viernes, 2 de marzo de 2012



Mi “debut” como epiléptico afectó bastante mi juventud. Por fin se comprobó que no padecía ningún tumor, sino una vulgar epilepsia. Ese padecimiento me golpeó con frecuencia; ahora que estoy viejo ya no, seguramente porque mi vida es muy metódica, apenas bebo y tomo todas mis medicinas. Decidí pedir un año de licencia en la Universidad y me quedé en Cuabitas, lo que profundizó mi intercambio cocal. Para Nochebuena, Coco se apareció en casa con un marinerito español llamado Pepe Amor, que era bello. Un ángel. Coco se prendó instantáneamente. Pepe Amor cenó con nosotros y luego desapreció con su  barco, dejando a mi amigo destrozado. Y todo se olvidó.

Una vez que obtuve el permiso de ausencia durante un curso, regresé a Santiago. Aquel verano de 1968 fui mucho a la playa. Íbamos Coco Salas y yo. Coco seguía trabajando en el Guiñol de Santiago, que entonces estaba en construcción por los propios artistas, pero Coco sencillamente no construía. Se iba a la playa conmigo. A Siboney. Esa es la playa de mi niñez, por la cual siento una especial veneración. En mi, está ligada a todo lo que signifique alegría, belleza, placer, tranquilidad –o ausencia de ella. Además, era y continúa siendo el sitio de mar más popular de mi ciudad. No es grande ni tiene arenas blancas, no posee la extensión ni la apertura que hacen famosos a Varadero o a los litorales del Este de La Habana. Sin embargo, es la playa caribeña por excelencia. El sitio a donde todo el mundo va a tomar sol, a brincar olas, a ver y a que lo vean. Eso. Y a Siboney íbamos. No voy a ocultar ni la carga de deseo carnal, que trasmite ese entorno, ni la magia especial que ejerce sobre el que la frecuenta. Por algo hoy día, que está llena de todo tipo de gente, que frecuentemente no se puede dar un paso y que reinan la inseguridad en la transportación o en los mismos enseres que hay que dejar sobre la arena para darse un chapuzón, no ha disminuido un ápice la afluencia de bañistas. En ómnibus, en un camión, en lo que sea nos íbamos. Y regresábamos casi al ponerse el sol. Con los días hicimos amistad con los demás muchachos: a la hora de regresar, cuando no aparecía el deseado ómnibus, caminábamos por la carretera con la esperanza de encontrar algún vehículo. Por la zona de Siboney hay canteras de piedra y arena, y los camiones no eran raros. A veces uno paraba y nos encaramábamos en él. Recuerdo que una vez, uno de ellos se negaba a recoger a nadie y Coco le corrió detrás hasta alcanzarlo. Logró subir y cuando el chofer se percató que había montado alguien y ya el carro llevaba andado un trecho, sencillamente accionó la volqueta. Coco Salas se aferró a la parte superior de la cama y movía las piernas como un muñequito, ante la risa de todos los demás. Por fin el camión se detuvo y Coco se dejó caer. Muy lejos de disminuirlo ante los otros, la “proeza” lo convirtió en casi un héroe. Es que nosotros adorábamos a aquellos chicos. Sobre todo Coco, que estaba enamorado de uno al que llamaba Ponolani en evocación de cierto personaje de novela. No recuerdo grandes triunfos amatorios entre ellos. Que en definitiva ocurrieron, aunque al ralenti, tiempo después, cuando todos estaban convencidos de nuestro carácter fantasioso y más bien soñador. Quizá esto nos abrió unas puertas.... y nos cerró otras.  

