miércoles, 21 de diciembre de 2011

Abigail era una mujer simpática pero completamente impredecible: lo mismo se deshacía en cariños que te insultaba a toda voz. Su “amigo” era un señor de edad apellidado Angulo, al que trataba tiránicamente. Al menos, esa era mi impresión. Tenían un par de perros spitz blancos como la nieve, Mota y King.  Abi era fanática de los perros y construyó un panteón  para cuando murieran -¿dónde quedaría el cementerio canino de La Habana?-, lo cual ocurrió no mucho después. Su casita no era grande, pero estaba sobrecargada de bibelots, fotos, cuadritos y una estufa de mentiras con un bombillo rojo en el sitio del fuego. Entre los perros, los adornos y las discusiones con Angulo, era un ambiente cualquier cosa menos sosegado, pero que me encantaba. La historia personal de Abigail es apasionante, pero como se supone que la estrella de este texto sea yo, tenemos que dejarla para otra ocasión. Nada, que cuando Mota tuvo perritos, mi madre cargó con un cachorro dentro de un cajón y le sacó pasaje Habana-Santiago. Se llamó Motica y la quise mucho.

martes, 20 de diciembre de 2011



Mi tía Abigaíl vivía en la calle Hornos, que va a dar muy cerca del Torreón de San Lázaro. Era invierno y el carnaval habanero caía por esos días. Una noche me llevaron a ver las carrozas.

El carnaval de La Habana es un espectáculo, no como el de Santiago, donde la gente se involucra más. Además, son dos estaciones: La Habana, en invierno y Santiago en la candela de julio. Me gustó mucho porque tenía fuegos artificiales y había una carroza con escobas –símbolo de la ortodoxia,  para barrer la corrupción- y el lema “chibasista” Vergüenza contra dinero. En Cuba siempre se ha hecho propaganda política en cualquier oportunidad. Me dieron por la vena del gusto.

lunes, 19 de diciembre de 2011


Tuve un perro enorme llamado Lobo, manso y consentidor como él solo. Lo mismo me montaba en su lomo que me dejaba halarle los pelos. Jamás gruñó ni mordió: pero mis padres determinaron que representaba un peligro  y lo regalaron. Precisamente al agente de los Expresos Unidos de Cuba en Contramaestre, por donde pasaba la Carretera Central.
Aquí debo mezclar dos relatos, el de Lobo y el de mis frecuentes viajes a La Habana en compañía de mi madre Yo tenía la ilusión de que el ómnibus que iba  a La Habana se detendría en esa ciudad y entonces yo aprovecharía para visitar a mi querido Lobo. Cuando el Santiago-Habana pasó por Contramaestre, jamás paró, pero minutos después atravesó Baire. Donde comenzó la Guerra de Independencia, etcétera. Y como mi admiración por Chibás había encendido en mi un registro discursero, empecé a echar una arenga patriótica sobre el Grito de Baire. En la guagua se hizo un silencio sepulcral –a todo el mundo le hizo gracia- . Hablé el tiempo que me dio la gana. Yo estaba concentrado en mi mundo de patriotas, caballos y sables desnudos: cuando acabé me aplaudieron a rabiar. Me dio tanta vergüenza que me ovillé en el regazo de mi madre y me dormí. Paramos en Holguín a cenar: recuerdo que era un hotel con mamparas de cristal nevado, patio y un gato criollo, barcino.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Yo estaba loco por que mi hermana Virginia “se pusiera bien”; es decir, tenía una fe ciega en que eso –la anormalidad- podía curarse: que no hubiésemos tenido suerte hasta la fecha era otra cosa, pero debía existir un medio.  Por aquel entonces había un personaje que hacía curas milagrosas por radio: Clavelito, el de pon tu pensamiento en mi.... Tenía una especie de programa guajiro; se colocaba un vaso con agua sobre el receptor, se escuchaba todo atentamente, se cantaba la canción y el enfermo se zumbaba el vaso completico. Every day entre las diez y las once prendía el radiorreceptor blanco de Virginia –a ella le fascina la radio: música alta y cambiar de estaciones a cada rato-, ponía un vaso descomunal lleno hasta el borde, hacía lo recomendado y le daba el agua clavelada. Virginia se la bebía de un solo trago y sin respirar. Una tía mía muy creyente llevó a Virginia a un curandero de la Sierra Maestra llamado Tano: ni Clavelito ni Tano la curaron. Muchos años después vi unas fotos del templo de Tano, recogidas por un médico que  trabajaba en esa zona. Era el típico guajiro blanco, flaco, de sombrero y cinturón ancho. Su templo bajo los árboles era una barraca de yaguas, de cuyas paredes colgaban estampas de santos y letreros piadosos: una muchedumbre de afligidos lo llenaba. 

