En el ’64 había comenzado a publicarse en Santiago un tabloide llamado Cultura ’64. Se hacía en la biblioteca Elvira Cape. Recuerdo que esperaba con ansia cada número. Jamás publiqué en ella: por aquel tiempo yo era apenas un adolescente “de buena familia” que empezaba a interesarse por la literatura y el arte. Lo dirigía Rebeca Chávez –a la que llamaban Castorcito como el personaje de historieta por su color cobrizo y su cabello negro- quien es hoy muy conocida como cineasta y está casada con Senel Paz. Luego Rebeca y Magdalena Otaño Santamaría –la otra cabecilla de Cultura ’64- se fueron de Santiago; la primera a trabajar al ICAIC y la segunda casada con un médico de Pinar del Río de apellido Ovejo. La revista no siguió. Entonces se fundó la Columna Juvenil de Escritores y Artistas de Oriente – aludiendo a la del Trabajo, fundada después del cierre de las UMAP-, que sacó la revista/tabloide Columna. De cierta manera, esa publicación guardó la continuidad de Cultura ’64, o más bien trató de hacerlo, de seguro porque -en aquel momento por lo menos- ninguno de los muchachos que la hacían tenía vuelo intelectual para ello. Tampoco publiqué en Columna, que tenía una inclinación política evidente, si bien no creo que la calidad de lo que yo hacía entonces le interesara a ninguna revista. Bueno, lo cierto es que Columna publicó algunas cosas que eran horrendas y algunas que no; así que el no tomarme en cuenta fue otra manera de resguardarme. Si de algo me han servido esas “distinciones” es que tengo la obligación de ser indiscutible. Fue en esa revista que Raúl Ibarra sacó un texto crítico adverso a una pintura del joven Alberto Lescay: quizá no usó las palabras adecuadas para un principiante como era este pintor, pero tampoco fue injusto pues la obra era realmente mala. Creo que en gran parte la superación posterior de Lescay se debe a ese texto duro pero oportuno; evidentemente el pintor leyó e interiorizó las palabras del crítico.
Me convencí de que bueno, malo o regular, soy escritor. Por ello el tema del reconocimiento era importante para mi. Debo decir que la oficialidad cubana -ya que me cuesta decir la Revolución, englobando un proyecto político/social tan vasto y polivalente- ha sido siempre reluctante a reconocerme el menor espacio; cuando lo hizo, después del ’90, me adjudicó una ubicación discreta y bastante remota: poeta provinciano de Santiago de Cuba, crítico de arte. En la actualidad, las revistas digitales de Internet y el correo electrónico me ayudan a mover mi obra poética y encontrar personas más dispuestas a prestar atención a lo que hago.
martes, 13 de marzo de 2012
viernes, 9 de marzo de 2012
Por alguna razón, Coco Salas había desaparecido –viajero empedernido que es- y Niki se convirtió en el amigote, el cómplice que todos los varones sueñan. En realidad él, Ibarra y yo formábamos un trío inseparable. Yo le daba a leer lo que escribía y viceversa. Íbamos al cine, a exposiciones, conciertos, cafés. Su manera de hablar a ráfagas y su risa creaban una vibración benéfica alrededor suyo. No hablaba como los “machos”, pero tampoco como una jeva: era algo indefinible, contagioso y burlón, que se salía de todas las reglas. Admiro y quiero mucho a Nikitín Rodríguez Lastre, a pesar de que la vida nos haya separado tanto, él en Camagüey y yo aquí. Cuando David Lago, que habitaba en Madrid, vivía conversaba a diario con él por e-mail o chat. Y David viene al caso porque pertenece a esa camada de gente principeña que pululó en mi juventud, y entre la que están varios de mis mejores amigos.