Fueron años de sueño. Ese tramo que va desde finales de los ’60 hasta mediados de los ’70 y quizá más tarde fue muy proclive a lo espectacular, a lo visual. Estaba como imantado por la imagen. Sin querer hacerlo idílico, al menos en nuestro medio el interés monetario era limitado. Quizá la sociedad cubana vivió una breve época de equilibrio en este sentido: recuerdo que muy pocas personas comían mal, o no vestían decorosamente. Lo esencial era la luz, el sol, el aire, la risa. También ocurre que yo no había cumplido veintidós ni Coco dieciocho. Fue también la época en que comenzó a hacerse popular la música de los Beatles. Confieso que al principio no me gustaban Los Beatles. Pasaron años hasta que su álbum Sargent Pepper Lonely’s Hart Band me reconcilió definitivamente con ellos. Se popularizaron a pesar de que estaban muy mal vistos por la oficialidad cubana y que ninguna estación de radio ni TV se atrevía a difundirlos. Lo cierto es que la música de los muchachos de Liverpool estuvo semiprohibida durante años –o prohibida por completo: ese silencio tan absoluto ante una obra como la de ellos sólo puede llamarse censura sin el nombre de censura. Los Beatles, el pelo largo, los pantalones estrechos, las faldas cortas, los colores vivos: todo lo que no oliera al tradicionalismo más estricto. En la mayoría de las Escuelas –en la de Letras no, es la verdad- se medían las sayas, se revisaban los pantalones y mandaban a pelar a los varones. Y ya se sabe que estas restricciones al final acarrean un “destape” contraproducente. 1968 también fue el año de la consigna Más Revolución, que en definitiva consistió en cerrar los bares y prohibir la venta de licores. Ciertamente por mucho tiempo no hubo cantinas abiertas, pero en cualquier casa se improvisaba una fiesta y siempre aparecía algún alcohol para beber. Yo me aficioné al vino, que venía de Bulgaria y Argelia. Era delicioso. 

jueves, 1 de marzo de 2012


En los primeros meses del año siguiente Victor Casaus y Jorge Fuentes armaron un grupo teatral en la Escuela y presentaron un espectáculo llamado Viet Nam por ejemplo. Por supuesto que me enrolé. La música era de Silvio Rodríguez, la dirección de Helmo Hernández hijo y la producción de un mulato de apellido Permuy. Los ensayos coincidieron con los exámenes finales y yo estaba agotado con ambas cosas. Mi personaje era un teórico marxista que lustraba unas sillas mientras silbaba La Internacional. El estreno se produjo en la sala del Retiro Médico. Dimos varias funciones, y en una de ellas un individuo disparó al aire varias veces con el consecuente alboroto. Luego dimos una función en la Sala Arlequín, después de la cual hicimos un taller con el público. Viet Nam... fue un éxito que me dejó físicamente hecho tierra.
Apenas acabé con la obra, vine a Santiago. Una tarde salí al portal de casa con un mango maduro y un cuchillo en la mano. Tuve mi primer ataque de epilepsia. Caí al suelo, rompí la tela metálica de la puerta auxiliar y quedé con la mitad del cuerpo afuera, colgando hacia adentro la cabeza del marco de madera; por ello, cuando me hallaron tenía la cara azul y parecía que me habían agredido. Por fin me llevaron al hospital y allí tuve otro ataque, etcétera. Me hicieron mil pruebas porque pensaban que se debía a un tumor o alguna lesión en el cerebro. No  se recordaba a nadie de la familia con ese mal.

Ahora pienso que puede ser consecuencia del gran golpe en la cabeza que recibí cuando era niño, durante la Fiesta de la Hipomea. Los análisis se llevan su tiempo, y como no presenté otros síntomas, regresé a Cuabitas.

La tarde anterior mi amigo Raúl Ibarra había presentado en casa a una persona cuya amistad ha resultado importante para mi: Roger (Coco) Salas. Flaco, feo, con gafas y granitos en la cara, es un ser lleno de energía, inteligencia, talento e imaginación. Por aquel tiempo trabajaba como escenógrafo y diseñador del Teatro de Guiñol de Santiago. También pintaba y escribía. Es muy buen poeta. De hecho aún conservo en mi habitación un óleo abstracto suyo. Nuestra primera conversación derivó en una discusión encarnizada sobre Guillermo Cabrera Infante, que acababa de asilarse en Londres. Coco lo defendía y yo lo atacaba. Siempre ha admirado mucho a Cabrera. Pasamos horas en aquel estira y encoge; al día siguiente, al saber de mi ataque, creyó que se debía a mi encabronamiento. Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que Coco se convirtió en el brazo derecho de mi madre en eso de conseguirme medicinas y alimentos –para las madres la sobrealimentación es otra medicina-. Nunca más volvimos a discutir, al menos no por Cabrera Infante. Aparte de su imagen física tan llamativa, entonces se vestía –y aún lo sigue haciendo- con toda la extravagancia posible. Sé que muchas personas y por muchas razones, no opinan bien de Coco. No les quito razón porque es muy temperamental, pero tiene un gran corazón. A lo mejor somos tan amigos porque siempre hemos vivido lejos uno del otro. Coco aparecería de tiempo en tiempo a lo largo de mi vida: es uno de mis amigos de siempre. Amigote, colega, cómplice, de todo un poco. Todo y sólo eso, porque como le dije una vez, caimán no come caimán.

