Decidí “remodelar” mi vida. Únicamente ello resultaba posible a través de una inyección de espiritualidad. No la boba de los ojos apretados mientras suena una sinfonía de Chaikovki, sino la lujosa espiritualidad del prescindir y el hacer. A decir verdad, ello implica un largo proceso, por ello ignoro hasta qué punto habré tenido éxito. Por el momento, comencé a beber jugo de noni. Me preguntarán qué tiene que ver el noni con el alma: es que una de las cosas que más obstaculiza una visión positiva y armónica del mundo es la mala salud. Dolores, incapacidades y esa paulatina pérdida de dominio sobre nuestro cuerpo que ella trae, contribuye muchísimo a una vida desacertada. El noni eliminó mis molestias. Junto a ello, comencé a ejercitarme físicamente al amanecer: no para eliminar grasa o adquirir una figura más elegante, sino para mantener los movimientos, la irrigación de la sangre, lograr un ritmo respiratorio adecuado y cierto confort corporal. Lo que correspondería a lo anterior sería una sesión de meditación, pero parece ser que no tengo capacidad para ello. Quizá más adelante, en definitiva me volví más esencial...
En primavera, Mailín viajó a Madrid con el proyecto Cuba Mestiza, que consistía en una gran exposición a ser presentada en la sede del municipio de Alcorcón. Estuvo allá como tres semanas y regresó. Durante ese tiempo quedé solo en la oficina, lo cual, si bien aumenta el trabajo, también procura cierto alivio: todo se hace “a nuestro modo”. Y no hay visitas desconocidas. Sin embargo, durante el viaje de Mailín, hubo una: la de Edi von Fellensberg, el Curador de la Fundación Heim, de Ginebra.
Poco tiempo después se produjo el Concurso Provincial de Crítica de Arte y me tocó el primer premio. Valiente bobería, un premio PROVINCIAL de algo que apenas se ejerce en este país. Pero eran mil pesos cubanos que venían muy bien. Ese mismo 2005 mandé al Premio Heredia el cuaderno Milagro frente al televisor. Cogió una Mención. Más tarde envié ese mismo libro al Premio Oriente y cogí “nananina en plato llano”. Estuve concursero aquel 2005, pero era más que todo a ver si me ganaba unos pesos. De hecho, en Santiago de Cuba hay escritores que tienen los santos cojones de vivir solamente de premios y publicaciones. No se si admirarlos, con lo poquito que dejan, pero resulta claro que es preferible hacer siempre lo que uno le gusta, en vez de tragar tanto buche amargo en un “centro de trabajo”. En fin, como dice mi tía, “cada persona es un mundo”.En definitiva publique ese libro en 2011 bajo el título Vista aérea
Ese verano los ciclones comenzaron temprano. El fenómeno natural más aterrador para mi, es el ciclón. Cuabitas no es región de inundaciones, pero mi vivienda está tan vieja que una gran gotera o la posibilidad de un derrumbe me horrorizan. Creo que fue en el ’97 que pasó un huracán al Este de Santiago; lo hizo a media noche y desde horas antes desconectaron el fluido eléctrico. La experiencia del sonido de las ráfagas y la lluvia en medio de una madrugada totalmente negra es algo que no quisiera repetir. Desde entonces, cualquier aguacero desencadena en mi los más locos sentimientos de inseguridad. Pues nada, a fines de junio del 2005 pasó un ciclón entre Cuba y Jamaica; incluso se dijo que iban a suspender el Carnaval, cosa que no sucedió, aunque dejó tres semanas de lluvia casi continua. Posteriormente, el tiempo siguió húmedo.
Para septiembre se cumplieron los primeros diez años de la Fundación. Hubo grandes celebraciones. Como ya se había terminado de imprimir Escultura en Cuba, siglo XX, se presentó. Consistió en un acto muy solemne al que asistieron el Ministro de Cultura, el Secretario del Partido en la provincia y lo que más vale y brilla de la intelectualidad local. Ese día también se presentó un powerpoint sobre la Fundación, realizado por Mailín. No hay que decir que me borraron de la “mesa presidencial”, como si yo no hubiera sido el padre espiritual de aquella criatura –el libro. Luego he pensado que fue mejor: los fastos y las solemnidades han perdido mucho crédito en los últimos años –en definitiva mi nombre aparece suficiente cantidad de veces en ese texto y no es sano caer en el maelsatrom de la lucha por el protagonismo. Vanidad es lo que me sobra.
A finales de octubre pasó por Nueva Orleans el horrendo Katrina. Aunque estuvo lejos, me identifico totalmente con el horror que vivieron aquellas personas. A medida que pasan los años las tormentas se hacen peores.
Ya en diciembre vino Emil, un escultor suizo que quiso pasar un cursillo de fundición en nuestros talleres. Emil es una persona excepcional, de carácter alegre y positivo, además de inteligente, abnegado, conocedor de los seres humanos y con real talento artístico. Ha sobrepasado con creces las dificultades físicas con que vino al mundo –camina y se mueve con inseguridad. Rentó un auto y un vecino mío le sirvió de chofer. Acá en Cuba se enamoró como un perro de una chica realmente bella, desgraciadamente muy manipulada por su familia, que sobrevalora sus encantos. Ojalá Emil la olvide, pues ella lo desprecia y nunca corresponderá a su solicitud y cariño. Pienso que, en definitiva, lo mismo hace uno con esos chiquillos maravillosos que piensan en nuestro bolsillo más que nosotros en su cuerpo.
lunes, 26 de noviembre de 2012
viernes, 23 de noviembre de 2012
Casi nada, o nada, he vuelto hablar de mi hermana Virginia: su adaptación al Hogar de Ancianos de Ciudamar fue inmediata e inmejorable. La visitaba mensualmente y creo que, en el fondo, comprendía su situación. Nunca he dejado de sentir culpa por que halla vivido en un asilo mientras yo cobraba todos los meses la pensión que le dejó su madre, aunque verdaderamente para regresarla a Cuabitas habría que restaurar completamente la casa, dejar de trabajar y disponer de bastante plata. Todos ellos sueños irrealizables. El tiempo y el relativo apartamiento en que vivió la convirtieron en una viejecita llena de arrugas y con cara de llanto –todavía más notoria a causa de sus mejillas rojas y su pelo negrísimo. Ir al Hogar fue uno de mis deberes más tristes y difíciles. En noviembre de 2011 falleció. Si voy a hablar francamente, ignoro de qué. Fue viernes y yo había ido a verla la semana anterior. No me quiso acompañar hasta la puerta pues le dolían las piernas, aunque ignoro por qué. Imaginé que se le quitaría. En cambio, murió. Ciertamente, su rostro en el féretro era muy dulce y sereno. La enterramos junto a su madre.