Pedro Ortiz, del periódico holguinero Adelante, nos invitó a Ibarra y a mi, a dar unas lecturas en la biblioteca de esa ciudad. Por supuesto que Nikitín fue. Cuando llegamos no había hospedaje: Niki se quedó en casa de Bebi Urbino, yo en la de Manolito Guillén y Raúl en la de Querejeta. Fue una locura: a mi me fue muy bien porque la abuela de Manolito era una señora muy cariñosa y él un muchacho trigueño y ojiazul bonito e inteligente; la casa de Bebi era una construcción colonial de principios del siglo XIX con las puertas interiores muy bajitas: daba la impresión de un castillo embrujado. Nunca vi la casa de Querejeta; las ancianas tías tenían la orden de no abir a desconocidos: cuando Ibarra tocaba, se negaban a abrir. Al día siguiente a la llegada estábamos reunidos en la sala de Coco Salas hablando de todo lo anterior cuando vimos en la primer plana del Ahora que Ho Chi Minh había fallecido; Querejeta escribió a toda prisa un poema titulado Yo no creo en la noticia y lo publicó junto al retrato del líder. Es cierto que Alejandro trabajaba en Adelante, pero me asombró que se inspirara tan deprisa. Visto que Ibarra y Niki tenían problemas con su alojamiento –me da miedo esa casa, parezco una estantigua, se quejaba N.-, conseguimos pasar a un hotelito llamado Familiar o algo parecido. Ahí, los tres compartíamos una sola habitación. Cuando despertamos a la mañana siguiente nos percatamos que su única ventana abría hacia un mercadito. Recuerdo que ese día había aguacates. Ni corto ni perezoso, Niki se embadurnó la cara con crema de afeitar, se envolvió en una sábana y comenzó a llamar a la gente de la tienda vociferando como un moribundo. Con las maletas habíamos formado un montón y yo insistí en dormir sobre él para dejarle la cama a Ibarra. Fueron dos noches. Niki descubrió un closet e inventó encerrarse en él a gritar como si lo estuvieran zurrando: parecía cosa de ultratumba. También compuso un fragmento de poema que decía Holguín, culo sin fin... La misma noche de la lectura, se nos ocurrió explorar la ciudad en coche; parece que al cochero no le gustaron nuestras carcajadas y griticos pues cuando llevábamos andado un buen trecho dijo que había terminado, y nos quedamos en un barrio alejado, pero como entonces Holguín no era tan grande, regresamos a pie sin perdernos. De pronto, un apagón: la ciudad quedó a oscuras. Cuando llegamos a la Biblioteca, que se llama Alex Urquiola leímos con velas, candiles y faroles ante un público bastante pequeño. Nos divertimos horrores. Regresamos en avión y aún me da risa el terror de Ibarra durante aquel vuelo lleno de baches por encima de la recalentada provincia de Oriente. Aclaro, para que nadie se ofenda, que en 1969 Holguín estaba bastante mal. Ese año casi todo estaba cerrado preparando lo que sería la Zafra de los 10 Millones. Tampoco era provincia, como hoy, y todo se hacía muy precariamente. Pero para nosotros aquellos dos o tres días fueron una maravilla.
