lunes, 2 de abril de 2012

En el otoño de 1969 regresé a La Habana después del año de permiso. Carlos me fue a esperar al aeropuerto y me contó que esa tarde se celebraría en el Pre-univeritario del Vedado una reunión convocada por la Union de Jóvenes Comunistas a la que no había que faltar. Días atrás, en El Carmelo de Calzada y los alrededores del Teatro Amadeo Roldán a los muchachos “raros” les habían repartido cuestionarios con preguntas como por qué te vistes de esa manera, por qué usas pelo largo, etc. Unos no habían hecho caso, pero otros habían protestado que si querían respuestas no mandaran papelitos, que esas no son cosas de papelitos, etc. Parece que los autores de la “encuesta” habían sido la UJC provincial y Prevención de Menores; a las protestas, ellos accedieron y convocaron para esa tarde una reunión donde se hablaría de esos temas.

Hubo gente del ICAIC, del ICR, de la Nueva Trova, algunos profesores de la Universidad: todo el mundo quería hablar de los “pelúos”. Imagínense que ni TV, ni periódicos ni radio los mencionaban . Nadie. Como si no existieran. Y de momento que esas entidades convoquen una reunión para hablar de ellos. Pero era una convocatoria “por lo bajo”, de boca en boca, nada de anuncios oficiales ni de cosas en la prensa: como una especie de misterio. La verdad es que no se podía dejar de ir. Esa tarde, como a las 2 ó las 3 pm llegué al Pre, ése que se llama Saúl Delgado.

La reunión se efectuaría en un gran salón con estrado que hay en la segunda planta: aquello estaba lleno. Arriba estaban los compañeros de la UJC y los de Prevención.... que hacían tremendo contraste con el público. A los muchachos ruidosos y desinhibidos, con melenas, barbas, ropas multicolores y todo tipo de collares, se contraponía una fila de personas serias, afeitadas, de indumentaria simple. Hablaron muchísimo tiempo sin decir algo memorable, hasta que la conversación condujo a la intolerancia de la oficialidad cuando se trataba de otra música, otra manera de vestir, otra imagen corporal. La mesa decía que esa era la forma de vestir y expresarse de quienes protestaban fuera de Cuba, pero que aquí, adentro, no había de qué protestar: que no se iba a permitir que protestaran contra la Revolución. Y los muchachos, que no, que ellos vestían y se dejaban sus pelos porque les gustaba, porque era una moda y eran jóvenes y que tenían derecho a que se los mirase igual que a los demás, etc.

Fue a esas alturas que un conocido trovador, que estaba allí como miembro del Movimiento de la Nueva Trova, tomó la palabra para decir (no son las palabras exactas, pero sí el sentido): los jóvenes deben demostrar su amor por Cuba y ganar el derecho a ser considerados iguales mediante un hecho indiscutible. Ningún hecho más indiscutible que participar de forma activa en la Zafra de los Diez Millones que va a comenzar dentro de muy poco, nada más indiscutible que una brigada de cortadores de caña.  Todo el mundo lo apoyó y entonces  afirmó que él mismo había decidido formar parte de esa brigada. Es decir, que fue el trovador quien promovió la idea. Todo terminó en que la UJC provincial se encargaría de organizar la brigada, determinaría dónde se cortaría caña, registraría las solicitudes y posteriormente, terminada la zafra, ofrecería trabajo y encaminaría los problemas de todos.

En los días sucesivos, la sede de la UJC provincial, en M casi esquina a Línea, fue un hervidero de muchachos apuntándose. Había poquísimas muchachas -de haberlas, sí, las había: Bárbara, la otra, la otra-, pero eran pocas, como si aquel revolico de pelos largos y colorines fuese cuestión de hombres -sin ser sociólogo, imagino que aquel contraponerse tan vago, que no señalaba específicamente los intereses de la mujer, ni  producía algo que lo hiciera atractivo: al varón le gusta mucho andar errante, no depender de alguien, estar aquí y allá, incluso puede serle indiferente a si lo aceptas o no -la indiferencia llega a ser una suerte de trofeo. Pero la mujer no funciona de esa manera: quizá la Onda –así se llamó al hippismo cubano- no era suficientemente motivadora.

