba en el mecanismo de la oficina y me destinaron como “responsable” de un pequeño almacén ubicado a la entrada del Distrito José Martí, por la calle Antúnez. En esos meses que escribí los Poemas de Juan Evangelista, hechos pensando en Alexis; también traduje a Apollinaire, Perse y Cavafis. Fue un paso adelante.
Angela Davis visitó Cuba y la trajeron a Santiago –peinado especdrum, grandes gafas. Estaba de moda una canción que empezaba: Án--gela Deivi, Án--gela Dieivi……. Cuando la llevaron al Distrito José Martí -pude verla, al pasar frente a mi almacén en un jeep- la multitud la aplaudía y pedía que cantara. Para la gente, Angela Davis era Án--gela Deivi Más. Más la música que la política.
En el almacén sufrí mi primera y hasta el 5 de abril de 2012, única fractura de un hueso. Para la mayor parte de las personas, algo así no merece mención, pero siendo la única, o la primera, para mi sí importa. Se trataba de un trabajo voluntario: descargar una rastra con materiales para las ESBEC que pronto se inaugurarían. Yo bajaba planchas de bagazo de caña para los falsotechos cuando se deslizó una y me cayó tipo guillotina sobre la bota. Como no me dolió, seguí, pero al cabo de una hora de acabar, tenía el pie bien hinchado: cuando andaba, sentía un sonido como de rayar. Me di cuenta de que me había partido un hueso del pie y, sin darle mucha importancia, me fui al hospital: después de examinarme y hacerme rayos X me enyesaron la extremidad hasta la parte superior del muslo. Reposo, reposo absoluto. No puedes caminar y menos apoyar el pie..... Bueno, no sé: a los diecinueve días veremos como va la fractura. Regresé a casa saltando en un solo pie. No me dolía, pero tampoco podía moverme, entre el yeso y las indicaciones. Al cabo del plazo señalado, volví y me indicaron tres semanas más. Total, cuarenta días inmóvil con aquella cosa.
Ibarra fue a vermea Cuabitas y Carlos Victoria bajó de Camagüey acompañado de un amigo llamado Guillermo. Les cedí mi cuarto y yo dormí en el sofá de la sala. La única vez que salí de casa en esa temporada fue con ellos dos: le rajé la pierna a un pantalón "de salir" y nos fuimos a una función de ballet con Alicia Alonso y todo en el teatro Oriente.
lunes, 23 de julio de 2012
AQUEL 1971 FUI Y VINE DE LA HABANA un montón de veces. He omitido relatar que después de mi “debut” epiléptico comencé a atenderme en el Instituto Neurológico de La Habana y había continuado asistiendo a las consultas con una mínima asiduidad: al mudarme de ciudad, necesitaba hacerlo también de especialista y hospital. Eso me tomó tiempo. Otra razón fue que cuando me expulsaron no me dieron documento alguno. Para poder ser contratado en cualquier sitio, necesitaba algo que dijera de dónde yo salía: un diploma, una sanción, cualquier cosa. Escribí cartas, puse telegramas y acudí varias veces a la Secretaría de la Facultad de Humanidades: primero me dieron un certificado con todas las notas obtenidas durante mi inconclusa carrera, pero como eso no bastaba, me hicieron una carta de dos líneas, firmada por una secretaria donde constaba que yo había causado baja definitiva; o sea, que según los papeles de la Facultad yo no había sido expulsado. Me daban baja y no se decía por qué. Como si yo hubiera dejado de la carrera por mi propia voluntad. Años después supe que otro archivo completamente distinto sí había guardado su versión de aquellos sucesos.
Fui a la delegación santiaguera del Ministerio del Trabajo y me ofrecieron varias posibilidades, una de las cuales era un Instituto de Plantas Tropicales. Elegí el Instituto. Hice un papeleo agotador que pasaba por una oficina rural en la carretera de El Caney, y apenas todo estuvo en regla corrí al sitio señalado. Cuando llegué a Veguitas –donde se supone que estaban las plantas tropicales-, nada de edificio, solamente unas colinas de tierra, malezas y árboles aislados. Caminé varios minutos por un trillo y me detuve junto a una mata de mamoncillos, donde había un gran cajón de herramientas con un hombre encima. Le pregunté si sabía del tal Instituto y me respondió aquí mismo es. Sólo se veía una planta rastrera de hojas amplias: me dijo que esa hoja se estaba ensayando como alimento para el ganado. Más allá había un anciano que se encorvaba bajo el sol: póngase con ese compañero que tiene gran experiencia. Le dije que está bien y fui a cortar yerba cerca del anciano, que permaneció en silencio cuando me presenté. Aquel enredo de hojas no tenía pies ni cabeza y el sol me llegaba al alma. Recuerdo que aquel mismo día trajeron de México el cadáver de Bola de Nieve.
