jueves, 8 de diciembre de 2011



Bebé era Bebé. Isabel Peralta Cabrera. Cuando se afirma que los cubanos tenemos un esquema extendido de familia, es totalmente exacto. ¿Quién podía ser más familia mía que Bebé? Y sin embargo ni biológica ni legalmente lo era. Antiguamente se usaba que los amigos íntimos pasaran a formar parte de la familia. Y Bebé era amiga de mi madre y mis tías desde su infancia; como nunca se casó y mi madre estaba tan atareada cuidando de Virginia y de mi, nadie vio mal que Bebé me “adoptara”. Vaya, que se ocupara de mi. En mi casa, claro, pero que se ocupara ella. Y así lo hizo. Trató de trasmitirme su visión del mundo; aunque quise  mucho, en esto fracasó en el 60%. Creo que desde que nací he tenido  opiniones, y encierro en círculo rojo casi todo lo que suene a bobería. Al 40% en que triunfó, pertenecen el folclor español y porteño, ciertas películas, los comics, muchas historias y mi facilidad para hacer el ridículo. Todas las tardes había que dormir siesta y la encargada de dormirme era ella: se mecía en un balance, me cargaba en su regazo y empezaba a cantar pasodobles y tangos.

En Cuabitas era costumbre de Navidad pasar por casa de los vecinos y visitar sus arbolitos y nacimientos. Un matrimonio amigo de mi padre había viajado ese año a las Cataratas del Niágara  y trajeron un souvenir consistente en una lámpara en forma de Niagara Falls con un mecanismo interior que giraba y daba la impresión de agua cayendo: a la señora de la casa no se le ocurrió nada mejor que insertar la lamparita en medio del nacimiento. Cuando le tocó el turno, la visitamos y todo el mundo celebró su montaje –en realidad tenía grandes figuras de yeso policromadas y  montañas de papel encerado grueso, pintado- Yo, en cambio, proclamé alto y claro, ¡pero las cataratas del Niágara no están en Belén! Por poco mis papás me hacen talco, aunque acabaron riéndose.

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