viernes, 30 de marzo de 2012

Aunque he perdido la fecha exacta, el concierto de Elena Burke y Silvio Rodríguez en el Museo de Bellas Artes tiene especial significación. Por varias cosas: una, que ya entonces mi compañero de andanzas era Carlos Victoria; otra, el hecho de que Silvio compartiera escenario con Elena Burke –quien era una figura más que reconocida en esos momentos- lo presentaba ya como “joven valor” de la canción -todavía él era un muchacho delgado, de gafas y granitos en la cara. La otra, que mientas nosotros estábamos en el recital, afuera ocurrió otro hecho. Silvio cantó lo de la bruja vieja y fea. Aquella noche Carlos protagonizó una escena frente a un guardián que lo maltrató a causa de su pelo largo, no quería dejarlo entrar: yo también tomé parte en el incidente increpando al hombre (usted no merece llevar ese uniforme, le dije). Y al final entramos los dos, pues teníamos invitaciones y éramos estudiantes. Ya dije que mientras Silvio y Elena cantaban se produjo otra cosa; la gran recogida de gays y muchachos “raros” -los “hippies” del Hotel Capri. Todavía existían las UMAP, pues al día siguiente se supo que a los “recogidos” los mandaron directamente ahí. La inacabada batalla entre el Poder y la gente “diferente”, que tiene momentos descollantes entre 1965 y 1976, vivió esa noche uno de sus picos.

Poco después Carlos Victoria trabó amistad con una de las comunidades familiares más tortuosas, atormentadas y creativas de aquellos años, los Espasande. Juan Ángel Espasande, hijo del actor y hermano del Carlitos Espasande, era un joven trigueño, de cabello rizado y decididamente talentoso. Amaba el teatro, como toda su familia. Pero estaba poseído por una especie de fuego autodestructivo que acarreaba todo lo más doloroso de aquellos años. De seguro conozco retazos de su historia familiar, que han quedado atascadas en alguna vuelta de mi memoria. Muchos creadores padecemos de ese mal, sólo que Juan Ángel tenía la virtud de esparcirlo en su derredor. No era un enfermo mental ni un malvado, sólo menos resistente frente a la adversidad de verse negado y apartado a cada paso. Su intenso poder de fascinación, su constante efusión y vigor, ligadas a la relación cercana que tenía con aquella Habana a punto de llegar a la década del ’70 –definitoria en muchos sentidos de lo que somos hoy culturalmente hablando-, reunió a personajes  y seres de todas las calañas que tenían algo en común: gran talento y casi ninguna capacidad para convertir ese talento en obra. Pienso que para hacer cualquier arte es necesario un mínimo de renuncia y olvido. Ello se convierte en condición sine qua non en un medio autoritario, nada tolerante y sujeto a las apariencias como La Habana de esos años. Quizá en otro sitio u otro momento, JAE hubiera desarrollado una brillante carrera de teatrista. Aquí, ni fuera de aquí pudo hacerlo. En términos de arte, Juan Ángel representa la frustración de muchos talentos. Supe por Carlos Victoria que  en 2007 Juan Ángel se desempeñaba como chef de un conocido restaurante de Miami y había logrado un gran renombre profesional-otros me dijeron literalmente que era un bandolero- No lo sé

martes, 27 de marzo de 2012

In illo tempore, la administración de becas decidió mudarnos para el edificio de F y 3ra a los estudiantes de Letras, Historia, Periodismo, Ciencias Políticas y la Facultad para Extranjeros. Ese mismo que un lugar tan distinguido ocupa en la mitología urbana de la época.  Fue una mudanza apocalíptica donde solamente faltaban los carros tirados por bueyes: nadie es capaz de imaginar la cantidad de basura “insustituíble” que se acumula durante dos años en un sitio que uno cree “de por vida”. Aparte de ropa y enseres personales, yo tenía montones de libros, papeles, botellas vacías que me empeñaba en coleccionar (en la esquina de 12 y 3ra había una tienda para diplomáticos donde se apilaban envases vacíos de las formas y marcas más ostentosas y célebres). Pero al fin nos mudamos.

Fui a dar a una habitación múltiple del piso 9 con balcón hacia la Casa de las Américas y la calle G, y Carlos a un casi desierto piso 24 que parecía salido de una película de Tarkovski. Básicamente nuestro régimen de vida no varió mucho: la beca era una especie de hotel al que se salía y entraba a cualquier hora.