El 2004 comenzó con la triste noticia de que Alejandro Carvallo había sido asesinado. No estuve dentro de los detalles del velorio, las investigaciones y los rumores sobre el hecho. Era sábado por la noche y la madre de Alex salió a un restaurante; al regresar, encontró normal que la habitación de mi amigo estuviese cerrada. Al día siguiente esperó inútilmente la salida del hijo: cuando se decidió a penetrar halló su cadáver apuñaleado, las gavetas afuera y todo el cuarto hecho un lío. La habitación de Alex tenía una salida independiente a la calle. Permitió entrar a un chico que le exigió dinero, se negó, fue golpeado, quedó sin sentido y lo apuñalearon. Otros dicen que lo inyectaron para dormirlo y acabaron con él. Cuando la policía actuó, resultó que el autor fue un muchacho sin antecedentes penales, en complicidad con otro, ex-militar. En fin, hay muchas versiones.
La madre –con la que él tenía confianza absoluta- estaba inconsolable. Nunca he sabido qué decirle, a pesar de que tiempo después fui a visitarla. Cuando estas cosas suceden es casi inútil exigir que los jueces castiguen “de manera ejemplar” a los autores. Además, está lo de la mariconería de Alex y el hecho de que él mismo hizo entrar a su asesino –su pieza quedaba bastante intrincada y desde la entrada no era fácil llegar a ella sin guía o costumbre. La tristeza que dejó la muerte de Alejando entre nosotros no es pequeña.
A principios de marzo ocurrió la presentación de Cómo criar un perro. Quedó bien, a pesar de las reiteradas bromas sobre el título y apariencia del tomo en relación con supuestas quejas de niños que lo habrían adquirido pensando en camadas caninas, dietas, remedios e instrucciones. El único comentario se publicó en una revista de Internet escrito por David Lago, más de un año después salir el lbro. Se lo agradezco, aunque en definitiva no deja claro si le gustó o no. Así es la poesía.
Ya El Libro de la Escultura Cubana –como cariñosamente lo llamaba- estaba terminado y entregado a la diseñadora –una muchacha habanera muy capaz, pero llena de problemas personales. Faltaban unas fotos y yo las hice: aparte, Pepe Veigas consiguió otras magníficas. Yo ansiaba entregárselo al Editorial Oriente, que sería nuestro co-editor, pero la diseñadora pedía un plazo tras otro. Por fin no se pudo esperar más y hubo que quitárselo sin que hubiese hecho portada, contraportada y lomo –las primeras que propuso no fueron aprobadas por Lescay. Al fin, el julio entregué a la editorial los CDs con el libro diseñado.
Ya en ese momento se estaba produciendo la segunda edición del proyecto de Cuba/Ginebra, ida y vuelta. Aquí estaban tres artistas jóvenes suizos y Léa, graduada de la Escuela de Artes Aplicadas de Ginebra, quien trabajaba con Suzanne; dos mujeres que se ocupaban del comic (bandes dessinées, o bd, como se las conoce en el orbe francés) y un muchacho que experimentaba a partir de objetos. Ellos se pasarían un mes acá, impartirían dos workshops, y luego expondrían en Santiago de Cuba y La Habana. Mientras, irían a Suiza cuatro cubanos: un pintor, un escultor, una grabadora y Mailín Fong, mi compañera de la Fundación. ¿Por qué ella? Primero, porque si estábamos trabajando juntos y era mi superior jerárquico, más vale compartir los viajes; segundo, porque ella nunca había viajado Afuera. Mientras, yo me quedaría acá al frente de todo. Generalmente tratábamos de que el grupo suizo y el cubano no viajaran simultáneamente: sin embrago, ese año hubo que aprovechar la única oportunidad de disponer de apoyo económico so pena de esperar hasta el 2007. En definitiva, los talleres transcurrieron bien –todavía Mailín y los cubanos no se habían ido-, y luego las exposiciones también. La de Santiago fue la más brillante, en el Centro provincial de Arte (título oficial de la Galería Universal), y la de La Habana en una galería de poca monta situada en una esquina llamada La Copa, en Miramar. Debo decir que podría haber sido mucho mejor, pero la directora del sitio aquél no era muy entusiasta: más que de hacer bien su trabajo, se preocupaba de que los artistas le regalaran alguna pieza, de ataviarse con vestidos ridículos y de atender a gente que la procuraba a saber por qué. Detesto a los directores que ejercen con sistema de plantación, o sea, que ellos no se ensucian las manos mientras los técnicos y el resto del personal cargan con lo demás. El galerista que no sienta placer en tocar la exposición, colgarla, cuidar que haya un buen montaje, identificaciones, buenas luces, público, etc, es como una matrona de bayú que deteste singar. Y bueno, el público fue más bien reducido. Pero se hizo. Los suizos se hospedaron con Amelia y Angelito, que poseían un lindo apartamento en la Calle de los Mercaderes. El varón debió regresar a la patria, donde su esposa estaba pariendo; de las dibujantes, una que trajo a su esposo con el bebito también regresó, y se quedaron en La Habana la otra dibujante (Yvette) y Léa: me divertí horrores con ellas, que conocían un caudal inagotable de paladares desconocidos a partir de las guías turísticas. Léa es maravillosa: fumaba como una locomotora –a diferencia del resto de los suizos: vegetarianos, bebedores de agua y, cuando más, comedores de pescado y salía a horas rarísimas a encontrarse con un amante cubano- quien, por otra parte, era amigo mío desde hace años-. Uno de los nexos que más me unen a Arianne Orligue-Suzer es su desprecio por estos parámetros de la Unión Europea –así les digo yo-, como si eso fuera capaz de conjurar a la muerte o a la estupidez. A mi modo de ver, se trata de otra reliquia del protestantismo calvinista y el complejo de culpa de toda la civilización occidental: en Francia adoran a los africanos después que les arrancaron el pellejo durante siglos, y el resto de los desarrollados miran los placeres de la vida como excesos de donde emanan el sida, el cáncer en los pulmones, la obesidad, los problemas coronarios y la presión alta. Sin mirar la obsesión del éxito, la falsa perfección y la carencia de armonía. Vegetariano podrá serlo quien esté harto de carnes.