Poco antes del medio día el viejo desapareció. No lo vi irse. Cuando me percaté, juré que solamente estaría allí hasta fin de semana; a la media hora, juré que hasta dentro de dos días. Después, que hasta el final de jornada y por último, que no soportaba más y me iba ahora mismo. Sobre la caja de herramientas soplaba la brisa ardiente de Veguitas. Salí de aquel infierno y fui a parar a la casa de mi amigo Ibarra. Al otro día tuve que hacer el mismo papeleo a la inversa para mi liberación total.
Fui a la delegación santiaguera del Ministerio del Trabajo y me ofrecieron varias posibilidades, una de las cuales era un Instituto de Plantas Tropicales. Elegí el Instituto. Hice un papeleo agotador que pasaba por una oficina rural en la carretera de El Caney, y apenas todo estuvo en regla corrí al sitio señalado. Cuando llegué a Veguitas –donde se supone que estaban las plantas tropicales-, nada de edificio, solamente unas colinas de tierra, malezas y árboles aislados. Caminé varios minutos por un trillo y me detuve junto a una mata de mamoncillos, donde había un gran cajón de herramientas con un hombre encima. Le pregunté si sabía del tal Instituto y me respondió aquí mismo es. Sólo se veía una planta rastrera de hojas amplias: me dijo que esa hoja se estaba ensayando como alimento para el ganado. Más allá había un anciano que se encorvaba bajo el sol: póngase con ese compañero que tiene gran experiencia. Le dije que está bien y fui a cortar yerba cerca del anciano, que permaneció en silencio cuando me presenté. Aquel enredo de hojas no tenía pies ni cabeza y el sol me llegaba al alma. Recuerdo que aquel mismo día trajeron de México el cadáver de Bola de Nieve.
Poco antes del medio día el viejo desapareció. No lo vi irse. Cuando me percaté, juré que solamente estaría allí hasta fin de semana; a la media hora, juré que hasta dentro de dos días. Después, que hasta el final de jornada y por último, que no soportaba más y me iba ahora mismo. Sobre la caja de herramientas soplaba la brisa ardiente de Veguitas. Salí de aquel infierno y fui a parar a la casa de mi amigo Ibarra. Al otro día tuve que hacer el mismo papeleo a la inversa para mi liberación total.
viernes, 20 de julio de 2012
Dueño de una vida tan tortuosa y llena de anécdotas, no era de los que tangenteaba. Compartíamos amigos y ambientes. Eso era un nexo, pero hasta ahí. Junto a él, yo no “hacía juego”. Verdad que ambos éramos gay, pero parecidos como un VW a un Ferrari. Durante los años posteriores Arenas apareció varias veces en mi vida.
Cuando, después de mil vicisitudes, Coco Salas logró hacerse de un cuartico en lo que había sido Hotel Montserrat, Arenas se hizo de otro. Por esa época todavía no se habían enemistado a muerte como después, ya que recuerdo que salimos juntos varias veces. De hecho, Reinaldo García Ramos hizo una memorable serie de fotos en la Habana Vieja donde aparecen ellos. Después ocurrió el episodio en que ambos caen presos por supuesto abuso lascivo, Arenas se evade y lo capturan en el Parque Lenin a su regreso de una fallida evasión por la base de Guantánamo, se les hace juicio y resultan condenados a dos años de prisión. Eso marca un cambio. Mientras Arenas es internado en El Morro habanero, a Coco Salas lo llevan al Combinado del Este, donde realiza las entrevistas a los nuevos ingresos y recibe frecuentes permisos.
