Al año siguiente de la muerte de Virgilo Piñera (1980) viajé a La Habana. Conseguí un pasaje en avión y hablé con Rogelio Quintana para que me esperara en Rancho Boyeros. Llegué cerca de medianoche: allí estaba Rogelio enfundado en una especie de cotona de lino azul claro, bordada. Me llevó aparte, a un saloncito vacío. Allí pronunció una especie de discurso y me impuso una medalla como Orden Virgilio Piñera. Aún la conservo: es una medalla de conducta con una breve lengüeta tricolor, de las que daban en el Colegio De la Salle. Él tenía actos impensados, conmovedores, como ése. Es otro de los grandes espíritus de mi promoción: hombre de un buen humor muy especial, diseñador gráfico y dibujante de mucha imaginación. Dueño de una ironía que sólo se evidenciaría en el arte cubano diez o quince años más tarde, sus programas de teatro para obras imaginarias (Quo vadis? y el catálogo para la Editorial Virgen de la Caridad –otro invento suyo-, con casa matriz en El Cobre, Oriente, con las colecciones Me la pusiste en China (Polémicas), El tibio salmón (Poesí ), entre otras muchas forma parte de lo mejor y más notable de su momento. Son históricos. Guardo los originales entre mis papeles.
viernes, 17 de agosto de 2012
jueves, 16 de agosto de 2012
Ya era fines de 1979. Cambiar fue importantísimo. A la Galería de Arte Universal, que debía su rimbombante nombre a que albergaba una serie de reproducciones de arte de todo el mundo –en realidad, europeo- adquiridas con la donación de los derechos de autor de Alejo Carpentier . El edificio había sido proyectado por la arquitecta Norma del Mazo en 1957 y fue una de las primeras construcciones racionalistas del entonces flamante barrio Ampliación de Terrazas. Encargado para consulado de los Estados Unidos, el edificio se inspiraba en la gran construcción de la embajada americana de La Habana. Cuando Cuba y USA rompieron relaciones, el inmueble permaneció cerrado con todo adentro, hasta que en el ‘76 instalaron allí la Comisión Electoral Provincial; después el edificio pasó al Ministerio de Cultura y por fin los arquitectos Oliva y O’Reilly lo remodelaron para galería. O sea, que se trataba de una hermosa construcción recién restaurada por dos importantes arquitectos, refrigerada y con grandes perspectivas.
Por una parte, la instalación era diferente y nueva; por otra, la directora era joven, culta, profesional y ejecutiva. Parecía que todo iba a cambiar en mi vida. Y así fue hasta cierto punto; es decir, que cambió mucho, pero luego se pasmó.
Las especialistas se llamaban Glorita y Alba. La primera estaba casada con un documentalista llamado Renán; Alba –la segunda-, con el historiador Dupuy. Mi trabajo consistía en montar y desmontar las exposiciones transitorias y cuidar la permanente. No había escalera ni hilo de nylon. Yo arrastraba una mesa que pesaba toneladas a lo largo de los muros: para colgar me subía de un salto y utilizaba nylons empatados. Por primera vez en la vida recibía un salario por hacer algo relacionado conmigo. Estaba loco de contento y completamente enamorado del proyecto de la Galería Universal.
Janet Ortiz siempre ha tenido mucha iniciativa: en aquellos años tenía también la frescura de la juventud. Hizo estructurar un plan de exposiciones, hacer un boletín sobre artes plásticas, un Curso de Fotografía, un grupo de creación infantil, varias investigaciones, etc. La Galería era un pequeño volcán y, como las circunstancias me habían dado la oportunidad, se vio que yo era alguien diferente al conocido. Aparte de las exposiciones, me ocupé de las fotos, el emplane y algunos artículos para el boletín, también atendía un grupo de chiquillos y auxiliaba en el Curso de Fotografía –a veces había que repetirlo porque asistía mucho público. Asimismo, se organizó un concurso de Fotografía llamado Imagen de la Ciudad.
Lo malo es que se trabajaba en turnos alternos; es decir, una semana de mañana y la otra de tarde, hasta las 9.30 pm. Sin ánimo de denigrar, las licenciadas que ocupaban cargos de especialistas tenían poca cultura general y casi ninguna iniciativa –para ellas, “el sentido de una obra” era lo que el autor decía que quiso decir; si se me ocurría opinar que tal o cual obra era mala, se debía a que “mis vivencias personales” me lo hacían pensar, como una especie un “problema psicológico”. Pertenecían a esa legión de jovencitas licenciadas en los años ’70, cuyo ideal era no trabajar, sino ganar un salario por ser licenciadas. De eso hubo y hay muchísimo en Cuba: creen firmemente que se les debe no solamente un salario sino también crédito y consideración solamente por tener un diploma. Sucede que como para ocupar ciertos puestos es imprescindible un título universitario, ellas se consideran excepcionales. En realidad no hay que culparlas: SON excepcionales de acuerdo con la escala de valores fijada por el Estado cubano.
En honor a la verdad, Glorita cambió con el tiempo, asì como Alba, que se sosegó y hoy es una de mis amigas preferidas. En Glorita, el hecho de mudarse a otro país, trabajar en otras cosas y criar sus hijos la convirtió en otra persona.