En agosto Mailín regresó y todo en la Fundación comenzó a recuperar el ritmo habitual. Hacia el mes de septiembre tuvimos la exposición de Arturo Montoto, que se concibió como una campaña –en realidad así deben de ser todas las exposiciones-: antes del 10 estaba aquí el pintor y María Eugenia –esposa y representante. Impartió una conferencia y presentó un libro sobre su obra. Era exactamente el día fijado para la inauguración: un ciclón se dirigía recto hacia Santiago. La ciudad entera se movilizó y se respiraba el mismo aire del Titanic después del encontronazo con el iceberg. Nosotros proseguimos como si nada ocurriese: al vernissage acudió muchísimo público –Montoto es uno de los pintores más célebres de Cuba, aparte de un ser humano maravilloso- y al terminar fuimos a celebrar el éxito. Aquella noche que parecía ser la del Fin del Mundo, nada ocurrió: la tormenta cambió de rumbo y Santiago de Cuba amaneció mejor que nunca.
Durante ese año publiqué muchos comentarios de arte en el sitio web de la delegación santiaguera del Ministerio de Cultura: era el único lugar posible, ya que el Sierra Maestra pertenece al PCC y exige que los autores sean periodistas graduados. Aparte, hay que pasar por no se qué tamiz. Yo mismo hacía las fotos con la cámara digital que Mailín me compró en Ginebra. Jamás me dieron ni un centavo, ni siquiera papel o baterías: lo consideraban un favor que se me estaba haciendo.
En noviembre falleció mi vecina Nelly. Lo pongo porque la quería, porque era una mujer joven y excepcionalmente amable, pero sobre todo por su ejemplar actitud ante la vida. Un cáncer se la llevó. Dejó un viudo y dos hijos.
A medida que pasaba el tiempo, mi vida se hacía menos interesante. Creo que al 90% de los seres humanos le ocurre algo similar y, si bien no pienso insistir en ese hecho, sería un crimen silenciar algo que tanto afecta lo que del mundo vemos y cómo lo vemos. Tres ó cuatro años antes, comencé a sentir mucho miedo por la vida: no ya miedo a la soledad –pues de hecho ya estaba solo-, sino a la locura, la decadencia física y espiritual. Con razón o sin ella, veía negro el futuro y yo, como un palito en medio del huracán, no tenía más remedio que seguir rebotando y arrastrándome. Entre eso y mi cotidianidad de apremios laborales, goteras, apagones, objetos desaparecidos –por no decir robados- y la galopante ruina de mi vivienda, no tenía vida. Dormía poco y cerca de las tres de la madrugada –que es cuando “el loco está de guardia”- ni el cuerpo ni la mente accedían a continuar el sueño.
jueves, 22 de noviembre de 2012
Volamos el 13 de mayo del 2003. Aterrizamos en el aeropuerto Princesa Beatriz, de Aruba, que tiene la forma de una enorme granja blanca con techo a dos aguas; después de varias horas, un pequeño avión de línea nos llevó a Willemstad, capital de las Antillas Holandesas y de la Isla de Curazao. Nos recibieron con mucho cariño y nos hospedaron en el Hotel Outrobanda –en el barrio de ese nombre, a la izquierda de la entrada a la enorme bahía. No sé cuántas presentaciones tuvimos: recuerdo que tuve dos en la TV local, una en el Landhuis Bloemhof y otra en una hermosa mansión llamada Villa María. Lescay se presentó en varias escuelas, todo con mucho éxito.
En las Antillas Holandesas el lenguaje popular es el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y francés: suena muy dulcemente y no hace falta traducirlo, pues se entiende con facilidad. Si algo me asombró fue el alto nivel de vida, la tranquilidad y ganas de vivir de los curazoleños, a pesar de que en la noche salen los drogadictos, esos tristes fantasmas. La conciencia del patrimonio construido está muy desarrollada, y aunque la isla es pequeña –en tres horas se va de un extremo al otro- es enorme la cantidad de landhuis que se conservan en perfecto estado– haciendas de la etapa esclavista. Mi estancia coincidió con una celebración anual; durante ella, cualquier persona tiene derecho a acceder libremente a cualquier edificación declarada monumento –incluyendo viviendas ocupadas-. La población recorre en manadas los barrios de Willemstad entrando y saliendo de las antiguas casas. Durante la fiesta del Monumento habrí las madres emperifollan a sus niños para el rosario de recorridos patrimoniales. Es una inundación de visitantes: incluso en el barrio rastafari de las afueras, con sus viviendas encaramadas en pilotes y sus paredes exteriores cubiertas de pinturas y grafitti alegóricos. Hay personas que aprovechan la inacabable arribazón para vender golosinas y hasta prendas de vestir: nunca había visto algo así. Ese mismo día entré a la fábrica de licor Kuba, donde, para dar la bienvenida, sirven gratis todo el curaçao que puedas beber. Delicioso, ese licor.
Serví de asesor –como en Ibagué- para hacer una escultura: Lescay, tres artistas curazoleños –entre ellos mi amigo Tirzo Marta- y yo. Se solucionó con postes telefónicos trincados por su parte central: cada palo simbolizaba uno de los principales componentes de la población isleña. Resultó una suerte de trípode gigante con extremidades decoradas a base de elementos cerámicos, metálicos, tallas, muescas, etc. Cuando lo terminaron, se decidió emplazarlo en un sitio bastante lejano llamado Landhuis Kenepa (Hacienda El Mamoncillo) donde tuvo lugar la rebelión esclava más importante de la isla. No sé cómo la trasladaron ni si la llegaron a emplazar, pues era bastante pesada y de forma compleja.
