lunes, 11 de junio de 2012



Es verdad que Carlos Victoria tenìa adentro un demonio que lo obligaba a hacer cosas impensadas: en Verdún adquirió la costumbre de andar sin zapatos y amarrase al cuello una tira azul aqua. Durante un permiso sabatino –Verdún no quedaba lejos de La Habana- a Nikitín Rodríguez Lastre y a mi nos tocó presenciar uno de los espectáculos más vergonzosos de la vida. Alrededor de la escalera de caracol que une las dos plantas de la heladería Coppelia se agolpaba un buen número de adolescentes. A mitad de la subida, descalzo, con un pie en un escalón y otro en el de más abajo –como en una estampa piadosa- envuelto en una frazada marrón y la tira azul al cuello, Carlos Victoria predicaba. No conversaba: predicaba. Hacía gestos, miraba al techo, movía los brazos. Como no estaba borracho ni endrogado, nuca me he imaginado qué puede haber sido . Imagino que Nikitín y yo lo buscábamos: a pesar de nuestros reclamos Carlos continuó su arenga y nosotros fuimos a parar a la cafetería del hotel Capri. La imagen de mi amigo predicador me causó una profunda tristeza, pero no conozco depresión que una buena cafetería sea incapaz de neutralizar. El único verdadero disgusto que he tenido con CV proviene de ese episodio, que aun hoy me parece un verdadero desatino suyo. Estuvimos meses sin hablarnos.

Poco después de mudarme a F y 3ª apareció en ella un muchacho que estudiaba Periodismo. Se llamaba Senel. Durante aquella etapa era sencillamente bello: descendiente de inmigrantes canarios asentados en el centro de la isla, en él se mezclaban el vigor, la sensualidad de un animalito y el aire de estar soñando constantemente. Todo eso le dije. Me respondió que él había tenido la oportunidad de escoger, y había optado por no ser homosexual. Pero sí fanfarrón -pensé-. Ni ello ni su prótesis dental -como me hizo notar Carlos Victoria- disminuyó un ápice mi admiración por él. Senel empezaba a escribir cuentos y lo hacía con total entrega. Mientras a mi me costó años confesar públicamente mi condición de escritor, él no dudaba en encerrarse en su cuarto a teclear en su máquina: y cuando necesitó emplearse todo el día para terminar un libro, no vaciló en pedir permiso en su Escuela y faltar a clase.

Por aquella época escribía totalmente desnudo, sólo con una toalla para cubrir el sexo. Frecuentemente intercambiábamos escritos: no recuerdo que nos hayamos criticado jamás, pero cada cual sabía qué y cómo escribía el otro. A decir verdad, su persona me interesaba más que su obra; o sea, yo reconocía perfectamente -y a la legua- su talento, voluntad y disciplina –trabajaba como un gallego que pone tienda: con total entrega- pero los ambientes campesinos llenos de abuelitas y niños que entonces invadían sus textos –y los de Celestino antes del alba- nunca han sido mi fuerte. A veces pienso que Senel Paz es como la “cara buena” o “positiva”, de Reinaldo Arenas, Delfín Prats y Coco Salas –el mundo campesino que impulsa a Senel tiene un componente demoníaco y bestial que aparece en la Literatura Cubana desde Tilín García, Conejito Ulán y Cayo Canas .

Una vez Nikitín Rodríguez Lastre me llevó a casa de Virgilio Piñera y tuve el privilegio de que me leyera completa La caja de zapatos vacía; al despedirnos me pidió que volviese... con un conocido joven escritor. Quería comprobar si en realidad era tan talentoso como de decía. Leyendo Virgilio Piñera, en primera persona, de Carlos Espinosa Domínguez veo que muchas personas lo tildan de  “persona muy irónica”. Realmente durante aquella visita   fue encantador y realmente cariñoso. Aunque,  sí que era irónico, y yo lo admiraba muchísimo por eso  ¡La de Virgilio parece ser la suerte del escritor cubano que tiene algo que decir!




jueves, 7 de junio de 2012

Bijol era un muchacho pelirrojo y agradable. Carlos y yo buscamos acercarnos a él y tuvimos éxito. Bajo la marquesina del Yara, las luces brillando en su cabellera de fuego, Bijol se transfiguraba. Varias veces lo llevamos al cine y al teatro. Realmente nunca ocurrió mada material, pero el señor que lo protegía tomó cartas en el asunto. No recuerdo cómo se llamaba: era una persona mayor de conversación muy amena. Una noche se apareció en el Yara y nos invitó a Carlos y a mi a almorzar a su casa. En su pequeño apartamento lleno de libros, fotos y affiches, una máquina de escribir señalaba el sitio dedicado a la educación de Bijol, quien ya era casi mecanógrafo gracias a sus desvelos,   le había buscado métodos y vigilaba estrechamente la práctica cotidiana.