Pedro Ortiz, del periódico holguinero Adelante, nos invitó a Ibarra y a mi, a dar unas lecturas en la biblioteca de esa ciudad. Por supuesto que Nikitín fue. Cuando llegamos no había hospedaje: Niki se quedó en casa de Bebi Urbino, yo en la de Manolito Guillén y Raúl en la de Querejeta. Fue una locura: a mi me fue muy bien porque la abuela de Manolito era una señora muy cariñosa y él un muchacho trigueño y ojiazul bonito e inteligente; la casa de Bebi era una construcción colonial de principios del siglo XIX con las puertas interiores muy bajitas: daba la impresión de un castillo embrujado. Nunca vi la casa de Querejeta; las ancianas tías tenían la orden de no abir a desconocidos: cuando Ibarra tocaba, se negaban a abrir. Al día siguiente a la llegada estábamos reunidos en la sala de Coco Salas hablando de todo lo anterior cuando vimos en la primer plana del Ahora que Ho Chi Minh había fallecido; Querejeta escribió a toda prisa un poema titulado Yo no creo en la noticia y lo publicó junto al retrato del líder. Es cierto que Alejandro trabajaba en Adelante, pero me asombró que se inspirara tan deprisa. Visto que Ibarra y Niki tenían problemas con su alojamiento –me da miedo esa casa, parezco una estantigua, se quejaba N.-, conseguimos pasar a un hotelito llamado Familiar o algo parecido. Ahí, los tres compartíamos una sola habitación. Cuando despertamos a la mañana siguiente nos percatamos que su única ventana abría hacia un mercadito. Recuerdo que ese día había aguacates. Ni corto ni perezoso, Niki se embadurnó la cara con crema de afeitar, se envolvió en una sábana y comenzó a llamar a la gente de la tienda vociferando como un moribundo. Con las maletas habíamos formado un montón y yo insistí en dormir sobre él para dejarle la cama a Ibarra. Fueron dos noches. Niki descubrió un closet e inventó encerrarse en él a gritar como si lo estuvieran zurrando: parecía cosa de ultratumba. También compuso un fragmento de poema que decía Holguín, culo sin fin... La misma noche de la lectura, se nos ocurrió explorar la ciudad en coche; parece que al cochero no le gustaron nuestras carcajadas y griticos pues cuando llevábamos andado un buen trecho dijo que había terminado, y nos quedamos en un barrio alejado, pero como entonces Holguín no era tan grande, regresamos a pie sin perdernos. De pronto, un apagón: la ciudad quedó a oscuras. Cuando llegamos a la Biblioteca, que se llama Alex Urquiola leímos con velas, candiles y faroles ante un público bastante pequeño. Nos divertimos horrores. Regresamos en avión y aún me da risa el terror de Ibarra durante aquel vuelo lleno de baches por encima de la recalentada provincia de Oriente. Aclaro, para que nadie se ofenda, que en 1969 Holguín estaba bastante mal. Ese año casi todo estaba cerrado preparando lo que sería la Zafra de los 10 Millones. Tampoco era provincia, como hoy, y todo se hacía muy precariamente. Pero para nosotros aquellos dos o tres días fueron una maravilla.
miércoles, 7 de marzo de 2012
En 1969 se produjo una especie de migración de actores camagüeyanos hacia Santiago de Cuba. No recuerdo exactamente la causa, parece haber sido la disolución del Conjunto Dramático de Camagüey, que estaba muy bien organizado. Entre los que vinieron a Santiago estaba Saúl Recio –una loca de muchísima imaginación aunque un poco dada a lo espectacular y exagerado para mi gusto-, de quien ya había visto el montaje de La Reina de Bachiche en el teatro Mella de La Habana, Rogelio Meneses, Héctor Echemendía, José (Nikitín) Rodríguez Lastre, Asela Serpa –bajita, ojiverde, un verdadero diablo en la escena-, Yolanda Cuéllar –que era una actriz joven, trigueña, de mucho ímpetu, algo así como la estrella de todos y realmente buena, Roberto Pérez de Ágreda –que aparentaba menos años de los que tenía y era apuesto. No recuerdo si vinieron otros más. Lo primero que montaron fue Los Cuenteros, del mismo Saúl Recio; se puso en el patio de la sala Van Troy y creo que nunca dejó de estar lleno. Era una escenografía a base de bambúes y faroles, muy sugestiva. Fue la época en que Grotowski estaba de moda. Los camagüeyanos eran muy dados al teatro gestual y trajeron un aire fresco a Santiago. De todos ellos, con quien hice más amistad fue con Nikitín, que también escribía para la radio y hacía no sé qué en el teatro: se buscaba la vida así. Él y Roberto Pérez vivían en el Hotel Hartmann que estaba en los altos de la antigua Librería Renacimiento –luego La Demajagua- y hoy por hoy un edificio en ruinas, en la misma esquina de la calle San Félix (Hartmann) con el Callejón del Carmen. Con los meses, Nikitín tuvo que salir del Hotel Hartmann y vino para mi casa, a Cuabitas. Hizo muy buena amistad con mi madre porque Niki mantenía un orden increíble en sus cosas, no interfería para nada en el estricto reglamento que reinaba en casa y –cosa que admiraba a mi madre especialmente- lavaba y planchaba su ropa puntual y maravillosamente. O sea, que no solamente yo, sino Nenena, ganamos un amigo íntimo. A Niki y a mi nos gustaba mantenernos despiertos casi diariamente en el comedor conversando hasta la madrugada. Con esa intuición que tienen las madres, Nenena había comprendido que éramos sólo amigos. Nada más. Nikitín no era actor, escribía. Escribe hoy día, de hecho. Y vive en Camagüey.