El paisaje de Curazao es diferente al de Cuba. Apenas llueve y no tiene agricultura –todo se importa-; el viento fuerte del nordeste la bate casi todo el tiempo, al punto que los árboles crecen inclinados en la dirección del aire. A propósito, el árbol nacional –figura en el escudo de Aruba- se llama divi-divi y recuerda al marabú cubano, sólo que mucho más desembarazado y airoso. En los jardines abunda el que nosotros conocemos por franchipán y parece que en el pasado lo fue el flamboyán –existe una baile folcórico sobre él. Me impresionó especialmente el Octopus Club, un centro nocturno a orillas del mar: el pavimento es una especie de balsa bajo la que baten las aguas, y la noche que estuve allí eran muy notorios los peces voladores y ese fenómeno de fosforescencia descrito en tantas novelas y relatos de viajes. A la entrada de la bahía se encuentra el Puente de la Reina Emma, que consiste en pontones sujetos en fila que se abren y cierran para dejar pasar a las embarcaciones: la superficie descansa sobre las olas y se percibe su balanceo. También está la sinagoga, abierta desde 1651 y enorme como una catedral: se dice que es la que lleva abierta al culto más tiempo consecutivo.
Recuerdo que una vez una persona que sobrevoló esa isla me dijo: parece un depósito de casas de muñeca. De cierto modo es verdad: la arquitectura curazoleña por lo general realiza obras de escala muy humana. La yuxtaposición de elementos holandeses y portugueses así como el uso de colores vivos, hacen de Willemstad un espectáculo inolvidable.
No puedo quejarme de los curazoleños, que me trataron con mucho afecto y generosidad. Cuando llegó el momento de regresar a Cuba, temí que en la aduana de La Habana decomisara la laptop de Lescay –que tanto nos había servido- pues en su distracción, olvidó declararla como propia al salir de Cuba –una regulación criolla prohíbe importar todo tipo de computadoras y sus piezas. Sin embargo, al aterrizar, los aduaneros olvidaron el equipo e incautaron los aromáticos quesos de bola holandeses que traía el artista.
En las Antillas Holandesas el lenguaje popular es el papiamento, mezcla de español, inglés, holandés y francés: suena muy dulcemente y no hace falta traducirlo, pues se entiende con facilidad. Si algo me asombró fue el alto nivel de vida, la tranquilidad y ganas de vivir de los curazoleños, a pesar de que en la noche salen los drogadictos, esos tristes fantasmas. La conciencia del patrimonio construido está muy desarrollada, y aunque la isla es pequeña –en tres horas se va de un extremo al otro- es enorme la cantidad de landhuis que se conservan en perfecto estado– haciendas de la etapa esclavista. Mi estancia coincidió con una celebración anual; durante ella, cualquier persona tiene derecho a acceder libremente a cualquier edificación declarada monumento –incluyendo viviendas ocupadas-. La población recorre en manadas los barrios de Willemstad entrando y saliendo de las antiguas casas. Durante la fiesta del Monumento habrí las madres emperifollan a sus niños para el rosario de recorridos patrimoniales. Es una inundación de visitantes: incluso en el barrio rastafari de las afueras, con sus viviendas encaramadas en pilotes y sus paredes exteriores cubiertas de pinturas y grafitti alegóricos. Hay personas que aprovechan la inacabable arribazón para vender golosinas y hasta prendas de vestir: nunca había visto algo así. Ese mismo día entré a la fábrica de licor Kuba, donde, para dar la bienvenida, sirven gratis todo el curaçao que puedas beber. Delicioso, ese licor.
Serví de asesor –como en Ibagué- para hacer una escultura: Lescay, tres artistas curazoleños –entre ellos mi amigo Tirzo Marta- y yo. Se solucionó con postes telefónicos trincados por su parte central: cada palo simbolizaba uno de los principales componentes de la población isleña. Resultó una suerte de trípode gigante con extremidades decoradas a base de elementos cerámicos, metálicos, tallas, muescas, etc. Cuando lo terminaron, se decidió emplazarlo en un sitio bastante lejano llamado Landhuis Kenepa (Hacienda El Mamoncillo) donde tuvo lugar la rebelión esclava más importante de la isla. No sé cómo la trasladaron ni si la llegaron a emplazar, pues era bastante pesada y de forma compleja.
El paisaje de Curazao es diferente al de Cuba. Apenas llueve y no tiene agricultura –todo se importa-; el viento fuerte del nordeste la bate casi todo el tiempo, al punto que los árboles crecen inclinados en la dirección del aire. A propósito, el árbol nacional –figura en el escudo de Aruba- se llama divi-divi y recuerda al marabú cubano, sólo que mucho más desembarazado y airoso. En los jardines abunda el que nosotros conocemos por franchipán y parece que en el pasado lo fue el flamboyán –existe una baile folcórico sobre él. Me impresionó especialmente el Octopus Club, un centro nocturno a orillas del mar: el pavimento es una especie de balsa bajo la que baten las aguas, y la noche que estuve allí eran muy notorios los peces voladores y ese fenómeno de fosforescencia descrito en tantas novelas y relatos de viajes. A la entrada de la bahía se encuentra el Puente de la Reina Emma, que consiste en pontones sujetos en fila que se abren y cierran para dejar pasar a las embarcaciones: la superficie descansa sobre las olas y se percibe su balanceo. También está la sinagoga, abierta desde 1651 y enorme como una catedral: se dice que es la que lleva abierta al culto más tiempo consecutivo.
Recuerdo que una vez una persona que sobrevoló esa isla me dijo: parece un depósito de casas de muñeca. De cierto modo es verdad: la arquitectura curazoleña por lo general realiza obras de escala muy humana. La yuxtaposición de elementos holandeses y portugueses así como el uso de colores vivos, hacen de Willemstad un espectáculo inolvidable.
No puedo quejarme de los curazoleños, que me trataron con mucho afecto y generosidad. Cuando llegó el momento de regresar a Cuba, temí que en la aduana de La Habana decomisara la laptop de Lescay –que tanto nos había servido- pues en su distracción, olvidó declararla como propia al salir de Cuba –una regulación criolla prohíbe importar todo tipo de computadoras y sus piezas. Sin embargo, al aterrizar, los aduaneros olvidaron el equipo e incautaron los aromáticos quesos de bola holandeses que traía el artista.