Aquel medio día, el amigo del pelirrojo hizo gala de sus mejores armas: sabía narrar maravillosamente y tenía cierta inclinación a la teoría. Acabó conmigo al mostrar las espectaculares fotografías de las farras que compartió con Marlon Brando durante su visita a La Habana en 1956. Carlos fue muy sensible a cierto manifiesto teatral escrito por aquel señor: ahora me dice que, como yo lo consideré naïf -así, en francés-, debe ser cierto. Por supuesto que la operación dio resultados: Carlos y yo amamos al viejo señor y abandonamos a Bijol. Es una lástima que perdiéramos la huella del pelirrojo y su protector: eran figuras agradables que me hubiera gustado conservar, aunque imagino que el valedor no tendría interés alguno en propiciar nuestra entrada a causa de su valido. El pastel, pa’ mi solo. Cada cual defiende como puede lo que juzga su amor.



miércoles, 6 de junio de 2012

A fines de 1970, el día antes de comenzar el Festival de la Canción de Varadero, Carlos Victoria y yo fuimos a comer a casa de Juan E.: en la radio sonaba el programa Nocturno y sirvió potaje de frijoles negros; Carlos planeaba partir al día siguiente pues actuaría el grupo Los Ángeles. En ese instante me dio un ataque de epilepsia. 




AQUEL ERA UN MUNDO AL QUE PERTENECÍAN Robertico, Carlos Victoria y Rogelio Quintana. Pero yo no. Yo era un amigo, andaba con ellos, salía con ellos. Pero no era uno de ellos. Ni de la Onda, ni hippy. Quizá en un momento me sentí de la Onda, pero en realidad no lo era. Si se piensa bien, la Onda tenía base popular: sus gustos y actitudes eran populares. Yo, ni lo era ni lo soy. No es que no quiera o no me guste: no lo soy, y ya. Una noche estaba sentado en el muro que hay en la calle Línea llegando a la esquina de Paseo cuando pasó El Doctor -el doctor Argüello era un gay viejo siempre vestido de saco y corbata: tenía muchos amigos de la Onda; su padre había sido vicepresidente de la República; seguía habitando la residencia familiar de Paseo casi esquina a Línea-. Me miró y dijo “¿Y qué tú haces aquí?”.

Hoy día  aquel mundo ya no existe: ha habido gente distinta como los rockeros, los frikis, etc, pero hippies no. No tienen nada que ver con el mundo super metalizado de ahora: algo tan emotivo y desmandado me hace pensar que más que un grupo fueron un montón de individuos.

Desy Domínguez vivía en el reparto Cubanacán -el antiguo Biltmore, que es un barrio más elegante de La Habana- en una gran casa de los años ’50 que da a un hermoso lawn. Estudiaba Física y luego fue un conocido ajedrecista: corporalmente era una mezcla de Harpo + Groucho Marx. Fanático de la música pop, su padre, que vivía en Nueva York, le mandaba los álbumes de las grandes estrellas recién salidos mediante el personal de la embajada canadiense -que quedaba junto a su casa-: Jefferson Airplane, Janis Joplin, los Beatles. De esa manera escuché, a los catorce días de salir al mercado, los famosos Àlbumes dobles y el Sargent Pepper; los musicales Jesuschrist Superstar, Evita, y otros. A casa de Desy no iba todo el mundo: sólo trovadores, muchachos de la Onda  más bien intelectuales, etc. Allí se escuchaba música, se bebía -generalmente whisky- y después de estar borrachos alguno(a)s hacían el sexo o discutían  de temas filosóficos. Una sesión en casa de Desy, frecuentemente terminaba al amanecer: salía el sol y yo regresaba a pie hasta mi beca -llevaba un pulóver azul oscuro y una cadena de la que colgaba un diente de tiburón. Por aquel tiempo caminábamos mucho, hacíamos largos paseos nocturnos de ida y regreso desde 12 y Malecón hasta la Habana Vieja discutiendo libros, películas, relatando amoríos.

