martes, 21 de febrero de 2012

En el piso 9 del edificio de becados donde yo vivía nunca hubo horas para entrar ni para salir, ni existieron pases o permisos para ausentarnos. Nada de eso. A la hora de comer, bajábamos al enorme comedor del segundo nivel. Por lo demás, semanalmente llevábamos a la lavandería la ropa de cama y la toalla sucias, y nos daban otras limpias. La otra ropa también podía llevarse a lavar gratuitamente. Anualmente nos entregaban –gratis- un módulo completo de ropa y calzado, incluyendo abrigo. Cada piso tenía sus duchas, que –eso sí- no tenían puerta ni agua caliente: ahí perdí todo recato y aprendí a desafiar el viento frío del Malecón. Para las otras necesidades existía un cuarto de baños igual al de una casa, con todas las comodidades. Cada piso tenía cuatro habitaciones con dos ó tres literas cada una, según el tamaño. Estaban dispuestas alrededor de un salón con varias mesas para estudiar: una puerta corrediza de cristal daba acceso a un balcón. Cada nivel reproducía el mismo esquema a izquierda y derecha. Al fondo quedaba el elevador, las escaleras y un cuartito “de criados” –cuando el edificio se convirtió en albergue becario, para dos personas –que yo siempre ambicioné hasta lograrlo a fines de mi vida universitaria.


Mi cuarto tenía tres literas y un enorme ventanal que daba al mar: bellísima vista. Imagino que en los planos del apartamento original allí estaría situado el comedor. Durante años dormí arrullado por las olas. Allí vivíamos alumnos de Historia, Periodismo, varias carreras de Ciencias, Pedagogía y la Facultad para extranjeros. Los literatos éramos minoría y realmente no nos querían mucho debido a nuestra excesiva alegría, despreocupación y –hay que decirlo- temperamento crítico. Nos reíamos de todo. Sin embargo, tampoco estábamos en guerra; los más cercanos a nosotros eran los muchachos de Historia, de cuyos nombres no recuerdo salvo el mulato Torres, el suspirante Orlando –a quien regalé dos libritos de José Ángel Buesa. En mi cuarto vivíamos Rocau, Ángel Tomás González, otro muchacho llamado también Tomás y tres chinos.

De los literatos de mi piso recuerdo al poeta  Jorge Oliva, cuyo buen humor y desparpajo eran proverbiales; Bayona –un mulatico que tenía una hija checa; César, de Gibara, que jamás logró sacar ni una sola  buena nota debido a sus pocas luces y a la mala voluntad de Mirta Aguirre; un colombiano llamado Mario Madroño, bajito, flaco y siempre correctamente vestido al que luego expulsaron de la universidad; un peruano muy serio con el rostro clásico del andino; otro colombiano gordo y casi calvo, así como dos albaneses absolutamente intratables. El resto eran chinos. Chinos de China, de la China de Mao. No recuerdo sus nombres. Eran muy amables y poseían un maravilloso botiquín de pastillitas y ungüentos que siempre estuvo a nuestra disposición. Recuerdo que usaban unos dentríficos deliciosos con sabor a mandarina, limón o fresa. Hablaban muy poco. Habían tapizado los muros con retratos de Mao, lo cual daba un aspecto triste al entorno, aunque en realidad no me importaban mucho. Una mañana de mediados del curso, a una orden de su embajada, desaparecieron sin más allá ni más acá: recogieron y se fueron. Se esfumaron. Apenas estuve seguro de que era firme su partida, quité los retratos y los sustituí por affiches de cine y botellas de bebida vacías. 

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