lunes, 5 de marzo de 2012
Por esta época más o menos se sitúa el
affaire de Heberto Padilla y Antón Arrufat. Mi mundo estaba lejos, no tanto por
vivir entre dos ciudades, como porque uno y otro eran escritores “hechos” y yo
un infeliz estudiante, casi-casi un aficionado. El despido de Ibarra y Yiyín,
mi “interdicto” de estudiar en la Universidad de Oriente, la decisión oficial
anti-Beatle, la polémica Cabera Infante-Portuondo, la expulsión universitaria
de aquel muchacho gay llamado César que conocí tan poco- y dos o tres personas
más, la destrucción del libro Lenguaje de
Mudos de mi más tarde amigo Delfín Prats –ganador del premio David en el ’68 -, la aversión al pelo
largo: aún yo no establecía un vínculo entre todo lo eso y la dinámica de lo
que estaba ocurriendo.
A pesar de estar muy lejos de ser
allegado suyo, durante los días que Padilla pasó encarcelado sentí miedo. Y
luego cuando hizo su mea culpa sentí
más. De alguna manera estaba seguro de que el hombre no era nada de lo que se
le acusaba (agente de la CIA), y me aterrorizó saber que a cualquiera que “se
atreviera” le podía suceder lo mismo. En mi interior, no aguanto el miedo
demasiado tiempo. No aguanto mucho cualquier cosa que me impida vivir. Si no
puedo contra aquéllo que lo provoca, simplemente lo anulo. Y era confuso,
porque también estaba la revista Verde
Olivo y ese señor Pavón, que se
firmaba con el nombre de Leopoldo Ávila, con su lenguaje aplastante y
autoritario. Pero como mi corazón no estaba junto a los justos que canonizaba Verde
Olivo evidentemente yo era lo contrario, lo otro. Quizá por ello simpaticé
tanto con los hippies y su empeño en
mandarlo todo al carajo.
viernes, 2 de marzo de 2012
Mi “debut” como epiléptico afectó
bastante mi juventud. Por fin se comprobó que no padecía ningún tumor, sino una
vulgar epilepsia. Ese padecimiento me golpeó con frecuencia; ahora que estoy
viejo ya no, seguramente porque mi vida es muy metódica, apenas bebo y tomo
todas mis medicinas. Decidí pedir un año de licencia en la
Universidad
y me quedé en Cuabitas, lo que profundizó mi intercambio cocal. Para
Nochebuena, Coco se apareció en casa con un marinerito español llamado Pepe
Amor, que era bello. Un ángel. Coco se prendó instantáneamente. Pepe Amor cenó
con nosotros y luego desapreció con su
barco, dejando a mi amigo destrozado. Y todo se olvidó.
Una vez que obtuve el permiso de ausencia
durante un curso, regresé a Santiago. Aquel verano de 1968 fui mucho a la
playa. Íbamos Coco Salas y yo. Coco seguía trabajando en el Guiñol de Santiago, que entonces estaba
en construcción por los propios artistas, pero Coco sencillamente no construía.