En realidad la política apenas ocupaba sitio en nuestras conversaciones: quizá un instante para relatar un hecho o una ley. No había gente pro ni contra; sencillamente la política no existía. Creo que el franco rechazo que sentía el Régimen por la Onda se debía a eso mismo: a que lo ignoraba. Las razones que esgrimió para combatirla eran consecuencia de realidades más profundas. La “vagancia”, las “desviaciones” y las extravagancias atribuidas a la Onda, en realidad expresaban la brecha existente entre lo que esa juventud esperaba y lo que el régimen era capaz de dar. La Onda ignoraba al Régimen porque lo sabía incapaz de responderle.



El otro sitio amado por los hippies cubanos fue la marquesina del Yara - antiguo cine Radiocentro- en la misma esquina de L y 23. Aunque para hacerme comprender hablé de hippies cubanos, en Cuba no hubo verdaderos hippes. Eran muchachos de La Onda, concepto muchísimo más abarcador que no implicó una ideología, sino una actitud general ante la vida. La Onda fue absolutamente urbana; conocí grupos en La Habana, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, lo cual no quiere decir que en otras ciudades no hayan existido. Hippy era lo que se ha visto en las revistas o en el cine, y repito: en Cuba no los hubo. Había jóvenes de todas las clases sociales con el denominador común de carecer de algo o haber sido rechazados por algo; o sea, que había desde soñadores y poetas hasta delincuentes. Se bebía bastante, pero lo más cercano a la droga eran el Aktedrón y el Dexaktedrón que quitaban el sueño –ideales para estudiar y leer- y hacían hablar mucho. Fue bajo el efecto del Aktedrón que Benny Bola de Humo y el escultor Arturo Stable ganaron campeonatos de tiempo hablando sin parar. Ellos no consumían droga. Sé que en el campamento de hippies cortadores de caña de Verdún alguien hizo té de flor de campana y sintió que podía volar: se lanzó de un techo y casi se mata. Si Carlos y yo conocimos el hachís fue por un norteamericano de la brigada Venceremos que trajo una pipa con algo de pasta, y nos las dejó.

Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó  a otro muchacho parecidísimo al primero.

jueves, 5 de abril de 2012

 LA ESQUINA DE LAS CALLES Calzada y D, en El Vedado, fue uno de los lugares de preferencia para esta generación tormentosa y callejera. Las cuatro esquinas estaban formadas como sigue. El teatro Amadeo Roldán, construido en la década del ’30 y que funcionaba con el nombre de Auditorium; luego perdió este musical apelativo, aunque más tarde un incendio y la subsiguiente restauración se lo hicieron recuperar. Sus fachadas muy decoradas presentan varias puertas a las que se sube por escalinatas.

Cruzando la calle Calzada queda el café El Carmelo. De acuerdo con www.periferia.org, en 1859 comenzó a urbanizarse el reparto de El Carmelo, que se continuaría en 1883 en un conjunto que tomó finalmente el nombre genérico de El Vedado. O sea, que hablamos de un sitio muy arraigado. Aunque su casa matriz se halla en la calle 23, El Carmelo de Calzada  es más grande que el otro. Se trata de una cafetería con fuente de soda, bar y restaurante cuyos productos más populares son helados y sandwiches: tiene muchas mesas dispuestas en dos amplios portales que se prolongan sobre la acera con enormes toldos. Da la idea de un gran chalet hecho de sombra, fresco y paz.

En la tercera esquina está el Parque de Calzada y D, cuyo nombre oficial era Parque Gonzalo de Quesada. Es uno de esos espacios urbanos tan corrientes en Cuba- ni una plaza, ni exactamente un parque- que contiene muchos bancos, árboles y algunas estatuas. En este caso, la estatua era la del dios Neptuno, erigida en 1838 a la salida de la bahía habanera con el ánimo de despedir y recibir a los marinos; se hallaba de paso por allí, pues había sido sacada de su emplazamiento original ignoro si por un ciclón o por el celo de algún edil temeroso de auspiciar sentimientos místicos -en definitiva Neptuno es dios- y devuelto al sitio de origen sólo en 1997. Este parque era y es uno de los lugares de mis sueños: muy bien resuelto en el gusto ecléctico de la República, su mezcla de funciones lo hacen muy especial. Recuerdo que una noche, discutiendo algo en uno de sus bancos, oí una pelea a tiros digna de cualquier película de la serie negra. Nunca llegué a saber por qué fue, quién disparó ni en qué paró el tiroteo.