Pienso que el par de muchachos que en el juicio aparecieron como inocentes jovencitos a los que el par de maricas habían intentado seducir –sin lograrlo, por supuesto- sí les robaron la ropa. Esos efebos playeros prestos a todo también pueden apoderarse de lo ajeno, y si la víctima es gay todo parece justificado. Luego -equivocadamente- Rei y Coco se quejaron a la Policía y lo demás ya se conoce. A mi modo de ver, mas tarde Arenas entró en pánico y quizá trató de convertir en política una pendencia de afeminados: temía con razón por su integridad –era una persona con demasiados enemigos poderosos entre los ganados y los gratuitos- , pero en mi opinión se equivocó o no tuvo suerte. O ambas cosas.
Hay quien sostiene que la diferencia en el trato penal con Salas y la posterior salida de éste a España se deben a que éste último era un delator: en mi generación eso no era infrecuente y podrían citarse muchos nombres de escritores, que eventual o permanentemente lo fueron. Quizá Coco pudo haber sido presionado a “cooperar” en algún caso, pero nunca pasó de ahí. No lo creo un delator. En este caso específico imagino que hizo lo indecible con los investigadores y los otros presos para sufrir lo menos posible. Me parece lógico y él es un gran negociador. Estoy seguro de que su trabajo de entrevistador lo hizo a las mil maravillas, y no confío en que Reinaldo no lo hubiera aprovechado para obtener placeres a cambio de……Por otra parte, no tenía trabajo, fama ni influencias; era pobre, feo, pato y escritor. De alguna manera tenía que defenderse.
Después de la cárcel, Arenas y Coco se enredaron a una guerra sin cuartel: como vivían en el mismo edificio, se hacían todo tipo de daños. Había olvidado decir que antes de que Reinaldo escribiera sus memorias estuve en el Parque Lenin con él, Justo Luis y Reinaldo García Ramos (1973): en la primera edición de Antes que anochezca por Tusquets, hay una foto de ese momento. Siempre imaginé que Reinaldo terminaría yéndose de Cuba, por eso cando se fue en 1980 no me sorprendió.
Su suicidio coincidió con una ola de muertes originadas por el sida de personas idas de Cuba: Jorge Oliva, Queta Pando, Fifío Conde. También con el comienzo del Período Especial.
Arenas es un gran escritor del siglo XX cubano y está muy lejos de haber sido tratado con un mínimo de justicia. Pero como no es el único, seguramente un día se reparará tal injusticia. Un espíritu sombrío rajó a Cuba al medio como un coco y cada casco rodó, peleado a muerte con el otro. Alguna vez se juntarán de nuevo, pero no sé cuándo. Por otra parte, la voluble Fama va de mano con muchos intereses: desgraciadamente nadie tiene prisa para desfacer tal entuerto.
jueves, 19 de julio de 2012
Reynaldo Arenas fue otro tipo auténtico con quien me llevé bien desde el principio a pesar de las grandes diferencias. Mucho más áspero que Hiram, Rei era de las personas que no perdonan ni olvidan fácilmente. Incluso, lo hubiera pensado mucho antes de dejar pasar la oportunidad de decir o hacer algo ingenioso a costa de otro. Según él mismo contaba, su vida consistía en escribir y hacer el sexo. Su rutina diaria consistía en escribir, y, cuando se fatigaba, ponerse el bañador, bajar a la playa –la casa quedaba casi junto al Patricio, como toda La Habana llamaba al Círculo Social Obrero Patricio Lumumba-, subir con un adolescente, pasar juntos un rato y seguir escribiendo.
Antes de irnos, Reynaldo me invitó a comer en el restaurante de la Comunidad Hebrea para lo que nos citamos al día siguiente al anochecer bajo la marquesina del Yara. Nos encontramos como habíamos quedado. Mientras llegaban las seis de la tarde nos pusimos a conversar y llegó un amigo de Rei llamado Jari. Era simpático y bonito. Bueno, los únicos amigos feos de Arenas eran los demás escritores. Jari contó cómo se había hecho novio de una muchacha para estar cerca de su hermano varón (yo nunca hubiera podido). ¿Se querría hacer el interesante? Estaba pelado en forma de cepillo. Cuando por fin Arenas y Jari se despidieron y el primero me llevó a la Comunidad Hebrea, ya yo tenía verdadera hambre. Me hacía ilusiones con la invitación. Él ordenó y cuando sirvieron, era pescado crudo, como una especie de ceviche. No era malo, pero tampoco suculento: el tipo de bromas de Arenas.
