El ’50 se llamó Año Santo. No sé por qué guardo el recuerdo de la zanja que pasaba
por debajo de la entrada de casa, llena de fruticas rojas de ficus entre las
enormes raíces, y yo caminando sobre las hojas caídas. No entiendo por qué
guardo esa imagen con la seguridad de que sucedió en el ‘50: puede, porque me
veo muy pequeño. Ese Año Santo el
cura de Cuabitas viajó a Roma. Trajo una serie de rosarios supuestamente
bendecidos por Pío XII: uno de ellos correspondió a Bebé. Para mí era un objeto
venerable y se conservó en una gaveta hasta hace poco. Después vinieron las
verbenas: allá siempre hubo la ilusión de erigir un edificio para que vivieran
curas y la capilla se convirtiera en parroquia. El edificio se construyó: hoy
día funciona allí una escuela pública. Lo de parroquia no se logró. Pues bien,
las verbenas servían para reunir plata. Creo que una se celebró en el ’50 y
otra en el ’51. El solar donde luego se levantó el edificio estaba desocupado y
lleno bejucos de coralillo. Había varios kioscos y frente al correo armaron una
valla de gallos pequeña que la guardia rural clausuró. Como si fuera tan amante
del orden. Por esos días había una epidemia de gripe que llamaban “la coreana”, seguramente por la guerra
de Corea. Dentro de la iglesia colocaron un micrófono y afuera varias bocinas. Empuñé el aparato y
empecé a dar un discurso sobre la imposibilidad de que la coreana detuviera las verbenas, así como recomendaciones sobre
la enfermedad. ´Ese feo vicio de los discursos arrasó mi niñez como un tsunami,
y creo que proviene del exceso de
programas radiales políticos que se escuchaban en casa –Chibás, Pardo Llada,
Millo Ochoa. En todo caso me entrenó para hablar en público con desenvoltura y
cierto buen humor.
martes, 3 de enero de 2012
martes, 27 de diciembre de 2011
Violeta tenía un novio norteamericano, oficial de la Base Naval de Guantánamo. Varias veces el americano vino a ver a mi
maestra: un dirigible se paraba sobre el patio, caía una escala y por ella
bajaba él. Demasiado fuerte para nosotros, que idolatrábamos a Rosa y a su
familia. Para las Navidades inventaron una representación bastante loca, como
todo lo de ellos. Yo hacía el papel de Santa Claus, que pasaba repartiendo
regalo cerca del pesebre donde el Recién Nacido –Tonito Llorca- lloraba en brazos de la Virgen –Mireya la hija de
Silvina- y al pie de San José –Paquito Nariño-: la representación fue un
verdadero éxito que resultó memorable para todos. Los Dumont tenían un gran
jardín de dalias frente a su casa: por Navidades gustaban plantar un gran
arbolito nevado y dos renos de cartón piedra blancos también, atados al árbol
con cintas plateadas. El conjunto estaba iluminado por reflectores y sonaba
música de villancicos: totalmente kisch pero espectacular, mágico y, única y
exclusivamente, por el gusto de hacerlo. En esos años muchas personas hacían
cosas sin cálculo alguno: los que bailaban en el carnaval era por gusto, los
que se iban a la Sierra era para luchar, los que iban a la iglesia era
por devoción y si te pedían dinero prestado era para devolvértelo. Quizá se
diga que era cuestión de prestigio personal: puede, pero si algo te disgusta,
es difícil que lo hagas sólo por prestigio. A los Dumont les encantaba su
arbolito, su trineo y sus villancicos. Es que eran muy locos. Rosa era
aficionada a exhibirme; una vez la visitaron unas amigas y ella me llamó. Me hizo echar el
cuento de Cristóbal Colón y cuando acabé exclamó ¡Este niño es un genio!: confundí genio con mal genio y
durante años no la comprendí. He