Por supuesto que mi presencia advenediza junto a ellas en los Consejos de Dirección les hizo malísimo efecto. Por todo lo cual, cuando contrataron otra especialista – otra licenciada más, llamada Sirena-, se cerró alrededor de Janet un nudo mortal.
La tal Sirena era hábil como ella sola y mucho mejor que Janet en relaciones públicas. Al principio buscaron que me excluyeran de cualquier decisión, lo que lograron fácilmente pues J. cede ante cualquier presión que mezcle autoridad más jerarquía: no posee demasiado sentido de la fidelidad para sus amigos ya que está convencida de que es imprescindible manipular a los demás y de que es virtuosa en ello. Jamás lo confesará, pero en el fondo de su alma siente que no vale la pena meterse en un lío por un pecador como yo. Es su crianza puritana. Janet es buena persona; hace lo posible por convivir y considerar como igual a un gay. Pero en el fondo, repito, no puede. La admiro porque le ha consentido cosas muy indignas al marido para conservarlo. El amor es así.
Así y todo, no niego que Janet Ortiz es un alma extrañamente pura y una persona especialmente inteligente, a la que guardo profundo agradecimiento, aunque no ignoro que de no ser mediar iniciativa mía, hoy seguiría yo colgando cuadros.
Por una parte, la instalación era diferente y nueva; por otra, la directora era joven, culta, profesional y ejecutiva. Parecía que todo iba a cambiar en mi vida. Y así fue hasta cierto punto; es decir, que cambió mucho, pero luego se pasmó.
Las especialistas se llamaban Glorita y Alba. La primera estaba casada con un documentalista llamado Renán; Alba –la segunda-, con el historiador Dupuy. Mi trabajo consistía en montar y desmontar las exposiciones transitorias y cuidar la permanente. No había escalera ni hilo de nylon. Yo arrastraba una mesa que pesaba toneladas a lo largo de los muros: para colgar me subía de un salto y utilizaba nylons empatados. Por primera vez en la vida recibía un salario por hacer algo relacionado conmigo. Estaba loco de contento y completamente enamorado del proyecto de la Galería Universal.
Janet Ortiz siempre ha tenido mucha iniciativa: en aquellos años tenía también la frescura de la juventud. Hizo estructurar un plan de exposiciones, hacer un boletín sobre artes plásticas, un Curso de Fotografía, un grupo de creación infantil, varias investigaciones, etc. La Galería era un pequeño volcán y, como las circunstancias me habían dado la oportunidad, se vio que yo era alguien diferente al conocido. Aparte de las exposiciones, me ocupé de las fotos, el emplane y algunos artículos para el boletín, también atendía un grupo de chiquillos y auxiliaba en el Curso de Fotografía –a veces había que repetirlo porque asistía mucho público. Asimismo, se organizó un concurso de Fotografía llamado Imagen de la Ciudad.
Lo malo es que se trabajaba en turnos alternos; es decir, una semana de mañana y la otra de tarde, hasta las 9.30 pm. Sin ánimo de denigrar, las licenciadas que ocupaban cargos de especialistas tenían poca cultura general y casi ninguna iniciativa –para ellas, “el sentido de una obra” era lo que el autor decía que quiso decir; si se me ocurría opinar que tal o cual obra era mala, se debía a que “mis vivencias personales” me lo hacían pensar, como una especie un “problema psicológico”. Pertenecían a esa legión de jovencitas licenciadas en los años ’70, cuyo ideal era no trabajar, sino ganar un salario por ser licenciadas. De eso hubo y hay muchísimo en Cuba: creen firmemente que se les debe no solamente un salario sino también crédito y consideración solamente por tener un diploma. Sucede que como para ocupar ciertos puestos es imprescindible un título universitario, ellas se consideran excepcionales. En realidad no hay que culparlas: SON excepcionales de acuerdo con la escala de valores fijada por el Estado cubano.
En honor a la verdad, Glorita cambió con el tiempo, asì como Alba, que se sosegó y hoy es una de mis amigas preferidas. En Glorita, el hecho de mudarse a otro país, trabajar en otras cosas y criar sus hijos la convirtió en otra persona.
Por supuesto que mi presencia advenediza junto a ellas en los Consejos de Dirección les hizo malísimo efecto. Por todo lo cual, cuando contrataron otra especialista – otra licenciada más, llamada Sirena-, se cerró alrededor de Janet un nudo mortal.
La tal Sirena era hábil como ella sola y mucho mejor que Janet en relaciones públicas. Al principio buscaron que me excluyeran de cualquier decisión, lo que lograron fácilmente pues J. cede ante cualquier presión que mezcle autoridad más jerarquía: no posee demasiado sentido de la fidelidad para sus amigos ya que está convencida de que es imprescindible manipular a los demás y de que es virtuosa en ello. Jamás lo confesará, pero en el fondo de su alma siente que no vale la pena meterse en un lío por un pecador como yo. Es su crianza puritana. Janet es buena persona; hace lo posible por convivir y considerar como igual a un gay. Pero en el fondo, repito, no puede. La admiro porque le ha consentido cosas muy indignas al marido para conservarlo. El amor es así.
