lunes, 9 de enero de 2012


Dolores tenía cuatro ómnibus para recoger y llevar a sus alumnos. Como siempre he vivido lejos de todo,  era de los primeros en ser recogido y de los últimos en regresar. Otro niño que vivía cerca de mi y le pertenecía la misma guagua se empeñó en llamarme bailarín de ballet. Evidentemente, quería decirme otra cosa, porque, redondito e  indolente,  nada tengo de danzante. Su burla logró enfadarme de verdad y lo abofeteé. De pronto se quedó callado, mis cinco dedos marcados en su mejilla. Y yo, muerto de miedo, pero fuera de mi. Remedio santo: nunca más lo repitió y se hizo uno de mis grandes amigos. Él era un niño apuesto, pero me hirió por gusto y mereció el castigo.

Facundito Bacardí estaba en mi mismo grado, pero en el grupo A. Un miércoles lo secuestraron. En cuanto se supo lo del plagio, los papás de mis compañeros fueron a buscarlos al Colegio. Yo pensé sacar algún provecho y conseguir una tarde libre. A la hora de almuerzo le expliqué a mi padre lo sucedido, y que los demás muchachos no asistirían a clase. El comentó que nosotros no éramos ricos y para qué me iban a robar: tuve que ir a la escuela. En casa no creían en nada que significara perder asistencias –ni bombas ni secuestros-: sólo el sarampión pudo contra esa regla.

viernes, 6 de enero de 2012


Pero no un tatequieto: conversaba y me reía casi constantemente,  lo cual era pecado mortal en los colegios de la época. Me dejaban sin recreo frecuentemente: en aquella aula enorme había muchas sillas antiguas alineadas contra la pared. Cuando me quedaba solo, amontonaba los asientos  contra la puerta plegadiza y me sentaba a esperar; al regreso, el grupo golpeaba un rato, empujaba, se armaba cierta confusión que yo disfrutaba enormemente. Al final ellos volcaban la barricada, o bien yo terminaba abriendo. Nunca me castigaron por ello. Ese mismo curso hice la Primera Comunión.
 
El domingo que asaltaron el Cuartel Moncada mi padre y yo bajábamos en auto hacia Santiago. En casa había la costumbre de desayunar el domingo con huevo, jamón frito y pan “de molde”: el jamón se compraba la misma mañana. Eran como las 7 am. El cura, que había subido a decir sus misas de domingo, se atravesó delante del auto: No bajen, que hay tiros en Santiago. Parece que los soldados se fajaron entre ellos. Podía ser, en definitiva estábamos en medio del Carnaval y aquellos “guardias” podían haber bebido. Ya se sabe que no fue así. El padre Emiliano Martín (CMF) -que los curas de Cuabitas pertenecen a la parroquia de San Antonio y son claretianos, dicho sea con respeto-, había subido igual que siempre: en guagua como cualquier hijo de vecino. Hoy día suben en auto.  

miércoles, 4 de enero de 2012

Mi madre estaba encargada de un kiosco: vendía perros calientes, buñuelos, refrescos –no sé si entonces ya se usaba acompañar cualquier acto público con bebida. Recuerdo un hombre que pedía potasa para su perro caliente –quería decir mostaza- y el aguacero furioso que cayó una tarde. Una corriente bajó por la zanja donde estaba el fogón y lo arrasó todo: el gentío se protegió en los portales de casa, y como se hizo de noche y seguía lloviendo, invadió el interior y se sentó en los sillones. Yo estaba aterrado. Años después La Sagrada Familia, de Miguel Barnet, me lo recordó.



Alrededor de 1952 me inscribieron en el Colegio de Dolores, de los jesuitas. Yo tenía matrícula reservada en la Escuela Anexa a la Universidad de Oriente, donde mi madre terminaba su carrera de Pedagogía. Me había hecho amigo de una porción de profesores porque mamá cargaba conmigo los sábados. Herminio Almendros me ponía a dibujar y a hacer cuentos sobre castillos medievales. Estaba embulladísimo, pero mi padre quiso que fuese a Dolores porque haría “relaciones”; en otras palabras, que a la escuela de los jesuítas iba la crema y nata y a la otra, no.

Caí en Primer Grado B. Todos los grados tenían dos grupos; casualmente, en el grupo A estaban los niños más distinguidos y en el B, los demás. Yo siempre estuve en grupos B. Mi maestro no era un cura, sino Renaldo Infante, que después de la Revolución ocupó un importante puesto en la Radio y la TV, cosa justa porque era un joven muy inteligente que actuaba en obras de teatro y conversaba conmigo, que era sólo un niño.