Dueño de una vida tan tortuosa y llena de anécdotas, no era de los que tangenteaba. Compartíamos amigos y ambientes. Eso era un nexo, pero hasta ahí. Junto a él, yo no “hacía juego”. Verdad que ambos éramos gay, pero parecidos como un VW a un Ferrari. Durante los años posteriores Arenas apareció varias veces en mi vida.
Antes de irnos, Reynaldo me invitó a comer en el restaurante de la Comunidad Hebrea para lo que nos citamos al día siguiente al anochecer bajo la marquesina del Yara. Nos encontramos como habíamos quedado. Mientras llegaban las seis de la tarde nos pusimos a conversar y llegó un amigo de Rei llamado Jari. Era simpático y bonito. Bueno, los únicos amigos feos de Arenas eran los demás escritores. Jari contó cómo se había hecho novio de una muchacha para estar cerca de su hermano varón (yo nunca hubiera podido). ¿Se querría hacer el interesante? Estaba pelado en forma de cepillo. Cuando por fin Arenas y Jari se despidieron y el primero me llevó a la Comunidad Hebrea, ya yo tenía verdadera hambre. Me hacía ilusiones con la invitación. Él ordenó y cuando sirvieron, era pescado crudo, como una especie de ceviche. No era malo, pero tampoco suculento: el tipo de bromas de Arenas.
Dueño de una vida tan tortuosa y llena de anécdotas, no era de los que tangenteaba. Compartíamos amigos y ambientes. Eso era un nexo, pero hasta ahí. Junto a él, yo no “hacía juego”. Verdad que ambos éramos gay, pero parecidos como un VW a un Ferrari. Durante los años posteriores Arenas apareció varias veces en mi vida.
miércoles, 18 de julio de 2012
Conocí a Delfín Prats en el balneario de La Concha, a donde yo había ido con Carlos Victoria. Era medio día y Delfín estaba sentado en la arena, rodeado de niños. Cuando me lo presentaron le dije que me había recordado a Josephine Baker: se rió mucho y comenzamos una amistad que aún perdura. Como lo conocían por Hiram, en lo sucesivo me referiré a él con ambos nombres, como ocurre en la vida. Hiram es un hombre fornido, hecho al trabajo físico, con los ojos amarillos de los campesinos holguineros: sus acciones son bruscas pero sin tosquedad. Como si le gustara beber café en lata y no en taza, pero saboreando cada trago y sin derramar una gota. Cuando tiene que mutilar sus propias palabras o acciones cae en un abatimiento insondable. De las personas que sé que estudiaron en la antigua URSS, al que más se le nota es a él, capaz de pasar de la alegría y el entusiasmo al abatimiento y la furia. A pesar de que nos hemos escrito durante años, jamás he entendido su caligrafía: para mi sus cartas son como runas célticas o estelas mayas que interpreto sólo en parte. Sin embargo, las conservo todas. Tuve la suerte de que comprendiera al instante que mis remilgos y tonterías no son un postizo.
En 1968, cuando Delfín ganó el Premio David con Lenguaje de Mudos -que después de impreso fue hecho pulpa por orden de Nicolás Guillén-, al saber que era natural de Holguín le pregunté a Coco Salas. Me respondió que Hiram confeccionaba ajustadores y que en ese oficio era muy conocido: con esa información congelé el nombre del poeta hasta aquel medio día de La Concha.
La noche siguiente salimos y tuve la suerte de que me mostrara un ejemplar salvado del libro culpable. El formato apaisado de la colección del Premio David nunca me gustó, bonito no era, pero al fin y al cabo ... Creo que lo trataron tan mal por intrigas de otros escritores. En realidad aquellos hermosos textos no contenían algo escandaloso en ningún sentido. Eran, eso sí, muy superiores a los de los “poetas jóvenes” de entonces: Wichy Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Rául Rivero y otros; evidentemente un escritor tan maricón y de tanta calidad hubiera arruinado la escenografía concebida para la Literatura Cubana de esos años y rebajado en mucho las posiciones de los autores oficiales.
