viernes, 17 de febrero de 2012



Camila vivía en el edificio Sierra Maestra (antiguo aparthotel Rosita de Hornedo) y cierta vez tuve que ir allí: en la conversación salió que impartiría un curso sobre la novela picaresca española, y se me ocurrió que a nadie mejor podía prestarle la magnífica colección de novelas picarescas de la Editorial Aguilar que Raúl Ibarra había depositado en mi. Por supuesto que lo hice. Pasaron varios meses hasta que Ibarra lo notó, montó en cólera y exigió su libro. Todo ello muy justo. No me quedó más remedio que visitar de nuevo a Camila Henríquez y quitarle el volumen: todavía no entiendo por qué se me ocurrió prestar algo que no era mío. Con el tiempo perdí contacto con ella; a veces visitaba a su hermano y yo la acompañaba de regreso aunque ya no era su alumno. Después me botaron de la Universidad.

Camila Henríquez viajó a su tierra natal, Santo Domingo, en septiembre de 1973: tuvo la desgracia de fallecer el mismo día que el presidente chileno Allende y tomar el poder Augusto Pinochet comenzando una saga de asesinatos y torturas que estremeció al continente. De resultas, no se enteraron ni sus ex alumnos ni la comunidad intelectual para quien ella fue un punto de referencia.

Wanda Lekszyscka fue otra de mis preferidas: era profesora de  Redacción francesa. Mujer encantadora y gran maestra. Tuvo un problema en un pie -cuando la conocí a veces se apoyaba en un bastón-, pero se operó. Estaba casada con el pintor y crítico Leonel López-Nussa y es madre de uno de los músicos de ese apellido, no sé exactamente cuál. Vivían en la calle G del Vedado, a la altura de 27 ó 29. Alguna vez tuve que visitarla: recuerdo un piano vertical cubierto con un sarape mexicano y un muchachito delgado y rubio que revolvía por todas partes. Fue una visita breve que no se repitió

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