Las diferencias eran, que la parada de la guagua que nos llevaba a la Escuela de Letras quedaba muy cerca, que la administradora del edificio era una señora más bien gorda llamada Milagros, que el sistema de audio con el que se nos avisaba de cualquier visita lo manejaba un viejo alto vestido de miliciano, que el edificio era mixto –o sea, que había pisos de varones y pisos de hembras-, que había cualquier cantidad de vietnamitas y que la gente “de confianza” -los que de verdad decían y decidían- eran alumnos de Ciencias Políticas. Por lo demás, lo mismo:el ambiente de esta residencia era más bullanguero y barrial, pero a nosotros eso no nos importaba mucho. El hecho de estar más cerca del centro del Vedado –que era nuestro barrio tutelar-, del teatro Amadeo Roldán, del Carmelo de Calzada y D, lo compensaba todo. Obligadamente, la mayoría de mis recuerdos sobre la beca se refieren a 3ra y F.

viernes, 23 de marzo de 2012






El regreso del descanso post-Cunagua acarreó nuevos alumnos.  La gente que significó más en mi juventud: Carlos Victoria, Rogelio Quintana, Iván Pérez Carrión, Adrián Bosco, Ignacio Vázquez y otros. Mi afinidad con ellos fue casi instantánea a pesar de que pertenecíamos a promociones diferentes, con raíces, educación e historias disímiles. De alguna manera, a pesar de las distancias o las vueltas que ha dado la vida, todos hemos seguido siendo la misma tropa de muchachos atrevidos y poco amigos de lo formal.

De todos ellos el que siempre ocupó un sitio especial fue Carlos Victoria. Provenía, como Adrián, Iván y Rogelio de la escuela Mártires de Girón, que es un Pre muy grande a las afueras de La Habana. Era un chico delgado, pequeño, muy suave, con  aspecto de abandono y tristeza. De esas personas que parecen –como lo diría una telenovela- “tocados por el destino”. No resulta fácil entrar a su intimidad, pero me imagino que mi apariencia de tipo ingenuo también tiene sus facultades y nos hicimos amigos enseguida.  Ignoro por qué después de salir de Cuba no quiso saber más de versos, siendo tan buen poeta como lo era entonces –de hecho conservo muchos manuscritos suyos de esos y posteriores años. Se dedicó a la narrativa. Carlos arrastraba algunas camaraderías de Girón; entre las que estaba Abraham, un chico que entonces estudiaba Medicina, de cara ovalada y hablar rápido al que llamaban El Moro, cuyo buen humor inagotable me hizo conocer una Habana diferente a la de los cabarets y restaurantes. O quizá no era otra Habana, sino que los mismos sitios vistos desde otro ángulo y rodeados de otra fauna humana me resultaban desconocidos. Siempre tenía algo para hacer reír. Íbamos mucho al cine. A cines de barrio situados en avenidas lejanas y problemáticas para mi, o a tandas poco frecuentadas en los mismos cines de estreno –Yara, Riviera, La Rampa, la Cinemateca-. Había también una muchacha rubia -se llamaba algo así como Alina- enamorada de otra chica. Ella insistía en que Carlos Victoria la telefoneara en nombre propio para burlar la salvaguarda de la madre. Mi amigo, tan poco hábil de por sí o en desacuerdo con todo fingimiento, lo hacía con su voz de barítono, aunque identificándose con el nombre de la rubia: imagino la confusión de la señora ¿Un macho con nombre de mujer?

Fue una etapa de interminables conversaciones y confesiones hasta el amanecer: Carlos era bastante nihilista y su pesimismo natural –que no provenía de una pose juvenil sino de una historia y visión del mundo casi opuestas a la mía- chocaba contra esa especie de clasicismo positivo (rayano en la simpleza) que me ha poseído y me posee. En nuestras propias palabras, Carlos representaba el NO y yo el SÍ. Ignoro si era una buena definición: en todo caso, de ese modo nos veíamos a nosotros mismos. Mi raíz familiar tiene poco de sorprendente e irregular, pero la de Carlos –oriundo de Camagüey- estuvo plagada de engaños, estrechez y desamparo. Calculo que para él, la Religión haya significado más apoyo que para mi. Por ende, el abandono de esa fe debe haber sido más doloroso. Aunque no sé, pues nunca ha abandonado totalmente su cristianismo evangélico. Ni yo el catolicismo.

Hablando y hablando, pronto empatamos cabos y resultó que mi gran amigo Nikitín Rodríguez Lastre también lo era suyo. Toda aquella legión camagüeyana radicada en Santiago eran amigos o conocidos. Y así salieron otros muchos, entre ellos otra vez David Lago, el silencioso, alto, rubianco y ojiverde, con la apostura exclusiva de su juventud, siempre como un personaje que cruza al fondo de la escena. Carlos y yo emprendimos un viajar inagotable entre La Habana y Matanzas. Nos fascinaba el tren eléctrico de Hershey que sale de Casablanca y hace un trayecto recoleto y hermosísimo. No recuerdo bien a qué íbamos a Matanzas: probablemente era sólo por el vértigo de aquel convoy casi anónimo en el que podíamos hacer el trayecto de ida y regreso en breve tiempo. Una vez fuimos a ver a Nikitín: el Conjunto Dramático de Oriente estaba de gira y era nuestra obligación ir al teatro Sauto a encontrar al amigo.  Carlos Victoria sentía verdadera debilidad por los trenes: los amaba y odiaba a la vez.