miércoles, 29 de febrero de 2012



Tomé parte en mi primer “trabajo social”. Me tocó en el área de Guane. Se trataba de recoger información para el Atlas Lingüístico de Cuba que preparaban un profesor checo y la Universidad habanera. Ya se sabe que los checos son una potencia en Lingüística. Se trataba de un cuestionario enorme sobre el uso de docenas de palabras. Así como sobre cosas de la vida de la gente. Me gustó hacerlo. Vivíamos en un punto llamado Mendoza a pocos kilómetros de Guane: entre mis compañeros estaban Ariel y Mary. Recuerdo que a la pregunta de cuál es su sueño en la vida (sic, del cuestionario) muchas campesinas me respondían que una máquina de coser, ir a La Habana, un aparato de radio. Un día me perdí por unas vegas de tabaco, junto a un río y me encontré con Mary. Andando, andando, llegamos a casa de un matrimonio anciano de vegueros: una casa sencilla y acogedora que me hizo amar esa parte de Cuba. Además, la naturaleza de Pinar del Río es realmente hermosa. Nosotros habíamos armado un grupo de guiñol llamado Garabatos, que dirigía Adrián Rocau. Dimos muchas funciones y fuimos un triunfo. Sólo que Garabatos se desintegró: aún no sé por qué, pues todo salió perfecto. Yo anduve mucho esa zona: había unas guaguas muy baratas que te llevaban por todas partes; así conocí la Ensenada de Cortés, Las Martinas, Mantua. Yo era muy vagabundo. Acababa de construirse el pueblo de Sandino, para los ex reclusos que se habían alzado contra Fidel en las lomas pinareñas, allí actuó Garabatos. También recuerdo la base aérea de San Julián; cuentan que fue norteamericana, y que Mendoza era un pueblo de putas para soldados. Había un dicho: el que no va a Mendoza no goza. ¿Cómo será hoy esa bella zona?

 Claro que en la Escuela había muchas personas. Gente de todo tipo. Buenas y malas. La negra Gloria, fea y cariñosísima, que trabajaba en el Instituto de Radio y TV. Por esos  meses Papito Seguera, que dirigía el ICRTV, nos convocó a Gloria y a mi: quería que adaptáramos como aventuras Las Mil y Una noches. Sería una onda del pueblo luchando contra los visires, etc. Por supuesto que le dijimos que sí, aunque naturalmente jamás lo hicimos. Estaba Sonia Almazán, de pelo color miel, piel bella, ojos azules y cuerpo sensual: autoritaria y mandona. Era novia del presidente de la FEU de la Escuela llamado Jacinto Viamontes. Un mal recuerdo. Peor es Marina Esturo, manzanillera, mal vestida, con espeso bozo y dientes prominentes. Arrastraba la erre al hablar. Una especie de comisaria política que era jefa de casi todo lo que no fuera estudiar. En una ocasión vinieron a Santiago a hacer una investigación y yo me ofrecí como conocedor del ambiente: Marina me llevó aparte y me pidió mantenerme lejos porque yo no era de confianza.  Fue una oportunidad para demostrarme dos cosas: su autoridad y que yo no pertenecía “los elegidos”. O que la investigación en realidad no tenía que ver con la cultura –yo creo que lo primero. Marina hoy día vive en Miami. Otra persona de ese grupo fue Elvia Ojeda, santiaguera que vivía hace tiempo en La Habana. Éramos muy unidos, compartíamos los apuntes y en alguna ocasión  estudiamos juntos. Yo la consideraba mi gran amiga: hasta le regalé un collarcito de artesanía nada especial –es la verdad. Cuando me expulsaron de la Escuela se convirtió en una de mis más encarnizadas detractoras, a saber por qué. Luego comprendí que hay personas así, que fingen amistad y por dentro te detestan.