Fue mediante Hiram que conocí a Reinaldo Arenas: una mañana fuimos a la torrecita donde vivía, a un costado de casa de su tía. Era Miramar: el fondo de la casa daba al rompiente. Después que se asomó por una ventana para convencerse de que éramos gente buena, nos abrió y subimos por la estrecha escalera. El cuarto de Reinaldo no era amplio. Al centro había un mesa circular con una máquina de escribir y al costado una cama. Las paredes estaban cubiertas de puertas con candados de varios tamaños, detrás de las cuales guardaba celosamente ropa, libros y objetos de valor: el resto aparecía desnudo como una celda.
martes, 17 de julio de 2012
Había un solo establecimiento designado para reservar habitación en todos los hoteles. Carpeta Central se llamaba y quedaba debajo del hotel Habana Libre. Apenas amaneció, Alexis y yo nos fuimos de plantón a la Carpeta. Pasó un viejo gay de Santiago y el chico se levantó: “Voy a pedirle dinero”. Como a los diez minutos regresó con sesenta pesos. Ya por la tarde nos alojaron en un hotel llamado Regis que está en Prado y Colón. No lujoso pero tampoco malo: aunque no tenía restaurante, estaba bien. Me gustó la habitación, el balcón y no estar solo.
Algunas mañanas nos íbamos a las playas de Marianao. Cuando regresábamos por la tarde con los bañadores mojados, los ocultábamos en unos arbustos de la calle N y nos íbamos a recorrer la noche. Siempre las encontramos en el mismo sitio. Igual que en Puerto Príncipe, el muchacho causó sensación. Era bonito y todo lo demás, pero en cualquier grupo que está aburrido de verse a diario, todo ingreso –carne fresca- llama la atención. La gente cubrió de atenciones al chico. Alexis estaba lleno de buenas cualidades, pero era una yegua mala. No tenía la menor noción de la amistad y se iba con cualquiera que le pintara monas. Aparte de que se sabía hermoso y adorado. Al cabo de una semana regresamos a Santiago.
Apenas llegados, dos gays de cierta edad; Gagá Placeres y Haroldo, lo envolvieron. Una noche ambos poderosos gays organizaron una fiesta íntima para celebrar el cumpleaños Alexis. Me incluí para no pasar por verraco –la maniobra de sonsacamiento era más que evidente. Durante uno de los numerosos juegos que se improvisaron amenacé de muerte a cualquier loca que lo manoseara. Parece que se impresionaron, pues nada ocurrió. Al día siguiente Alexis me dijo que no aguantaba más y que era mejor no seguir.
Cuando él regresó a La Habana se hizo amante de un personaje llamado Yoko y después del cajero de una pizzería. Acá en Santiago lo había sido del trovador Claudio Aroche. Quién sabe de cuántos más. Como ya dije, durante años estuvo apareciendo y desapareciendo, hasta que se fue de Cuba a principio de los ’80.
Algunas mañanas nos íbamos a las playas de Marianao. Cuando regresábamos por la tarde con los bañadores mojados, los ocultábamos en unos arbustos de la calle N y nos íbamos a recorrer la noche. Siempre las encontramos en el mismo sitio. Igual que en Puerto Príncipe, el muchacho causó sensación. Era bonito y todo lo demás, pero en cualquier grupo que está aburrido de verse a diario, todo ingreso –carne fresca- llama la atención. La gente cubrió de atenciones al chico. Alexis estaba lleno de buenas cualidades, pero era una yegua mala. No tenía la menor noción de la amistad y se iba con cualquiera que le pintara monas. Aparte de que se sabía hermoso y adorado. Al cabo de una semana regresamos a Santiago.
Apenas llegados, dos gays de cierta edad; Gagá Placeres y Haroldo, lo envolvieron. Una noche ambos poderosos gays organizaron una fiesta íntima para celebrar el cumpleaños Alexis. Me incluí para no pasar por verraco –la maniobra de sonsacamiento era más que evidente. Durante uno de los numerosos juegos que se improvisaron amenacé de muerte a cualquier loca que lo manoseara. Parece que se impresionaron, pues nada ocurrió. Al día siguiente Alexis me dijo que no aguantaba más y que era mejor no seguir.
Cuando él regresó a La Habana se hizo amante de un personaje llamado Yoko y después del cajero de una pizzería. Acá en Santiago lo había sido del trovador Claudio Aroche. Quién sabe de cuántos más. Como ya dije, durante años estuvo apareciendo y desapareciendo, hasta que se fue de Cuba a principio de los ’80.
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