jueves, 22 de marzo de 2012

Nuestro campamento estaba situado al pie de la Loma. en la cima, los alumnos de Ingeniería abrían hoyos en el dienteperro para sembrar café(!). Enormes camiones subían y bajaban casi todo el día, levantando nubes de polvo amarillo que luego se diseminaba y asentaba lentamente sobre nosotros. Las dos cosas que me resultaron más penosas de mi estancia en la Loma de Cunagua fueron los servicios sanitarios y la falta de electricidad. No había servicios: cavados en la tierra, eran algo así como huecos sobre los que tenías que acuclillarte. Un joven de apellido Zamorano, muy ducho en el juego de la trivia y especialmente conversador, había improvisado con horquetas algo como un asiento que le permitía un riesgoso confort. Imaginar lo que ocurriría si se rompían me impidió utilizarlas. 

Por las noches nos alumbrábamos con faroles. En la oscuridad todo perdía su forma y jamás logré orientarme en aquel bosque de literas. Lo único bueno de ello, fue que entre Wichi Nogueras y Jorge Fuentes inventaron un serial, imitando a la radio: se llamaba El caso del negro de los zapatos tenis. Narraba una serie de violaciones y asesinatos supuestamente ocurridos a diario allí mismo. Las huellas de las suelas y su profundidad evidenciaban que el autor era un negro corpulento. Pero no se sabía quién. El serial duró los treinticinco días que estuvimos allí y no sé en qué acabó. Jamás he oído algo más cómico.

El otro trabajo que hacíamos era sembrar posturas de café en bolsitas de polietileno. Más arriba las enumeré sin más explicación. De hecho a mi grupo le tocaba llenar de tierra las bolsitas. Había normas, o sea que en un día no se debían llenar menos de equis saquitos. Jamás alcancé la norma. En una reunión me increparon duramente por ello: mientras mis compañeros guardaban silencio, un joven profesor francés llamado Alain Sabatier tomó mi defensa, explicó que cada quien tenía su ritmo y que yo trabajaba todo el tiempo, igual que los más aventajados, sólo que a mi ritmo. Gracias, Alain.

La noche anterior al regreso nadie durmió. Lo impidieron el escándalo, las congas repiqueteadas con latas vacías y los continuos y disparatados discursos. Nadie salió herido, ni siquiera golpeado –se trataba de violencia acústica no más-, pero yo creí morir. Creo ser demasiado sensible a los ruidos y los malos olores: una voz alta y sorpresiva o la fetidez de un corral en la noche me sacan de mis casillas.

Regresamos pasando por el pueblo de Morón, en Ciego de Ávila: allí nos dividimos: los de Oriente y Camagüey a la izquierda, los demás a la derecha. Otra aventura universitaria más que terminaba en vacaciones a destiempo, como todas las de aquellos años.

martes, 20 de marzo de 2012

Lo que mejor recuerdo es la impresionante naturaleza de la Loma de Cunagua –una especie de mogote en medio de la planicie-, las nubes de mosquitos de Manga Larga, y la gente de la UMAP. Cierta vez, una maleza cogió candela y nos mandaron a apagarla; la estrategia consistía en delimitar franjas y quemarlas para que cuando llegase la candela, no pudiese avanzar. O sea, dar contracandela. Nunca imaginé que el fuego pueda caminar tan rápido a través de la maraña, como si fuese gasolina prendida, ni que se resumiera todo en una tremenda soledad silenciosa y blanca poblada de crujidos. En definitiva, pudimos hacer nuestras franjas de contracandela y el conato se controló. De regreso al campamento no nos permitieron tomar agua; había una impresionante cantidad de botellas de aguardiente. En Cuba existe la creencia de que el agua, inmediatamente después del calor de la candela, tiene el efecto de “pasmar” –que pienso signifique “provocar espasmos”. Por eso el aguardiente. El hecho es que bebimos todo el que pudimos ante el beneplácito de la superioridad, y no nos emborrachamos ni un poquito.