Se iba a la playa conmigo. A Siboney. Esa es la playa de mi niñez, por la cual
siento una especial veneración. En mi, está ligada a todo lo que signifique
alegría, belleza, placer, tranquilidad –o ausencia de ella. Además, era y
continúa siendo el sitio de mar más popular de mi ciudad. No es grande ni tiene
arenas blancas, no posee la extensión ni la apertura que hacen famosos a
Varadero o a los litorales del Este de La
Habana. Sin
embargo, es la playa caribeña por excelencia. El sitio a donde todo el mundo va
a tomar sol, a brincar olas, a ver y a que lo vean. Eso. Y a Siboney íbamos. No
voy a ocultar ni la carga de deseo carnal, que trasmite ese entorno, ni la
magia especial que ejerce sobre el que la
frecuenta. Por algo hoy día, que está llena de todo tipo de gente, que
frecuentemente no se puede dar un paso y que reinan la inseguridad en la
transportación o en los mismos enseres que hay que dejar sobre la arena para
darse un chapuzón, no ha disminuido un ápice la afluencia de bañistas. En
ómnibus, en un camión, en lo que sea nos íbamos. Y regresábamos casi al ponerse
el sol. Con los días hicimos amistad con los demás muchachos: a la hora de
regresar, cuando no aparecía el deseado ómnibus, caminábamos por la carretera
con la esperanza de encontrar algún vehículo. Por la zona de Siboney hay canteras
de piedra y arena, y los camiones no eran raros. A veces uno paraba y nos
encaramábamos en él. Recuerdo que una vez, uno de ellos se negaba a recoger a
nadie y Coco le corrió detrás hasta alcanzarlo. Logró subir y cuando el chofer
se percató que había montado alguien y ya el carro llevaba andado un trecho,
sencillamente accionó la volqueta. Coco Salas se aferró a la parte
superior de la cama y movía las piernas como un muñequito, ante la risa de
todos los demás. Por fin el camión se detuvo y Coco se dejó caer. Muy lejos de
disminuirlo ante los otros, la “proeza” lo convirtió en casi un héroe. Es que
nosotros adorábamos a aquellos chicos. Sobre todo Coco, que estaba enamorado de
uno al que llamaba Ponolani en
evocación de cierto personaje de novela. No recuerdo grandes triunfos amatorios
entre ellos. Que en definitiva ocurrieron, aunque al ralenti, tiempo después, cuando todos estaban convencidos de
nuestro carácter fantasioso y más bien soñador. Quizá esto nos abrió unas
puertas.... y nos cerró otras.
Fueron años de sueño. Ese tramo que va
desde finales de los ’60 hasta mediados de los ’70 y quizá más tarde fue muy
proclive a lo espectacular, a lo visual. Estaba como imantado por la
imagen. Sin
querer hacerlo idílico, al menos en nuestro medio el interés monetario era
limitado. Quizá la sociedad cubana vivió una breve época de equilibrio en este
sentido: recuerdo que muy pocas personas comían mal, o no vestían
decorosamente. Lo esencial era la luz, el sol, el aire, la
risa. También ocurre que yo no había cumplido veintidós ni Coco
dieciocho. Fue también la época en que comenzó a hacerse popular la música de
los Beatles. Confieso que al
principio no me gustaban Los Beatles.
Pasaron años hasta que su álbum Sargent Pepper Lonely’s Hart Band me
reconcilió definitivamente con ellos. Se popularizaron a pesar de que estaban
muy mal vistos por la oficialidad cubana y que ninguna estación de radio ni TV
se atrevía a difundirlos. Lo cierto es que la música de los muchachos de
Liverpool estuvo semiprohibida durante años –o prohibida por completo: ese
silencio tan absoluto ante una obra como la de ellos sólo puede llamarse
censura sin el nombre de censura. Los
Beatles, el pelo largo, los
pantalones estrechos, las faldas cortas, los colores vivos: todo lo que no oliera
al tradicionalismo más estricto. En la mayoría de las Escuelas –en la
de Letras no, es la verdad- se medían
las sayas, se revisaban los pantalones y mandaban a pelar a los varones. Y ya
se sabe que estas restricciones al final acarrean un “destape” contraproducente.