Así y todo, no niego que Janet Ortiz es un alma extrañamente pura y una persona especialmente inteligente, a la que guardo profundo agradecimiento, aunque no ignoro que de no ser mediar iniciativa mía, hoy seguiría yo colgando cuadros.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Meses después, a los dibujantes nos mudaron a la sede central de la empresa dueña del taller: era un salón limpio y bien iluminado, con ventanales hasta el piso y dos mesas de dibujo metálicas. En un barrio elegante. Nuestro jefe era un hombre que fue exguerrillero de Huber Matos; sabía bastante de Mecánica aunque era capaz de cualquier acción irritante e innecesaria. No servía para ese cargo.
Durante esos meses mucha gente obtenía permiso para fabricar su casa. Como debían presentar un plano, yo hacía un levantamiento de la construcción, delineaba el plano y me buscaba unos pesos. A veces pasaba largas madrugadas dibujando y oyendo radio. Era una emisora miamense que trasmitía en inglés: ahí me di cuenta de que ya comprendía ese idioma.
Más tarde nombraron un director de empresa, que hoy día vende un café malísimo y cigarros en el frente de su saca, que tenía la manía de vigilarme –o al menos yo sentía que me vigilaba-: si miraba por la ventana, me lo encontraba siempre espiando desde su despacho. A causa de Aníbal y del vigilante, comencé a no soportar la empresa.
Dos cuadras más debajo de mi trabajo, abrieron una galería de arte en lo que fue el consulado americano. Nombraron de directora a Janet Ortiz, a quien conocía como ex-compañera de Letras de Raúl Ibarra. Un día nos encontramos casualmente, me contó lo de la galería y le pedí trabajo. Me lo dio. Ya habían derogado los obstáculos para los traslados y me cambié sin problema.
Ya era fines de 1979. Cambiar fue importantísimo. A la Galería de Arte Universal, que debía su rimbombante nombre a que albergaba una serie de reproducciones de arte de todo el mundo –en realidad, europeo- adquiridas con la donación de los derechos de autor de Alejo Carpentier . El edificio había sido proyectado por la arquitecta Norma del Mazo en 1957 y fue una de las primeras construcciones racionalistas del entonces flamante barrio Ampliación de Terrazas. Encargado para consulado de los Estados Unidos, el edificio se inspiraba en la gran construcción de la embajada americana de La Habana. Cuando Cuba y USA rompieron relaciones, el inmueble permaneció cerrado con todo adentro, hasta que en el ‘76 instalaron allí la Comisión Electoral Provincial; después el edificio pasó al Ministerio de Cultura y por fin los arquitectos Oliva y O’Reilly lo remodelaron para galería. O sea, que se trataba de una hermosa construcción recién restaurada por dos importantes arquitectos, refrigerada y con grandes perspectivas.
Por una parte, la instalación era diferente y nueva; por otra, la directora era joven, culta, profesional y ejecutiva. Y muy entusiasmada!
Parecía que todo iba a cambiar en mi vida. Y así fue hasta cierto punto; es decir, que cambió mucho, pero luego se pasmó.
martes, 14 de agosto de 2012
Y vuelvo a Santiago. La madre de Ibarra enfermó gravemente. Un accidente cerebral la dejó inválida. Como Raúl no podía salir y las visitas entretenían a la enferma y al hijo, las noches de sábado transcurrían agradablemente. Ibarra sufrió mucho el encierro: además de escribir, tenía que hacer todo lo de la casa –en esa época era casi imposible encontrar una auxiliar -, ir al mercado y atender a la madre desde los medicamentos y el baño. Tuvo poca ayuda. Yo solamente iba a conversar y beber, por lo que es fácil entender que no le fui de utilidad. Recuerdo que no paraba de autocompadecerme y protestar por el atropello que sufría. De mi al menos no recibió ayuda. Imagino que muchas otras cosas acabaron por lastimar su carácter, que se volvió hosco. Como ven, en todo hay tantas causas que no nos corresponde juzgar.
Encontré una empresa dispuesta a contratarme como dibujante: más salario y mucho mejores condiciones de trabajo. En aquel tiempo, pasarse de un empleo a otro era complicado y se necesitaba varias autorizaciones –había que decir por qué lo hacías y dónde trabajarías. Después de tener la oferta por escrito, debías entrevistarse con tu Jefe de Personal de tu empresa originaria para explicarle tu intención y que la autorizara con su firma. Cuando lo hice, me ofreció ese mismo empleo, con aumento de sueldo y mejores condiciones. Así no me cambiaría de empresa, sino de puesto dentro de la misma.
Primero fui dibujante de taller. Parecido a un médico de guardia. Si de pronto se rompe un eje, un buje, un engrane, debes hacer el croquis con todos los detalles necesarios para que el tornero o fresador lo fabriquen al momento con el material, tolerancias y terminaciones adecuadas. Debes saber lo que haces: hay errores y errores. Ningún operario perdona el disparate. Al comienzo es engorroso, pero después ya sabes cuáles son las piezas más sensibles y has guardado los mejores croquis para reutilizarlos. Te vuelves un gurú.
Por supuesto que era muy distinto a la bloquera: ganaba más, era más importante, el taller tenía transporte propio y comedor. También quedaba en Los Guaos y el ambiente era poderosamente politizado y homofóbico. Un mundo opaco, ordenado y tradicional pero palpitante y cálido: casi todos los operarios tenían un diploma, mujer e hijos. Mi compañero de gabinete se llamaba Landa, un joven delgado y taciturno pero amable. Estudiaba ingeniería de noche y, aparte de la esposa, tenía una amante más vieja: a veces esa señora iba a verlo al taller. Él me contaba que la amante sólo exigía respeto: imagino que ella le daría dinero y él no querría confesarlo.