El nombre revolucionario del central Cunagua, es Bolivia; un domingo por la tarde fuimos al central. Evidentemente, la aviación formaba parte de las actividades más importantes del Cunagua republicano: la pista de aviación comienza a tres ó cuatro metros a la izquierda del camino –o sea, que si un avión va a despegar o aterrizar, hay que detenerse exactamente como con un crucero de ferrocarril. Me llamaron la atención la cantidad de avionetas mono y biplanos en estado de semi-abandono: bellas. El batey del Cunagua era puro urbanismo norteamericano: un enorme parque rodeado de árboles muy frondosos, parterres infinitos con cualquier cantidad de “astronomias”,  sauces llorones, sansevierias y esa flor que llamamos “bandera española”. En los portales alrededor del parque había varios camiones parqueados a los que subían y bajaban muchachos de la UMAP. No voy a hablar de la UMAP porque se supone que todos saben qué es. Pero esa fue la única vez que vi, “en vivo y en directo” a la gente de la UMAP –en su medio natural y no de permiso, lejos de Camagüey.  ¿Eran más finos, más tristes,  diferentes a los del Servicio Militar Obligatorio? No me parecieron; quizá sí, quizá  su aspecto fuera más urbano –la forma de caminar, de llevar las botas y el uniforme, la silueta- en definitiva las UMAP  casi no tuvieron elemento campesino: en su calidad de “selectivas”  -por no decir otra cosa- se dirigían más a muchachos que vivían en poblaciones. Pero tristes no me parecieron; por el contrario: estaban muy alegres de disfrutar una tarde de domingo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Por fin, a la llegada del nuevo curso tuvimos un “trabajo social” en Cunagua. No lo puedo situar en mes, pues entonces el calendario universitario andaba patas arriba y lo mismo un curso duraba trece meses, que tenías vacaciones en febrero.

¿Y cuál era la diferencia entre “trabajo voluntario”, “social” y “productivo”? El “voluntario”, como su nombre lo indica, era voluntario:  Claro está que lo pensarías muy bien antes de tomar la decisión de no aistir a un trabajo voluntario por lo que ello implicaba (“significarte”), pero en teoría podías hacerlo. El trabajo “productivo” tenía que ver más con la agricultura o la construcción y no dependía de tu voluntad pura y simple: era obligatorio, formaba parte de una disciplina, no se permitía faltar a él a menos que pudieras presentar comprobantes muy convincentes (que te hubieras partido una pierna, que te hubieran operado del corazón, etc.). Este “trabajo productivo” por lo general era convocado por el centro de estudios o sitio de empleo y se consideraba como tiempo lectivo o como parte de la jornada laboral. El trabajo “social” se refería más a lo que un día podía ser tu profesión: la obligatoriedad no se consideraba en él, aunque dudo que algún alumno universitario se hubiera ausentado a un trabajo “social”.

El de Cunagua (Camagüey) fue otro de ellos. Se supone que debíamos guataquear cañaverales, eliminarles la mala yerba y sembrar posturas. Era una labor monótona y agotadora. Cerca de los campos había varias casas en construcción y nosotros nos metíamos en las letrinas a hacer nuestras necesidades y descansar un poco. Nada más recordar aquellas jornadas bajo el sol, ya me canso. Jorge Oliva gritaba Esto es una filmación muchachos, no se preocupen: en realidad estamos a cuadra y media de La Rampa. Dentro de un rato terminamos. Otros gritaban ¡Trivia! ¿De que color era la corbata de Cary Grant en la primera escena de Intriga Internacional? Claro que este era un juego puramente de muchachos del Vedado, todos muy al día. Yo me limitada a mirar y oír. Eran maneras de sobrellevar la distancia.

Lo que mejor recuerdo es la impresionante naturaleza de la Loma de Cunagua –una especie de mogote en medio de la planicie-, las nubes de mosquitos de Manga Larga, y la gente de la UMAP. Cierta vez, una maleza cogió candela y nos mandaron a apagarla; la estrategia consistía en delimitar franjas y quemarlas para que cuando llegase la candela, no pudiese avanzar. O sea, dar contracandela. Nunca imaginé que el fuego pueda caminar tan rápido a través de la maraña, como si fuese gasolina prendida, ni que se resumiera todo en una tremenda soledad silenciosa y blanca poblada de crujidos. En definitiva, pudimos hacer nuestras franjas de contracandela y el conato se controló. De regreso al campamento no nos permitieron tomar agua; había una impresionante cantidad de botellas de aguardiente. En Cuba existe la creencia de que el agua, inmediatamente después del calor de la candela, tiene el efecto de “pasmar” –que pienso signifique “provocar espasmos”. Por eso el aguardiente. El hecho es que bebimos todo el que pudimos ante el beneplácito de la superioridad, y no nos emborrachamos ni un poquito.