1968 también fue el año de la consigna Más
Revolución, que en definitiva consistió en cerrar los bares y prohibir
la venta de licores. Ciertamente por mucho tiempo no hubo cantinas abiertas,
pero en cualquier casa se improvisaba una fiesta y siempre aparecía algún
alcohol para beber. Yo me aficioné al vino, que venía de Bulgaria y Argelia.
Era delicioso.
jueves, 1 de marzo de 2012
En los primeros meses del año siguiente
Victor Casaus y Jorge Fuentes armaron un grupo teatral en la
Escuela y presentaron un espectáculo
llamado Viet Nam por ejemplo. Por supuesto que me enrolé. La música
era de Silvio Rodríguez, la dirección de Helmo
Hernández hijo y la producción de un mulato de apellido Permuy. Los ensayos
coincidieron con los exámenes finales y yo estaba agotado con ambas cosas. Mi
personaje era un teórico marxista que lustraba unas sillas mientras silbaba La
Internacional. El estreno se produjo en la
sala del Retiro Médico. Dimos varias funciones, y en una de ellas un
individuo disparó al aire varias veces con el consecuente alboroto. Luego dimos
una función en la Sala Arlequín, después de la cual hicimos un taller
con el público. Viet Nam... fue un éxito que me dejó físicamente hecho tierra.
Apenas acabé con la obra, vine a
Santiago. Una tarde salí al portal de casa con un mango maduro y un cuchillo en
la mano. Tuve mi primer ataque de
epilepsia. Caí al suelo, rompí la tela metálica de la puerta auxiliar y quedé
con la mitad del cuerpo afuera, colgando hacia adentro la cabeza del marco de
madera; por ello, cuando me hallaron tenía la cara azul y parecía que me habían
agredido. Por fin me llevaron al hospital y allí tuve otro ataque, etcétera. Me
hicieron mil pruebas porque pensaban que se debía a un tumor o alguna lesión en
el cerebro. No se recordaba a nadie de la
familia con ese mal.
Ahora pienso que puede ser consecuencia
del gran golpe en la cabeza que recibí cuando era niño, durante la
Fiesta
de la Hipomea. Los análisis se llevan su
tiempo, y como no presenté otros síntomas, regresé a Cuabitas.
La tarde anterior mi amigo Raúl Ibarra
había presentado en casa a una persona cuya amistad ha resultado importante
para mi: Roger (Coco) Salas. Flaco, feo, con gafas y granitos en la cara, es un
ser lleno de energía, inteligencia, talento e imaginación. Por aquel tiempo
trabajaba como escenógrafo y diseñador del Teatro
de Guiñol de Santiago. También pintaba y escribía. Es muy buen poeta. De
hecho aún conservo en mi habitación un óleo abstracto suyo. Nuestra primera
conversación derivó en una discusión encarnizada sobre Guillermo Cabrera
Infante, que acababa de asilarse en Londres. Coco lo defendía y yo lo atacaba.
Siempre ha admirado mucho a Cabrera. Pasamos horas en aquel estira y encoge; al
día siguiente, al saber de mi ataque, creyó que se debía a mi encabronamiento.
Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que Coco se
convirtió en el brazo derecho de mi madre en eso de conseguirme medicinas y
alimentos –para las madres la sobrealimentación es otra medicina-. Nunca más
volvimos a discutir, al menos no por Cabrera Infante. Aparte de su imagen
física tan llamativa, entonces se vestía –y aún lo sigue haciendo- con toda la
extravagancia posible. Sé que muchas personas y por muchas razones, no opinan
bien de Coco. No les quito razón porque es muy temperamental, pero tiene un
gran corazón. A lo mejor somos tan amigos porque siempre hemos vivido lejos uno
del otro. Coco aparecería de tiempo en tiempo a lo largo de mi vida: es uno de
mis amigos de siempre. Amigote, colega, cómplice, de todo un poco. Todo y sólo
eso, porque como le dije una vez,
caimán no come caimán.
miércoles, 29 de febrero de 2012
Tomé parte en mi primer “trabajo social”.