miércoles, 14 de diciembre de 2011




Allá por 1950 el ídolo de Cuba se llamaba Eduardo R. Chibás. Ni cantante, ni actor, ni pelotero ni boxeador: político decente. En casa no se perdían uno solo de sus programas radiales del domingo por la noche. Una vez estuvo en mi barrio. A la entrada de casa de los Gallart se reunió una turba que rodeaba al político de gafas, cara rosada y traje blanco. Yo era pequeño, pero ya fanático de  La Voz del Pueblo Cubano –así le llamaban- y de su programa radial. Me escurrí entre las piernas del gentío y llegué a él, a quien dije no sé qué y él me pasó la mano por la cabeza. Poco tiempo después se disparó a sí mismo y murió al cabo de unos días. Mi padre fue hasta La Habana al entierro junto a otro vecino de apellido Serna. Por poco se matan por la carretera, pues se salieron de la vía y chocaron contra una alcantarilla, pero no llegaron a volcarse.

Mi familia por parte de madre vivía casi toda en Cuabitas y era la que más influencia ejercía sobre mi. Éramos muchos y yo los amaba con locura. Entre la emigración que propició el cambio de sistema después de 1959 y la vida, que acaba con todo poco a poco con todo, de esa tropa quedan, en los Estados Unidos, mis primas Berthica, Marcia, Silvia, y Danilo,   la hija casada de Nicolás Oliva y aquí, Xiomarita, Nemesio e Ignacio (Nacho) Oliva, mi prima Hortensia -hija de Mario Peña con mi tía Graciela Oliva-, Nicolasito Oliva , hijo de mi tío Nicolás que no se fue con su hermana y yo. Mi primo Jorge Peña Oliva falleció en un accidente de tránsito hace años y en Cuabitas queda su hijo Jorgito, que ha formado una hermosa familia y construido una casa, a su decir sólo con su salario, también hermosa. Mi hermana Virginia falleció el mes pasado
Recuerdo cómo fallecieron mis primos Roberto, María Emilia, Angelito; mi tíos Eloína,  María, Ignacio, Graciela. Mi madre, mi hermana Virginia. De mis tías sólo queda viva mi tía Bertha, que tiene más de 95 años. En fin, que unos se han regado por el mundo y hecho sus vidas, otros se han quedado en Cuba y hecho también sus vidas, y otros han muerto.
A la mayoría de mis primos nacidos fuera de Cuba, no los conozco –ni creo que los llegue a conocer jamás- Como comprendo que los que se fueron tampoco pueden conocer a los nacidos acá. Pero todos somos familia. Todos compartimos la misma sangre. Me sorprende cuando veo las fotos, cuánto se parecen las hijas de Berthica a los retratos de cuando mis tías eran jóvenes, y mi primo David al Nicolás Oliva joven.. Emilita y Nicolasito Oliva son exactos a todo ese montón de olivas: solemnes, achinados, de pómulos pronunciados y de pelo orcuro y levantado. Dicen que yo me parezco mucho a mi padre, cosa que yo no creo: Pichi Desquirón era un hombre despejado y apuesto. Yo soy lo contrario. En resolución, de cerca o de menos cerca, todos somos Oliva, nos guste o no

martes, 13 de diciembre de 2011


Yo no sé a dónde fue a parar Juanita, el caso es después trabajó por años en una tienda de víveres muy conocida que se llama La Molienda. Una vez me la encontré en una guagua y me hice el bobo, pero por la forma en que ella me miró sé que me conoció. Con el tiempo se jubiló y ahora vive en una playa.