La casa que en definitiva dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
La casa que en definitiva dio el Partido a la Fundación Caguayo fue construida en los años ’20 con paredes le ladrillo, tejas “francesas” y piso de losas decoradas. Era hermosa, si bien los años, la falta de mantenimiento y el descuido la han deteriorado bastante. Tiene una antigua verja dañada, un pequeño jardín con dos árboles y algunas flores, varios escalones que dan acceso a un portal y, después que se penetra al inmueble, el salón, varias habitaciones, un baño, el comedor, una cocina amplia y el servicio sanitario “de los criados”: el tramo de pasillo final está revestido de azulejos catalanes policromados. El fondo se abre a un patio con frutales, palmas, yerbas aromáticas y una dependencia arruinada donde imagino vivieron los criados. Me gusta esa casa. Años más tarde hubo que gastar bastante dinero y 3 años en restaurarla.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
Regresando a la casa de Vista Alegre. Me instalaron en el cuarto frente al comedor, pero luego repararon otro en el ala contraria y me mudaron. A pocos días de estrenar la “nueva” sede, nos visitaron dos curazoleños: René Rosalía, director de la Kas de Kultura de Korsou y su secretaria. Estaban decididos a echar adelante una campaña que llevaba por nombre Cruzada de Cultura: invitaron a Lescay a presentar su obra y a mi, como crítico de arte.
Aquí tengo que dedicar un espacio a mi amigo Alejandro Carvallo y hacer una digresión. Lo conocí en los primeros ’90, en tiempos de aquella tienda de antigüedades que pertenecía al Fondo y operaba yo. Él ocupaba un alto cargo en esa entidad y viajó varias veces a Santiago, una de ellas en compañía de su pareja de entonces, un médico joven y rubio que después abandonó Cuba. No hay que decir que Alejandro era homosexual y una persona absolutamente encantadora, inteligente y eficiente. Pertenecía a la estrecha faja de gays que, debido a relaciones familiares, capacidad profesional, poder de gestión y eso llamado encanto personal, que funciona en todas partes y épocas, habían logrado situarse muy bien dentro del establishment cubano. Desde muy joven salió del closet y jamás regresó a él. Como jefe de Relaciones Internacionales del Fondo, debió encargarse de todo el papeleo de mi viaje a Santo Domingo de 1994, lo cual acabó de cimentar una amistad que ya nuestros recorridos santiagueros habían preparado. En el ’99 o 2000 ya no trabajaba para el Fondo y yo era Secretario de Caguayo: fue entonces que me presentó un proyecto de exposiciones múltiples a lo largo de América. Quería hacerlas como curador de una entidad como la nuestra. Sometí su proyecto a la Junta Directiva, fue aprobado y le di luz verde. Pasó el tiempo y llevó adelante sus planes. Contaba que el 11 de Septiembre estaba en Manhattan y vivió el horror del atentado al WTC; de ahí pasó a Houston, donde frecuentó e hizo buena amistad con mi prima Berthica. Regresó a Cuba, y mientras preparaba nuevas muestras, asumió la parte ejecutiva de nuestras relaciones internacionales: vivía muy cerca del Ministerio de Cultura y allí tenía muchas conexiones y buena acogida.
Nuestra amistad rayaba en la complicidad –más que amigos, éramos amigotes-, y puedo asegurar que su intervención era un factor de éxito en el logro de cualquier proyecto de Caguayo –pero principalmente mío. Económicamente independiente y próspero, Alejandro decidió adoptar a la loca guajira que era yo. Cada vez que me tocaba viajar solo a La Habana, organizaba para mi una excursión a alguno de los pocos pero activos locales gay entonces en funcionamiento. En una ocasión me llevó a la Sociedad Rosalía de Castro, en la Habana Vieja –frente al antiguo Hotel San Carlos- donde se presentaba un espectáculo cabaretero oficiado por travestis. Era un sitio ameno, en un segundo nivel refrescado por amplios ventanales; sin embargo, se pagaba en dólares. Más adelante Rosalía decayó y fuimos a otro sitio, sobre el Malecón, llamado Naturales de Castropol, o simplemente Castropol –me fascinaba aquel nombre, mezcla de las historias de Superman con la Isla-, donde, aparte de los travestis, cantaban y actuaban profesionales bien conocidos. Era un local cerrado y caluroso: al final del espectáculo, las parejas se enlazaban en un desenfreno de saltos tipo discoteca. No era de mi gusto, debido al encierro y la humedad; sin embargo, era bueno ver cómo la fauna gay –al menos, la que podía pagar en divisas- se mostraba en público y exteriorizaba sin temor su manera de ser. Castopol era un imán. Como habrán notado, tanto Rosalía como Castropol pertenecían a sociedades españolas: es decir, que eran públicas y legales, pero no estatales (el proverbial haz-lo-que-te-dé la-gana-pero-a-esta-casa-no-me-traigas-una-barriga de los cubanos). Acudían gays, lesbianas, chaperos, muchachos cuyo medio social era aquél o buscaban una relación ocasional de cualquier tipo: gente de cualquier edad. Casi siempre en parejas y bastante ostentosos –como cuadra a la cubanidad, más si es habanera-. En otra ocasión nos llegamos a una casa de vivienda en el barrio de La Víbora: estaba arreglada en forma de cabaret y muy iluminada. La hostess –un travesti- vestía glamorosamente y recordaba a Cher o Barbra Streisand. Era muy agradable. Cuando acabó el show salió a sentarse en la mesa de unos amigos: era un muchacho flaco, coquirrapado -¿padecía HIV?-, vestido de manera sencilla.
Nuestro cuartel de operaciones para el viaje a Curazao fue la casa de Alejandro. La visa no llegaba, pues las elecciones de la antigua colonia coincidieron con nuestro viaje. No quedó más remedio que esperar cuatro días: desde Curazao presentaron excusas y estuvieron de acuerdo en liquidar todos nuestros gastos durante la espera.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Coco y David se portaron conmigo con mucha generosidad; en el caso de David quizá hasta con más de lo que sería juicioso para él. Coco vivía cerca de la estación de Atocha, en un bonito apartamento. Me dio una habitación y un cuarto de baños que me impresionó especialmente por la cantidad de luces alrededor del espejo: parecía un camerino. Apenas llegado, salí a caminar con David: era como las 10 pm, pero como la vida nocturna madrileña es muy poderosa; en ese momento las calles empezaron a llenarse por segunda o tercera vez en el día.
La jornada siguiente, aun siendo medio día, Coco no se había levantado: me puse a fisgonear por su salón y prendí la TV. Del cuarto salió un joven gordito, que se sentó junto a mi. Me habló de cosas sin importancia, como que trabajaba se mozo en un café. Esa tarde Coco me llevó al Museo del Prado, al Jardín Botánico. Madrid es bello, pero el juntarme con David y Roger después de años fue una experiencia increíble. Una tarde caminamos mucho por la Plaza de Oriente y esas callecitas que recuerdan tanto a La Habana Vieja. Nos acompañaba Aleida, una abogada amiga de David. Coco insistió en detenerse en una dulcería a comer merengue. Al día siguiente deberíamos ir al Escorial. Nos llevaría la abogada, que tiene auto y es una persona maravillosa. Por alguna razón Coco no pudo ir y fui con los otros dos.
