Este es el momento de explicar en qué consistía el
trabajo de mi padre. My father is a
transportation agent: un agente de transporte, decía en la clase de inglés.
Desde hacía decenios se dedicaba a buscar y distribuir mercancía de un expreso
por carretera que se movía con camiones rastras[1].
Transportaban café, cueros, madera aserrada y carga en general. Del flete de esa carga, un porciento le
correspondía. O sea, que ganaba bastante y tenía muchísima clientela: no era
dueño de nada y sólo pagaba el alquiler por el local de la oficina santiaguera.
Era propietario –verdad- de un camioncito para repartir la mercancía que
llegaba. Por eso no perdió propiedad alguna cuando las Leyes Revolucionarias de
los ’59 y ‘60. Ya era un experto de alta confiabilidad. Durante años trabajó
para los Expresos Unidos de Cuba,
propiedad de los hermanos Milanés, y cuando estos se lo vendieron al mismo
Batista -que estaba formando el monopolio de la carga por carretera llamado
Expresos Interamericanos- se unió a
otros agentes y comenzó a trabajar para un americano llamado Ray Hughes, quien
había adquirido una línea de camiones de carga llamada Canímar que circulaba entre la Habana y Matanzas; la unió a otra similar que ya
era suya -llamada Goiricelaya- y
formó el Expreso Canímar-Goiricelaya.
Eso ocurrió alrededor de 1956 y duró cinco o seis años.
martes, 10 de enero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
Dolores tenía cuatro ómnibus para recoger y
llevar a sus alumnos. Como siempre he vivido lejos de todo, era de los primeros en ser recogido y de los
últimos en regresar. Otro niño que vivía cerca de mi y le pertenecía la misma
guagua se empeñó en llamarme bailarín de
ballet. Evidentemente, quería
decirme otra cosa, porque, redondito e indolente, nada tengo de danzante. Su burla logró
enfadarme de verdad y lo abofeteé. De pronto se quedó callado, mis cinco dedos
marcados en su mejilla. Y yo, muerto de miedo, pero fuera de mi. Remedio santo:
nunca más lo repitió y se hizo uno de mis grandes amigos. Él era un niño
apuesto, pero me hirió por gusto y mereció el castigo.
Facundito Bacardí estaba en mi mismo grado, pero en el grupo A. Un
miércoles lo secuestraron. En cuanto se supo lo del plagio, los papás de mis
compañeros fueron a buscarlos al Colegio.
Yo pensé sacar algún provecho y conseguir una tarde libre. A la hora de
almuerzo le expliqué a mi padre lo sucedido, y que los demás muchachos no
asistirían a clase. El comentó que nosotros no éramos ricos y para qué me iban
a robar: tuve que ir a la escuela. En casa no creían en nada que significara
perder asistencias –ni bombas ni secuestros-: sólo el sarampión pudo contra esa
regla.
viernes, 6 de enero de 2012
Pero no un tatequieto: conversaba
y me reía casi constantemente, lo cual
era pecado mortal en los colegios de la época.
Me dejaban
sin recreo frecuentemente: en aquella aula enorme había muchas sillas antiguas
alineadas contra la pared. Cuando me quedaba solo, amontonaba los
asientos contra la puerta plegadiza y me
sentaba a esperar; al regreso, el grupo golpeaba un rato, empujaba, se armaba
cierta confusión que yo disfrutaba enormemente. Al final ellos volcaban la
barricada, o bien yo terminaba abriendo. Nunca me castigaron por ello. Ese
mismo curso hice la Primera Comunión.
El domingo que asaltaron el Cuartel
Moncada mi padre y yo bajábamos en auto hacia Santiago. En casa había la
costumbre de desayunar el domingo con huevo, jamón frito y pan “de molde”: el jamón se compraba la
misma mañana. Eran como las 7 am. El cura, que había subido a decir sus misas
de domingo, se atravesó delante del auto: No
bajen, que hay tiros en Santiago. Parece que los soldados se fajaron entre
ellos. Podía ser, en definitiva estábamos en medio del Carnaval y aquellos
“guardias” podían haber bebido. Ya se sabe que no fue así. El padre Emiliano
Martín (CMF) -que los curas de Cuabitas pertenecen a la parroquia de San
Antonio y son claretianos, dicho sea con respeto-, había subido igual que
siempre: en guagua como cualquier hijo de vecino. Hoy día suben en auto.
miércoles, 4 de enero de 2012
Mi madre estaba encargada de un kiosco: vendía
perros calientes, buñuelos, refrescos –no sé si entonces ya se usaba acompañar
cualquier acto público con bebida. Recuerdo un hombre que pedía potasa para su perro caliente –quería
decir mostaza- y el aguacero furioso que cayó una tarde. Una corriente bajó por
la zanja donde estaba el fogón y lo arrasó todo: el gentío se protegió en los
portales de casa, y como se hizo de noche y seguía lloviendo, invadió el
interior y se sentó en los sillones. Yo estaba aterrado. Años después La Sagrada Familia, de Miguel
Barnet, me
lo recordó.