Luz siguió casada con Dubois, pero éste empezó a sentirse muy mal y lo conversó con Tranquilino, que le aconsejó coger una muestra del café con leche del desayuno. Como Tranquilino tenía muchos amigos en la Policía, no le fue difícil hacerla analizar. Encontró que tenía arsénico. Luz estaba matando a Dubois poco a poco. Él se la llevó aparte y le dijo: Fíjate, yo sé que tú me estás matando pero no quiero escándalos. Así que recoge lo tuyo y sal de aquí ahora mismo. Y eso mismo hizo. Ella, que llegó con un maletín,  una muda de ropa y una jeringuilla, sacó siete camiones de tarecos. Contaba mi madre que Dubois se paró en la portería de atrás a mirarlos salir y cuando se fue el último gritó ¡Solavaya! Y cerró con candado.

lunes, 12 de diciembre de 2011


Sus amigas de Santiago no la olvidaron y siempre la visitaron en el penal, entre ellas una llamada Luz. A esta Luz la familia la había expulsado de la casa. Una invertida de Cuabitas se la encontró llorando por la calle y la recogió: como le hacía falta buscarse algún dinero, se empleó cuidando a Bebé Sagebién, que ya estaba de muerte con cáncer. Lulú se sinvergüenzaba con Luz, por eso al morirse Bebé, se casó con la virago –que ocultaba cuidadosamente su condición.

Cierta joven de Pinar del Río amaba a un vendedor de marihuana al que ocuparon una cantidad de la yerba: fue a dar a la cárcel y allí la conoció Cristina. La pinareña se llamaba Juanita y era rubia, rosada y vigorosa como una nordestina del Brasil. La primera vez que Luz fue a Guanajay, Cristina le presentó a Juanita: la santiaguera se volvió loca. Por cosas de la vida, a la muchacha le dieron la libertad condicional: nada más que tenía que presentarse todos los jueves por la tarde en un puesto de la Guardia Rural y firmar el libro. Luz la trajo para Santiago enseguida. Como en ese tiempo mi madre buscaba una criada, el mismo Dubois le recomendó a Juanita. Y se colocó en mi casa.

Yo la adoraba, pues tenía la mezcla exacta de firmeza y suavidad que necesitan los niños. Salía mucho con ella, al Ten Cent, al cine, a pasear en guagua: a mi siempre me ha gustado andar con gente linda y oírlo comentar. Vestía muy bien, casi siempre de azul claro. Parecía una princesita. Todos los jueves por la tarde partía sola, estaba afuera lo más dos horas, y regresaba a casa.

El día que la botaron de mi casa yo me quise morir. ¿qué habría pasado? Mi papá venía notando que le faltaba dinero de la billetera y le preguntó a mamá qué ocurría, entonces dejaron cinco pesos sobre el chiforrober: cuando Juanita le echó mano ya se supo quién era el ladrón. La botaron instantáneamente y sin decir ni pío. La familia de al lado la recogió y le dio donde dormir. No nos quisieron hablar más por haber maltratado de esa forma a una guajirita tan buena: imposible tratar a gente tan degenerada. Eso decían. Cuando pasaban por frente a casa, viraban la cara. Al cabo de unos meses la metieron a trabajar en casa del doctor Leal, Fiscal de la Audiencia de Oriente. Nina, la esposa del doctor, se dio cuenta de que desaparecieron unas sábanas, pero como uno de los oficios de una buena esposa es evitar los escándalos, se quedó callada. Comprendió que había sido cosa de Juanita, pero ya la sinvergüenza fallará: esas sábanas estaban completas cuando se plancharon, después se dejaron en el cuarto de la muchacha y de allí “se perdieron”. A los poquitos días dio la casualidad de que fue a Cuabitas Claudio, el hijo del doctor oficial de la Marina de Guerra. Cuando se quitó el uniforme, dejó la billetera sobre un armario. Al vestirse de nuevo, la buscó y no la halló. Se armó tremendo problema con la billetera de Claudio: los hombres enseguida maliciaron de Juanita; cuando le registraron el cuarto, hallaron la cartera.  La despidieron ipso facto, la denunciaron a la Guardia Rural, y para más remate, hasta las sábanas perdidas le encontraron en el registro. Bueno, allí fue que se descubrió su historia. La misteriosa diligencia que ella hacía todos los jueves por las tardes era firmar su libertad condicional en el libro del Cuartel de Boniato.