El Escorial queda como a cincuenta kilómetros de Madrid, en la montaña. Cuando estuve en París no fui a Versalles, así que no sé cuál es mayor, si uno o el otro. En todo caso ambos ocupan extensiones enormes y dicen cómo fueron sus constructores. De cierto modo los dos representan una idea del mundo. La propia finalidad del Escorial, monasterio y depósito de cadáveres regios, marca una diferencia fundamental. Sus pasillos casi desnudos y la austerísima habitación de Felipe II expresan qué es España. Quisimos entrar a la capilla –en realidad un templo enorme repleto de pinturas y esculturas de maestros- pero al ser domingo y celebrarse misas, sólo se permiten visitas durante los recesos. Cuando llegué a la cancela de entrada no se veía a nadie en el altar y quise entrar: me lo impidió un guardia civil bigotudo y con tricornio que parecía sacado de una película de Buñuel. Se dice que la villa de El Escorial sigue siendo franquista. En realidad parece más un pueblo provinciano: pocas personas jóvenes, ropa oscura, ritmo pausado.
Almorzamos en una antigua venta. Luego regresamos al monasterio y subimos a la biblioteca. El Escorial sigue siendo una casa religiosa y los monjes ocupan más del 80 % del edificio. Resulta sobrecogedor, como un viaje en el tiempo.
Otro día Coco nos llevó a comer a Chueca, el barrio gay y exclusivo de Madrid. El restaurante se llamaba La Dama de Negro, tiene un altarcito con su virgen y velitas prendidas; está decorado con maniquíes femeninos. Todo el personal es gay. Nos atendió un flaco que hablaba mucho. Supuestamente el propietario se apodó La Dama de Negro en otra época. Me gustó, pues por lo general los restaurantes, o bien tienen un ambiente opresivo, casi militar, o bien te sientes como un fantasma metido donde no debiera estar. A pesar del andamiaje y la decoración, La Dama... no es así.
Como viajé solamente con una mochila, no cupieron todos los libros que Coco me quería dar – los tiene extraños y bellos. David me había publicado dos títulos de poesía en el proyecto editorial suyo llamado Timbalito –como el barrio marginal camagüeyano- y me imprimió muy hermosamente ese año Poemas de año y medio. Sólo pude traer dos ejemplares. Cómo lo lamento.
El día antes de volver a Suiza me mudé a casa de David. Lo conocía más que todo a través de Carlos. Y fue a través de él que hicimos amistad y en algún momento de los años ’70 me hospedé en su casa camagüeyana de la calle García Roco: entonces sus padres estaban vivos. Mi recuerdo de él, en Cuba, corresponde a un muchacho apuesto, rubio, delgado, de rostro felino. Almorzamos juntos –es excelente cocinero. Estaba su amigo Antonio. Esa noche fuimos a un café de barrio a conversar. Me contó sus años en España: la madre, Ángel: el señor que falleció dejándole el sida por herencia, sus sucesivos trabajos. No creo útil tratar de relatarlos: no lo haría bien.
Por primera vez me reencontré, en sus vidas actuales, con mis amigos de la juventud. Fue como abrir un postigo hacia ese otro espacio al que, lo mismo Afuera que Adentro fuimos llevados (¿lanzados?) todos. No es lo mismo que cuando Carlos Victoria fue a Santo Domingo, o más tarde, en el 2003, cuando vino hasta mi casa de Cuabitas. Ahí fue él quien se asomó a mi vida: a saber qué vió. No sé si hablar de amargura, ya que el tiempo y la edad por si solos pueden hacernos amargos, pero ciertamente no vi serenidad. En todo caso cierta indiferencia. Ojalá Roger no se sienta dolido de mi por lo que escribo, pero es la verdad. ¿Esperaba encontrar algo diferente? No sé. Es como saber que algo va a ocurrir sin remedio: cuando al fin sucede, siempre nos sobresaltamos, siempre nos asusta la sorpresa. Saqué en limpio que todo lo que he visto y vivido en estos años de separación es nada o casi nada comparado con ellos. Les hablé de mi, de lo que hacía, de lo que era mi trabajo en ese entonces, y aunque no me lo dijeron. Percibí indiferencia en sus voces. Repito que más generosos de lo que se portaron conmigo (hablo de lo material) resultaba imposible, pero me sentí triste. ¿Será posible que nuestra vida –la de todos- haya sido esa basura?
En diciembre de 2011 David Lago falleció; cuando lo hizo yo no me comunicaba con él desde hacía meses, pues se había politizado demasiado parta mi gusto.
Una mañana regresé a Ginebra y a los pocos días, a Cuba.
La jornada siguiente, aun siendo medio día, Coco no se había levantado: me puse a fisgonear por su salón y prendí la TV. Del cuarto salió un joven gordito, que se sentó junto a mi. Me habló de cosas sin importancia, como que trabajaba se mozo en un café. Esa tarde Coco me llevó al Museo del Prado, al Jardín Botánico. Madrid es bello, pero el juntarme con David y Roger después de años fue una experiencia increíble. Una tarde caminamos mucho por la Plaza de Oriente y esas callecitas que recuerdan tanto a La Habana Vieja. Nos acompañaba Aleida, una abogada amiga de David. Coco insistió en detenerse en una dulcería a comer merengue. Al día siguiente deberíamos ir al Escorial. Nos llevaría la abogada, que tiene auto y es una persona maravillosa. Por alguna razón Coco no pudo ir y fui con los otros dos.
El Escorial queda como a cincuenta kilómetros de Madrid, en la montaña. Cuando estuve en París no fui a Versalles, así que no sé cuál es mayor, si uno o el otro. En todo caso ambos ocupan extensiones enormes y dicen cómo fueron sus constructores. De cierto modo los dos representan una idea del mundo. La propia finalidad del Escorial, monasterio y depósito de cadáveres regios, marca una diferencia fundamental. Sus pasillos casi desnudos y la austerísima habitación de Felipe II expresan qué es España. Quisimos entrar a la capilla –en realidad un templo enorme repleto de pinturas y esculturas de maestros- pero al ser domingo y celebrarse misas, sólo se permiten visitas durante los recesos. Cuando llegué a la cancela de entrada no se veía a nadie en el altar y quise entrar: me lo impidió un guardia civil bigotudo y con tricornio que parecía sacado de una película de Buñuel. Se dice que la villa de El Escorial sigue siendo franquista. En realidad parece más un pueblo provinciano: pocas personas jóvenes, ropa oscura, ritmo pausado.