La cuarta esquina está ocupada por una gran residencia con jardín arbolado muy frondoso: en ella se halla la Comisión Cubana de la UNESCO.

El otro sitio amado por los hippies cubanos fue la marquesina del Yara - antiguo cine Radiocentro- en la misma esquina de L y 23. Aunque para hacerme comprender hablé de hippies cubanos, y en Cuba no hubo verdaderos hippes. Eran muchachos de la Onda, concepto muchísimo más abarcador que no implicó una ideología, sino una actitud general ante la vida. La Onda fue absolutamente urbana; conocí grupos en La Habana, Camagüey, Holguín y Santiago de Cuba, lo cual no quiere decir que en otras ciudades no hayan existido. Hippy era lo que se ha visto en las revistas o en el cine, y repito: en Cuba no los hubo. Había jóvenes de clases sociales con el denominador común de carecer de algo o haber sido rechazados por algo; o sea, que había desde soñadores y poetas hasta delincuentes. Se bebía bastante, pero lo más cercano a la droga eran el Aktedrón y el Dexaktedrón que quitaban el sueño –ideales para estudiar y leer- y hacían hablar mucho. Fue bajo el efecto del Aktedrón que Benny Bola de Humo y el escultor Stable ganaron campeonatos de tiempo hablando sin parar. Ellos no consumían droga. Sé que en el campamento de hippies cortadores de caña de Verdún alguien hizo té de flor de campana y sintió que podía volar: se lanzó de un techo y casi se mata. Si Carlos y yo conocimos el hachís fue por un norteamericano de la brigada Venceremos que trajo una pipa con algo de pasta, y nos las dejó.

Todos amaban la música, y entiéndase por ella la pop: nacieron verdaderos eruditos en la obra de los Beatles y la nube de grupos musicales que pobló los ’60. Muchos carecían de casa o se habían fugado de ella; al no tenerla fija, dormían en cualquier sitio. Otros eran especialmente activos: en aquella época sin sida, el ideal de cualquier joven era ser promiscuo. Como tampoco existían grupos o partidos -ni siquiera comunidades, todo fluía a través de la individualidad. No existían grupos de gays, o de artesanos, o de músicos, pero sí muchos negros. Todo dependía de tu persona, de cómo eras. La inmensa mayoría era gente joven, aunque había individuos de cualquier edad. Entre los nombres que no se han ido de mi mente está el de Evelio Caviedes -Benny Bola de Humo- que escribía cuentos sobre un chicuelo llamado Pelusa; Miguelito el Águila, alto, delgado, de raza indefinida, rasgos levemente achinados, generalmente enfundado en jeans estrechos: Miguelito adoraba las mujeres, la bebida y la vida trashumante; Benjamín Ferrera, gordo, peludo y feo, pegajosamente nostálgico cuando bebía, muy buena persona y literato a ratos; Omar el Indio, que había sido marinero y miembro de no se qué cuerpo armado era el hombre fuerte que su apodo sugiere: prefería el sexo, los pequeños negocios y la bebida. Ya he hablado de Loquillo -en realidad nunca se ha hablado suficiente de Loquillo- que era pequeño, rubianco, fuerte, no bonito -ni siquiera atractivo-: parecía una persona maltratada, nunca estaba bien vestido, como si acabara de salir de una riña; jamás supe donde vivía, sólo que venía al Vedado montado en un caballo que amarraba en el fondo de una furnia -el Vedado está repleto de ellas- entre 23, 25, L y J. Creo que estaba -y sigue- loco. Mamacusa le decían a un gay llamado Juan Eduardo, el cual amaba a un jovencito delgado, delicado, pálido, de gafas y facciones regulares llamado Calixto. Quizá Calixto le pidió a Juan Eduardo que lo llevara de vacaciones a una playa y éste, no poseyendo los medios, decidió robar unas joyas. La víspera de partir fue detenido y condenado a varios años de cárcel. La historia de Mamacusa -una persona muy querida- conmovió a toda la Onda, tanto porque Calixto despareció para siempre, como porque al salir de presidio J.E. se juntó  a otro muchacho parecidísimo al primero.

martes, 3 de abril de 2012

Una noche que invitamos a la profesora Luz Merino al restaurante Potin conocí a Roberto. Con ella íbamos el negro Julián, Carlos Victoria, Rogelio Quintana, Iván Pérez Carrión, Roberto -Robert Chichi-  y yo. Sentado al lado del muchacho en la mesa circular la conexión inmediata.