Ya era 1976 y se constituyó el Ministerio de Educación Superior, para la enseñanza universitaria. Fue entonces que tuve la idea de poner una reclamación por las expulsiones anteriores. Lo hice. Contestó a mi escrito el abogado del Ministerio. El proceso llevó como dos años. Como se tomaban su tiempo, varias veces escribí y me presenté en la oficina del Ministerio. Por fin recibí un telegrama de que el resultado estaba ya en manos de la Universidad de Oriente. Pargas ya no trabajaba en la Secretaría y me informaron oralmente que, aunque la expulsión de Letras se mantenía, me permitían acabar Arquitectura, en cursos nocturnos -eso sí. Nunca me dieron la conclusión por escrito aunque la reclamé.
Era un resultado parcial, que en términos jurídicos equivalía a una victoria. Los orientales no estaban conformes con el fallo, pero tampoco lo podían desacatar. Se negaron a entregarme la constancia y, sabiéndose en baja, fueron hasta mi taller para que el núcleo del Partido me negara su aval. La Universidad de Oriente no podía negarse a tenerme de alumno, pero mi centro de trabajo sí impedirme matricular, rehusándome su aval. Cuando protesté, mis jefes del taller se comprometieron a no hacer lo mismo el próximo curso, si yo mantenía mi “buena actitud”. Así perdí otro año más. La autora de la “diligencia” fue una profesora de marxismo llamada Alisa, como la esposa de André Gide: ella estudió Ciencias Políticas en La Habana y vivía en 3ra y F, el mismo albergue de becados que yo. Al siguiente curso, el taller no volvió a negarse.
Era el curso nocturno de cuarto año de Arquitectura y habían ocurrido varios cambios en el curriculum; es decir, que debía cursar asignaturas supuestamente ya aprobadas –pero que antes se estudiaban en otro momento de la carrera. Me puse al día con algún esfuerzo. El ambiente de rechazo por parte de los funcionarios y una especie de “terror” generalizado hacia ni persona me decepcionó. Qué malos perdedores. Era la manera que tenían las autoridades de la U.O. de desconocer que habían pifiado. Cuando terminé el semestre y aprobé los exámenes, pedí la baja. Por una vez no salí expulsado.
Encontré una empresa dispuesta a contratarme como dibujante: más salario y mucho mejores condiciones de trabajo. En aquel tiempo, pasarse de un empleo a otro era complicado y se necesitaba varias autorizaciones –había que decir por qué lo hacías y dónde trabajarías. Después de tener la oferta por escrito, debías entrevistarse con tu Jefe de Personal de tu empresa originaria para explicarle tu intención y que la autorizara con su firma. Cuando lo hice, me ofreció ese mismo empleo, con aumento de sueldo y mejores condiciones. Así no me cambiaría de empresa, sino de puesto dentro de la misma.
Primero fui dibujante de taller. Parecido a un médico de guardia. Si de pronto se rompe un eje, un buje, un engrane, debes hacer el croquis con todos los detalles necesarios para que el tornero o fresador lo fabriquen al momento con el material, tolerancias y terminaciones adecuadas. Debes saber lo que haces: hay errores y errores. Ningún operario perdona el disparate. Al comienzo es engorroso, pero después ya sabes cuáles son las piezas más sensibles y has guardado los mejores croquis para reutilizarlos. Te vuelves un gurú.
Por supuesto que era muy distinto a la bloquera: ganaba más, era más importante, el taller tenía transporte propio y comedor. También quedaba en Los Guaos y el ambiente era poderosamente politizado y homofóbico. Un mundo opaco, ordenado y tradicional pero palpitante y cálido: casi todos los operarios tenían un diploma, mujer e hijos. Mi compañero de gabinete se llamaba Landa, un joven delgado y taciturno pero amable. Estudiaba ingeniería de noche y, aparte de la esposa, tenía una amante más vieja: a veces esa señora iba a verlo al taller. Él me contaba que la amante sólo exigía respeto: imagino que ella le daría dinero y él no querría confesarlo.
Ya era 1976 y se constituyó el Ministerio de Educación Superior, para la enseñanza universitaria. Fue entonces que tuve la idea de poner una reclamación por las expulsiones anteriores. Lo hice. Contestó a mi escrito el abogado del Ministerio. El proceso llevó como dos años. Como se tomaban su tiempo, varias veces escribí y me presenté en la oficina del Ministerio. Por fin recibí un telegrama de que el resultado estaba ya en manos de la Universidad de Oriente. Pargas ya no trabajaba en la Secretaría y me informaron oralmente que, aunque la expulsión de Letras se mantenía, me permitían acabar Arquitectura, en cursos nocturnos -eso sí. Nunca me dieron la conclusión por escrito aunque la reclamé.