Almorzamos en una antigua venta. Luego regresamos al monasterio y subimos a la biblioteca. El Escorial sigue siendo una casa religiosa y los monjes ocupan más del 80 % del edificio. Resulta sobrecogedor, como un viaje en el tiempo.
Otro día Coco nos llevó a comer a Chueca, el barrio gay y exclusivo de Madrid. El restaurante se llamaba La Dama de Negro, tiene un altarcito con su virgen y velitas prendidas; está decorado con maniquíes femeninos. Todo el personal es gay. Nos atendió un flaco que hablaba mucho. Supuestamente el propietario se apodó La Dama de Negro en otra época. Me gustó, pues por lo general los restaurantes, o bien tienen un ambiente opresivo, casi militar, o bien te sientes como un fantasma metido donde no debiera estar. A pesar del andamiaje y la decoración, La Dama... no es así.
Como viajé solamente con una mochila, no cupieron todos los libros que Coco me quería dar – los tiene extraños y bellos. David me había publicado dos títulos de poesía en el proyecto editorial suyo llamado Timbalito –como el barrio marginal camagüeyano- y me imprimió muy hermosamente ese año Poemas de año y medio. Sólo pude traer dos ejemplares. Cómo lo lamento.
El día antes de volver a Suiza me mudé a casa de David. Lo conocía más que todo a través de Carlos. Y fue a través de él que hicimos amistad y en algún momento de los años ’70 me hospedé en su casa camagüeyana de la calle García Roco: entonces sus padres estaban vivos. Mi recuerdo de él, en Cuba, corresponde a un muchacho apuesto, rubio, delgado, de rostro felino. Almorzamos juntos –es excelente cocinero. Estaba su amigo Antonio. Esa noche fuimos a un café de barrio a conversar. Me contó sus años en España: la madre, Ángel: el señor que falleció dejándole el sida por herencia, sus sucesivos trabajos. No creo útil tratar de relatarlos: no lo haría bien.
Por primera vez me reencontré, en sus vidas actuales, con mis amigos de la juventud. Fue como abrir un postigo hacia ese otro espacio al que, lo mismo Afuera que Adentro fuimos llevados (¿lanzados?) todos. No es lo mismo que cuando Carlos Victoria fue a Santo Domingo, o más tarde, en el 2003, cuando vino hasta mi casa de Cuabitas. Ahí fue él quien se asomó a mi vida: a saber qué vió. No sé si hablar de amargura, ya que el tiempo y la edad por si solos pueden hacernos amargos, pero ciertamente no vi serenidad. En todo caso cierta indiferencia. Ojalá Roger no se sienta dolido de mi por lo que escribo, pero es la verdad. ¿Esperaba encontrar algo diferente? No sé. Es como saber que algo va a ocurrir sin remedio: cuando al fin sucede, siempre nos sobresaltamos, siempre nos asusta la sorpresa. Saqué en limpio que todo lo que he visto y vivido en estos años de separación es nada o casi nada comparado con ellos. Les hablé de mi, de lo que hacía, de lo que era mi trabajo en ese entonces, y aunque no me lo dijeron. Percibí indiferencia en sus voces. Repito que más generosos de lo que se portaron conmigo (hablo de lo material) resultaba imposible, pero me sentí triste. ¿Será posible que nuestra vida –la de todos- haya sido esa basura?
En diciembre de 2011 David Lago falleció; cuando lo hizo yo no me comunicaba con él desde hacía meses, pues se había politizado demasiado parta mi gusto.
Una mañana regresé a Ginebra y a los pocos días, a Cuba.
jueves, 15 de noviembre de 2012
En lo que a mi personalmente se refiere, el ’99 comenzó en positivo. Mi doble cargo de Secretario (con mayúscula) de Fundación Caguayo y Caguayo S.A. me había introducido a un mundo diferente al mío. Me volví un funcionario: no estatal, pero funcionario al fin. Cultural, pero funcionario. Víctima o actor de riesgos, responsabilidades, envidias y compromisos que no me pertenecían. Un poeta debe preocuparse por hacer poesía, no por los vaivenes de una institución. Pero ese establecimiento me daba (y sigue dando) de comer y vestir, y en el campo de la Cultura de mi país –que es el único que conozco algo, poco- ni entonces ni ahora existe algo siquiera parecido.
Como ya dije resolvía muchos problemas que no tenían que ver conmigo. Igual que la inmensa mayoría de las personas que escriben, uno se dedica a lo que puede; sólo que lo hacía desde una posición que me permitía comunicarme, moverme con cierta facilidad –el auto era de la empresa, verdad, y no disponía de él a mi antojo, pero lo tenía y en mi país y medio eso es una total y absoluta anomalía- mediante el auto conocí personas interesantes, fui a sitios, recibí invitaciones. A cambio debía soportar algunas malacrianzas.
Supuestamente un Secretario solamente debe levantar actas de los Consejos de Dirección y las Juntas Directivas, inscribir los movimientos de acciones, citar a las reuniones ya citadas: yo hacía todo eso y además participaba de cuanta junta, despacho o asunto se perdía por Caguayo, desde organizar una exposición hasta evaluar un proyecto, pasando por atender a solicitantes insistentes y poco capacitados. Además, mis “pares” en el trabajo –por llamarlos de alguna manera- me hacían difícil la vida. Otra cosa no podía esperarse. Por una parte Lescay empezó a desarrollar una peculiaridad muy peligrosa de su carácter. En unas ocasiones piensa, comprende y oye; en otras sólo hace su voluntad. Unas veces, es muy modesto y otras, de una vanidad absurda. Generoso y cicatero a la vez. Estoico unas veces, excesivamente sensible otras. Y así. Siempre desconfió de nosotros: era así.