Era un chico trigueño, delgado, más alto que yo, caminaba como dando saltitos. Imagino que yo le llevaba seis o siete años; es decir, que para esa época él era un adolescente de dieciséis ó diecisiete, y yo un joven de veintitrés ó veinticuatro. Su mamá procedía de Pilón de Manzanillo y se llamaba Migdalia: una guajira “china”,  ya no jovencita, pero que se conservaba y alardeaba de su cuerpo y sus buenas condiciones. De alguna manera, Migdalia estaba ligada a esa corte de vecinas piloneras que rodearon a Celia Sánchez y vivían todas juntas —menos ella- en la cerrada cuadra de 11 entre 10 y 12.– Aparte  de Roberto, había una hermanita suya que estaba becada. Recuerdo que muchos sábados al medio día yo iba con él a alcanzarla en la parada de  la Playa, que era la última de las rutas 64, 32 y creo que 132. Los Roberto vivían en un apartamento en 19 entre E y F. Era un segundo nivel.

Todas las mañanas como a las 11, el muchacho me buscaba en mi albergue Luego yo me bañaba y almorzaba para ir a la Escuela. Otras veces, era yo el que pasaba por su apartamento, cerca de las 1 pm, comía algo que me daba Migdalia y seguía viaje. Después de clases me gustaba pasar por su casa: en ese caso comía  y seguíamos los dos. Recuerdo que la madre servía una buena porción para Roberto y a mi me daba un poquitico, pero como no me parecía justo de otra forma, no protestaba. Parece que Roberto era de la misma opinión, pues jamás hizo ademán de mejorar mi ración. Él y yo salíamos mucho: al teatro, al cine, a beber, a restaurantes, a exposiciones, a conciertos,  a oir música, al Carmelo: siempre o casi siempre a sitios públicos.

Es cierto que la época y el lugar se prestaban mucho para vivir de ese modo: si algo caracterizó a los años y al tipo de gente que me rodeaba fue esa vida gregaria, pública, de teatralidad y espectacularidad. Como buen adolescente del Vedado, Robertico jamás hizo el ridículo. En verdad, no era especialmente bonito, pero como poseía gracia y gusto por el trato ajeno, siempre daba la respuesta adecuada. Podía acompañarte  a cualquier sitio y nunca se sentiría aburrido ni diría una estupidez. Ése era su mundo y él lo sabía, lo admiraba y se esforzaba para mantenerse a su altura. Sin embargo, era una persona muy atractiva: mucho más que la belleza física, en ese tiempo se apreciaba la gracia y la agilidad mental. Roberto era una especie de mezcla de atracción con gracia.
 

Roberto me encontró agradable y una noche por semana acostumbrábamos ir al night club Olokkú: entonces todo era muy barato, una borrachera  -entre los dos- no costaba más de doce ó catorce pesos; después yo lo acompañaba hasta su casa. Resulta claro que el peso de mis nueve años de educación jesuítica siempre se ha hecho sentir: nunca he sido medianamente desenvuelto. Pero presiento que él tampoco: los varones bien dotados no pierden oportunidad de hacerlo, aunque a mi eso no me importaba demasiado: a veces uno excusa cualquier reticencia, aunque no la olvide.