Era un resultado parcial, que en términos jurídicos equivalía a una victoria. Los orientales no estaban conformes con el fallo, pero tampoco lo podían desacatar. Se negaron a entregarme la constancia y, sabiéndose en baja, fueron hasta mi taller para que el núcleo del Partido me negara su aval. La Universidad de Oriente no podía negarse a tenerme de alumno, pero mi centro de trabajo sí impedirme matricular, rehusándome su aval. Cuando protesté, mis jefes del taller se comprometieron a no hacer lo mismo el próximo curso, si yo mantenía mi “buena actitud”. Así perdí otro año más. La autora de la “diligencia” fue una profesora de marxismo llamada Alisa, como la esposa de André Gide: ella estudió Ciencias Políticas en La Habana y vivía en 3ra y F, el mismo albergue de becados que yo. Al siguiente curso, el taller no volvió a negarse.
Era el curso nocturno de cuarto año de Arquitectura y habían ocurrido varios cambios en el curriculum; es decir, que debía cursar asignaturas supuestamente ya aprobadas –pero que antes se estudiaban en otro momento de la carrera. Me puse al día con algún esfuerzo. El ambiente de rechazo por parte de los funcionarios y una especie de “terror” generalizado hacia ni persona me decepcionó. Qué malos perdedores. Era la manera que tenían las autoridades de la U.O. de desconocer que habían pifiado. Cuando terminé el semestre y aprobé los exámenes, pedí la baja. Por una vez no salí expulsado.
lunes, 13 de agosto de 2012
En los años ’70 la mayoría de mis mejores amigos eran camagüeyanos.
A continuación voy a relatar una de las sorpresas más sobrecogedoras y hermosas que viví en Camagüey. A lo mejor mis amigos le pusieron un nombre. Yo nunca lo supe, y si lo supe no me acuerdo. Ocurría en casa de Elio Poblador, Heliotropo, como lo llamaban mis amigos. Su casa quedaba en la calle San Clemente, poco antes de entrar a San Juan de Dios. Era una típica casa colonial camagüeyana. Me fascinaba: nunca –salvo en mi propia vivienda- he visto tan justamente expresadas las ideas de cordialidad, confort, alegría y esa mezcla de etiqueta y llaneza que constituye una de las mejores cualidades, cada vez más perdida, del cubano. Si alguien ha visto las fachadas camagüeyanas que hay en el libro El Pre Barroco en Cuba, del Profesor Prat-Puig, ya sabe cómo era la casa de Elio. Con arcos carpaneles en puertas y ventanas y remate de fachada con pequeños pie-de-amigos, como es tan frecuente en la vivienda principeña de los siglos XVIII y XIX. Y un gran patio central lleno de fresco, verdor y tinajones de barro hundidos casi hasta su cuello en tres de las cuatro esquinas. Un patio donde el fresco podía batir, donde daba deseos de pasarse la vida.
Elio era joven, alto, blanco, de cara redonda. Evidentemente había nacido y crecido en esa casa: estaba como soldado a ella, era como ella. Por supuesto que resultaba sumamente agradable. Con Elio no creo haber pasado por esa suerte de aduana, esos “tientos y diferencias”, que son los primeros tiempos de la amistad: sin haber llegado a ser jamás lo que se dice “un íntimo”, desde el primer momento me profesó una cordialidad cálida que hoy día es lo que mejor conservo de su imagen.
La casa de Elio era un sitio de reunión. Además de los Carlos, Niki y David, iban C. Alonso y unos adolescentes conocidos como los Bíquer, por aquello de Yes, but be carefull. De verdad no recuerdo ni sus nombres ni sus rostros: solamente quizá de uno de ellos, blanco, de baja estatura, cejas gruesas, ceño fruncido y bastante desaliñado. Los Bíquer eran algo así como unos invitados: habituales e invitados a la vez. Se jugaba dominó. Como 2 mesas. Mis amigos celebraban “tenidas” teatrales. He visto buena parte del teatro cubano de los años ’60. Estuve en el estreno de La noche de los Asesinos; en varios montajes y estrenos del Guiñol Nacional de Cuba –me fascina el teatro de muñecos-; en una de las primeras funciones de Dos Viejos Pánicos, en diez de Peer Gynt; el propio Virgilio Piñera me leyó en su pequeño apartamento La Caja de Zapatos Vacía, mi amigo Roger Salas diseñó la escenografía para El Amante de Harold Pinter–se la consideró una puesta en escena histórica-; ví a María Casares interpretando El Cantar de los Cantares junto al Ballet del Siglo XX; yo mismo fui actor en una obra llamada Viet Nam por Ejemplo, de Víctor Casaus, con música de Silvio Rodríguez, montada por el grupo de aficionados de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana en 1968 y uno de mis primeros textos publicados –en 1967- fue una crítica sobre las puestas de Ciugrena de Alfonso Sastre y la ya citada El Amante. Me gusta la escena.
Por eso las tenidas teatrales en la casa camagüeyana de Elio Poblador fueron algo estremecedor para mi, absolutamente importante y desconocido. Si de algo quedaron cerca las “tenidas” fue del último teatro de Piñera.
Recuerdo tres: una que Nikitín representaba en el cuatro de Elio. Era un largo monólogo en el cual encarnaba a la telefonista del Partido Comunista en la provincia. Hablaba de cualquier cosa con cualquier tipo de personas: desde gobernantes hasta amigotas, amantes, familiares, conocidos que le pedían un favor, espiritistas ante los que desnudaba su alma, profesionales a los que demandaba un favor. La telefonista se embarazaba, le crecía el vientre, daba a la luz y moría.