martes, 28 de febrero de 2012





En 1967 comencé a publicar poesía. El jefe de la página cultural del diario Juventud Rebelde era nuestro compañero de Escuela Eduardo Morales. Me pidió cosas y publiqué dos pequeños textos. Aquello me halagó mucho. Claro que se lo debía en buena parte a Maladói Dihigo, quien era buen amigo de Eduardo. Pero los poemas no eran malos. Más tarde me invitaron a Varadero, a un selecto evento llamado Encuentro con Rubén Darío. Nunca había estado allí y nos alojaron en el Hotel Internacional. Roy y yo compartimos habitación aunque dormimos en el balcón “para escuchar mejor las olas”. El Encuentro… se realizó en la antigua casa del millonario Dupont, que entonces se llamaba Las Américas. Solamente los invitados, pues repito que era bien exclusivo: allí conocí a Thiago de Mello, Paco Urondo, Noé Jitrik, Ulises Estrella y muchísimos otros escritores de Latinoamérica. Estuvimos un solo día y me impresionó mucho. Los textos publicados, el Encuentro con Darío, y luego una exposición de poemas murales que hubo en la Escuela de Letras, me hicieron sentir un gran intelectual. Esto de los murales va como sigue: uno debía confeccionar un affiche con un poema original y varias imágenes a elección. Me quedó bien el mío: mi texto hablaba de un soldado. A una mujer llamada Lázara Nosequé no le pareció bien. Era la palabra soldado: Lázara dijo que mi texto era algo así como humillante, o derrotista: quizá como ella nunca se quitaba la ropa verde olivo, se sintió aludida. Ese tipo de persona caricaturesca era abundante en aquella época. Lo arrancó y lo llevó a la Dirección de la Escuela. Otra vez Vicentina Antuña usó su autoridad y se restituyó mi affiche: así se inauguró mi carrera de “poeta conflictivo”.

Por ese año eran frecuentes los conversatorios y las mesas redondas, que podían ser en la Casa de las Américas o en el propio rectorado de la Universidad. Yo no me perdía una: me fascinaba la elocuencia de Antón Arrufat y los desplantes tan lúcidos de Virgilio Piñera. De ese entonces procede mi admiración por Virgilio, calvo, perfil de perico y casi siempre con pantalón gris, camisa clara y paraguas. También Abelardo Estorino, Reinaldo González, los diseñadores Umberto Peña, Raúl Martínez, el joven Darío Mora.  Yo siempre iba con mi amiga Mary que conocía a todo el mundo.  De verdad no recuerdo qué se discutía. Todo: una publicación, un estreno teatral o de cine, un tema puesto por el moderador. Todo.

Hice una lista con los libros que supuestamente yo debía leer. Salieron como cincuenta títulos. Entonces me dediqué a hacerlo. Unos los conseguía en la Biblioteca Nacional, y otros en la Central de la Universidad, en la de la Escuela y hasta en la de la Casa de las Américas. Leía como diez horas diarias. Completé mi lista, hice otra y así me informé no solamente de obras y autores sino de revistas. Una de las cosas más útiles que puede hacer un estudiante de Literatura es leer aunque no se lo manden. Más tarde no hay tiempo. O se puede, pero mucho menos: no tienes tiempo o deseo, piensas en otra cosa, te falla la vista, no encuentras los libros. En la vida cada cosa tiene su momento.

lunes, 27 de febrero de 2012


Mi tercera gran amiga, a la que siempre voy a querer, es María del Carmen Montes, Mary. Pequeñita, pelada a lo garzón, bella, con gafas de aros dorados y faldas muy cortas que le quedaban perfectas. Es una de las personas de humor más inteligente y positivo que conozco; de esas que no conocen la timidez, a quien todo parece posible y que todo lo hace. Siempre la querré. Fue mi refugio durante años y salíamos juntos con frecuencia –quizá porque no soy alto y en aquel tiempo me gustaba vestir bien: la verdad, no nos veíamos mal. Era novia –o amante- de un muchacho enorme y apuesto llamado Virgilio. Nunca supe, ni me interesó, cómo funcionaba su relación con él.

En una ocasión Mary y yo queríamos tomar helado en El Carmelo que está frente al teatro Amadeo Roldán. Había una cola gigantesca. Mary me tomó del brazo, entramos y nos sentamos en una buena mesa: Tú y yo no somos gente de hacer colas, fue su explicación. Como nadie protestó, yo lo encontré bien. En otra ocasión, años después, yo pasaba por una crisis de abandono amoroso. Era Fin de Año y ya pensaba en el suicidio cuando me llamó Mary; para esa noche teníamos reservación en el restaurante que queda en la cima del edificio FOCSA. Pasamos una velada deliciosa, la tristeza despareció y al día siguiente mi amor regresó a mi.