Hacia junio Suzanne vino a Cuba junto a la directora de Les Halles de l’Île. Aquí decidimos qué artistas irían a Suiza: Lescay, Julia Valdés y Mayito Trenard. Quedaban sin cubrir otra plaza de artista cubano. Durante los días que Suzanne y compañía pasaron en La Habana vieron el trabajo de Amelia Carballo y se decidió que fuera ella también, junto a Angelito Norniella (aunque de él solo obras). Luego, querían también llevar obra de Rodríguez Cobas, pero este se negó a ceder nada si él personalmente no participaba. Su empeño no prosperó. Yo también iría, no solamente como curador de la muestra sino a dar dos conferencias: una sobre la Regla de Ocha y otra sobre Arte Cubano de los ’90.
A fines de septiembre ya estábamos en Ginebra. Al final se hizo una muestra personal de Lescay en la alcaldía de Ferney-Voltaire, luego, con muchísimo éxito, las de los Halles de l’Île, un recup-art –taller de creación infantil a base de materiales de desecho- con Mayito Trenard. Y mis conferencias. Al final di otra que no había preparado, pues a Suzy la falló su conferencista sobre el tabaco habano y ocupé su lugar –en el Moulin à Danses, que pasaba sucesivamente de sala de conferencias a pasarela de modas y discoteca. Salió bien. También tuve una mesa redonda en una librería llamada Albatros. Se discutió sobre el mundo editorial en los países hispanos. Como pude, expliqué el caso cubano, o mejor, mi experiencia editorial en Cuba. O sea, muy poca: aparte de Cuba-Ginebra, se celebraba algo muy ginebrino llamado La Fureur de Lire (El Furor de Leer), que hacía muchas actividades relacionadas con la Literatura.
Pasé en Ginebra cerca de un mes. Mientras los artistas se hospedaban en los estudios de la ciudad -los que están encima de las galerías- yo lo hacía en un pequeño espacio en los bajos del edificio donde vivía Suzanne, en la calle Vernon. Aprendí de guaguas, restaurantes y tiendas. Suzy me compró un teléfono portátil: gracias a él estuve conectado con mi oficina de Cuba y con mis amigos de Madrid. Coco Salas y David Lago conversaban conmigo casi a diario: en definitiva me invitaron a pasar unos días a Madrid. David Lago me pagó el pasaje y me hospedé en casa de Coco.
He olvidado la fecha exacta de mi viaje a Madrid. Fue a fines de septiembre del ‘99. Estuve cuatro días. Desde que aterrizamos en Barajas se hizo evidente que vivía un ambiente muy diferente al apacible aeropuerto ginebrino.
Como ya dije resolvía muchos problemas que no tenían que ver conmigo. Igual que la inmensa mayoría de las personas que escriben, uno se dedica a lo que puede; sólo que lo hacía desde una posición que me permitía comunicarme, moverme con cierta facilidad –el auto era de la empresa, verdad, y no disponía de él a mi antojo, pero lo tenía y en mi país y medio eso es una total y absoluta anomalía- mediante el auto conocí personas interesantes, fui a sitios, recibí invitaciones. A cambio debía soportar algunas malacrianzas.
Supuestamente un Secretario solamente debe levantar actas de los Consejos de Dirección y las Juntas Directivas, inscribir los movimientos de acciones, citar a las reuniones ya citadas: yo hacía todo eso y además participaba de cuanta junta, despacho o asunto se perdía por Caguayo, desde organizar una exposición hasta evaluar un proyecto, pasando por atender a solicitantes insistentes y poco capacitados. Además, mis “pares” en el trabajo –por llamarlos de alguna manera- me hacían difícil la vida. Otra cosa no podía esperarse. Por una parte Lescay empezó a desarrollar una peculiaridad muy peligrosa de su carácter. En unas ocasiones piensa, comprende y oye; en otras sólo hace su voluntad. Unas veces, es muy modesto y otras, de una vanidad absurda. Generoso y cicatero a la vez. Estoico unas veces, excesivamente sensible otras. Y así. Siempre desconfió de nosotros: era así.
Hacia junio Suzanne vino a Cuba junto a la directora de Les Halles de l’Île. Aquí decidimos qué artistas irían a Suiza: Lescay, Julia Valdés y Mayito Trenard. Quedaban sin cubrir otra plaza de artista cubano. Durante los días que Suzanne y compañía pasaron en La Habana vieron el trabajo de Amelia Carballo y se decidió que fuera ella también, junto a Angelito Norniella (aunque de él solo obras). Luego, querían también llevar obra de Rodríguez Cobas, pero este se negó a ceder nada si él personalmente no participaba. Su empeño no prosperó. Yo también iría, no solamente como curador de la muestra sino a dar dos conferencias: una sobre la Regla de Ocha y otra sobre Arte Cubano de los ’90.
A fines de septiembre ya estábamos en Ginebra. Al final se hizo una muestra personal de Lescay en la alcaldía de Ferney-Voltaire, luego, con muchísimo éxito, las de los Halles de l’Île, un recup-art –taller de creación infantil a base de materiales de desecho- con Mayito Trenard. Y mis conferencias. Al final di otra que no había preparado, pues a Suzy la falló su conferencista sobre el tabaco habano y ocupé su lugar –en el Moulin à Danses, que pasaba sucesivamente de sala de conferencias a pasarela de modas y discoteca. Salió bien. También tuve una mesa redonda en una librería llamada Albatros. Se discutió sobre el mundo editorial en los países hispanos. Como pude, expliqué el caso cubano, o mejor, mi experiencia editorial en Cuba. O sea, muy poca: aparte de Cuba-Ginebra, se celebraba algo muy ginebrino llamado La Fureur de Lire (El Furor de Leer), que hacía muchas actividades relacionadas con la Literatura.
Pasé en Ginebra cerca de un mes. Mientras los artistas se hospedaban en los estudios de la ciudad -los que están encima de las galerías- yo lo hacía en un pequeño espacio en los bajos del edificio donde vivía Suzanne, en la calle Vernon. Aprendí de guaguas, restaurantes y tiendas. Suzy me compró un teléfono portátil: gracias a él estuve conectado con mi oficina de Cuba y con mis amigos de Madrid. Coco Salas y David Lago conversaban conmigo casi a diario: en definitiva me invitaron a pasar unos días a Madrid. David Lago me pagó el pasaje y me hospedé en casa de Coco.
He olvidado la fecha exacta de mi viaje a Madrid. Fue a fines de septiembre del ‘99. Estuve cuatro días. Desde que aterrizamos en Barajas se hizo evidente que vivía un ambiente muy diferente al apacible aeropuerto ginebrino.
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