martes, 3 de enero de 2012

El ’50 se llamó Año Santo. No sé por qué guardo el recuerdo de la zanja que pasaba por debajo de la entrada de casa, llena de fruticas rojas de ficus entre las enormes raíces, y yo caminando sobre las hojas caídas. No entiendo por qué guardo esa imagen con la seguridad de que sucedió en el ‘50: puede, porque me veo muy pequeño. Ese Año Santo el cura de Cuabitas viajó a Roma. Trajo una serie de rosarios supuestamente bendecidos por Pío XII: uno de ellos correspondió a Bebé. Para mí era un objeto venerable y se conservó en una gaveta hasta hace poco. Después vinieron las verbenas: allá siempre hubo la ilusión de erigir un edificio para que vivieran curas y la capilla se convirtiera en parroquia. El edificio se construyó: hoy día funciona allí una escuela pública. Lo de parroquia no se logró. Pues bien, las verbenas servían para reunir plata. Creo que una se celebró en el ’50 y otra en el ’51. El solar donde luego se levantó el edificio estaba desocupado y lleno bejucos de coralillo. Había varios kioscos y frente al correo armaron una valla de gallos pequeña que la guardia rural clausuró. Como si fuera tan amante del orden. Por esos días había una epidemia de gripe que llamaban “la coreana”, seguramente por la guerra de Corea. Dentro de la iglesia colocaron un micrófono y  afuera varias bocinas. Empuñé el aparato y empecé a dar un discurso sobre la imposibilidad de que la coreana detuviera las verbenas, así como recomendaciones sobre la enfermedad. ´Ese feo vicio de los discursos arrasó mi niñez como un tsunami, y  creo que proviene del exceso de programas radiales políticos que se escuchaban en casa –Chibás, Pardo Llada, Millo Ochoa. En todo caso me entrenó para hablar en público con desenvoltura y cierto buen humor.

martes, 27 de diciembre de 2011

Violeta tenía un novio norteamericano, oficial de la Base Naval de Guantánamo. Varias veces el americano vino a ver a mi maestra: un dirigible se paraba sobre el patio, caía una escala y por ella bajaba él. Demasiado fuerte para nosotros, que idolatrábamos a Rosa y a su familia. Para las Navidades inventaron una representación bastante loca, como todo lo de ellos. Yo hacía el papel de Santa Claus, que pasaba repartiendo regalo cerca del pesebre donde el Recién Nacido –Tonito Llorca- lloraba en  brazos de la Virgen –Mireya la hija de Silvina- y al pie de San José –Paquito Nariño-: la representación fue un verdadero éxito que resultó memorable para todos. Los Dumont tenían un gran jardín de dalias frente a su casa: por Navidades gustaban plantar un gran arbolito nevado y dos renos de cartón piedra blancos también, atados al árbol con cintas plateadas. El conjunto estaba iluminado por reflectores y sonaba música de villancicos: totalmente kisch pero espectacular, mágico y, única y exclusivamente, por el gusto de hacerlo. En esos años muchas personas hacían cosas sin cálculo alguno: los que bailaban en el carnaval era por gusto, los que se iban a la Sierra era para luchar, los que iban a la iglesia era por devoción y si te pedían dinero prestado era para devolvértelo. Quizá se diga que era cuestión de prestigio personal: puede, pero si algo te disgusta, es difícil que lo hagas sólo por prestigio. A los Dumont les encantaba su arbolito, su trineo y sus villancicos. Es que eran muy locos. Rosa era aficionada a exhibirme; una vez la visitaron unas  amigas y ella me llamó. Me hizo echar el cuento de Cristóbal Colón y cuando acabé exclamó ¡Este niño es un genio!: confundí genio con mal genio y durante años no la comprendí.  He arrastrado ese problema con las palabras: que a veces no las comprendo. Recuerdo que tenía la costumbre de meterme en la cocina a mirar: mi madre señalaba una olla humeante y me decía eso es vapor de agua y yo no entendía pues para mí vapor de agua era un buque de vapor que navegaba.


lunes, 26 de diciembre de 2011



Como ya contaba casi cuatro años, me pusieron al kindergarten -que así se llamaba el Pre-escolar- en la misma casa donde había visto a Chibás —La de los Dumont. Rosa acababa de graduarse de maestra, no tenía trabajo, era encantadora y su casa quedaba junto a la de mi abuela. Y como todo lo hacíamos en grupo, a la manada de primos nos mandaron al mismo kinder. No sé si nosotros arrastramos aquella cantidad de niños o si fueron ellos los que nos arrastraron a nosotros, el caso es que el kinder de Rosita resultaba muy distendido. Además, los Dumont eran una familia fuera de lo corriente: el esposo tenía una casa de instrumentos musicales y distribuía las películas de la Paramount Pictures. Como había sido bombero voluntario en su juventud, guardaba capa y sombrero negros tras la puerta de la habitación matrimonial: a nosotros  nos encantaba contemplarlos. La esposa, Aída Palma, era maestra de piano en su casa y tocaba órgano en la capilla de Cuabitas: tenía una chiva llamada Dorotea. Por las mañanitas, antes de clase, mientras Aída ordeñaba a Dorotea para el desayuno, me relataba el asalto de la bruja la madrugada pasada: esa mala mujer quería llevarse a la chiva, y las marcas de la puerta no se debían a la vejez de la madera ni al comején, sino a las uñas de la hechicera. Yo hallaba muy natural que una bruja batallara noche a noche por secuestrar a la chiva: escuchaba los relatos muy atentamente pero sin gota de miedo. Samuelito era el varón más joven: vivía en un cuarto pequeño que daba al salón de clases. Tenía las paredes tapizadas de retratos de mujeres en cueros o con las tetas al aire, aparte de no se cuantos almanaques de pin ups. La muchacha menor de la casa de llamaba Violeta. Era una adolescente rubianca e inconforme. En aquel tiempo había un personaje de comic llamado Penny: Violeta era su viva estampa. Como en esa casa a todos les gustaba el trato con niños, se estableció entre todos un ambiente maravilloso.