Alrededor de 1952 me inscribieron en el Colegio de Dolores, de los jesuitas. Yo
tenía matrícula reservada en la Escuela Anexa a la Universidad
de Oriente, donde mi
madre terminaba su carrera de Pedagogía. Me había hecho amigo de una porción de
profesores porque mamá cargaba conmigo los sábados. Herminio Almendros me ponía
a dibujar y a hacer cuentos sobre castillos medievales. Estaba embulladísimo,
pero mi padre quiso que fuese a Dolores porque haría “relaciones”; en otras
palabras, que a la escuela de los jesuítas iba la crema y nata y a la otra, no.
Caí en Primer Grado B. Todos los grados tenían dos
grupos; casualmente, en el grupo A estaban los niños más distinguidos y en el
B, los demás. Yo siempre estuve en grupos B. Mi maestro no era un cura, sino
Renaldo Infante, que después de la Revolución ocupó un importante puesto en la Radio y la TV, cosa justa porque era un joven muy
inteligente que actuaba en obras de teatro y conversaba conmigo, que era sólo
un niño.
martes, 3 de enero de 2012
El ’50 se llamó Año Santo. No sé por qué guardo el recuerdo de la zanja que pasaba
por debajo de la entrada de casa, llena de fruticas rojas de ficus entre las
enormes raíces, y yo caminando sobre las hojas caídas. No entiendo por qué
guardo esa imagen con la seguridad de que sucedió en el ‘50: puede, porque me
veo muy pequeño. Ese Año Santo el
cura de Cuabitas viajó a Roma. Trajo una serie de rosarios supuestamente
bendecidos por Pío XII: uno de ellos correspondió a Bebé. Para mí era un objeto
venerable y se conservó en una gaveta hasta hace poco. Después vinieron las
verbenas: allá siempre hubo la ilusión de erigir un edificio para que vivieran
curas y la capilla se convirtiera en parroquia. El edificio se construyó: hoy
día funciona allí una escuela pública. Lo de parroquia no se logró. Pues bien,
las verbenas servían para reunir plata. Creo que una se celebró en el ’50 y
otra en el ’51. El solar donde luego se levantó el edificio estaba desocupado y
lleno bejucos de coralillo. Había varios kioscos y frente al correo armaron una
valla de gallos pequeña que la guardia rural clausuró. Como si fuera tan amante
del orden. Por esos días había una epidemia de gripe que llamaban “la coreana”, seguramente por la guerra
de Corea. Dentro de la iglesia colocaron un micrófono y afuera varias bocinas. Empuñé el aparato y
empecé a dar un discurso sobre la imposibilidad de que la coreana detuviera las verbenas, así como recomendaciones sobre
la enfermedad. ´Ese feo vicio de los discursos arrasó mi niñez como un tsunami,
y creo que proviene del exceso de
programas radiales políticos que se escuchaban en casa –Chibás, Pardo Llada,
Millo Ochoa. En todo caso me entrenó para hablar en público con desenvoltura y
cierto buen humor.
martes, 27 de diciembre de 2011
Violeta tenía un novio norteamericano, oficial de la Base Naval de Guantánamo. Varias veces el americano vino a ver a mi
maestra: un dirigible se paraba sobre el patio, caía una escala y por ella
bajaba él. Demasiado fuerte para nosotros, que idolatrábamos a Rosa y a su
familia. Para las Navidades inventaron una representación bastante loca, como
todo lo de ellos. Yo hacía el papel de Santa Claus, que pasaba repartiendo
regalo cerca del pesebre donde el Recién Nacido –Tonito Llorca- lloraba en brazos de la Virgen –Mireya la hija de
Silvina- y al pie de San José –Paquito Nariño-: la representación fue un
verdadero éxito que resultó memorable para todos. Los Dumont tenían un gran
jardín de dalias frente a su casa: por Navidades gustaban plantar un gran
arbolito nevado y dos renos de cartón piedra blancos también, atados al árbol
con cintas plateadas. El conjunto estaba iluminado por reflectores y sonaba
música de villancicos: totalmente kisch pero espectacular, mágico y, única y
exclusivamente, por el gusto de hacerlo. En esos años muchas personas hacían
cosas sin cálculo alguno: los que bailaban en el carnaval era por gusto, los
que se iban a la Sierra era para luchar, los que iban a la iglesia era
por devoción y si te pedían dinero prestado era para devolvértelo. Quizá se
diga que era cuestión de prestigio personal: puede, pero si algo te disgusta,
es difícil que lo hagas sólo por prestigio. A los Dumont les encantaba su
arbolito, su trineo y sus villancicos. Es que eran muy locos. Rosa era
aficionada a exhibirme; una vez la visitaron unas amigas y ella me llamó. Me hizo echar el
cuento de Cristóbal Colón y cuando acabé exclamó ¡Este niño es un genio!: confundí genio con mal genio y
durante años no la comprendí. He
arrastrado ese problema con las palabras: que a veces no las comprendo. Recuerdo
que tenía la costumbre de meterme en la cocina a mirar: mi madre señalaba una
olla humeante y me decía eso es vapor de
agua y yo no entendía pues para mí vapor
de agua era un buque de vapor que navegaba.
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