Él era el muchacho que habría querido se yo. Ha sido siempre lo mismo. Sonará tonto, pero de ese modo funcionaba. Durante meses me sentí feliz. Sin embargo,  alguien lo entorpecía: un chico extraño, vagabundo y de vida libre –por no decir otra cosa-  conocido por Loquillo. Se llamaba Jorge, pero nadie le decía su nombre, y dudo de que muchos lo sepan. Él nunca aprobó tanto acercamiento de Roberto a mí, por eso hizo cuanto pudo -hasta que lo logró- para que aquella relación llegase a su fin.





lunes, 2 de abril de 2012

En el otoño de 1969 regresé a La Habana después del año de permiso. Carlos me fue a esperar al aeropuerto y me contó que esa tarde se celebraría en el Pre-univeritario del Vedado una reunión convocada por la Union de Jóvenes Comunistas a la que no había que faltar. Días atrás, en El Carmelo de Calzada y los alrededores del Teatro Amadeo Roldán a los muchachos “raros” les habían repartido cuestionarios con preguntas como por qué te vistes de esa manera, por qué usas pelo largo, etc. Unos no habían hecho caso, pero otros habían protestado que si querían respuestas no mandaran papelitos, que esas no son cosas de papelitos, etc. Parece que los autores de la “encuesta” habían sido la UJC provincial y Prevención de Menores; a las protestas, ellos accedieron y convocaron para esa tarde una reunión donde se hablaría de esos temas.

Hubo gente del ICAIC, del ICR, de la Nueva Trova, algunos profesores de la Universidad: todo el mundo quería hablar de los “pelúos”. Imagínense que ni TV, ni periódicos ni radio los mencionaban . Nadie. Como si no existieran. Y de momento que esas entidades convoquen una reunión para hablar de ellos. Pero era una convocatoria “por lo bajo”, de boca en boca, nada de anuncios oficiales ni de cosas en la prensa: como una especie de misterio. La verdad es que no se podía dejar de ir. Esa tarde, como a las 2 ó las 3 pm llegué al Pre, ése que se llama Saúl Delgado.

La reunión se efectuaría en un gran salón con estrado que hay en la segunda planta: aquello estaba lleno. Arriba estaban los compañeros de la UJC y los de Prevención.... que hacían tremendo contraste con el público. A los muchachos ruidosos y desinhibidos, con melenas, barbas, ropas multicolores y todo tipo de collares, se contraponía una fila de personas serias, afeitadas, de indumentaria simple. Hablaron muchísimo tiempo sin decir algo memorable, hasta que la conversación condujo a la intolerancia de la oficialidad cuando se trataba de otra música, otra manera de vestir, otra imagen corporal. La mesa decía que esa era la forma de vestir y expresarse de quienes protestaban fuera de Cuba, pero que aquí, adentro, no había de qué protestar: que no se iba a permitir que protestaran contra la Revolución. Y los muchachos, que no, que ellos vestían y se dejaban sus pelos porque les gustaba, porque era una moda y eran jóvenes y que tenían derecho a que se los mirase igual que a los demás, etc.

Fue a esas alturas que un conocido trovador, que estaba allí como miembro del Movimiento de la Nueva Trova, tomó la palabra para decir (no son las palabras exactas, pero sí el sentido): los jóvenes deben demostrar su amor por Cuba y ganar el derecho a ser considerados iguales mediante un hecho indiscutible. Ningún hecho más indiscutible que participar de forma activa en la Zafra de los Diez Millones que va a comenzar dentro de muy poco, nada más indiscutible que una brigada de cortadores de caña.  Todo el mundo lo apoyó y entonces  afirmó que él mismo había decidido formar parte de esa brigada. Es decir, que fue el trovador quien promovió la idea. Todo terminó en que la UJC provincial se encargaría de organizar la brigada, determinaría dónde se cortaría caña, registraría las solicitudes y posteriormente, terminada la zafra, ofrecería trabajo y encaminaría los problemas de todos.

En los días sucesivos, la sede de la UJC provincial, en M casi esquina a Línea, fue un hervidero de muchachos apuntándose. Había poquísimas muchachas -de haberlas, sí, las había: Bárbara, la otra, la otra-, pero eran pocas, como si aquel revolico de pelos largos y colorines fuese cuestión de hombres -sin ser sociólogo, imagino que aquel contraponerse tan vago, que no señalaba específicamente los intereses de la mujer, ni  producía algo que lo hiciera atractivo: al varón le gusta mucho andar errante, no depender de alguien, estar aquí y allá, incluso puede serle indiferente a si lo aceptas o no -la indiferencia llega a ser una suerte de trofeo. Pero la mujer no funciona de esa manera: quizá la Onda –así se llamó al hippismo cubano- no era suficientemente motivadora.