arrastrado ese problema con las palabras: que a veces no las comprendo. Recuerdo
que tenía la costumbre de meterme en la cocina a mirar: mi madre señalaba una
olla humeante y me decía eso es vapor de
agua y yo no entendía pues para mí vapor
de agua era un buque de vapor que navegaba.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Como ya contaba casi cuatro años, me pusieron al
kindergarten -que así se llamaba el Pre-escolar- en la misma casa donde había
visto a Chibás —La de los Dumont. Rosa acababa de graduarse de maestra, no tenía
trabajo, era encantadora y su casa quedaba junto a la de mi abuela. Y como todo
lo hacíamos en grupo, a la manada de primos nos mandaron al mismo kinder. No sé si nosotros arrastramos
aquella cantidad de niños o si fueron ellos los que nos arrastraron a nosotros,
el caso es que el kinder de Rosita
resultaba muy distendido. Además, los Dumont eran una familia fuera de lo
corriente: el esposo tenía una casa de instrumentos musicales y distribuía las
películas de la Paramount Pictures. Como había sido bombero voluntario en su
juventud, guardaba capa y sombrero negros tras la puerta de la habitación
matrimonial: a nosotros nos encantaba
contemplarlos. La esposa, Aída Palma, era maestra de piano en su casa y tocaba
órgano en la capilla de Cuabitas: tenía una chiva llamada Dorotea. Por las
mañanitas, antes de clase, mientras Aída ordeñaba a Dorotea para el desayuno,
me relataba el asalto de la bruja la madrugada pasada: esa mala mujer quería
llevarse a la chiva, y las marcas de la puerta no se debían a la vejez de la
madera ni al comején, sino a las uñas de la hechicera.
Yo hallaba
muy natural que una bruja batallara noche a noche por secuestrar a la chiva:
escuchaba los relatos muy atentamente pero sin gota de miedo. Samuelito era el
varón más joven: vivía en un cuarto pequeño que daba al salón de clases. Tenía
las paredes tapizadas de retratos de mujeres en cueros o con las tetas al aire,
aparte de no se cuantos almanaques de pin
ups. La muchacha menor de la casa de llamaba Violeta. Era una adolescente
rubianca e inconforme. En aquel tiempo había un personaje de comic llamado Penny: Violeta era su viva
estampa. Como en esa casa a todos les gustaba el trato con niños, se estableció
entre todos un ambiente maravilloso.
jueves, 22 de diciembre de 2011
Como ya contaba casi cuatro años, me pusieron al
kindergarten -que así se llamaba el Pre-escolar- en la misma casa donde había
visto a Chibás. Rosa Dumont acababa de graduarse de maestra, no tenía trabajo,
era encantadora y su casa quedaba junto a la de mi abuela. Y como todo lo
hacíamos en grupo, a la manada de primos nos mandaron al mismo kinder. No sé si nosotros arrastramos
aquella cantidad de niños o si fueron ellos los que nos arrastraron a nosotros,
el caso es que el kinder de Rosita
resultaba muy distendido. Además, los Dumont eran una familia fuera de lo
corriente: el esposo tenía una casa de instrumentos musicales y distribuía las
películas de la Paramount Pictures. Como había sido bombero voluntario en su
juventud, guardaba capa y sombrero negros tras la puerta de la habitación
matrimonial: a nosotros nos encantaba
contemplarlos. La esposa, Aída Palma, era maestra de piano en su casa y tocaba
órgano en la capilla de Cuabitas: tenía una chiva llamada Dorotea. Por las
mañanitas, antes de clase, mientras Aída ordeñaba a Dorotea para el desayuno,
me relataba el asalto de la bruja la madrugada pasada: esa mala mujer quería
llevarse a la chiva, y las marcas de la puerta no se debían a la vejez de la madera
ni al comején, sino a las uñas de la hechicera.