El segundo era un Nacimiento. Elio hacía de Virgen María –con un manto blanco que le ceñía el rostro-, Niki, de San José –con un paraguas negro y unas gafas azules-, el Niño era un muñeco de trapo, David Lago era luminotécnico y efectista. El texto decía algo como:
José: Noche de paz, noche de amor.
Virgen: Todo duerme en derredor…
Efecto: Golpeteo sobre una especie de redondel de hojalata. Un bombillo enciende y apaga rápidamente.
José: ¡Escucha! Viene una tormenta.
Virgen: José ¿no sientes unas gotas?
Virgen: ¡Santo Cielo! ¡Huyamos! ¡Dejemos abandonada a la Criatura!
El tercero se llamaba algo así como Las Horribles. Representado por Elio y Nikitín (por eso decía Niki que Elio era su co-star). Dos duquesas rusas, cuando la Revolución de Octubre, salen huyendo y abandonan sus palacios, sólo que en vez de hacerlo hacia Occidente lo hacen hacia Oriente. En vez de llegar a París, lo hacen a Siberia y tiritan de frío sentadas en unas rocas de espaldas al público. Conversan y se cuentan su historia y desgracias. Una de ellas dice: Nadie nos ayuda porque somos Las Horribles. Vuelven su rostro hacia los espectadores y sonríen exageradamente mostrando una dentadura asquerosamente podrida, en realidad pintada con violeta genciana. Fin del diálogo.
También había un monólogo que recitaba Elio en su habitación, frente a la foto de un roquero desnudo envuelto en una boa constrictora. Elio encarna el personaje de un niño pionero que va a entrar a clase. Su texto es el recitativo sobre un Ché Guevara que los escolares cubanos decían todos los días antes de entrar a la escuela. Al final se oye un coro de voces que declara ¡Ché, comandante, amigo!. Todo se oscurece y Elio exclama señalando la foto: ¡Yo quiero ser como el!
Es lo más desacralizador, heterodoxo y sacrílego que me ha tocado ver y oír en mi vida. Como teatro, aún lo considero genial.
A continuación voy a relatar una de las sorpresas más sobrecogedoras y hermosas que viví en Camagüey. A lo mejor mis amigos le pusieron un nombre. Yo nunca lo supe, y si lo supe no me acuerdo. Ocurría en casa de Elio Poblador, Heliotropo, como lo llamaban mis amigos. Su casa quedaba en la calle San Clemente, poco antes de entrar a San Juan de Dios. Era una típica casa colonial camagüeyana. Me fascinaba: nunca –salvo en mi propia vivienda- he visto tan justamente expresadas las ideas de cordialidad, confort, alegría y esa mezcla de etiqueta y llaneza que constituye una de las mejores cualidades, cada vez más perdida, del cubano. Si alguien ha visto las fachadas camagüeyanas que hay en el libro El Pre Barroco en Cuba, del Profesor Prat-Puig, ya sabe cómo era la casa de Elio. Con arcos carpaneles en puertas y ventanas y remate de fachada con pequeños pie-de-amigos, como es tan frecuente en la vivienda principeña de los siglos XVIII y XIX. Y un gran patio central lleno de fresco, verdor y tinajones de barro hundidos casi hasta su cuello en tres de las cuatro esquinas. Un patio donde el fresco podía batir, donde daba deseos de pasarse la vida.
Elio era joven, alto, blanco, de cara redonda. Evidentemente había nacido y crecido en esa casa: estaba como soldado a ella, era como ella. Por supuesto que resultaba sumamente agradable. Con Elio no creo haber pasado por esa suerte de aduana, esos “tientos y diferencias”, que son los primeros tiempos de la amistad: sin haber llegado a ser jamás lo que se dice “un íntimo”, desde el primer momento me profesó una cordialidad cálida que hoy día es lo que mejor conservo de su imagen.
La casa de Elio era un sitio de reunión. Además de los Carlos, Niki y David, iban C. Alonso y unos adolescentes conocidos como los Bíquer, por aquello de Yes, but be carefull. De verdad no recuerdo ni sus nombres ni sus rostros: solamente quizá de uno de ellos, blanco, de baja estatura, cejas gruesas, ceño fruncido y bastante desaliñado. Los Bíquer eran algo así como unos invitados: habituales e invitados a la vez. Se jugaba dominó. Como 2 mesas. Mis amigos celebraban “tenidas” teatrales. He visto buena parte del teatro cubano de los años ’60. Estuve en el estreno de La noche de los Asesinos; en varios montajes y estrenos del Guiñol Nacional de Cuba –me fascina el teatro de muñecos-; en una de las primeras funciones de Dos Viejos Pánicos, en diez de Peer Gynt; el propio Virgilio Piñera me leyó en su pequeño apartamento La Caja de Zapatos Vacía, mi amigo Roger Salas diseñó la escenografía para El Amante de Harold Pinter–se la consideró una puesta en escena histórica-; ví a María Casares interpretando El Cantar de los Cantares junto al Ballet del Siglo XX; yo mismo fui actor en una obra llamada Viet Nam por Ejemplo, de Víctor Casaus, con música de Silvio Rodríguez, montada por el grupo de aficionados de la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana en 1968 y uno de mis primeros textos publicados –en 1967- fue una crítica sobre las puestas de Ciugrena de Alfonso Sastre y la ya citada El Amante. Me gusta la escena.