Con el tiempo, Mary alquiló un cuarto en casa del pintor Eduardo Michaelsen, amable persona pero no muy cuerda: era un apartamento por la calle 18 ò 20 del Vedado. Durante los ’70 yo acostumbraba a dormir en el cuarto de Mary cuando iba a La Habana, pero la casa de Michaelsen era bastante especial. En una ocasión llegué y ella no estaba; dejé mis cosas, recogí las llaves que me había dejado en la mesita de noche y me fui al cine. Cuando regresé a media noche, de puntillas y sin prender ninguna luz para no molestar, oí una serie se quejidos acompasados que salían de su alcoba. Me aterroricé, imaginé que Mary padecía una crisis de algo y estuve a punto de echar abajo la puerta cuando comprendí que, todo lo contrario, estaba pasándola muy bien. Me decidí a encender la luz del pasillo y vi un colchón con una nota explicativa. A la mañana siguiente desayuné con ella y su acompañante: un recién graduado de Pintura de apellido De la Huerta, de célebre belleza. Nos reímos mucho cuando hice la historia.


En otra ocasión llegué, Mary estaba de viaje y su cuarto cerrado. Michaelsen me dijo que me durmiera en el falso techo, al cual se subía por una escalera de mano. No me gustó la idea, pero qué remedio. Me arreglé como pude, pensando en los ratones, con un bombillo que descansaba directamente sobre el piso –que en realidad era el cielorraso. A poco rato de dormir, Queta Pando –el ahora difunto Enrique Bedoya me sacudió y prendió la luz. ¿Qué tú haces aquí?, le pregunté con voz pastosa. ¿Qué haces aquí? ¿No sabes que vivo en esta casa y este es mi sitio?  Nos organizamos como se pudo y dormimos en paz. Michaelsen es sobrino –o nieto, no estoy seguro- del célebre Germán Michaelsen cuyo nombre conmemora la alameda frente al puerto santiaguero. Cónsul alemán, creador de la Cocina Económica cuando la Reconcentración de Valeriano Weyler, benefactor de mi ciudad por mil cosas, pintor aficionado bastante bueno, fue muy amigo de mi bisabuelo y de todos los desquirones, por lo cual Eduardo me identificó enseguida y siempre me trató con afecto. En una ocasión entré con él a un cuarto tapizado de cajones del piso al techo; aquí es donde voy a poner mis fichas sobre la historia del cine cubano, declaró. Michaelsen actuó en la película Una pelea Cubana contra los Demonios, donde hizo el rol de cura de Remedios. No necesitó maquillarse: así era él, flaco, con cabello y barba largos, entrecanos, en desorden, y ojos de loco. Otra vez pregunté por Mary  desde la puerta y vi un jovencito en bikini azul claro que atravesaba el pasillo. Luego Mary me aclaró que Eloycito Perlado estaba pasando un tiempo allí.

viernes, 24 de febrero de 2012


Tres fueron los grandes compañeros que conocí en la Escuela de Letras. El primero, Ariel Fernández Sargento, de Banes. Muchacho no muy alto, trigueño, bonito con sus veinte años. De esas personas empeñadas en hacer todo como se espera que las hagan. No muy original, pero sí laborioso. Tenía no recuerdo cuál responsabilidad estudiantil. Era novio de Magali Pinzón. Varias veces estuvimos en casa de Magui, que vivía en la Habana del Este. Ella no era delgada y tenía granitos en la cara; hablaba deprisa y era muy simpática. Todo el mundo era amable en aquella casa, donde realmente uno se sentía a gusto. Su hermano menor, Fernandito, era un niño inteligente y muy afeminado. Recuerdo que mientras conversábamos, iba recortando figuras de animales en papeles de colores y luego nos las repartía.

Durante unas vacaciones de Fin de Año le pedí a Ariel Fernández Sargento que viniera a Cuabitas y se pasara unos días conmigo. Subimos a la Gran Piedra y nos hicimos fotos apasionadas, muy dramáticas, con luces de sol poniente.
 
Roy Dihigo era de baja estatura, más bien delgado, usaba gafas y era muy sonrosado. De origen santiaguero, durante los años ’50 perteneció a la Juventud Socialista. Puede, ya que sus dos padres eran muy comunistas. Roycito –o Maladói, como le decíamos también- provenía de una familia de auténticos intelectuales. Su papá había sido profesor de mi madre en la Universidad de Oriente, y su mamá, Nina Ariete, fue secretaria de Armando Hart y de Juan Almeida cuando dirigían la provincia de Oriente en los primeros ’60. No sé cómo la soportaban, por lo antipática, intolerante y pesada. Ignoro cómo esa familia fue a dar a La Habana: imagino que por cuestiones de trabajo.