Yo hallaba
muy natural que una bruja batallara noche a noche por secuestrar a la chiva:
escuchaba los relatos muy atentamente pero sin gota de miedo. Samuelito era el
varón más joven: vivía en un cuarto pequeño que daba al salón de clases. Tenía
las paredes tapizadas de retratos de mujeres en cueros o con las tetas al aire,
aparte de no se cuantos almanaques de pin
ups. La muchacha menor de la casa de llamaba Violeta. Era una adolescente
rubianca e inconforme. En aquel tiempo había un personaje de comic llamado Penny: Violeta era su viva
estampa. Como en esa casa a todos les gustaba el trato con niños, se estableció
entre todos un ambiente maravilloso.
miércoles, 21 de diciembre de 2011
Abigail era una mujer simpática pero completamente
impredecible: lo mismo se deshacía en cariños que te insultaba a toda voz. Su
“amigo” era un señor de edad apellidado Angulo, al que trataba tiránicamente.
Al menos, esa era mi impresión. Tenían un par de perros spitz blancos como la nieve, Mota y King. Abi era fanática de los perros y construyó un
panteón para cuando murieran -¿dónde
quedaría el cementerio canino de La Habana?-, lo cual ocurrió no mucho después. Su
casita no era grande, pero estaba sobrecargada de bibelots, fotos, cuadritos y
una estufa de mentiras con un bombillo rojo en el sitio del fuego. Entre los
perros, los adornos y las discusiones con Angulo, era un ambiente cualquier
cosa menos sosegado, pero que me encantaba. La historia personal de Abigail es
apasionante, pero como se supone que la estrella de este texto sea yo, tenemos
que dejarla para otra ocasión. Nada, que cuando Mota tuvo perritos, mi madre
cargó con un cachorro dentro de un cajón y le sacó pasaje Habana-Santiago. Se
llamó Motica y la quise mucho.
martes, 20 de diciembre de 2011
Mi tía Abigaíl vivía en la calle
Hornos, que
va a dar muy cerca del Torreón de San
Lázaro. Era invierno y el carnaval habanero caía por esos días. Una noche
me llevaron a ver las carrozas.
El carnaval de La Habana es un espectáculo, no como el de
Santiago, donde la gente se involucra más. Además, son dos estaciones: La Habana, en invierno y Santiago en la candela de
julio. Me gustó mucho porque tenía fuegos artificiales y había una carroza con
escobas –símbolo de la ortodoxia, para barrer la corrupción- y el lema
“chibasista” Vergüenza contra dinero. En Cuba siempre se ha hecho
propaganda política en cualquier oportunidad. Me dieron por la vena del gusto.
lunes, 19 de diciembre de 2011
Tuve un perro enorme llamado Lobo, manso y consentidor como él solo. Lo mismo me montaba en su
lomo que me dejaba halarle los pelos. Jamás gruñó ni mordió: pero mis padres
determinaron que representaba un peligro
y lo regalaron. Precisamente al agente de los Expresos Unidos de Cuba en Contramaestre, por donde pasaba la
Carretera Central.
Aquí debo mezclar dos relatos, el de Lobo y el de
mis frecuentes viajes a La Habana en compañía de mi madre Yo tenía la ilusión
de que el ómnibus que iba a La Habana se
detendría en esa ciudad y entonces yo aprovecharía para visitar a mi querido Lobo. Cuando el Santiago-Habana pasó por Contramaestre, jamás paró, pero minutos después
atravesó Baire. Donde comenzó la Guerra
de Independencia,
etcétera. Y como mi admiración por Chibás había encendido en mi un registro
discursero, empecé a echar una arenga patriótica sobre el Grito de Baire. En la guagua se hizo un silencio sepulcral –a todo
el mundo le hizo gracia- . Hablé el tiempo que me dio la gana. Yo estaba concentrado en mi mundo de
patriotas, caballos y sables desnudos: cuando acabé me aplaudieron a rabiar. Me
dio tanta vergüenza que me ovillé en el regazo de mi madre y me dormí. Paramos
en Holguín a cenar: recuerdo que era un hotel con mamparas de cristal nevado,
patio y un gato criollo, barcino.
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