Por eso las tenidas teatrales en la casa camagüeyana de Elio Poblador fueron algo estremecedor para mi, absolutamente importante y desconocido. Si de algo quedaron cerca las “tenidas” fue del último teatro de Piñera.
Recuerdo tres: una que Nikitín representaba en el cuatro de Elio. Era un largo monólogo en el cual encarnaba a la telefonista del Partido Comunista en la provincia. Hablaba de cualquier cosa con cualquier tipo de personas: desde gobernantes hasta amigotas, amantes, familiares, conocidos que le pedían un favor, espiritistas ante los que desnudaba su alma, profesionales a los que demandaba un favor. La telefonista se embarazaba, le crecía el vientre, daba a la luz y moría.
El segundo era un Nacimiento. Elio hacía de Virgen María –con un manto blanco que le ceñía el rostro-, Niki, de San José –con un paraguas negro y unas gafas azules-, el Niño era un muñeco de trapo, David Lago era luminotécnico y efectista. El texto decía algo como:
José: Noche de paz, noche de amor.
Virgen: Todo duerme en derredor…
Efecto: Golpeteo sobre una especie de redondel de hojalata. Un bombillo enciende y apaga rápidamente.
José: ¡Escucha! Viene una tormenta.
Virgen: José ¿no sientes unas gotas?
Virgen: ¡Santo Cielo! ¡Huyamos! ¡Dejemos abandonada a la Criatura!
El tercero se llamaba algo así como Las Horribles. Representado por Elio y Nikitín (por eso decía Niki que Elio era su co-star). Dos duquesas rusas, cuando la Revolución de Octubre, salen huyendo y abandonan sus palacios, sólo que en vez de hacerlo hacia Occidente lo hacen hacia Oriente. En vez de llegar a París, lo hacen a Siberia y tiritan de frío sentadas en unas rocas de espaldas al público. Conversan y se cuentan su historia y desgracias. Una de ellas dice: Nadie nos ayuda porque somos Las Horribles. Vuelven su rostro hacia los espectadores y sonríen exageradamente mostrando una dentadura asquerosamente podrida, en realidad pintada con violeta genciana. Fin del diálogo.
También había un monólogo que recitaba Elio en su habitación, frente a la foto de un roquero desnudo envuelto en una boa constrictora. Elio encarna el personaje de un niño pionero que va a entrar a clase. Su texto es el recitativo sobre un Ché Guevara que los escolares cubanos decían todos los días antes de entrar a la escuela. Al final se oye un coro de voces que declara ¡Ché, comandante, amigo!. Todo se oscurece y Elio exclama señalando la foto: ¡Yo quiero ser como el!
Es lo más desacralizador, heterodoxo y sacrílego que me ha tocado ver y oír en mi vida. Como teatro, aún lo considero genial.
viernes, 10 de agosto de 2012
Comencé a construir en mi ciudad una imitación de lo que ya había vivido en La Habana. Rancho Club es un sitio nocturno de los años ’40 desde cuya terraza puede verse toda mi ciudad: la cocina del Rancho es célebre. Allí me iba los sábados por la noche; es hermoso y no queda lejos de casa. Con diez pesos podía pasar una noche agradable. Verdad que ganaba poco, pero para aquellos años de precios bajos y sin muchas responsabilidades, me alcanzaba.
Luisón el de la bloquera se hizo novio de Mañiño Ruiz, el biólogo. Formaban una pareja rara en la que yo actuaba como una especie de facilitador del diálogo; en correspondencia, ellos me garantizaban el cabaret del sábado. Mañiño era un muchacho frágil y complicado, que necesitaba conversar mucho. También era inteligente, pero el amor acaba con todo. A veces me lo encontraba en el Parque Céspedes: él insistía en hablar mientras paseábamos. Hablaba tan bajito que no lo oía bien y le pedía que alzara la voz pues era de esas personas que tan pronto gritan, como susurran. Una noche me contaba algo que terminaba con las palabras porque soy homosexual. Se hizo un silencio súbito, todo se oyó en aquel escandaloso espacio urbasno y el relato trunco resonó como un takel, mane, fares: todo el mundo volvió la cabeza. Varios ancianos sentados en bancos quedaron lívidos. Mañiño trató de aparentar naturalidad.
A veces los de la bloquera nos encontrábamos por la calle. Sumidos en un laboreo tan depresivo y polvoriento, éramos los más alegres, elegantes y con swing. Nos gustaban los bancos del Bulevar. Haroldo -el que le celebró el cumpleaños a Alexis- bajaba al parque con su figura leve y empolvada haciéndose seguir de Estrada, un chico angélico de ojos castaños al que yo conocía de vista desde la Catedral. En aquella época los maricones de la ciudad gustaban de exhibir a sus amantes: las locas competían a ver quién tenía el jebo más bonito y mejor vestido. Estrada rankeaba en la cima. Hablaba y bromeaba con todo el mundo, menos conmigo. Aquello me extrañaba muchísimo porque, además de simpático, es un chico del que emana mucha fuerza. Por su parte, Haroldo era –y es, que no se ha muerto- un manantial inagotable de historias y expresiones gays. Una noche, ya tarde, yo estaba solo en el Parque Céspedes y Estrada pasaba por la acera de la galería Oriente. Me pareció que hizo un gesto y lo miré con intención. Sí, hizo un gesto. Lo seguí hasta el bar que estaba al doblar. Nos bebimos dos tragos.