 Maladói había estudiado en la Universidad Carolina de Praga, su materia era la Lingüística. Escribía, y no era mal poeta. Nada malo. Estaba casado con mi amiga Georgina Yero –Yiyín-, personaje muy especial que merece su espacio, aunque a la vez era novio de un soldadito muy apuesto llamado Cristóbal, de color cetrino. A Roy/ Maladói le gustaba llevarnos a comer a restaurantes, y siempre ordenaba más de lo que apetecía. Le encantaba ver la mesa llena. Tenía muy buen humor y era una persona elegante. Una noche nos llevó a comer al Castillo de Jagua, que entonces quedaba en 23 y G; como era la época navideña el local estaba muy decorado. Maladói se antojó en llevarse una bola del arbolito. No sé si lo logró.

Hacia mediados del ‘66 se llevó a vivir con él a Yiyín: por aquella época yo los visitaba mucho y recuerdo la tarde que me enteré de la muerte de Ché Guevara mientras miraba a través de la ventana de su habitación. Luego Yiyín regresó a Santiago y se entregó a la bebida. En alguna ocasión, tiempo después, lo visité de nuevo: ahora su cuarto era otro, lo había pintado de colores chillones y tenía un espejo justo sobre su cama, adosado al falso techo, con propósitos evidentes. Roy Dihigo solamente se eclipsó –en realidad no desapareció: se eclipsó- cuando me echaron de la Universidad. Durante años sólo supe de él por sus publicaciones, hasta que hace un tiempo estuvimos intercambiando e-mails. era profesor de la Universidad de Hermosillo, en México. Mi amistad con Roy Dihigo duró mucho. Falleció en 2011.

jueves, 23 de febrero de 2012


Una noche cada semana y un domingo cada mes era el slogan de la preparación. El miércoles por la noche había que reunirse en la plaza Cadenas de la Universidad. Nos formaban por escuadras, pelotones, compañías y un batallón, que se llamaba Batallón Universitario. Varios militares iban a instruirnos. En realidad lo que hacíamos era marchar, marchar y marchar. Horas marchando arriba y abajo de la plaza, por las calles laterales, por delante y por los lados del rectorado. Marchar. Aprender las voces de mando. ¡En su lugar....deján! ¡Jun, Jó, Jeeeé, Juá! ¡Al.....jó! ¡Derecha... dré! ¡Izquierda.... ijquiér! Y así como a hasta las 11 o las 12 pm. El domingo que nos tocaba, íbamos al mismo sitio donde hacíamos el trabajo voluntario, para la parte aún no construida: nos repartían por escuadras y nos enseñaban a reptar sin levantar la nalga para que no nos cogiera un supuesto tiro, a trepar por sogas –a las que jamás logré trepar-, a armar y desamar fusiles, a desmontar y lanzar granadas. Después que aprendimos a manipular fusiles, los miércoles estaba dedicado a esa arma: accionábamos con máuseres de la Segunda Guerra Mundial que todavía conservaban el sellito con la suástica. Pesan un mundo. Una noche de marchadera, durante un breve descanso nos sentamos en la escalinata del rectorado.
 
Yo tenía un compañero, poeta él,  llamado Humberto Castro –homónimo del artista plástico. Como estaba desarmado le pregunté por su fusil y me dijo que no sabía, que lo había recostado a un arbolito y no lo había visto más. A la hora de continuar, Humberto formó filas sin fusil. Seguimos marchando hasta que un jefe se percató de que Humberto lo hacía sin arma. Formó tremenda bulla y se llevaron al muchacho detenido para la oficinita del Batallón. Lo interrogaron y nada. No sabía. A esa hora empezó una búsqueda exhaustiva. ¡Faltaba un fusil y había que hallarlo! Estuvieron buscando como hora y media. Por fin encontraron el máuser detrás de un murito. Para joder a Humberto. De resultas, llevaron al muchacho a una corte militar por irresponsabilidad. No recuerdo qué castigo le impusieron, sólo que durante la ceremonia H.C. parecía que estuviera esperando un ómnibus, tal era su indiferencia. Creo que no he vuelto a ver a alguien como él.