Me tocó en el área de Guane. Se trataba de recoger información para el Atlas
Lingüístico de Cuba que preparaban un profesor checo
y la Universidad habanera. Ya se sabe que
los checos son una potencia en Lingüística. Se trataba de un cuestionario
enorme sobre el uso de docenas de palabras. Así como sobre cosas de la vida de la
gente. Me
gustó hacerlo. Vivíamos en un punto llamado Mendoza a pocos kilómetros de
Guane: entre mis compañeros estaban Ariel y Mary. Recuerdo que a la pregunta de
cuál es su sueño en la vida (sic, del
cuestionario) muchas campesinas me respondían que una máquina de coser, ir a La
Habana,
un aparato de radio. Un día me perdí por unas vegas de tabaco, junto a un río y
me encontré con Mary. Andando, andando, llegamos a casa de un matrimonio
anciano de vegueros: una casa sencilla y acogedora que me hizo amar esa parte
de Cuba. Además, la naturaleza de Pinar del Río es realmente hermosa. Nosotros
habíamos armado un grupo de guiñol llamado Garabatos, que dirigía Adrián
Rocau. Dimos muchas funciones y fuimos un triunfo. Sólo que Garabatos se desintegró: aún no sé por
qué, pues todo salió perfecto. Yo anduve mucho esa zona: había unas guaguas muy
baratas que te llevaban por todas partes; así conocí la
Ensenada
de Cortés, Las Martinas, Mantua. Yo era muy vagabundo. Acababa de construirse
el pueblo de Sandino, para los ex reclusos que se habían alzado contra Fidel en
las lomas pinareñas, allí actuó Garabatos. También recuerdo la base
aérea de San Julián; cuentan que fue
norteamericana, y que Mendoza era un pueblo de putas para soldados. Había un
dicho: el que no va a Mendoza no goza. ¿Cómo será hoy esa bella zona?
Claro que en la Escuela había muchas personas. Gente de
todo tipo. Buenas y malas. La negra Gloria, fea y cariñosísima, que
trabajaba en el Instituto de Radio y TV. Por esos meses Papito Seguera, que dirigía el ICRTV,
nos convocó a Gloria y a mi: quería que adaptáramos como aventuras Las Mil y
Una noches. Sería una onda del
pueblo luchando contra los visires, etc. Por supuesto que le dijimos que sí,
aunque naturalmente jamás lo hicimos. Estaba Sonia Almazán, de pelo color miel,
piel bella, ojos azules y cuerpo sensual: autoritaria y mandona. Era novia del
presidente de la FEU de la Escuela llamado Jacinto Viamontes. Un
mal recuerdo. Peor es Marina Esturo, manzanillera, mal vestida, con espeso bozo
y dientes prominentes. Arrastraba la erre al hablar. Una especie de comisaria
política que era jefa de casi todo lo que no fuera estudiar. En una ocasión
vinieron a Santiago a hacer una investigación y yo me ofrecí como conocedor del
ambiente: Marina me llevó aparte y me pidió mantenerme lejos porque yo no era
de confianza. Fue una oportunidad para
demostrarme dos cosas: su autoridad y que yo no pertenecía “los elegidos”. O
que la investigación en realidad no tenía que ver con la cultura –yo creo que
lo primero. Marina hoy día vive en Miami. Otra persona de ese grupo fue Elvia
Ojeda, santiaguera que vivía hace tiempo en La
Habana.
Éramos muy unidos, compartíamos los apuntes y en alguna ocasión estudiamos juntos. Yo la consideraba mi gran
amiga: hasta le regalé un collarcito de artesanía nada especial –es la
verdad. Cuando
me expulsaron de la Escuela se convirtió en una de mis más
encarnizadas detractoras, a saber por qué. Luego comprendí que hay personas
así, que fingen amistad y por dentro te detestan.
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