miércoles, 8 de agosto de 2012
EN LAS SEMANAS SIGUIENTES ME DEDIQUÉ OTRA VEZ A BUSCAR TRABAJO. Como venía de estudiar Arquitectura y años atrás me había graduado en la academia de dibujo del edificio Botta –el mismo que quemaron en 1964, el del Teatro Aguilera - me ofrecí como dibujante. En una empresa de ingeniería no me quisieron y en los demás sitios tampoco. Por fin hallé un “organismo” llamado Materiales de Construcción con una pequeña fábrica de bloques de hormigón. Me contrataron para llevar la vinculación, que es una modalidad de pago a los operarios que no solamente depende de tiempo y salario del puesto, sino también de la tarea realizada; como es lógico, no todos ganan lo mismo y es evidente que hacen falta controles individuales para calcular el salario. Aquí entré yo.
Más que fábrica, aquello era un cobertizo con tres máquinas antiguas, dos mezcladoras, dos montacargas y una explanada para apilar en anchos murallones los bloques listos. Las rastras y los camiones entraban a comprar bajo un sol santiaguero de candela.
La bloquera compartía su ubicación con dos fábricas pequeñas más: una de tubos de alcantarillado y otra de losas hidráulicas para piso –de las que en Cuba llamamos mosaicos. Como a trescientos metros había otra bastante moderna, de baldosas de granito. La razón de reunirlas es que existe una cantera muy cerca. Los cerros que encierran a Santiago hacia el oeste son de una piedra gris verdosa muy buena para la construcción. La pequeña comarca se llama Los Guaos y queda sobre el Camino Viejo de El Cobre que es el que se utilizaba para salir de Santiago de Cuba hacia occidente antes de construirse la Carretera Central. No llegaban las guaguas: uno se bajaba en la última parada –Marimón- caminaba unos metros y hacía señas a los camiones que iban hacia la cantera, hasta que uno de ellos paraba. En pocos minutos estabas en Los Guaos. No resulta lejos, y claro, yo era joven, pero el sol, las lomas y el polvo hacen penoso el trayecto. Para regresar era el mismo ritual a la inversa: pedir por señas. Desde Los Guaos no se ve la ciudad, que queda detrás de un cerrito; sin embargo hay un arroyo, grandes árboles de mango y mucha brisa. A pesar del polvo, el ambiente de Los Guaos auspicia lo sensual.
En la bloquera ya había un muchacho que se encargaba de la vinculación, pero lo llamó el Servicio Militar y era imposible dejar sin cobro a la gente. Diego, se llamaba. Era un mulatico espigado muy pulido y abiertamente gay. El otro empleado era Luisón, bajito, trabado, con su cara ancha, gafas de armadura gruesa y enormes bigotes. Era como el centro de gravedad. Se dedicaba a contar la producción, calcular los insumos, hacer los vales de venta y llevar la asistencia. En realidad él me daba los datos para hacer mi trabajo. Por eso actuaba como jefe, pero como era tan chistoso y sentimental, a nadie le molestaba. El administrador era un mulato grande, mucho mayor que nosotros, constructor veterano y con una filosofía práctica cuyo primer postulado era confiar ciegamente en nosotros a la vez que nos mantenía apartados de cualquier decisión que considerara importante. Los días que le faltaban a Diego, los dedicó a aleccionarme sobre cómo hacer mi trabajo con la menor cantidad de esfuerzo, hasta qué punto mantener a raya a los varones, etc. Hablaba en clave con los choferes, se deslizaba entre las maquinarias sin ensuciarse, le pedía la bendición al anciano que regaba los bloques hechos, cruzaba miradas y sonrisas con los del montacargas, en fin. Tú nunca serás como yo; ahora bien, con la suerte de impunidad que engendran los empleos tan remotos y poco deseados, tampoco tendrás problemas –era su mensaje.
La bloquera era otra dimensión que bullía de gente sin prejuicios. Eso decían Luisón y Diego, aunque lo cierto es que también abundaban los desdentados, rotosos, borrachos y locos. Parecía un penal: los hombres se galanteaban o caían a palos unos a otros. En realidad lo que se respiraba era pura contravención. En una ocasión un mosaísta (operario de la fábrica de mosaicos) se burló de otro y por ello murió de un machetazo. Maricones viejos había varios, con su mezcla de tosquedad, coquetería y desengaño.
En realidad, aquello en sí no me dolía, aunque íntimamente me daba cuenta de que el tiempo pasaba y los que estuvieron conmigo en Letras me iban dejando atrás. Yo gastaba mi juventud en aquel tarantín semicarcelario a las puertas de Santiago de Cuba, mientras, por mediocres que hayan sido, los demás hacían postgrados, obtenían títulos, trabajaban en lo que amaban y hasta viajaban al extranjero.
En aquella época ganaba ciento dieciocho pesos. Cuando se hizo evidente que yo era yo -inteligente pero sin habilidades callejeras- me sentí más aliviado: ya se sabía qué esperar.
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