lunes, 8 de octubre de 2012

Debido a mi trabajo, debía viajar a La Habana frecuentemente, pero entonces Caguayo no tenía contrato con ningún hotel: los hoteles de lujo eran sólo para extranjeros y además, caros. Los demás, o habían cerrado o siempre estaban llenos. Era tiempo perdido andar de hotel en hotel buscando una mínima pieza. La forma de resolver era  hospedarnos en casa de una señora mayor llamada Josefa que nos cobraba barato porque era amiga de Lescay; en realidad  el amigo era el marido de la dama

Era un buen apartamento, casi detrás de 3ra y F, el edificio de becados donde viví en mi etapa universitaria. A veces la habitación estaba ocupada y no había otra cama: recuerdo que una noche dormí sobre una suerte de diván en forma de riñón. Al día siguiente me sentí tullido. Pero por lo general era un sitio acogedor.

Una noche del calurosísimo otoño del ’96 recibí la llamada de Marcelo Sepúlveda –mi amigo chileno. Pasó varios años acá, después del Golpe. Vivió su adolescencia en Nueva York y se graduó de escenógrafo en la NYSU –eso relataba él. Nació en Santiago de Chile y el 11 de septiembre de 1973 trabajaba en el Teatro Municipal, cerca de La Moneda. Pertenecía a un grupo teatral muy allendista, por lo que tuvo que esconderse en el sótano hasta que pudo salir al exilio. Fue a Panamá, a Méwxicoxico; de ahí a La Habana y después a Santiago de Cuba. En mi ciudad llevaba una vida bastante enloquecida durmiendo poco, y con un asma agravada por la humedad caribeña. Los sábados subía a cenar a Cuabitas y no era mal sujeto –hasta estuvo estudiando Historia en la universidad de aquí, aunque no llegó a graduarse: discutíamos muchísimo sobre Historia y Política – yo era un descreído. Por fin, los que gobernaban Chile decidieron dejar regresar al país a una serie de partidarios de la Unidad Popular –entre los que se encontraba mi amigo. Y regresó a su patria. Fue en el ’84. Nos escribíamos esporádicamente (me indignó que al comienzo del Período Especial me tratara de exagerado cuando le describí las miserias del momento): luego no supe más de él. Era que su padre había fallecido y le tocó una mediana herencia (son dos hermanos y una hembra). Ahora que había regresado de vacaciones, me buscó y me encontró. Ya Marcelo no tenía panza (se hizo una liposucción) ni era calvo (llevaba un implante de cabello con el cual hasta podía practicar clavado); en suma, su muy citadino aspecto general había rejuvenecido: imagino que quedaba bien en sus caros ambientes nocturnos. Me alegró mucho conversar con él y verlo. Esa noche visitamos a Julio Acanda y conocimos a Vadim el hijo de una pintora famosa, que en aquella época era un chico muy loco al que –relataba él- durante toda su niñez la mamá lo obligó a ir hasta cualquier hora a casi dondequiera que los niños se aburren. Claro que ello es muy preferible a la soledad; recuerdo que mi padre me hacía participar en casi todas sus juntas de negocio donde yo permanecía religiosamente callado para después en privado criticar ferozmente a Fulano o Mengano por hablar tanta basura ¿Y por qué no lo dijiste?, me respondía él. Sí, sería una gracia, pero nunca más me llevarías a otra junta. Tomé muy bien la lección del nacimiento navideño con las Cataratas del Niágara, remember?-  En definitiva la madre de Vadim es una artista, no un ama de casa, e hizo lo mejor que pudo.

Pues nada, ese era Marcelo. Después de 2003 supe que, en Santiago de Chile-  sus ahogos empeoraron y en uno de ellos falleció allá por 2009.


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